La berenjena gris

Contaban que en el huerto crecían las mejores verduras y hortalizas; sus frutos eran tan jugosos que explotaban en la boca y el olor tan apetitoso que tan sólo respirarlo ya te impedía escapar de sus embrujos. Allá, en un rincón, las hojas de las solanáceas se mecían al son del cálido viento, disfrutando de las generosas horas de luz que necesitaban como un lagarto al sol. Un espantapájaros de paja las protegía del temible ataque de los pájaros con sus extensos brazos y su sonrisa incansable. Pero últimamente esa sonrisa no brillaba tanto.

En la esquina más apartada, donde los rayos solares apenas alcanzaban a bañar durante una hora o dos, trataba de sobrevivir una pequeña berenjena. Como madre y padre a la vez, se preocupaba de que cada una de sus hijas recibiera los nutrientes necesarios para lucir ese morado tan lustroso que era la envidia de los demás frutos. Pero a una de ellas no podía alimentarla igual. No le llegaba el sustento como debiera, porque no podía dárselo, así que su morado se volvió triste, hasta tornarse gris. La planta lloraba y lloraba, disgustada porque su hijita estaba muy deprimida, siempre cabizbaja sin ese violáceo candor de la vida.

Un día el espantapájaros decidió intervenir. Montó todo un zafarrancho de hongos, los que crecían siempre ocultos en la tierra, pues había demasiado sol para su gusto allá afuera, y se dirigió a ellos con las siguientes palabras:

—¡Queridas ascomicotas, basidiomicotas y demás cotas! ¡Ha llegado la hora de demostrar vuestra valía! Removed cielo, tierra, agua y… Al viento dejadlo en paz, que luego le da por tirarme al suelo. Haced todo lo necesario por conseguir que esa berenjena de ahí deje de estar triste, o acabará deshidratándose de tantas lágrimas derrochadas.

Los hongos se organizaron en batallones, todos en fila hasta llegar a la pobre y desdichada berenjena. Treparon por la humedad de sus lágrimas hasta conseguir alcanzar al pobre frutito gris, cada día más engullido por su propia miseria.

—Dinos, pequeña berenjenita descolorida, ¿te gusta vivir así?

La pequeñina negó con todo su cuerpecito, cabizabaja.

—Vamos a ayudarte, no te preocupes.

Así que se arremolinaron todos a su alrededor hasta taparla por completo y allí aguardaron durante tres días y tres noches, bajo la curiosa mirada de todos los vegetales del huerto. Al amanecer del cuarto día, se retiraron y volvieron a la tierra de la que habían salido, dejando tras de sí la nada más absoluta. No había berenjenita, y su madre y padre ya no lloraba, sino que sonreía alegre y algo melancólica a la vez. Su hija ahora vivía feliz, quizá no amarrada a sus ramas, ni en el estómago de nadie, cumpliendo con su destino. La vida le había reservado una meta mejor: ahora formaría parte de esos valientes hongos, que se expusieron al peligroso aire seco exterior sólo para salvar un alma rota de una miseria que ningún ser inocente de este mundo merecía ni merecerá.

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