Onírica

Es probable que nunca hayas oído hablar de ella, pero todos la hemos conocido alguna vez. Se cuela en nuestros cuartos exhibiendo su cuerpo etéreo, siempre con cuidado de no dejarse ver, aun sabiendo que ningún mortal puede percibirla con el sentido de la vista. Así que imaginaos mi sorpresa cuando, de entre todos los seres de este planeta, me eligió a mí.  Bueno, realmente ella no te “elige” como tal. Una gota de lluvia no elige caer, sólo sigue una ley no escrita. Ella se dirigió a mí porque su ley jamás dictada le empujó a hacerlo.

Entró en mi habitación cuando las sombras de la noche bañaban las calles. Yo me encontraba leyendo, porque eso de dormir no me iba demasiado por aquella época… Está bien, lo confieso: ver una peli de miedo justo antes de acostarme teniendo un examen al día siguiente no ha sido la mejor decisión que he tomado, que digamos. Así que ella entró, con toda la tranquilidad del mundo, se me quedó mirando fijamente, como esperando una reacción; quizá me evaluaba, simplemente. Nos quedamos contemplando la una a la otra un buen rato, en silencio -juraría que hasta el mismísimo gato había dejado de roncar.

Sí, tengo un gato. En realidad sólo vivimos juntos. Vale, le dejo vivir conmigo y a cambio él me regala bufidos de señoritingo. ¿Te parece que me voy por las ramas? Creo que es evidente.

Pues me estaba mirando, y yo estaba a punto de intentar reaccionar de alguna manera, porque ver un ser refulgente delante de mis narices no era una cosa que me pasara muy a menudo, cuando al fin dijo algo.

-Bueno, podría ser peor -se dio la vuelta y salió de mi cuarto con sus andares fantasmales.

No sé ni cómo, ni por qué, pero sabía que debía seguirla -aunque lo habría hecho igualmente, algo así no sucede todos los días. Me levanté descalza y avancé tras su luminosos pasos. Pude distingir su figura informe atravesando la puerta de la habitación de mi hermano hasta desaparecer. Permanecí dos segundos delante del tablón de madera preguntándome si yo también sería capaz de tal hazaña, pero luego reculé y la abrí con todo el cuidado que pude ponerle.

Ella flotaba, como una nube acariciada por un sol que no quema, por encima del cuerpo dormido de mi hermano. El chiquitín siempre había tenido el sueño muy ligero, así que me sorprendió comprobar que no despertaba pese a toda aquella luz. Cerré la puerta y me quedé observando silenciosamente en un rincón cómo ella extendía sus filigranas luminiscentes hacia la cabeza de aquel a quien debía guardar esa noche. De entre los mechones castaños de ese pequeño monstruito nació una estela de un color que nunca había visto, pero que no inspiraba tranquilidad. Se mecía lentamente a medida que era separada de su dueño, retorciéndose por el brillante halo que la criatura etérea exhalaba por todo su ser. Ella miró fijamente a la pesadilla hasta que esta dejó de retorcerse y se rindió, abatida.

-Hm, sabéis mejor cuando aún estáis vivas… -comentó Onírica.

Y se la zampó.

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