Sapiens

-Uf, humanos. ¿Cómo puede estar el mundo en manos de tales seres? Demasiado volátiles, demasiado subjetivos. Ahora sí, ahora no. ¿Recuerdas cuando decidimos dejar que existieran?

-Sí, Sapiens, desgraciadamente me lo recuerdas todos los lustros.

-Oh, vamos, Gaia, no te amargues así. Y te tengo dicho que me llames Zeus – la estructura brumosa que constituía aquel ser tomó forma de humano barbudo y musculoso para componer una pose pomposa que sujetaba un rayo de nubes.

-Cada día te pareces más a ellos, Sapiens. Te recuerdo que fuiste tú el que les sugirió que tomaran tu nombre para denominar a su especie – miles de lucecitas que juntas formaban a Gaia observaban el planeta Tierra, ignorando deliberadamente a la bruma que había vuelto a su ser.

-Ya no quiero. Me arrepiento muchísimo de haber estado siquiera un poquito orgulloso del ser humano. Oh, soles y estrellas, cuando inducimos a los genes de los simios primitivos a mutar hacia el camino de la inteligencia y la autoconcencia no estaba pensando precisamente en esto. No habría pasado si me hubieras dejado guiarlos…

-Sabes perfectamente por qué no te dejé guiarlos, Sapiens. Por muy sabio que seas, ellos habrían acabado rebelándose por ese sentimiento de libertad innato que les inculcamos. Pero la ambición… Ay, cielos, ¿cómo acabó apareciendo la ambición?

La bruma llamada Sapiens se puso a dar vueltas en torno a la Tierra con actitud de dejadez. Gaia seguía conformando el firmamento, observando.

-Guerras. Hambre. Jerarquías… Se supone que iban a ser guardianes del planeta, preservar la naturaleza, protegerla de posibles desastres, no esto – sus lucecitas brillaban con timidez, pálidas, apagadas por la tristeza.

-¿Quieres saberlo? Soy sabio, mi nombre lo dice, sé muchas cosas y, entre ellas, el porqué de este desastre. El problema es la belleza.

-¿La belleza? ¿Es esta otra de tus bromas pesadas que no tienen gracia alguna, “Zeus”? – preguntó Gaia con escepticismo.

-No, no lo es – contestó el aludido soltando una risita -. Piénsalo: pueden percibir la belleza en su estado más puro. Al ser conscientes de esta, no se contentan con contemplarla, quieren poseerla; ser la belleza en sí misma. Para eso, buscan destacar. Así que construyen todo un mundo de codicia para ser cada vez más “grandes”. Por ello deben aplastar al resto de individuos: primero las otras especies, después la suya propia. Y este es el resultado, Gaia: la destrucción de la belleza. ¿No es paradójico?

Gaia soltó uno de sus suspiros que en la Tierra llaman “estrellas fugaces” y siguió observando. Durante siglos espera, paciente y esperanzada, a que algún día comprendan que han perdido el rumbo y deben corregirlo.

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