El dilema

-Y, ¿qué vas a hacer ahora?

Eso, ¿que harás ahora? Estás completamente sumergida en el fango del río que tú misma decidiste cruzar, sin hacer caso a las señales de alarma que te llegaban por todos lados. Fijas la vista en Ágata, tratando de discernir algún rastro de intención por ayudarte, pero sabes que no lo hará. Está lejos de su alcance hacer nada, no aquí dentro, donde la locura se encierra para tratar de ocultarla a los ojos de los “normales”. Cuando entraste -o más bien te obligaron a entrar- no pudiste siquiera imaginar que todo acabaría de esta forma. Siempre pensaste que había infinidad de salidas con las que salvarte de la más profunda de las desesperaciones. Aunque, quizá en cierta forma, eso conseguiste evitarlo.

Te levantas y te aseguras de que la puerta del cuarto está bien cerrada. Te quedas contemplándola, pensativa. Recuerdas que cuando eras pequeña odiabas que las puertas estuvieran cerradas: el despacho de tu madre, lugar de solemne silencio; el taller de tu padre, donde tus pequeñas manos podían poner en peligro las delicadas obras de arte que se creaban allí; el cuarto de tu hermana mayor, totalmente exclusivo, e incluso la puerta del desván, allí donde descansaban cientos de tesoros por descubrir. Ya, lo único que descubriste fue el cajón de mierda más grande que pudieras llegar a imaginar.

Suspiras. Ninguna puerta, abierta o cerrada, podría solventar esto. Esta vez necesitabas una ventana por la que salir a hurtadillas y no tener que volver nunca. Miras a Ágata con toda la ternura del mundo, la abrazas y te despides de ella con una sonrisa cómplice. Sabes que no volverás a verla jamás. Sales del cuarto sin echar la vista atrás en ningún momento, tratando de ignorar los sollozos de la que se convirtió en tu mejor amiga -y amante- y ahora debes dejar atrás por el bien de ambas. Esta vez no te encerrarían como a un pájaro enjaulado, no naciste para balancearte en un juguete estúpido comprado para entretener tu cabeza hueca. Sólo hay una ventana.

Mientras sales del psiquiátrico, sonríes con inocencia al guardia de la entrada, que te devuelve esa mirada paternal que tanto has llegado a odiar. Padres, ¿quién los quiere? Sólo pretendían cortar tus alas. Pretendían atarte a sus vidas sin ningún pudor, ¿cómo se atrevieron? ¿Cómo se atrevieron a ocultarte aquel desván, aquella partida de nacimiento, aquellos documentos de adopción? ¿Cómo se atrevieron a dejar que te encerraran en aquel manicomio de mala muerte? ¿Cómo pudieron pensar que lo hacían por tu bien? Por atreverse, ahora yacen en ese desván, bañados en su propia sangre y esperando a ser encontrados por esa hermana que dejó que aquello pasara.

Te sientas en la puerta de embarque del aeropuerto a esperar a ese vuelo que tanto has ansiado, sin ningún remordimiento, sin mirar atrás, y sonríes.

Es la hora de saltar por la ventana.

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