Es la hora

Estaba anocheciendo. Pedro estaba de ronda por las calles y caminaba con paso altivo, con la prepotencia de quien sabe que puede hacer lo que quiera y no resultará perjudicado. Llevaba toda la tarde buscando algo, alguna oportunidad, que le permitiera hacer uso de esa autoridad. Y justo en ese instante la encontró.

Un anciano mendigo avanzaba renqueando empujando un carro en el que llevaba todas sus pertenencias. Respiraba con dificultad y a cada paso su artritis le provocaba una oleada de dolor por todas sus articulaciones. “Demasiado frío para alguien tan viejo”, se decía. Se paró junto a unos contenedores y empezó a rebuscar entre los restos de los ricos que vivían en esa calle en busca de algo con lo que aliviar el hambre. Así fue como, desgraciadamente, le halló Pedro.

-¡Tú! -gritó- ¿No sabes que está prohibido hurgar en la basura? -agarró al anciano del cuello del desgastado abrigo y lo apartó de los contenedores.

-Yo… No sabía que ya no se podía. Le ruego que me disculpe, señor policía, pero llevo años sin cobrar mi pensión porque no coticé los 40 años que exige la ley y me vi obligado a buscar mi alimento por las calles. Enseguida me voy -su voz sonaba cascada y llevaba en ella toda la desesperación que sentía. No le habría importado morir en ese momento.

-Me importa una mierda la historia que te hayas inventado para ir holgazaneando por ahí. Vas a pagar por esto – sin soltar al anciano, le dio una patada a su carro y volcó. Todas sus cosas cayeron rodando hasta la calzada y las ruedas de los lujosos coches que pasaban las aplastaron sin pudor.

-¿Me deja irme ya, señor? -preguntó el anciano, al borde de las lágrimas.

-Que te lo has creído -contestó el representante de la ley.

Le llevó a rastras hasta un callejón bajo la mirada de algunos transeúntes. Una de ellos, llamada Aurora, les siguió. Era una policía que había elegido ese trabajo para detener a criminales y había acabado por detestar su oficio. A su parecer, la gente a la que estaba obligada a detener no eran criminales, sino gente desesperaba que buscaba justicia y defendía sus derechos. Llevaba días sin acudir al trabajo, se paseaba por las calles observando y pensando, con su arma escondida bajo su abrigo, decidiendo qué hacer.

No fue la única que los siguió, varios dependientes de tiendas que cerraban en ese momento se acercaban con prudencia, observando desde lejos. Pedro tiró al anciano al suelo y le dio una patada. Ni siquiera gritó, sólo soltó un débil gemido, pues ya estaba acostumbrado a ser maltratado. A continuación sacó la porra y le dio otro golpe más fuerte.

El grupo de gente que los había seguido había crecido hasta convertirse en una pequeña multitud. Cuando Pedro alzó la cabeza, vio a una horda de ciudadanos de a pie con cara de repugnancia observándoles. Creyó que era por el anciano que se retorcía a sus pies y se preparó para propinarle otro golpe.

-¡Para! -gritó alguien.

El policía se detuvo y se volvió lentamente para mirar a la joven que había hablado.

-¿Cómo dices? -dijo con la porra en la mano en un gesto significativo.

La joven palideció, pero no retrocedió.

-He dicho que pares. No ha hecho nada malo -contestó con voz firme.

-Mira, bonita, ya sé que las mujeres no estáis hechas precisamente para pensar, pero mi trabajo es protegeros de la escoria como esta, ¿comprendes…? -se calló de pronto. La multitud había comenzado a avanzar hacia él con la rabia contenida pintada en sus rostros. Los rostros de quienes llevaban años reprimidos.

-Deteneos – dijo con un tono más seguro de lo que él se sentía -. Debéis obedecerme, soy la autoridad.

Ellos seguían caminando, lentamente. Pedro, cada vez más asustado, dirigió su mano temblorosa hasta su pistola.

-Mi tío es alguien muy influyente, os lo advierto. Me he quedado con vuestras caras. Como me pase algo él…

-Él no es nadie. Ahora mismo tú no eres nadie. Estás solo ante nosotros. Estás sintiendo el miedo que sentimos nosotros cada día al salir afuera, temiendo hacer algo que de pronto es ilegal y acabar en la cárcel, torturados de por vida -la joven le miraba sabiendo que hablaba por todos al decir esas palabras.

Pedro sacó la pistola y apuntó al mendigo.

-Apartaos o le pego un tiro aquí mismo -se removía inquieto, consciente de que su fin podría estar próximo-. Os juro que mataré a esta escoria si no me dejáis irme.

La gente vaciló un instante, pero luego continuó avanzando, cada vez más cerca, en círculo, como lobos acorralando a su presa. Pedro retiró el seguro del arma, que temblaba violentamente, apuntó bien y…

El sonido del disparo se extendió por el barrio más rico de la ciudad, provocando que algunos perros ladraran y que a las personas que se encontraban en el callejón se les parara el corazón. Pedro se encontraba muerto en el suelo entre un charco de sangre, con el mendigo sentado a unos pasos de él, mirando con la cara salpicada de rojo escarlata y los ojos en expresión sorprendida a la mujer que seguía con la pistola apuntada hacia el lugar donde había estado el policía de pie.

Aurora había matado a uno de los suyos, y no estaba arrepentida. La rabia no se había disipado, ahora estaba segura de lo que había que hacer. Bajó el arma y miró a todos y cada uno de los presentes a los ojos. Muchos asintieron, dándole su aprobación y haciéndole entender que estaban listos. Ese era el día en el que todo cambiaría. La joven que había hablado antes se acercó a Pedro y cogió su pistola. Le tendió una mano al mendigo con una sonrisa y le ayudó a levantarse.

-¿Quién eres? – le preguntó amablemente.

-Me llamo Santiago – contestó -. Y era médico hasta que, al cumplir los 50, decidieron que ya no lo era.

-Santiago – le dijo Aurora – ¿Estarías dispuesto a ser médico de nuevo?

-Señora -contestó Santiago solemnemente-. Mis conocimientos estarán al servicio de la verdadera justicia que hoy ha renacido de la carroña -miró con repugnancia al policía muerto y empezó a toser.

La joven le dio algo de agua y Aurora sonrió. Volvió a mirar a la multitud allí congregada mientras empezaban a escucharse las sirenas de policía. Las miradas de esperanza, determinación y cierto temor esperaban su señal para iniciar una nueva era, una nueva revolución. Las palabras que estaba a punto de pronunciar serían recordadas por la historia durante siglos. La palabras que llevaba un tiempo queriendo dejar escapar de sus labios. No alzó mucho la voz y, sin embargo, todos los presentes pudieron oírla claramente.

-Es la hora.

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