Una estela de paraguas rotos

Sujetaba el paraguas negro con tanta fuerza que los nudillos de su mano se blanqueaban con la presión. No había manera de que dejara de mirar al otro lado de la calle, a esa librería donde esperaba encontrar la respuesta a sus preguntas. Alguien de su categoría, de su clase social, con esa elegancia resuelta y solemne, no podía ser visto en la sección que quería visitar, de ninguna manera. Cruzó la calle sin dejar de mirar la entrada. Pasaba a su lado mientras ojeaba el interior a través del escaparte, buscando el cartel de novelas eróticas, cuando alguien pasó corriendo y, de un empujón, hizo que soltara el paraguas, dejándolo a merced del viento. Si permanecía ahí se empaparía. No lo pensó más y entró en la librería.

Y, fuera, un paraguas roto se deshacía en miles de virutas hasta ser aire.

Ni se fijaba por dónde pisaba, metiendo las botas en los charcos y luchando contra el viento para que no se llevara el paraguas que aferraba con desesperación. Llegaba tarde, terriblemente tarde. Y, ¿todo para qué? Un examen que, aprobara o no, abriría un futuro que no había escogido, uno que le habían obligado a tomar. Dio un salto para salvar un charco más grande, cayó de golpe sobre ambos pies y soltó el aire bruscamente. No iba a llegar, de todas formas daba igual: hacía tiempo que lo sabía. Fijó la vista a lo lejos, hacia la facultad, mientras caminaba a grandes zancadas por el borde de la acera. De pronto, un autobús pasó a su lado y pisó una balsa de agua sucia, salpicando hacia donde se encontraba. Soltó el paraguas en un grito, y este voló lejos. Entre maldiciones, se fijó en el autobús; sabía adónde iba. No lo pensó más y corrió a cogerlo.

Y, fuera, un paraguas roto se fundía hasta convertirse en agua.

No sabía ni por qué había salido. Llovía a cántaros, el viento rugía con fuerza. No debería estar ahí. Pero quizá quería otra oportunidad, explicar por qué cada día su comportamiento cambiaba, por qué a menudo desaparecía sin dejar rastro, por qué decía que iba tanto al dentista si en realidad tenía la boca en perfecto estado. Echó un vistazo al justificante médico de la sección de psiquiatría y recordó lo que le dijo su terapeuta: “Si es amistad de verdad, no debes preocuparte por lo que pensará”. Ojalá fuera cierto, nunca lo había comprobado. Dobló la esquina que tan bien conocía y se quedó observando el bar. Estaba ahí, trabajando, con su sonrisa incansable y algo de sudor en la frente. No parecía molestarle el día gris que reinaba fuera, era algo que siempre había admirado. Caminaba de forma tan absorta que no vio que su paraguas iba a chocar con la rama baja del gran árbol, y sus ramajes lo alejaron de su mano sin siquiera pedir permiso. La lluvia seguía cayendo. No lo pensó más y se dirigió al bar.

Y, fuera, un paraguas roto se clavaba en el suelo hasta convertirse en tierra.

Necesitaba un cigarro, sólo podía pensar en eso. Aunque no sólo en eso. Sus dedos tamborileaban contra la cartera donde llevaba los dibujos que pensaba presentar, y ahora no lo tenía tan claro. Se paseaba frente a la entrada asiendo el paraguas azul, su color de la suerte, intentando dominar sus nervios. ¿Y si no eran lo que buscaban? O peor, ¿y si no eran lo suficientemente buenos? Siempre igual, siempre dudando. No lo podía evitar, había recibido tal cantidad de comentarios desprestigiando su estilo que ya poco de fe le quedaba. Sí, necesitaba un cigarro. Rebuscó en los bolsillos de su abrigo y sacó el último que quedaba en el paquete. Sujetó con la axila el paraguas mientras con una mano protegía el cigarro del viento y con la otra encendía el mechero. Una ráfaga de aire le revolvió el pelo e hizo que diera un paso hacia atrás, abriendo el brazo y soltando el paraguas. El objeto levantó el vuelo al tiempo que la lluvia empapaba todo intento de fumar. No lo pensó más y atravesó las puertas.

Y, fuera, un paraguas roto entraba en combustión hasta convertirse en fuego.

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