Un nuevo horizonte

-Qué desfachatez, ¡qué desfachatez! ¡Miraos, mortales! ¿Es que nunca vais a hacer nada bien?

Laura se paseaba en círculos bruscos frente al pequeño grupo, nada preocupado por sus palabras, que estaba a su cargo.

-¿Cuándo piensa decirle alguien que ella se incluye en sus propios insultos al ser mortal? -le susurró una joven a su compañero.

-¡Una sola cosa os he pedido! No teníais más que seguir los pasos, por todos los cielos, ¡hasta un niño con los ojos vendados y a la pata coja lo habría hecho mejor!

-Bueno, si lo miramos desde aquí, no se nota tanto que está torcida… -comentó alguien.

-Oh, y si apagamos todas las luces, cerramos nuestros lindos ojitos y giramos nuestras cabezas hacia otro lado, segurísimo que no se nota que la maldita torre no está en absoluto COMO DEBERÍA ESTAR -su cara había alcanzado el color rojo de los tomates maduros, cosa que preocupaba a su capataz, la cual trataba de abanicarla en un intento de sofocar su incendiado carácter.

-Míralo por el lado bueno, si se conserva así durante siglos, será bastante famosa -le dijo cuando se hubo calmado.

-Mmm… Bueno, ciertamente ese era el objetivo; era famosa allá, necesitamos, pues, que sea famosa en este universo. Ayayay… -suspiró Laura-. Al final van a tener razón esos dichosos dioses.Cada vez que confían en nosotros la pifiamos.

-La culpa es suya, por obligarnos a construir un mundo enterito a nosotros solos… -replicó un joven.

-Nos dieron poderes -alegó un segundo.

-¡Poderes incompletos! No entiendo por qué no quieren que pongamos en este mundo a las criaturas mágicas ni que nadie aquí pueda ser mago. Menos mal que les dejamos los libros donde se les recuerda. No sufrirán tanto, los pobres.

-En fin -Laura sacó su escoba y se montó encima en cuanto el objeto se puso a levitar-, no creo que una torre inclinada, una esfinge sin nariz, una criatura mezcla de pato, nutria, y castor, y algún que otro desajuste más acabe por convertir a los humanos que vivirán aquí en unos monstruos que monten guerras y trifulcas a la menor ocasión, ¿no?

-En absoluto, habría que ser especialmente cazurro para acabar así, y menos una especie con tanto potencial como esta- la capataz, y el resto, habían sacado también sus respectivos aparatos voladores, y se preparaban para dejar ese mundo antes de que llegaran los dioses con todos los huevos donde reposaban los nuevos humanos.

Echaron el vuelo, sin mirar atrás, pues aquella no fue la primera, ni sería la última. Y allá, justo en la línea que separa la tierra del suelo, se introdujeron con un destello y desaparecieron para siempre.

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