El Congreso de los Ignorados

Entre estas líneas narraremos una historia que precisa de un telón para comenzar como es debido.

Sí, ahí está. Rojo, aterciopelado. Los focos le dan ese toque elegante y sofisticado que despierta la emoción de los más indolentes. Vamos a alzarlo despacio, despacito. Mejor del tirón, no tenemos todo el día.

En el Congreso estaba teniendo lugar una de las innumerables discusiones sin principio ni fin que caracterizaban aquellas reuniones desde que alcanza la memoria. Dioses, qué exasperación. Los telespectadores desde sus casas suspiraban la desesperación que sentían sobre las páginas de numerosos periódicos rotos. Rojo de ira, aquel diputado recriminaba tras la tribuna quién sabe qué falacias hacia otro diputado de un partido distinto. Había tensión, pero una tensión viscosa, de las que producen dolor de cabeza. No era posible que aquello acabara bien, y lo sabían.

De pronto, toda la algarabía allí formada se tornó en un silencio estático. Una figura estaba subiendo las pocas escaleras que conducían a la tribuna, dando pasos suaves y calmados, como si de un fantasma se tratase. Al llegar, empujó suavemente al diputado que hablaba hacía unos instantes, y éste, como hipnotizado por una fuerza extraña, bajó sin ofrecer resistencia y volvió a su sitio. Nadie sabía quién era, ni siquiera podían alcanzar a averiguar su género. Es curioso, algo tan irrelevante tenía a los asistentes totalmente atacados de los nervios. Al fin y al cabo, ¿en qué podría influir una tontería así? Sin embargo, no saber qué había bajo sus ropajes les producía tal desasosiego que incluso eclipsaba su posible temor hacia lo que aquella criatura hubiera ido a hacer allí.

Vestía una túnica de un color indefinido. Tal vez marrón, tal vez gris. Su media melena blanca enmarcaba un rostro de edad interrogante, sin arrugas, pero portaba una mirada tan profunda que costaba aceptar que fuera menor de cuarenta años. Observaba totalmente en calma a su público con sus iris color pizarra, evaluando la cámara de diputado en diputado. Todo el mundo permanecía en su mutismo inquieto, sin decidirse a preguntar o a salir corriendo de allí. Algunos miraban a aquel que presidía la cámara, esperando que en algún momento despegara los labios e interviniera, pero nada parecía indicar que fuera a hacerlo. Un guardia hizo el amago de acercarse al ser, con una mano en la funda de su pistola. La criatura lo miró fijamente. Nada volvió a moverse desde ese momento.

-¿Quién eres? -pudo proferir una diputada, al fin.

-¿Quién… soy? -Aquella voz salió como terciopelo y se deslizó por la sala perezosamente- Soy un sueño que nunca llegará cumplirse.

Hizo una pausa. Alargó una mano para coger el vaso de agua que reposaba a su lado y metió un dedo en él. Cuando lo sacó, las gotas que habían quedado pegadas a él comenzaron a iluminarse.

-Soy un sinfín de palabras puestas en fila hacia ningún lugar -apuntó con el dedo húmedo y refulgente hacia el Presidente del Gobierno. El agua salió disparada de su piel a tal velocidad que los asistentes sólo pudieron ver un rayo que atravesaba el espacio y aterrizaba sobre el pecho del Presidente. El hombre exhaló, sorprendido, y cayó al suelo.

La gente entró en pánico, llenando la sala con sus gritos. Algunos se echaron al suelo, otros trataron de huir… Todo en vano. La criatura había comenzado a disparar con sus manos desnudas rayos blanquecinos a cualquiera que se moviera sólo un centímetro de su asiento, y pronto la cámara se llenó de cadáveres impolutos, sin una sola mancha de sangre que revelara algún indicio de violencia. Las pocas personas que aún permanecían vivas aguardaban sentadas y tensas, sospechando que en breves les iba a llegar su hora también. Todo quedó en calma de nuevo. Nadie podía entrar a la cámara, porque en cuanto atravesaban las puertas caían desmayados. Estaban solos.

-¿Que quién soy? -Aquel ser volvió a hablar-. Soy quien habéis dejado que existiera ignorando su existencia a la vez -Apuntó a alguien con el dedo y disparó-. Soy la esperanza inacabada que hace siglos dejasteis morir. ¡Soy una libertad prometida y traicionada, una ley sin valor! -Su voz se alzaba ahora con potencia, resonando por todos los recovecos de la cámara y encogiendo los corazones de los diputados supervivientes-. Soy…

Entonces pareció apagarse, como un pájaro derrotado que ya no podía volar más. Miró hacia todas partes, como buscando algo, intentando tomar una decisión. Al fin, su vista se posó sobre alguien. Sonrió. Sus labios se curvaron de tal forma que sólo podían inspirar terror. Su piel empezó a arrugarse, a marchitarse poco a poco. Primero despareció su mano, convertida en polvo, y al final su cuerpo por entero acabó dispersándose como una nube por la estancia.

El silencio regresó de nuevo. Sin saber cómo los cadáveres se levantaron despacio. Aquellos que habían sobrevivido los miraban estupefactos, sentados aún, sin atreverse a mover un solo músculo. Los resucitados ocuparon sus asientos de nuevo. Sus caras no parecían revelar nada de lo que había acontecido allí. Pero una persona no se sentó. El Presidente se acercaba a la tribuna con paso firme, sin ningún papel en las manos. Se colocó frente a la gente, moldeando el silencio hasta convertirlo en suyo. Alzó un brazo con el puño cerrado y gritó:

-¡Soy la revolución!

Y aquí bajamos el telón.

Sí, aquí. Te ruego tu perdón, sé que no revelo los secretos, sé que estos hechos no tienen fundamento. Y, sin embargo, sé que adivinaste su color.

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