Somos simbiosis

La simbiosis me parece un tema tan precioso que he sentido la necesidad de inaugurar esta sección con ella. Así que allá vamos.

En primer lugar: ¿Qué es la simbiosis?

Seguramente ya lo sepas, pero lo recuerdo por si acaso. La simbiosis es el beneficio mutuo entre individuos de especies distintas. En otras palabras: uno ofrece algo que el otro aprovecha, y viceversa.

Esta simbiosis no siempre beneficia a ambos organismos por igual, de forma que se puede dividir en dos: obligada y específica.

¿Dos tipos de simbiosis?

Bueno, no todo iba a ser de color de rosa, ¿no te parece?

La obligada, como su nombre indica, obliga a uno o todos los miembros de la simbiosis a establecer esta interacción, o de lo contrario no sobrevivirá. Un ejemplo de este tipo es el liquen, formado por un hongo y un alga. El hongo obtiene nutrientes extra gracias a la fotosíntesis de su compañera, mientras que esta obtiene el poder vivir en sitios más secos, ya que el hongo le aporta humedad. Sin embargo, el que más beneficiado sale es el hongo, puesto que el alga está obligada a aportarle sus nutrientes a cambio de no agonizar en la sequedad del ambiente terrestre. Además, el único que puede reproducirse sexualmente es el hongo, lo que implica una desventaja para el alga.

Rhizocarpon geographicum, llamado así por su disposición sobre las rocas parecida a los mapas

Otro ejemplo también es el de los protozoos flagelados con las termitas. En este caso ninguna de las dos especies puede sobrevivir sin la otra, por lo que es una simbiosis extremadamente obligada. Las termitas, como sabrás, se alimentan de la celulosa presente en la madera de los árboles. En realidad, ellas solas no tienen la capacidad de digerir este polisacárido. Los protozoos que viven en su aparato digestivo son las que degradan el polímero para que pueda ser absorbido por su huésped. Así, las termitas adquieren alimento, y los protozoos un medio favorable, libre de oxígeno -muy tóxico para estos microorganismos anaerobios-, en el que sobrevivir.

Termitas alimentándose de madera

La específica, sin embargo, no implica la interacción obligatoria entre las especies para poder sobrevivir, sólo consiguen un beneficio añadido. Un ejemplo -precioso, además- de esta interacción es la de los peces y calamares luminosos. Las bacterias Gram negativas Vibrio fischeri, que contienen la enzima luciferasa (responsable de la emisión de luz) se alojan dentro de los órganos luminosos de estos organismos. Esto aporta defensa o elemento sorpresa para la depredación a los peces y los calamares, y un medio favorable y libre de competidores a las bacterias.

squid picture
Bioluminiscencia de Vibrio fischeri en simbiosis con el calamar Euprymna scolopes. Fotografía de Mattias Ormestad

La endosimbiosis

Es imprescindible tratar este tema. La teoría endosimbionte fue formulada por mi queridísima Lynn Margulis (que no se note mi gran admiración hacia esta mujer tan adorable), reputada bióloga estadounidense (1938-2011) conocida también por sus aportaciones en el estudio de la evolución y la Hipótesis Gaia.

La endosimbiosis consiste en lo siguiente: imaginemos una célula más o menos grande alimentándose en un medio líquido por medio de pseudópodos (extensiones de la célula en forma de “brazos” que encierran un espacio de medio extracelular entre ellos para fagocitarlo dentro de la célula). En ese afán por alimentarse, cogerá entre sus pseudópodos desde iones, moléculas pequeñas y macromoléculas hasta restos de otras células o incluso bacterias vivas. Una vez en su interior, digiere toda esa masa y la incorpora a su propia estructura. Sin embargo, esta teoría -varias veces demostrada en laboratorios- sostiene que en algún momento una de esas bacterias que han sido fagocitadas pasa a formar parte de la célula grande, convirtiéndose en un orgánulo que aporta energía a su huésped. Aunque la bacteria gana un medio favorable en el que alojarse, desde ese momento queda bajo el mando de la célula grande, por lo que sería un simbiosis obligada. Este sería el inicio de los llamados orgánulos, como son las mitocondrias o los cloroplastos. Para entenderlo mejor, os muestro este dibujo bastante monosésimo (¿me he inventado la palabra? Sí, y a mucha honra).

endosimbiosis

Somos simbiosis

Ahora, basándonos en todos estos ejemplos, me gustaría expresar mis impresiones respecto a nuestra condición como organismos pluricelulares con diferentes tejidos y órganos.

Si tenemos en cuenta que nuestras células sobreviven sólo porque forman parte de nuestro cuerpo, podríamos afirmar que estamos compuestos de millones de microorganismos simbiontes que interaccionan entre ellos para el beneficio de todo el consorcio -que seríamos nosotros. Si bien es cierto que muchas de nuestras células deben “suicidarse” por el bien del organismo, en conjunto se obtienen millones de ventajas para la supervivencia de todas las demás células.

Además, seguramente habrás oído hablar de la “flora intestinal” -un término un poco cogido por las pinzas, pero bastante extendido. En nuestro aparato digestivo se alojan tantas bacterias que llegan casi a superar el número de células propias del organismo. Estos consorcios son fundamentales para la correcta digestión de todo lo que comemos, por lo que se cree que en un futuro muy muy lejano -la evolución es lenta para nuestro punto de vista mortal- podría convertirse en un órgano o tejido más de nuestro cuerpo. Ello indicaría más o menos cómo se han ido formando los demás órganos de nuestros más primitivos ancestros y cómo, en realidad, estamos vivos gracias a la colaboración de tantas especies microbianas que eligieron la simbiosis como forma de evolución más eficiente.

Quizá entonces la selección natural no sea tan fría y dura como parece, puesto que la simbiosis le da un matiz mucho más suave y amable.

Así que no me queda nada más que añadir: ¡SOMOS SIMBIOSIS!

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4 comentarios en “Somos simbiosis

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