Destellos de sangre

“Luz”.

No podía describirlo de otra forma. Todo lo que la rodeaba estaba compuesto por una luz tan limpia que se sentía sucia allí en medio. Caminaba con pasos suaves, acomodando sus pies descalzos entre la hierba mullida y evitando así trastocar un milímetro el perfecto paisaje. Nadie le dijo que se le permitiría volver. Nadie le advirtió de ello.

Ahora, allí estaba. De pie, respirando un aire que ya no creía merecer. Observó sus manos: blancas, finas, pequeñas… Demasiado pequeñas. Al mirarse el pecho comprendió a qué se debía tal desajuste. De nuevo, volvía a ser aquella niña que no temía a nada porque no creía en nada que pudiera temerse. Se atrevió a inspirar profundamente mientras se sujetaba la tripa. No, no estaba allí. El dolor había desaparecido; las heridas, las cicatrices… No había ni rastro de su vida anterior. No lo entendía.

A lo lejos se escuchaba el murmullo del agua que corría en un arroyo, un sonido saltarín, inocente. Una música que jamás creyó volver a oír. Emprendió el camino hacia él. Se abrió paso a través de la pradera, colina arriba. Notaba sus pulmones llenarse con normalidad. Sus piernas no se doblaban ni se quejaban por las numerosas grietas que antes presentaban, resultado de tantas batallas sin sentido en las que ella decidió luchar por algo tan absurdo: el honor. Se permitió sonreír levemente ante aquel pensamiento. Qué joven e ingenua fue, creyendo que un soldado valía más que todos los paisajes hermosos de su antigua tierra. Siguió corriendo, cada vez con más fuerzas.

Por fin, alcanzó la cima. A un lado se extendía un mar de hierbas sándalas, flores chisposas e insectos zumbeantes. Al otro, se alzaba una imperiosa montaña cuya cima era imposible de distinguir, tal altura alcanzaba. Por una de sus laderas discurrían varios riachuelos, como cristales fluidos que se colgaban y tiraban desde las rocas con risas repiqueteantes de diversión. Se apresuraban por llegar el punto en que la vegetación crecía con más exuberancia, protegida del viento que lo revolvía todo con cariño, incluido su pelo ambarino. Una vez reunidos, se amansaban un trecho para ponerse de acuerdo, y luego saltaban con más entusiasmo, todos a la vez, hasta conformar una cascada con una caída de vértigo.

Ella corrió hasta el inicio del salto y se encaramó a las grandes rocas que conformaban el punto de partida de los traviesos cristales acuíferos. Miró hacia abajo. Años atrás veía a sus amigos atreverse a zambullirse en la piscina natural que reposaba a sus pies, mientras ella se quedaba sentada en la copa de algún árbol, imaginando que se atrevía a unirse a ellos. Compuso una sonrisa más firme que la anterior. Quién hubiera pensado que algún día tendría la oportunidad de arreglar eso. Se preparó para apuntar con su cuerpo al centro mismo del pequeño lago, inspiró hondo y se tiró. El agua estaba fresca y se extendía,  liviana, por entre los pliegues de su vestido. Al emerger de nuevo soltó el aire que había retenido en sus pulmones con un grito de salvaje libertad. No podía creer que se le hubiera otorgado tal redención, que hubiera podido escapar de toda aquella oscuridad pasada.

Abrió los ojos de nuevo a la luz, pero lo que vio no era ningún paisaje luminoso ni la cálida paz de la naturaleza. A su alrededor descansaban los numerosos cadáveres que había dejado al marchar. Lentamente, se miró las manos. Seguían como siempre: grandes, callosas, repletas de cicatrices, y ensangrentadas. Tragó la saliva metálica que se había formado al desmayarse y giró la cabeza para no mirar a los muertos. Así descubrió a la figura humana que la estaba observando acuclillada a su lado. A pesar de sólo distinguir una mancha borrosa, pudo comprobar que no vestía como un soldado, ni como algún alto mando. Sus ropas transmitían comodidad y calor de hogar, ampliamente acunadas entre su cuerpo, como una túnica ceñida. Le estaba sonriendo como hacía años que no le sonreían. No se atrevía a preguntar quién era, pues ya no le importaba morir ni ser juzgada si no podía volver a su pequeño rincón de calma espiritual.

—Tranquila, ahora estás a salvo —le dijo con una voz femenina que inspiraba tranquilidad—. Pronto saldrás de aquí para siempre, y podrás volver a zambullirte en esas aguas —añadió.

—¿Quién…? —logró murmurar ella— ¿Quién eres?

—¿Quién crees que soy? —preguntó la figura, sin embargo.

—La Muerte —contestó sin dudar.

—Entonces soy la Muerte —afirmó la criatura. Tras decir esto, extendió lo que podía ser su brazo y posó el extremo sobre su frente. Después, todo se difuminó y desapareció por entero.

Y lejos de allí, en una colina que contemplaba millones de cristales acuáticos jugando sin descanso, un arce mecía sus hojas rojas al son del revoltoso viento.

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