Eterna paciencia

La no-luz de la noche naciente se entremezclaba con la luminosa artificialidad de su salón. Observaba, arrebujada en el sofá, el libro sin título que reposaba sobre la mesita de enfrente. De portada apergaminada y hojas amarillentas, parecía uno de esos antiguos manuscritos con encanto que tanto le gustaba coleccionar. Sin embargo, este no era uno de tantos; ni mucho menos. Lo miraba con los ojos entrecerrados, tratando de averiguar a base de desgaste visual, quizá, cuáles eran los secretos que albergaba en su interior. Todo sería más sencillo si simplemente pudiera abrirlo. Pero no podía.

Ese era un misterio que la intrigaba aún más que lo que contenía aquel libro: ¿por qué no podía abrirlo? Ni siquiera era sólo eso, resultaba que tampoco podía tocarlo. En la librería había sido el dependiente quien se lo había metido directamente en la bolsa, impidiéndole en todo momento, y de forma insistente, tocarlo con sus ávidas manos. Una vez en casa, lo había dejado posarse en la mesita deslizándolo cuidadosamente desde el interior de la bolsa. Cuando hubo realizado todos las tareas domésticas más urgentes, había alargado su mano con esos ojos brillantes que se le ponían cuando abría a un nuevo integrante y había topado con la nada, y luego con el rugoso tacto de la madera de pulido incompleto de la mesa.

Tras la sorpresa inicial, vinieron numerosos intentos de rozar aunque sólo fuera un segundo el antiguo objeto. Así, descubrió a base de ensayo y error que ni siquiera los guantes funcionaban: sólo lograba moverlo de sitio, pero cada vez que intentaba abrirlo, el libro se volvía incorpóreo y se le caía de las manos. Lo mismo con pinzas, palillos y toda clase de objetos. Había algo -o alguien- que no quería que mirara en su interior, y había hecho muy bien su trabajo.

Acabó entonces por tirarse en el sofá, abatida. Parecía que cuanto más deseaba tocarlo, más se desvanecía, como cuando tratas de recordar un sueño difuso… Abrió los ojos de golpe ante esa comparación. Así que de eso se trataba. Se levantó con decisión, se puso los guantes y se llevó el libro consigo hasta buscarle un hueco en la estantería más apartada de su apartamento. Sin pensarlo más, se fue a acostar.

Y pasaron los días, las semanas, los meses. Al final acabó por no pensar en el libro más que una o dos veces a la semana. Se concentró fuertemente en su trabajo, mantuvo sus horas libres lo más ocupadas posibles: no quería pensar en él. Una mañana intensa en la que estaba sobrecargada de tareas pendientes para el trabajo, se puso a buscar una enciclopedia sobre temas extraños que juraría haber guardado en algún lugar dentro de aquella casa. Se paseó por estanterías, armarios e incluso por debajo de la cama. Al final, pasó lo inevitable.

Rebuscaba entre los rincones de la estantería más polvorienta y más atestada, dispuesta a encontrar esa dichosa enciclopedia, cuando topó con aquel libro antiguo. Ni siquiera se fijó en cuál era, sólo sabía que quizá detrás de él se encontrara lo que buscaba. Tal era el frenesí de su estrés que, sin darse cuenta, se le escurrió de las manos y cayó al suelo, abriéndose de par en par. Una oleada de polvo le llenó los pulmones y la obligó a toser sin descanso durante unos minutos. Cuando el ataque cesó al fin, se fijó en las páginas que reposaban expuestas en el suelo. Se quedó muda de asombro y, como hipnotizada, alargó las manos y tocó el papel con sus yemas. Inesperadamente, no se hundieron hasta alcanzar el suelo, sino que quedaron apoyadas sobre el libro, corpóreo y real ante ella. Su espera había dado sus frutos. El secreto residía en no obligar al sueño a salir, sino aguardar pacientemente a que quisiera ser revelado por su cuenta.

Lentamente, comenzó a pasar las hojas, Todas estaban en blanco, aunque algo amarillentas y desgastadas. El desconcierto dio paso poco a poco al enfado. Ahora que por fin se había abierto, resultaba que había una protección más. De pronto, paró. En una esquina de una de las últimas hojas había una frase escrita.

Enhorabuena. Has descubierto el secreto de la paciencia eterna.

Estuvo a punto de tirarlo por la ventana. Lanzó un grito a las paredes, llena de rabia. Se levantó muy enfadada y lo miró con recelo. Sí, lo vendería y allá se las apañaran los siguientes dueños. Pero, sin saber muy bien por qué, decidió dejarlo de nuevo en la estantería. Mientras se alejaba de los estantes rebosantes de libros, giró la cabeza y lo miró, esbozando una leve sonrisa. Tal vez sí fuera cierto que había obtenido algo, pero nunca es lo que uno desea, ¿verdad?

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2 comentarios en “Eterna paciencia

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