Querida muerte

—Pues nada, aquí te dejo mi carta —la niña posó despreocupadamente el sobre encima de la lápida de su padre y luego dio un paso atrás para colocarse junto a su madre.

—Pero… —La mujer miraba a su hija de nueve años con la incredulidad plasmada en sus ojos llorosos e hinchados—. ¿Eso es todo, cielo? ¿Seguro que no quieres… llorar? ¿Desahogarte?

—¿Por qué? —respondió mientras se rascaba una pierna con el pie de la pierna contraria—. Está muerto, como dijo ella que pasaría. Ya lo tenía asumido.

—¿Ella? —preguntó su madre con asombro—. ¿Quién?

Por toda respuesta, la niña señaló a un punto del cementerio, allá donde aguardaba una figura altiva ataviada con una túnica negra. Aquel individuo, al ver que lo miraban, se apresuró a acercarse.

—Buenos días —dijo la alta mujer.

—¿Quién es usted? —quiso saber la madre.

—La Muerte, naturalmente —contestó sonriendo.

—Os dejo que habléis —. La niña le dio un beso a su madre y se alejó dando pequeños brincos.

—Mire, no sé quién es usted ni por qué hace esto, pero será mejor que se aleje de mi hija si no quiere que la denuncie —le advirtió la desdichada viuda sonándose la nariz—. Y no es ético aprovecharse del dolor de la gente.

—Sólo quería evitar que la niña sufriera un trauma. La avisé de que esto ocurriría explicándoselo poco a poco. Créeme, he evitado un futuro catastrófico: su hija iba a convertirse en alguien despiadado en política, el mundo habría acabado muy tocado… Y yo lo he evitado porque la cantidad de muertes me colapsaron. Ya ocurrió una vez, y le aseguro que explicar a tanto judío que tras la muerte no viene lo que esperan es agotador.

—Está usted delirando —le dijo la madre con indignación al tiempo que ahogaba uno de tantos sollozos.

—Vamos, vamos. Al menos le queda su hija… La herencia también, supongo —trató de consolarla la Muerte.

—No, no, somos inmensamente pobres —explicó sollozando aún más.

—Le queda el amor de su niña… De sus amigos…

—Mi hija no me hace caso y mis amigos no existen —. Se sonó la nariz.

—Vaya, sí que lo tiene chungo… —comentó la mujer torciendo los labios.

—Bueno —murmuró la viuda mientras se sonaba de nuevo—, al menos tengo salud…

—Oh —dijo la Muerte sonriendo—. Tú espera.

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