Sueños de brujas

Cuando Leonardo Eponde llegó al Instituto Áltimor observó que los muros del castillo restaurado se encontraban levemente oscuros por la humedad de la recién caída lluvia. El musgo adornaba algunas piedras de la altiva fachada, tan antigua como la historia de la región, una zona alejada de cualquier ciudad por la que rondaban historias de brujas y duendes.

Se respiraba un aire boscoso, rodeados como estaban de árboles frondosos e inmensos, aunque ya empezaban a tornarse a los típicos colores acres que otorgaba el otoño. Al entrar por la gran puerta, el director mismo en persona lo recibió: era un honor para el centro recibir al hijo de la honorable doctora Laima Eponde.

Pese a su condición —o más bien la de su madre—, Leonardo no era muy popular, ni tampoco llamaba la atención de nadie. Entró en la vida estudiantil tan silencioso como siempre. Pocos amigos, si podían llamarse así, y horas enteras paseando solo por los senderos del bosque. Allí fue donde conoció a Ánida. La joven trepaba con su diminuto cuerpo por las ramas de un arce viejo, intentando alcanzar una planta de muérdago que crecía en lo alto. La reconoció de la clase de latín: era la muchacha que siempre se distraía dibujando en su libreta en vez de atender. Alegaba que ya sabía latín de sobra y que podían meterse sus textos cristianos de los libros de texto por donde les cupieran.

Tras aquel encuentro, Ánida se encaprichó de su compañía y le metía en toda clase de líos a los que ella llamaba formas de no morir estando ya muerto. Con su apariencia de duende y su pelo corto, parecía una niña inocente que no podía hacerle nada malo, así que él la seguía en sus escapadas nocturnas por los pasadizos del castillo, los extraños rituales que al parecer servían para alejar a los malos espíritus —y con suerte también para hacer vomitar hasta la muerte a algún profesor— y grabar los símbolos que había estado dibujando en su libreta sobre las paredes de piedra.

Un día, charlando en la habitación de Leonardo, ella le dijo que tenía que confesar algo.

—Quizá ya te hayas dado cuenta, mi estimado amigo —comenzó muy seriamente—, pero yo soy una bruja. No tengo sombrero ni escoba (por desgracia, habría sido MUY placentero) —comentó haciendo un gesto explicativo formando un círculo con los dedos de una mano y metiendo en él dos dedos de la otra, seguido del posterior suspiro de exasperación de Leonardo, acostumbrado a las referencias sexuales de su amiga—. Pero el caso es que sí que tengo poderes, y un pequeño problemilla.

—¿Aparte de que este es un instituto católico donde nos obligan a ir a misa cada dos días y tú no les caerías muy bien si supieran qué eres?

—De hecho —replicó mientras alargaba la mano para coger el pañuelo de suave tela que había dejado tirado en la cama—, ese es el problema. He estado escaqueándome de las misas con la excusa de ayudar en las cocinas y otras fingiendo estar enferma, pero cuando me gradúe eso no me va a servir: hay que estar en la capilla sí o sí, ser bendecido por el sacerdote —le recorrió un escalofrío—. Y yo quiero graduarme, pero así… Sólo puedo fingir que soy inocente, pero no serlo —tiró el pañuelo al aire y se puso debajo mientras caía despacio para que se le colocara de forma que semejase el velo de una virgen, pero se posó tapándole la cara—. Y está claro que al señor ese de arriba —se quitó el pañuelo de encima con fastidio y miró a su amigo con la cara roja y el cabello oscuro despeinado— no le gusto ni un pelo.

—Por curiosidad, ¿qué pasa si entras en la capilla? —quiso saber Leonardo.

Por toda respuesta, Ánida permaneció callada, mirándole. Al cabo de un rato, le cogió de la mano y le condujo por los pasadizos del castillo hasta la puerta de la capilla.

—Lo que vas a ver es un fenómeno al que las brujas llamamos saltancia —le advirtió.

Leonardo asintió con conformidad y entraron. Ánida se paseó pálida entre los bancos de madera hasta situarse frente la talla de la virgen.

—De verdad, mujer, que no sabes lo que te pierdes.

De pronto, se subió a un banco y empezó a saltar de unos a otros como una poseída. Los ventanales empezaron a brillar e iluminaron la sala con múltiples luces de colores. Ella hizo aspavientos con los brazos y todos los candelabros que había allí se movieron por el aire al mismo ritmo al que ella saltaba de un banco a otro. Reía como una endemoniada, con los ojos chispeantes y las mejillas sonrojadas: parecía un auténtico duende travieso, como los de los cuentos. Leonardo decidió que ya había tenido suficiente, la cogió en volandas y se la llevó de vuelta a su cuarto.

—¡No me digas que no ha sido divertido! —rió ella cuando la hubo tirado en la cama.

—Verás el enfado que se van a coger cuando vean ese estropicio.

—Bah, te preocupas por nada —le agarró del brazo y tiró de él hasta tumbarlo con ella en la cama—. ¿Por qué no nos divertimos? —sugirió poniéndose encima de él.

—E-estás muy distinta —profiró él—. Nunca te había visto así.

—Son los efectos colaterales del aire bendito —explicó con las mejillas aún rojas y la mirada ávida al tiempo que bajaba las manos hacia la entrepierna del joven—. Te dan ganas de hacer esas cosas que consideran pecados y en realidad son lo más divertido que hay.

—Pues a mí no me apetece pecar hoy —consiguió responder Leonardo quitándosela de encima para ponerse de pie, alejado de la cama.

—Eso no es lo que parece —sonrió ella señalando su entrepierna.

El joven se sonrojó y se tapó la zona con las manos.

—He dicho que no.

—¿Es que no te gusto? —preguntó la bruja con voz triste.

—No, no es eso, es que… Esto está mal.

—Mal —repitió ella arrugando la nariz—. Hablas como ellos. ¿Te han lavado el cerebro a ti también? Oh, pobre, pobre Leo. Yo te ayudaré.

La joven bruja se levantó y se acercó a él despacio, con esa mirada traviesa que ahora temía. Antes de que Leonardo pudiera siquiera gritar, su voz se convirtió en un sonido gutural, y ya no podía articular palabra alguna.

Ánida salió del cuarto de Leonardo Eponde con una sonrisa de satisfacción en los labios y la determinación de quien ha tomado una decisión.

Los periódicos dirían que el castillo sufrió un grave incendio, donde todos los internos murieron, la mayoría de las instalaciones quedaron reducidas a cenizas, incluida la capilla. Especularían sobre brujas, y sobre todo harían notar la desaparición sospechosa de dos jóvenes: una joven con fama de hechicera y un joven en cuyo cuarto no se encontró más signo de vida… que un simple e inocente sapo.

 

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2 comentarios en “Sueños de brujas

  1. ¡Hola, ladyberenjena! En serio, amo la maestría que tienes para escribir un relato de humor, o sea, la sencillez que muestras (Algo muy bueno) mezclado con un buen tema hace que luego nos traigas estos relatos super geniales.

    ¡Un cyberabrazo!

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