Ningún dios

—¿Vas a coger mi mano o no? —dijo Salvia.

—No… —murmuró Víctor encogido sobre sí mismo en el suelo.

—¿Es que no confías en mí? —preguntó ella con una marca de indignación en la voz.

Víctor fijó la vista en su compañera, incrédulo ante su falta de razón. Soltó un bufido mientras trataba de no mirar ni sentir el abrasante calor de las llamas que los rodeaban. Haciendo acopio de valor, se levantó por sus propios medios y se quedó de pie frente a Salvia, temblando.

—¿Cómo voy a fiarme de ti si has sido tú la que ha provocado este incendio?

Ella puso los ojos en blanco, se dio la vuelta y empezó a caminar hacia la salida de la iglesia, sin hacer ningún caso a las chispas que se desprendían del techo ni al bajo de su vestido, que acababa de prenderse con una diminuta llama. Víctor se subió la camiseta para taparse la nariz y la boca y la siguió dando brincos, rezando a quién sabe qué dios por que salieran vivos de allí. Afuera el sol brillaba. La hierba fresca y el curso de un arroyo daban el toque de humedad que necesitaban tras el ambiente seco del edificio sagrado. Salvia se giró mirando la estructura en llamas con una sonrisa de satisfacción en los labios, al tiempo que apagaba de unos cuantos manotazos la llamita de su vestido.

—Al final no ha salido tan mal, ¿verdad? —se jactó.

—Íbamos a desinfectarla de duendes malhechores, no a destruir un edificio centenario mediante tus ideas de loca —masculló Víctor.

—A veces me dices unas cosas tan bonitas, Víc… Acabaré por caer rendida a tu encanto —le dedicó una mirada pícara que tenía bien ensayada, o al menos eso creía él, porque siempre le salía perfecta: inocente e intimidante a la vez.

—No me llames Víc —ella le dedicó un gesto de desdén y siguió mirando las llamas—. Deberíamos irnos, Salvia, no tardará en venir algún humano.

La joven soltó un suspiro, como cada vez que debía abandonar el mundo mortal. Sacudió su corta melena castaña para desprenderse de la ceniza, extendió los brazos hacia delante y los dejó caer con un floreo. Su cuerpo se elevó bruscamente y se perdió en el cielo en cuestión de segundos. Víctor miró la iglesia una vez más.

—La verdad es que los locos son ellos al creer en semejantes ridiculeces… —dijo para sí mientras un ala del edificio se desmoronaba entre un gran estruendo.

Y, sin más dilación, levantó un pie, luego el otro, sustentándose en el aire y, con las piernas flexionadas, comenzó a elevarse perezosamente. Lo último que vio desde lo alto fue un cura corriendo hacia el lugar, profiriendo maldiciones e improperios nada dignos de ningún dios.

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