El abismo

Viento.

Qué violento. Parecía revolverse, como sabiendo que algo importante iba a pasar. Y es que el viento, incesante, sabe más de lo que imaginas.

Podía ver las olas del mar ahí abajo. Demasiado abajo. Rompían contra la pared de piedra labrada durante milenios, resueltas a acabar con todo rastro de tierra. Aunque sólo quedara un resquicio en pie, ahí estarían ellas para acabar con él. Y es que las olas, a merced del viento, saben más de lo que querrían.

Se giró para mirar a su compañero. No lo conocía, pese a que hacía meses que se habían visto por primera vez. Muchas personas creen conocer a alguien, orgullosas e ingenuas, sólo con un par de preguntas y poco más. Pero no, hace falta mucho más que eso, y ella lo sabía. Por eso, aquel joven que se alzaba ante ella se le antojaba extraño e indefinido.

—Es bello, el mar. Tiene esa clase de belleza que te deja sin respiración. Sabe que es fuerte y cruel, y a la vez alberga vida y esperanza. Parece un ser caprichoso que acaba con algo al azar y protege a otro mediante un dedo aleatorio. Si te elige, debes rendirte y aceptar tu derrota. Nadie puede vencerlo —dijo él.

—Hay formas de hacerlo. Podemos construirnos nuestras propias herramientas para atravesarlo, con esfuerzo, y llegar a tierras seguras. Si nos estancamos en unas, nos embarcamos en busca de aventuras. El mar no es caprichoso, sólo actúa conforme a su naturaleza, y tú debes adaptarte a ella y tratar de no nadar contra corriente —respondió ella.

—¿Y qué hay de aquellos que no consiguen atravesarlo? ¿Que se hunden cada vez más y no pueden mantener a flote su barca, diminuta y frágil, lo único que fueron capaces de construir? Ellos simplemente se ahogan, se entregan al mar, sabiendo que no hay victoria posible.

—Sí la hay. Hay otras embarcaciones cerca. Si confías correctamente, podrán salvarte. Si das con las adecuadas, te llevarán a tierras seguras, durante el tiempo suficiente para que reconstruyas tu barca de nuevo y puedas volver a navegar, en busca de tu propia tierra.

—Nadie te ayudará. Corren el peligro de que su embarcación se hunda con tanto peso. Sólo piensan en ellos mismos y en lo que pueden perder.

—No es verdad. Ahora mismo yo te estoy tendiendo mi mano, esperando que subas y así poder ayudarte.

—No puedes ayudarme.

Dio un paso y dejó medio pie a merced del vacío.

—No saltes. —Ella había avanzado y le cogía del brazo.

—¿Quieres venir conmigo? —Le agarró de la mano y tiró levemente de ella, dejándola en el mismo borde del abismo.

—Jamás. No hoy, no ahora.

—Tú también estás condenada. Todos lo estamos. Acabaremos formando parte del mar, atendiendo a sus deseos.

—No. —Tiró de él tierra adentro.

Se quedaron mirando fijamente, retándose. La oscuridad de la noche los envolvía. Dos minúsculos puntos allá en lo alto. Dos vidas que pendían de un hilo.

Ella alzó la mirada al cielo. Millones de estrellas, arremolinándose en la Vía Láctea, los observaban con impasibilidad.

—¿No te das cuenta? ¡Míralas! —Una lágrima brotó de uno de sus ojos—. ¿Cómo no puedes verlo? A saber cuántas estrellas de este infinito universo contarán con un planeta que albergue vida en su interior. Nosotros vivimos en uno, no podemos saber si hay más. Es muy complicado crear algo como nosotros, nos imponemos ante el desorden natural del mundo, le hacemos frente y vivimos. Todas las energías invertidas en nosotros, todo eso, sólo para que podamos vivir.

»Tenemos la oportunidad de vivir una vida, una oportunidad entre mil millones… No, entre mil billones. Y tú me vienes con que el mar quiere destruirnos. Compréndelo de una vez: eres único, el mar es único, todos lo somos. Y te empeñas en seguir creyendo que vivimos para malgastar todo esto y ser destruidos.

»No te conozco, ni tú a mí, pero estás vivo, y eso, para mí, es más importante que cualquier cosa. Sin embargo, respeto tu libertad. —Se zafó de su mano—. Eres libre de elegir. Busca la huida cobarde del fondo del mar, o encuentra la forma de caminar sobre él. Tú decides.

Y se fue.

Nunca más volvió a saber de él.

 

Sin embargo, el mar tampoco.

Océano, Mar, Costa, El Agua, Acantilados, Rocas, Cielo

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