Una historia sin terminar

Esta historia busca un final. Sé que lo podéis encontrar. Sugeridme, hortalizas, seres del bosque y demás criaturas. Escucharé para darle el desenlace que se merece.

Quizá para ti sea difícil imaginarlo, pero antes de todo este mar de luz hubo épocas en que su ausencia gobernaba el mundo. Fíjate en estas praderas. ¿Nunca te has preguntado cómo es que en mitad del bosque, a la misma altura y con las mismas condiciones, no crece ningún árbol? La respuesta nos llevará lejos, pues en este lugar también afloraban los imponentes robles milenarios que nos rodean. Fue hace mucho, mucho tiempo…

Cuentan que al principio de los tiempos no existía la luz. No quiero decir que no pudieran encender hogueras, prender antorchas y disponer velas por doquier. Me refiero a que en el cielo no había nada que iluminara por entero los paisajes, como ahora tenemos el Sol durante el día y la Luna y las estrellas por la noche. Tampoco existían los humanos. Aquellos seres habrían sido llamados actualmente criaturas mágicas, y no nos faltaría razón. Todos y cada uno de ellos se habían adaptado a la oscuridad, pues no conocían otro modo de vivir. Algunos sobrevivían con visión nocturna, moviéndose ágilmente entre las sombras para cazar y evitar ser cazados. Pero algunos otros no tenían esa suerte. Medio ciegos, sin poder ver y no ver. Los más desafortunados se servían del fuego para sobrevivir, necesitaban algo de iluminación para guiarse. No es de extrañar que al final muchos de ellos eligieran fiarse más de sus otros sentidos; aquellos eran los más afortunados. Desarrollaron sistemas parecidos a los murciélagos para emitir ondas a altas frecuencias que les indicaran dónde estaban los objetos. Sin embargo, había otros…

Existía un grupo reducido con bellísimas cualidades: eran capaces de usar su magia para brillar. La mayoría no eran mayores que el tamaño de mi mano y, los que sí lo eran, sólo iluminaban una pequeña parte de su cuerpo. Eran además los que mejor veían en presencia de su luz. Y, por desgracia, los más perseguidos. Todas las demás criaturas buscaban cazarlos: los medio ciegos para ver y los de visión nocturna para vendérselos a aquéllos. Poco a poco, se iba volviendo muy difícil ver a alguna de esas criaturas fuera de una jaula al servicio de las otras criaturas. Muy pocas sabían ya lo que era la libertad.

Una de ellas había conseguido burlar a los cazadores durante años gracias al trato que había hecho con un joven roble. Los árboles de antaño no se servían de la luz para obtener su energía, sino del calor restante de los pequeños animales que anidaban en las hojas modificadas con forma cóncava de los vegetales. Pero en ese joven roble apenas vivían un par de pájaros moribundos, y él estaba destinado a morir con ellos. Hasta que Seren llegó un día a posarse sobre una de sus ramas. No era muy cálida, pero el roble se lo agradeció, con su susurro agónico y amable a la vez. La pequeña criatura alada se sorprendió cuando el árbol le dirigió la palabra porque ninguno de los que había visitado hasta ahora se había dignado a hablar con ella. Así que le preguntó por su corta vida, asistiendo a la rotura del desdichado vegetal y su posterior llanto, que desembocó en lágrimas de savia negra y supurante. Seren voló rápidamente a tapar sus heridas con su magia y lo tranquilizó. Oh, no era su final aún. Le propuso un trato: modificaría sus hojas para que pudieran obtener energía a través de la luz que ella emitía y a cambio él usaría sus ramas para protegerla. Y así convivieron durante años: el árbol compuso su copa como una esfera en cuyo interior residía Seren, proporcionándole lo necesario para seguir viviendo.

La calma no duró mucho. Una vez, en un descuido, el roble dejó salir un pequeño rayo de la luz de la pequeña criatura, con tan mala suerte que un cazador medio ciego lo vio. Se trataba de una ninfa de tierra joven, de apenas unos dos lustros.

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3 comentarios en “Una historia sin terminar

  1. Pese a estar prácticamente ciega, Bona, pues así se llamaba la ávida cazadora, captó el pequeño rayo de luz como si se tratase de un fogonazo. La ninfa salivó, imaginandose ya con su presa entre sus terrosas manos, y corrió rauda hacia el buen árbol, que ruborizado por su error, pedía disculpas a Seren de forma atropellada y frenética.
    Ninguno de los dos esperaba la llegada de Bona, la cazadora de luz. Cuando la ninfa de tierra se abalanzó sobre el buen árbol, Seren gritó, y el roble, asustado, agitó sus ramas con furia. Bona gemía con cada golpe que recibía de sus ramas, pero la codicia la había vuelto loca. Estaba dispuesta a dejarse la vida allí con tal de atrapar a aquel ser de luz.
    Seren tenía miedo; miedo por sí mismo y por aquel amable roble que lo había ayudado tanto. Veía las garras de la cazadora agarrando, partiendo y destrozando las ramas de su amigo y, sabiendo que de no actuar ambos morirían allí, se abalanzó sobre los ojos casi ciegos de la ninfa, brillando más intensamente que nunca, sacrificando su pequeño cuerpo mortal para salvar a su amigo.
    Bona, cegada por el objeto de su devoción, cayó del árbol cubriéndose el rostro con sus sucias zarpas, tratando de huir de la excesivamente intensa luz de Seren. Le quemaba, sentía que sus extremidades se deshacían y se caían bajo la absurdamente intensa luz de aquel ser. A su alrededor, otros seres oscuros, también cazadores, sufrían el mismo destino que Bona. Sus cuerpos de tierra se desmembraban a la luz de Seren, que ya no era Seren.
    El buen roble observaba cómo su luminoso compañero iluminaba cada vez más terreno de aquel oscuro mundo, hasta que no fue capaz de ver lugar sin luz a su alrededor. Seren, que no era Seren, liberado de su cáscara material, se había convertido en un espíritu que brillaba más que cualquier ser de luz que hubiese existido nunca. Aquel mágico y nuevo ser sonrió al buen roble, y se elevó en el cielo para cuidar, iluminar y dar calor a aquel mundo en el que el cazador se había convertido en alimento, y la presa era ahora el creador de toda vida.

    Y así, Seren cambió su nombre por Sol.

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