El título no importa, recóncholis (maldita cursi)

Una cita. Un restaurante elegante, comidas minimalistas para paladares exquisitos, buen vino, música clásica en directo de fondo… Él vestido de traje, impecable, y camisa planchada, ella con un vestido que parecía ajustarse perfectamente a su cuerpo esbelto, casi tallado en mármol. ¿Qué cabría esperar?

Eso. Eso me preguntaba yo mientras los observaba como buena acosadora sin vida —ni remedio— desde la mesa de al lado. Oh, venga, no me juzgues; tú habrías hecho lo mismo. Mi novia seguía sin aparecer y yo tenía que entretenerme de alguna forma, era lo justo. La vida me aburre, la vida debe entretenerme. Para ser justos he de aclarar que yo nunca me meto en los asuntos de los demás y cotilleo poco y sano, lo suficiente como para estar al día, pero sin convertirme en esas temidas cotorras a las que siempre he deseado el más profundo de los sufrimientos. Oh, se me olvidaba, también soy buena persona, muy buena. Lo juro.

Pues en ello estaban, no sé si ligando o practicando alguna clase de ritual preestablecido, puede que fueran ambos. Deberías haberlos visto, actuaban como si se encontraran en mitad de un baile, dando pasos resueltos, pero en calma.

Ahora te acaricio la mano, después soltaré una carcajada con la mayor gracia que has hecho en toda la noche, te has superado, de verdad. ¿Y tú qué? Tienes un encanto sobrenatural, te lo demuestro con mis caídas de ojos, mi sonrisa entusiasmada y la dilatación de mis brillantes pupilas. Él se inclina para contarle algo en voz baja. Ella, fingiendo inocencia, se acerca hasta sentir su aliento. Y allí llegaba, el último paso; mágico, perfecto…

—¿SE PUEDE SABER QUÉ TE HAS PUESTO?

Y “puf”, la burbuja estalló, se suspende la función. La pareja se giró hacia la mesa donde me encontraba sentada, con la mirada furiosa de mi novia Lira atenazándome las entrañas. Les dediqué una sonrisa leve y luego me volví hacia ella procurando poner mi cara más inocente. Era su punto débil; se me daba de miedo componer una mirada de cachorrito tierno para salir de situaciones difíciles, y ella siempre picaba. Excepto cuando le dije que las croquetas de mi abuela estaban más ricas que las suyas, ese día dormí en el sofá —pero nuestro perrito Nie se vino a dormir conmigo, él es el verdadero amor de mi vida. Es broma. Bueno, eso creo. ¡Yo no vine aquí a hablar de sentimientos! Ya ni recuerdo por dónde iba…

Ah, cierto.

—¿Qué tiene de malo mi ropa? —repliqué con mi cara anti-broncas.

—¿El babi de pintar? ¿En serio, Sonia? —se sentó frente a mí con un suspiro de exasperación—. Este sitio cuenta con chefs con dos estrellas Michelín, y tú vienes pringada de pintura y… —extendió la mano para quitarme una hoja del pelo— ¿Has vuelto a revolcarte en la hierba con Nie?

—Oh, esta vez no fue culpa mía, él me provocó intentando robarme el sándwich —expliqué muy resueltamente—. Empiezo a sospechar que el agujero negro de su estómago ha alcanzado el punto álgido de atracción gravitatoria —añadí abriendo mucho los ojos.

—Cielo, cariño, corazón —trató de explicarme ella—. Tú no tienes ni repajolera idea de física.

—Perdona, pero ahora sí —dije enseñándole toda orgullosa el libro que me había comprado esa mañana.

Lira fijó la vista en la portada apretando mucho los labios. Después me miró con esos ojos que pone cuando se empieza a hartar de mis clásicos delirios.

—Cielo, cariño, corazón. Eso es astrología.

—¡Es una ciencia! —exclamé un poco alto.

La camarera llegó en ese preciso instante y nos tomó nota. Yo pedí los platos con los nombres más raros bajo la mirada mosqueada de mi queridísima novia, como no podía ser de otra manera. A veces, mantener tu reputación de artista excéntrica es agotador, así que decidí comportarme como una persona normal el resto de la comida.

Al acabar, ella me dijo esas palabras que, según el tono, querían decir que o me proponía sexo o quería asesinarme lenta y dolorosamente. En este caso era la primera, por suerte para mi gaznate. Salimos del restaurante con la luna observándonos bien enterita desde los pliegues del cielo. Miré a Lira y pensé que necesitaba plasmar en un lienzo el brillo que caracterizaba a sus ojos al dirigirlos hacia el luminoso satélite. Cuando se lo dije, soltó una carcajada que superficialmente quería decir “Estás loca, esas moñerías no funcionan conmigo”, pero interiormente me decían “¿Cómo narices puedo quererte tanto?”. No soy fanfarrona, es que la he llegado a conocer muy bien. Cielos, me voy por las ramas de nuevo.

Paseábamos en dirección a casa por uno de los interminables senderos sin farolas del gran parque que debíamos atravesar para llegar a nuestro destino. De pronto, en la oscuridad sólo iluminada por la luz de la luna, pude apreciar una pierna pálida tirada en mitad del camino. Ambas nos sobresaltamos y nos acercamos a ver.

—Diosa, está muerta —susurró Lira muy nerviosa.

Y en efecto, así era. Habían asesinado a aquella mujer mediante un tajo en el cuello, de donde manaba la sangre fresca hasta gotear sobre la hierba. Lira, que era ginecóloga, se encargó bien de comprobar que no había rastro de vida en aquel cuerpo y luego sacó el móvil para llamar a emergencias. Sin embargo…

—Espera —le dije—. La conozco.

Me fijé en su vestido, en las uñas postizas y, finalmente, en el rostro. Era ella, sin duda. La mujer que minutos antes flirteaba con aquel elegante galán. Se lo expliqué a Lira.

—¿Y qué? ¡Hay que llamar igual, Sonia!

—¿No lo entiendes? Si ella está sola… Es que el asesino es el galán.

—No es momento de hacerse las detectives, hay que… —se calló de pronto al oír una rama crujir.

Mierda. ¿En qué momento se me ocurriría afirmar que yo era una testigo en mitad de la escena del crimen con el asesino aún pululando por ahí? Lentamente, intentamos retroceder mientras el hombre nos miraba con mucha, mucha maldad y… ¿Lascivia? Tío, no, mátame si quieres, pero pene NO. Así que salimos corriendo, Lira con sus tacones, yo con el babi enredándose con mis pobres piernas. Te puedes imaginar lo que acabó pasando. Ambas en el suelo, muertas de miedo, tratando de levantarnos, con el hombre a nuestras espaldas. Recibimos un golpe en la nuca y, después, nada más.

Sí, te estoy hablando desde el Más Allá. No lo hago con intención de asustarte, para eso me habría venido con mis cadenas y mis lamentos al más puro estilo El fantasma de Canterville. No, sólo me pongo en contacto contigo para darte el nombre de ese cabrón.

Coge un hacha, una buena hacha, ve a verle, engatúsale con tus encantos y luego córtale ese maldito miembro.

Oh, y, cuando acabes, pégate un tiro. Aquí hay tarta todos los días.

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