Muñeca rota

—Que no, esto no es para ti. ¡Vete! —la niña me empujó, cerró de un portazo y me dejó sola en mitad de la calle.

El suelo estaba húmedo. El ambiente era fresco, propio de una noche de primavera. Y yo estaba ahí, sola, esperando. Respiré hondo y volví a llamar. La niña asomó su cabecita enfadada por la ventana y luego la volvió a meter en la casa. Mientras, yo aguardaba con paciencia.

—¡Está bien! —accedió la niña a través de la puerta—. Pasa.

Llevé mi mano hasta al pomo y lo giré. Dentro, el aire estaba seco. Olía a nubes dulces y hierba recién cortada. Era el olor más embriagador que había tenido el placer de sentir. Di unos pasos a través de la entrada, tratando de adivinar cuál de las tres puertas que había a continuación me llevarían hasta la niña. La oía cantar y reír, toda una criatura de alegrías e inocencia. Yo quería estar allí.

—¿A qué estás esperando? ¡Ven! —me gritaba.

Muerta de indecisión, decidí atravesar la puerta del medio. Al otro lado me recibió la oscuridad más absoluta. Ya no podía oír su voz, de hecho, creo que no podía oír nada. No olía, no sentía. Diría que ni siquiera respiraba. El aire era tan espeso que sólo intentar meterlo en mis pulmones provocaba en mí el llanto. Estaba perdida en el máximo sentido de la palabra. Traté de dar marcha atrás, pero mis dedos no sabían tocar ya. No tenía ni idea de si lo que me impedía caminar era una pared o una puerta. ¿Qué haces cuando se te olvida que estás viva? Debí haber entrado en pánico, quizá así al menos habría sentido algo. Y allí me quedé, sola otra vez, en mitad de la nada.

De pronto, apareció una luz que me indicó dónde se encontraba la puerta. Escuché el eco de la dulce voz de fondo. Parecía que podía volver a avanzar. Me encontré de nuevo en la sala de entrada, con las otras dos puertas a sendos lados. Aproveché para tomar la bocanada de aire más caudalosa de toda mi existencia. Doblé los dedos varias veces, canté para recuperar el oído y absorbí con mis doloridos ojos todo el color que fui capaz de captar de las raídas paredes. El olor embriagador seguía ahí, claro como un haz de luz. Al menos ahora había descartado un camino. Respiré hondo una última vez y me dirigí al umbral derecho.

—¡Patética! —me recibió un ramazo.

—Qué insolente, presentarse aquí sin nada —me fustigó un latigazo.

—Seguro que no sabe ni la tabla del 3 —terminó por arrastrarme hacia el suelo un último golpe.

Tres arpías me habían propinado la mayor paliza de mi vida en tan sólo unos segundos y ahora me miraban con repugnancia desde lo alto de tres árboles secos y retorcidos, como sus caras. Yo las miré con los ojos llorosos.

—¿Qué os he hecho? —pregunté entre sollozos.

—¡Brillar! ¡Ser dulce! No queremos que haya luces más brillantes que nosotras aquí.

—Está bien —logré decir tras recomponerme—. Si os molesto me iré.

—¡No te irás de aquí hasta ser como nosotras! —exclamaron.

Y volvieron los golpes aún con más fuerza, mientras yo me retorcía de dolor en el suelo. Llamaba con desesperación a la niña, buscando esa luz que me había salvado de la sala oscura, pero nada ni nadie apareció. Seguí así lo que me pareció una eternidad, hasta que me acostumbré al escozor de las heridas sangrantes y supurantes, hasta que dejé de esperar que viniera algo a salvarme. Entonces me levanté, miré a los ojos a las arpías y, sin rastro alguno de emoción en mi voz, hablé.

—Ya no queda nada, ¿lo veis? No hay luz, podéis dejarme marchar.

Las tres viejas debatieron entre ellas al tiempo que me miraban de reojo y decidieron que no quedaba ninguna belleza en mí y que, por tanto, su trabajo había concluido. Cojeando, me dirigí a la sala de entrada y me dejé caer sobre la alfombra.

—Brujas estúpidas —escupí una flema sangrante —. Sólo aprendí a usar vuestras propias artimañas para esconder a vuestros ojos lo poco bueno que quedaba en mí.

Miré la última puerta. ¿Qué hacía, me arriesgaba? ¿Y si la niña sólo había sido una ilusión? Fuera hacía frío y estaba oscuro, pero al menos sabía lo que me encontraría. Sin embargo, tras esa puerta podía haber algo mucho peor que en las dos anteriores. La remota posibilidad de ver las maravillas que escondía la niña no me parecía atrayente en absoluto. Me levanté y me arrastré hacia la salida.

Una risa saltarina me detuvo justo cuando estaba a punto de abrir la puerta. Procedía sin duda alguna de la dirección que me faltaba por tomar. Pensé que sería una trampa, pero una voz dentro de mí me dijo que peor no iba a estar. Al fin y al cabo, la poca luz que quedaba en mí estaba a buen recaudo. Volví a respirar hondo y fui hacia allí.

Un campo tan extenso que no llegaba a vislumbrar el final se extendía ante mis agotados ojos. La luz del sol ofrecía una calidez parecida al de las chimeneas en invierno. Noté cómo el aire se introducía en mis pulmones para limpiarlos de todo rastro de impureza. Las heridas cicatrizaron rápido, los huesos volvieron a su sitio. Pude volver a esbozar una leve sonrisa al tiempo que arrancaba a andar sintiendo la suave hierba rozando mis piernas.

Buscaba a la niña que me había llevado hasta allí. Busqué en un arroyo, busqué en una pequeña arboleda. Caminé y caminé sin descanso durante horas, con el sol animándome sobre mi cabeza. No la encontraba a pesar de que juraría estar oyéndola. ¿Serían, después de todo, imaginaciones mías? No me importaba, era feliz allí.

Entonces me di cuenta de que la noche no se dignaba a aparecer. Sabía que había perdido la noción del tiempo, pero era imposible que el sol no se hubiera movido ni un sólo momento. Me atreví a mirarlo con los ojos entrecerrados y mi mano haciéndome de visera. Me quedé sin aliento. Aquello que veía no era ningún sol: era la niña. Correteaba en el cielo con su voz infantil insuflándole vida a las flores que crecían metros abajo de ella. Era tan hermosa que no pude evitar echarme a llorar. Después de tantas penurias, por fin lloraba por algo bueno. O al menos eso creía.

Tras un rato comprendí que no lloraba porque su belleza me había curado, aunque ciertamente así era. Mis lágrimas eran amargas porque había necesitado que ella me curara. Porque su luz era más fuerte que la mía. Porque nunca sería como ella. Mis lágrimas empañaban la luz de la única vela que aún quedaba encendida en mi interior y amenazaba con apagarla para siempre. Eché a correr antes de que fuera demasiado tarde.

Cuando salí de la casa a la fresca y húmeda noche, me dio un ataque de tos. Las lágrimas se escurrían por mis mejillas y no me dejaban ver. Al cabo de unos instantes, dejé de sollozar, me sequé la cara y di un paso al frente. Mi alma rota ahora no tenía rumbo, ni lo necesitaba. Porque a partir de ese momento buscaría sólo rincones oscuros donde poder brillar con luz propia antes de desvanecerse para siempre entre los gritos de millones de arpías.

Ya no sería la muñeca con la que jugarían hasta cansarse de ella.

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2 comentarios en “Muñeca rota

  1. Me encanta cuando quiere rendirse y no lo hace. La pena es que a la segunda sí lo hace, pero ha sido precioso. Un golpe de realidad. Toca volver a replantearnos los sueños y descubrir que esa niña solo somos nosotros en otro tiempo, ya sea pasado o futuro (y si es futuro, mejor).

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