Castillos en el aire

Obsérvalas.

Cientos de nubes se algodonan suavemente entre los pliegues del cielo añil. Saben un secreto y quieren contártelo.

Si alzas la mano se escapan por entre tus dedos, suaves y discretas en su vaporoso silencio.

Pero…

Ahora le das la vuelta.

La tierra vuela y el cielo es suelo.

Levantas poco a poco un pie y notas cómo se queda suspendido en el aire. Subes el otro y ahí estás: flotando a dos palmos de la superficie. Miras hacia arriba.

Ahora…

Ahora brincas de una nube a otra.

Salto. Amortiguador. Salto.

El viento te acompaña a cada zancada, revoloteando en torno a ti para revolver tus ropajes y hacerte sentir que flotas.

De pronto, te paras.

Mantén tu mirada, nunca más verás algo semejante.

Majestuosos, decorados con filigranas infinitas tan finas que casi parecen a punto de desmoronarse.

Sus torres de nubosa esplendorosidad llegan tan alto que se salen de los límites del propio cielo. Es imposible.

Y, sin embargo, ahí están.

Ligeros y pesados.

Castillos en el aire.

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