Un sinvivir

¿Quién fue el lumbreras que inventó la palabra «vida»? Tú, a ver; sí, tú, ven conmigo, aquí. Deja que te rodee los hombros con mi brazo. Vamos a tener una pequeña charla tú y yo…

¿EN QUÉ ESTABAS PENSANDO?

Mira lo que has hecho. Ahora los dioses nos vemos en la obligación de darle una de esas a todos y cada uno de los mortales. Nos están agotando las vidas.

Ay, espera, otro. Disculpa, voy a arrancarme otro trocito de alma. Ya está, ya se la he enviado a otro nuevo mortal. ¡Inconcebible!

Pero, ¡obsérvalos! Qué imprudentes, les regalamos una y la tiran a la basura. «No me voy a dedicar a lo que me gusta, no es fácil. Mis padres no quieren, mis vecinos cuchichean, mejor seguiré infeliz. Mi vida, a la basura». Pff…

Eso por no hablar de los que usan su vida para destrozar o arrebatarles las vidas a otros. ¿Tú sabes la cantidad de trifulcas que ha habido aquí por eso? «¡Tu mortal número tres mil ochocientos cincuenta y cuatro millones noventa y dos mil treinta ha matado a mi mortal número quinientos millones! ¡Con el cariño que le tenía por ser un número tan redondo!». Todo un desmadre.

Me pregunto si lo saben. Claro, en el fondo lo saben. Un día se nos acabarán las vidas y sólo quedaremos nosotros con los últimos. Un día ya no habrá más días. Pero ellos siguen despreciando cada una que reciben, como si fuera fácil, como si no valiera nada.

Querido inventor de la vida, realmente la has liado parda.

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