Rayen

Las gotas de lluvia caían de las hojas despacio y con constancia. Plic. Plic. Plic.

—¿Rayen?

El sonido se interrumpió un momento. Ploc. Plic. Plic.

—Vamos, Rayen, sé que estás ahí. Sal.

Una criatura color azul oceánico profundo del tamaño de un pulgar se asomó tímidamente por detrás de la hoja en la que se había escondido. Estaba empapada.

—¿Cuántas veces te he dicho que no vueles cuando llueve? —La otra criatura, igual de diminuta pero anaranjada como el amanecer, se acercó a ella y empezó a alisar sus arrugadas alas.

—Pero es que adoro el agua… —protestó mientras dejaba que su tutora la secara con su calor natural.

—Lo sé, lo sé. Por algo Madre te puso ese nombre. Sabía lo que iba a suceder.

—¿Qué sucede? —preguntó Rayen sumergida en la nube de vapor que provocaba el secado exprés—. ¿Que me escapo a mojarme mientras todos os mantenéis secos?

—No, que no serías un duende ígneo.

—¡¿QUÉ?!

El desconcierto de Rayen fue tal que dio un paso atrás y resbaló sobre la corteza mojada del árbol en el que estaban posadas. No pudo evitar caerse. Pero antes de tocar el suelo, desplegó las alas y se posó suavemente sobre la hierba húmeda.

—¿Lo ves? —. Su tutora había bajado hasta ella volando, cubriéndose con una gran hoja de avellano.

—Sí, veo lo patosa que soy —refunfuñó ella.

—No, pequeña mía. Ninguno de nosotros habría sido capaz de desplegar las alas en una situación así. Se nos quebrarían.

—¿Insinúas que…? ¿Entonces no soy…? ¡Pero si puedo hacer fuego! —la pobre estaba empezando a ponerse roja del sofoco.

—Es que tampoco eres acuífera. Ni térrea. Ni aérea. No eres de ninguna de esas razas.

—No entiendo nada.

—Eres Madre.

Rayen se quedó en silencio. Sus ojos miraban a su tutora, pero su mente estaba vacía. Sus pensamientos entrechocaban y creaban un eco hueco, inentendible. No llegaba a concebir cómo era eso posible, pero a la vez todo cobraba sentido. Por qué nunca había sido como los demás. Por qué Madre llevaba años sin presentarse públicamente. Por qué no nacían nuevos miembros y ella era la más joven.

—Y, ¿no podré recordar nada de lo que recordaba ella… yo?

—Has nacido con su poder y responsabilidad, pero no eres quien fue ella. Me lo contó antes de marchar para siempre. Su último deseo era llevar una vida mortal y eso ha hecho.

—Espera, ¿es…? ¿Es la muchacha que nos visita todos los años? Siempre me pregunté cómo es que conocía nuestra existencia. Es una mujer muy sabia.

—Y así serás tú.

—¿Mmm? Sí, supongo que sí —Respondió Rayen, pensativa.

—¿En qué piensas, Ra… Madre?

—Estoy pensando… —alzó una mano e hizo crecer una matita de planta de frambuesa que había cerca para que diera sus frutos—. Que es un buen momento para preparar tarta.

Sonrió ampliamente y se alejó con las frambuesas en brazos.

La criatura ígnea se quedó mirando el lugar por el que se había marchado la nueva Madre. Le habían advertido siempre que jugar con fuego era peligroso, pero ahora entendía que eso no era nada comparado con tener una madre que preparaba tartas.

PD: Rayen significa”renacer”.

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