Morir para renacer

Sé lo que sufrís, vosotros, los mortales. Puede que no comprendáis nuestras decisiones, nosotros somos dioses y aun así tampoco llegamos a comprenderlas del todo: actuamos por instinto. No podéis culparnos por dejaros solos, porque eso implicó otorgaros la libertad. ¿Preferíais vivir en una jaula sin llegar a conocer las mieles de la elección propia? No, por supuesto que no.

Todavía recuerdo esa época en la que os ayudábamos y escuchábamos. Así se crearon los mitos y las leyendas. Héroes, semidioses… Siento mucho que decidierais transformar esas historias en vehículos del miedo, que degradarais a aquellas mujeres que protagonizaron tan grandes hazañas disfrazándolas de hombres, que os negarais a aceptar que hay algo más que simplemente enroscar un tornillo en una tuerca. Sin embargo, aquí estáis.

Nunca dejaréis de sorprenderme. Puede que el resto de dioses se hayan cansado de observaros excepto para presenciar acontecimientos importantes, pero yo nunca dejé de hacerlo. En secreto, mando mensajes y epifanías a los sueños de los mortales con la esperanza de que nunca abandonen esa luz que les brindamos al principio. Así es como llegué hasta ti.

Sí, tú, quien me lee. Sé que necesitas este mensaje mucho más que ninguno y menos que nadie a la vez. Sé que lloras en secreto o en alto por esas espinas que se te clavan en las entrañas cada vez que tratas de respirar. Conozco esos miedos que te acechan desde la oscuridad y que con la llegada de la noche se hacen mucho más fuertes. Te preguntas cada día por qué, cómo y cuándo. No ves la hora de que todo acabe y puedas descansar.

Pero en lo más hondo de ti hay otra cosa. Esa luz de la que hablaba antes, la que dejamos en vuestros corazones en cuanto el primer latido surge de ellos. Esos colores que no te permites ver entre tanto gris y que, sin embargo, te impulsan a seguir, a levantarte, a continuar intentándolo incluso cuando no crees que te queden fuerzas. ¿No vas a escucharla? Eres consciente de las maravillas que puede enseñarte antes de que ese maravilloso corazón deje de insuflar la vida a tu cuerpo.

Es difícil, por supuesto, pero es lo que hace que la recompensa sea aún mayor. No estás sola, yo sigo aquí. Puede que los demás os hayan dado la espalda, pero no yo. Sólo tenéis que echar un vistazo a esos rayos de sol que se cuelan entre las cortinas cuando nadie quiere escucharlos. Esa calidez de la hierba cuando te tumbas en ella para secarte tras haber sumergido tu alma en las aguas estivales. El sonido de las miles de criaturas que te acompañan en este camino, piando, reptando, aleteando, cantando.

Sí, ahora esas espinas se clavan, y espero que muy hondamente. ¿Sabes por qué? Porque para renacer hay que morir. Porque incluso en una sola vida vivirás cientos más. Cada amanecer será un nuevo comienzo y al anochecer abandonarás el mundo. Un ciclo eterno en el que está bien caer, porque luego te levantarás. Donde no importa perder, porque eso te dará fuerzas para ganar. Donde, pase lo que pase, me tendrás a tu lado, me sientas o no.

Siempre estaré ahí.

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3 comentarios en “Morir para renacer

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