El pintor de grietas

—Será mejor que te duermas, cielo. Verás como mañana todo irá mejor.

—Mañana mi vida seguirá siendo un desastre. En paro por mi propia estupidez, sin el trabajo de mis sueños que tanto me costó conseguir. Mañana no habrá nada para mí.

La pobre muchacha sollozaba con cada frase. Me preguntaba cómo era posible que pudiera tomar oxígeno entre ese caos de jadeos.

Esperé a que el hombre saliera de la habitación, con esa cara de impotencia que suelo ver en los humanos cuando ven las grietas en los corazones de otros. Es normal sentirse así: sólo puedes contemplar la esencia pura del interior derramarse por las resquebrajaduras, sin control ni remedio más que el del tiempo.

A veces me dan ganas de reírme por esa clase de pensamientos. ¿En serio se creen que el tiempo cura algo? Si dejas un cadáver en la Luna, éste no se descompondrá jamás, por mucho tiempo que pase. Porque no es éste quien se encarga de eso, sino los organismos descomponedores que no pueden sobrevivir ahí y, por tanto, nada se comerá la carne.

Así que me deslicé como una sombra por la pared, al igual que un dibujo animado sobre un papel, para situarme en el techo, justo encima de la joven a la que debía ayudar. Era importante que se durmiera, de otra forma no podría hacer mucho.

Poco a poco, la respiración jadeante fue ralentizándose. Ahora que el sube y baja de su cuerpo era lento y profundo, había llegado mi turno. Alargué lo brazos hasta ese huequecito en su pecho destinado al corazón. Hice aparecer el pincel adecuado: no podía ser uno fino que arreglara las pequeñas fisuras que van dejando los pequeños golpes que se suceden a lo largo de la vida, debía ser uno más grueso, destinado a reparar aquella gran explosión. Comprobé que los pelos estaban bien alisados y me dispuse a trazar lentos círculos.

Los trozos del corazón roto que se habían perdido en el aire alrededor de la joven fueron acercándose hacia el centro, acudiendo a mi llamada. Cuando uno estaba lo suficientemente cerca, lo cogía y le aplicaba reparador de almas en el borde, como si de una cola de contacto se tratara. Así iba pegando uno a uno los pedazos más grandes y el corazón volvía a recobrar su forma habitual. Sin embargo, había grietas que no podía reparar, pues faltaban pequeñas esquirlas que evitaban que la herida se cerrara. Por supuesto, hay cosas que ni nosotros podemos arreglar, debía ser ella quien encontrara de nuevo la forma de brillar.

Una vez estuvo todo en su sitio, me retiré con satisfacción al techo. Estaba amaneciendo ya y el contraste de esa luz dorada colándose por la ventana y el propio resplandor de ese nuevo corazón era digno de admiración. Nunca me cansaría de ese trabajo, era imposible. Estaba a punto de salir de la habitación cuando entró de nuevo el hombre. Se sentó con cuidado al lado de su hija dormida y la observó con cariño. Se notaba que había pasado la noche sin dormir, preocupado por el corazón roto de la joven. Eché un vistazo a su propio corazón y decidí que la siguiente noche sería su turno.

Pero ahora le tocaba al sol iluminar la oscuridad de esa familia.

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