Reto 22. La habitación número 69

“Escribe una historia de terror cuyo contexto se enmarque en un manicomio”. Nos vamos a reír.

Se aproxima la hora de la cena en el centro de salud mental más seguro del mundo. Por fortuna, el oficio de Julio es el menos delicado y el que requiere menos contacto con los pacientes hospitalizados. Se mueve por la cocina mandando tareas culinarias a sus dos pinches, siempre con la gran seguridad de alguien que lleva años haciendo el mismo trabajo.

Ha oscurecido hace una hora, lo normal en la época invernal. En el telediario han anunciado una leve tormenta de nieve para esta madrugada y se oye el runrún de las tuberías de calefacción trabajando a toda potencia para combatir el frío. Nada nuevo, realmente. Esto ya ha pasado en innumerables ocasiones y el equipo de seguridad sabe muy bien qué hacer si la corriente que llega por los cables de alta tensión falla y se activa el generador de emergencia. Por supuesto que no puede fallar nada hoy.

La doctora de guardia se pasea por las habitaciones de puertas blindadas para hacer la última revisión del día. Su función es entrar, esperar a que cierren la puerta, hacer las preguntas de rigor acompañada de un guardia, escribir qué medicamentos tocan con la cena y salir por donde vino. Como siempre.

Ahora le tocaba la habitación número 69. Los guardias suelen bromear con respecto a esa habitación, porque el número hacía referencia a una conocida postura sexual y la paciente del interior tenía problemas mentales relacionados con el sexo. Al principio, al personal médico no le hacía ninguna gracia que se burlaran de ninguno de sus pacientes, pero, al fin y al cabo, entendían la mente humana y sabían que la manera que tenían los guardias de sobrellevar lo que veían allí era con el humor.

La doctora entra con un guardia y la puerta queda cerrada. Pero no vuelve a salir. Los guardias esperan al toque en la puerta que indica que deben abrirla, pero no llega. Pasan veinte minutos y deciden abrir. En este instante, la corriente eléctrica falla y todo queda a oscuras.

Julio está cortando una berenjena cuando las luces se pagan y, de la impresión, se hace una tajo en el dedo índice de la mano izquierda. Rápidamente, suelta el cuchillo y se lleva el dedo a la boca. Oye a los pinches cerca de él.

—Ha debido de caer alguna torre de alta tensión otra vez —comenta una.

—¿No debería haber saltado el generador inmediatamente? —se extraña el otro.

—No os preocupéis, tengo linternas de emergencia en el armario del fondo —interviene Julio—. ¿Podéis cogerlos? Me he cortado al irse la luz.

Escucha a sus compañeros moverse por la cocina en la oscuridad más absoluta, pues se encuentran en un nivel inferior al suelo y no hay ventanas que permitan pasar la poca luz que hay en la calle.

—Tampoco se ha encendido el letrero que indica la salida cuando se va la luz… —se percata el pinche número uno.

—Esto me da muy mal rollo, tíos —la pinche número dos destila intranquilidad a través de su temblorosa voz.

—A ver, mantengamos la calma, cogeremos las linternas e iremos a la puerta principal, ¿ent…? —se interrumpe cuando les llega un grito desgarrado de puro pánico procedente de los pisos superiores. Se sucede de unos cuantos golpes, gritos y disparos. Después, se hace el silencio.

—¡Joder! —susurra la pinche al tiempo que alcanza una de las linternas y la enciende.

La cocina está tal y como la habían dejado unos momentos antes. El pinche ve la mancha de sangre en el suelo que ha dejado Julio al cortarse y lanza una maldición retrocediendo bruscamente.

—Es mía, me he cortado, ya os lo he dicho —le explica enseñándole la mano.

Se fija en los rostros de ambos, levemente iluminados por la luz de las linternas. Están totalmente desencajados por el miedo, pero no le miran a él, miran algo detrás de él. Siente una respiración jadeante a su espalda.

Intenta mantener la calma.

Lentamente, se da la vuelta mientras alcanza el cuchillo que estaba usando antes. La luz le deja ver a un hombre ensangrentado. Echa el aire de golpe al fijarse en su uniforme: es un guardia.

—Ayudadme —les ordena a los otros dos, que han  permanecido paralizados todo ese rato.

Sujetan al guardia y le ayudan a sentarse en el suelo, apenas se tiene en pie y su mirada se pierde en algún lugar de su mente. Tiene heridas de mordiscos por los brazos, la cara y el cuello. La sangre no para de manar, chorreando por el suelo y, aunque intentan taparle las heridas haciendo presión con trapos, comprenden que no debe de quedarle mucho tiempo.

—¿Carl? —le dice Julio, que ha leído su nombre en su placa del pecho—. ¿Qué ha pasado?

Carl le mira con el rostro inexpresivo. Abre la boca despacio, como si le costara encontrar fuerzas, y deja salir una voz raspada.

—Dijo que necesitaba follar.

—¿Quién? —preguntó Julio.

El guardia niega con la cabeza y se tumba en el suelo. Dos segundos después, notan que ha dejado de respirar.

—Joder, joder, joder… —no deja de repetir el pinche.

—¿Tenéis todos los móviles en la taquilla? —quiere saber la pinche en un intento desesperado por buscar una solución.

—Podemos ir a buscarlos —sugiere Julio.

—Y una mierda, yo no me muevo de aquí —el pinche estaba aterrorizado.

—Si nos quedamos aquí correremos el mismo peligro que fuera.

—Me esconderé en la nevera apagada hasta que llegue la poli.

 —Yo me quedo con él —añade la pinche.

Se encaminan a la nevera, apagándola antes de entrar, y antes de cerrar se dirigen a Julio.

—¿Vas a venir o no?

—Prefiero vivir.

El pinche se encogió de hombros.

—Como quieras.

Una vez solo, Julio inspecciona rápidamente la cocina en busca de los mejores cuchillos. No está seguro de lo que ha pasado, pero concluye que algunos pacientes han debido de fugarse aprovechando el problema eléctrico. Lo de los mordiscos… Bueno, hay de todo allí.

Sale de la cocina portando una linterna. El pasillo está desierto. Comienza a andar despacio, poniendo atención a todos sus sentidos. A su derecha hay una puerta, pero prefiere tomar otro camino más alejado de la zona de las habitaciones. Al avanzar un poco más, escucha un ruido a su espalda: la puerta se ha abierto. Se gira rápidamente, dándole tiempo a ver alejarse corriendo a una chica de pelo corto y pijama de paciente lleno de sangre. Va hacia la cocina.

Se detiene un momento, con el corazón palpitándole con fuerza. ¿Y si está huyendo? Debería ayudarla. Qué narices, primero debería salvarse él y avisar a las autoridades. Parecía una chica muy joven… Estaría asustada. Se maldice a sí mismo y vuelve a la cocina.

La encuentra frente a los controles de la nevera. ¿Sabe que había gente dentro? Está manipulando los controles. No la está encendiendo, está haciendo algo más.

—¡Eh! —le grita—. Aparta de ahí, muchacha.

La chica se vuelve y sonríe. Sus dientes está manchados de sangre y se distinguen trozos de carne entre ellos.

—¿Sabes que eres el candidato idóneo? —le suelta con una voz que pretende sonar inocente, pero solo le suena hueca.

Julio retrocede, aterrorizado. La chica suelta una risita y pulsa un botón de la nevera. El indicador de temperatura marca una temperatura más baja de la que es capaz de alcanzar el aparato. Mucho más baja. A sus compañeros del interior solo les da tiempo a gritar dos segundos antes de morir congelados. Julio sale corriendo.

Cuando los policías entraron en el centro, encontraron cadáveres por todas partes, pero ni un solo superviviente. No encontraron a la paciente de la habitación 69, pero uno de los cadáveres, el del cocinero, tenía el número grabado en la frente, seguramente gracias al cuchillo que reposaba junto a su cuerpo. Tenía los pantalones y los calzoncillos bajados y ni rastro de lo que tendría que haber reposado entre las piernas. Sólo un gran y sucio charco de sangre.

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4 comentarios en “Reto 22. La habitación número 69

  1. Esa berenjena que no falte… 😉
    Me has metido totalmente en la historia y me he mantenido en tensión todo el relato. A mí no me gusta leer terror porque lo paso muy mal pero si has conseguido esto mismo significa que es porque es bueno y está bien hecho. Me ha parecido muy original y espero seguir leyéndote con estos retos 😀 ¡Besitos sonámbulos! ★🌙

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