Reto 5. La vida pirata, la vida mejor

Usa la frase: “En el oeste se encontraban las ciudades de los muertos” para hacer una composición creativa.

Me encontraba en el timón, con el sombrero bien calado y el extremo del pañuelo que llevaba ceñido a la cabeza revoloteando a mi espalda, a merced del fuerte viento marino. Ese viento que inflaba las velas y empujaba el barco hacia nuestro destino, rumbo al sur. Al este estaban las famosas sirenas poetas, en el oeste se encontraban las ciudades de los muertos y al norte, de donde veníamos, estaban los países fríos de grandes y frondosos bosques. La tripulación y yo nos habíamos cansado de saquear con múltiples capas de ropa encima y necesitábamos el contacto del tibio sol sobre nuestras blancas pieles.

Así que al sur, lugar de playas resplandecientes e islas secretas repletas de tesoros y huertos repletos de berenjenas lustrosas. No sonaba nada mal. Y allí se encontraba un viejo amigo con el que compartir algo más que una botella de ron, tú ya me entiendes.

Hablo de sexo. Por si no quedaba claro.

Oh, recuerdo bien ese día. Mi cabeza estaba llena de alocados pensamientos de juventud. Incluso me había puesto un vestido para sentir la brisa colándose por mis piernas, anhelantes de la calidez del sol. Lo recuerdo tan bien como la tormenta que llegó de improviso.

Nos habían avisado. Nos previnieron de no coger la vía corta, pues era la más peligrosa. Pero nosotros estábamos hartos del frío y teníamos prisa por salir de los países norteños, así que decidimos adentrarnos en esa ruta, temerarios como sólo unos piratas inconscientes podían serlo.

La tormenta nos hizo ponernos en guardia. Llamé a toda la tripulación a cubierta y todos trabajamos por controlar el barco bajo la incesante lluvia, el brusco vendaval y las altas olas. Pero, inevitablemente, acabamos perdiendo el rumbo y a más de un querido miembro. Una de las grumetes más jóvenes e inexpertas lloraba mientras tratábamos de arreglar los desperfectos. La segunda a bordo, mi fiel compañera, la consoló como sólo una pirata puede hacerlo.

Ten le dijo poniéndole una botella de ron en las manos. No sirve de nada lamentarse, grumete. Ahora están en la mar, donde acabaremos todos.

Yo habría bebido de muy buena ganas, pero antes tenía que usar todos mis instrumentos de navegación y mi ingenio de capitana para discernir dónde nos encontrábamos. La respuesta hizo que quisiera beber aún más. Nos habíamos desplazado irremediablemente hacia el oeste.

Tratamos sin éxito de corregir el rumbo. Allí el viento no soplaba, como si no hubiera nada vivo. Las corrientes arrastraban de forma extraña hacia el oeste, hacia tierra. Pero pisar aquella tierra habría supuesto un suicidio por nuestra parte. Recurrimos a remar, todos juntos. Ni con el fortachón del norte al que habíamos reclutado en aquellas tierras logramos movernos un ápice hacia el este..

Al final encayamos en tierra, y no porque quisiéramos. Podría contaros lo que vimos allí. Podría hablaros de los horrores, de los gritos, de la muerte. De lo que vino después y de cómo sólo pudimos salir de aquellas tierras cuando nuestros corazones no latían. Pero eso sería cruel e innecesario. Ya tenéis suficiente con vernos, con temernos y con tener que sufrir nuestro abordaje. Deberíais estar contentos: al menos vosotros podéis morir.

Y cuando el último hálito de vida salga de vuestros cuerpos y nos alimentemos de él, pensad en mis palabras, perdedores de agua dulce:

La vida pirata, la vida mejor.

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