Proyecto Remolacha: Escaleta 1

¡Aquí llegan los primeros relatos!

Antes de empezar, me gustaría agradecer vuetsra participación en este proyecto. Sé que algunos habéis sufrido con esto de tener que seguir una escaleta que no habéis planeado vosotros, pero al menos vuestro sacrificio no ha sido en vano. ¡Ahora veremos el resultado! Recordad que sin vuestras luminosas letras todo esto no habría sido posible, sois las mejores hortalizas del mundo mundial.

A los que no sepáis de qué va esto, aquí está explicado y en este otro enlace hablo un poco de la siguiente edición, en verano, por si os apetece presentaros (podéis repetir los que os habéis apuntado a esta).

Dicho esto, os cuento: la escaleta os la dejo en PDF en un enlace, por si no queréis leerla y sólo os interesa comparar las historias sin más referencias que lo que os cuentan.

Aquí l@s participantes que se suben al escenario a estrenar este experimento: @SigridTheWolf, @meritxellterron, @supercheridas.

Aquí el PDF con la escaleta, escrita por @Luluvonflama: Escaleta (1)

Relato 1 (SigridTheWolf)

La noche, oscura y sin luna, cubre con su manto la montaña de Moncayo. La vegetación bordea el sanatorio de Agromonte y la maleza se cuela entre sus ruinas, adentrándose por sus numerosas ventanas. Sus paredes, cubiertas de desconchones y grafitis, guardan el recuerdo del sufrimiento, la enfermedad y la muerte, plagando el lugar de su turbia y negativa energía.

Dos chicos y una chica se aproximan al lugar, cargando mochilas e iluminando su camino con linternas. Uno de los muchachos es el guía, mientras el otro se esconde tras la chica, de apariencia gótica, que entusiasmada mueve un espray rojo en una de sus manos.

—Leo, Álvaro, ahora vengo —. El guía se echa a correr, alejándose de sus amigos.

Álvaro dirige una temerosa mirada a Leo, la cual se encoge de hombros y empieza a pintar uno de los huecos en blanco de la pared.

— ¿Crees que Lázaro estará bien? Este sitio me pone la piel de gallina.

—No seas miedica, Álvaro—. Responde Leonor, agarrando el brazo de su amigo y tirando de él, un movimiento que sacude su oscuro cabello, surcado por mechas rojas—.  Estará bien, necesitará mear o algo —.Añade mientras coloca un espray en su temblorosa mano.

Lázaro se adentra entre las ruinas del sanatorio, recorriendo sus pasillos y ojeando las abandonadas habitaciones que deja a su paso, testigos del amargo dolor de tantos pacientes, mientras el susurro del recuerdo de aquellos que sufrieron allí le acompaña. El eco de los lamentos y la angustia se pueden sentir aun en el interior del recinto, impregnando todo con su negativa energía. Lázaro no entra en ninguna habitación, no frena sus pasos hasta llegar a la capilla, un lugar amplio y despejado, y allí empieza a colocar velas, mientras una sonrisa surca sus labios.

Los apremiantes gritos de Lázaro provocan que sus amigos suelten los espráis y echen a correr.  Recorren el pasillo exterior, apurando cada vez más su paso, a medida que los gritos se vuelven más impacientes. A medida que su carrera avanza todo se derrumba; tratan de evitar los escombros, de huir. Leo agarra la mano de Álvaro y tira de él, evitando que algo le golpee, pero pronto se ven sepultados, convertidos en otro recuerdo más de la muerte que habita ese lugar.

Lázaro, con paso calmado y lento, se acerca al lugar del accidente y aparta los escombros, liberando así los cuerpos de sus amigos. Les sacude el polvo y los lleva con él a la capilla, donde los sitúa sobre un pentáculo que ha grafiteado, entre las velas, y empieza a entonar un tétrico cántico. Un oscuro humo rojizo se arremolina entorno a él, ocultando la escena de miradas indiscretas

Relato 2 (meritxellterron): Bruma roja

La luz de las linternas les ha permitido esquivar los árboles y setos bajos mientras caminaban en silencio hacia el sanatorio abandonado de Agramonte. Los edificios, a tres alturas, están decorados con grafitis de un tal Riot y otros nombres difíciles de descifrar. Las figuras se detienen delante de la fachada principal hacia las once de la noche.

Leonor deja su mochila en el suelo y mira a sus acompañantes. Lázaro es difícil de ver en ese entorno: siempre va vestido oscuro de arriba abajo. Casi nunca habla y trata de no llamar la atención. A Álvaro hace poco que lo conocen. Acaba de llegar al instituto y, con su habitual amabilidad, los dos jóvenes le han convencido para apuntarse a esa aventura nocturna. Él no ha sabido negarse.

Leo saca dos espráis de pintura y le ofrece uno a Álvaro. Este mira a ambos lados, buscando cámaras de seguridad en la zona. Una brisa fría hace que se estremezca.

—¿Qué haces? ¡Es ilegal! Pensaba que veníamos a grabar el trabajo de audiovisuales. —El muchacho estira los puños de su jersey—. No deberíamos ni estar aquí. Nos van a pillar y mis padres me echarán una buena bronca.

—Lo hemos hecho más veces, no te preocupes —contesta la muchacha.

Lázaro observa en silencio el edificio. Se acerca a su amiga y toma el aerosol restante.

—Voy a buscar el mejor sitio para ello —murmura para sí.

Álvaro le echa un vistazo mientras se aleja. Le parece alguien muy extraño. Ambos, si lo piensa bien. Leo lleva medias negras rotas, una falda de cuero y una blusa de crochet. Sus mechas rojas son el único toque de color que luce. Pero detrás su aspecto de chica dura es una persona muy simpática. Quizá por eso se ha dejado llevar por el secretismo. «Esta noche vamos a hacer una locura», le ha dicho ella. No le apetecía mucho, pero no tiene más amigos y no se arriesgaría a decepcionarlos.

Leo empieza a trazar las líneas de su grafiti. Va a dibujar una joven de aspecto pin up. Álvaro permanece a su lado en silencio, tratando de que no se percaten del pánico que siente.

Otea los alrededores, alerta, esperando que la policía aparezca en cualquier momento. Pero aparte del ulular del viento y un par de búhos, solo oye el pulverizador de pintura.

Un crujido entre los árboles lo asusta, así que enfoca con la linterna, sin saber muy bien qué quiere encontrar allí. No quiere acercarse, así que se pone de puntillas para ver por encima de los arbustos que les rodean. «No hay nada», se repite una y otra vez. «No hay nadie», se dice finalmente antes de volver a prestar atención al dibujo de Leo.

Lázaro se ha adentrado en el sanatorio. Sus pisadas retumban en el amplio silencio. Avanza por el largo pasillo sin prestar atención a los bichillos que corretean por las paredes del lugar, medio derruido. Son pequeñas cucarachas rojas que escalan sin dificultad huyendo de sus cazadoras. Las ratas las persiguen para tener algo que llevarse a la boca en ese entorno hostil y lúgubre.

Una de las ratas choca contra el pie del muchacho. Él se queda mirando al roedor, con su presa acorralada contra un montón de piedras. Lázaro contempla la escena y, antes de que la rata salte a por la cucaracha, pisa con fuerza el insecto, que estalla en un desagradable crujido. El muchacho se ríe cuando ve a la rata inspeccionando los restos del bicho.

Un poco más adelante da unos golpecitos a la pared. La pintura ha saltado por la humedad y el cemento se descompone allá donde él ha tocado. La suciedad cubre cada rincón. Los somieres siguen habitando el lugar, pero no sostienen ningún colchón, solo telarañas. El joven no presta atención a las habitaciones, que se encuentran a ambos lados del pasillo. Su objetivo está al final del mismo.

Tras saltar una montaña de escombros llega a la antigua iglesia. Da una vuelta sobre sí mismo, admirando el espacio.

—¡Chicos, corred! —Usa sus manos para proyectar la voz, que retumba con fuerza por todo el edificio—. ¡Tenéis que ver esto ahora mismo! ¡Rápido!

Destapa el botecito de pintura y empieza a prepararlo.

Leo sale corriendo sin coger sus cosas y Álvaro, después de unos segundos de duda, la sigue. Sus pasos apresurados hacen temblar las paredes del destartalado inmueble, que se empiezan a desmoronar como si trataran de cazar a los jóvenes. Antes de llegar a la iglesia, el techo cede y los sepulta.

Lázaro aparta las piedras con parsimonia. Los labios de Leo están pálidos y su mirada, vacía. Él coge su mano, convertida en una masa amorfa de carne sanguinolenta, y estira de ella para desenterrarla. Hace lo mismo con el resto de extremidades, que siguen unidas al cuerpo por los huesos y algunos músculos que no han resultado destrozados.

—Espero que sigas siendo virgen. Si no, todo esto no habrá servido para nada —susurra al oído de su amiga muerta.

Arrastra el cuerpo hasta la sala y lo deja al lado del de Álvaro, en el centro del pentáculo de pintura roja. En cada punta, una vela danza al son de la voz de Lázaro. Entona un cántico en una lengua antigua, ya extinguida. Del dibujo se alza una bruma roja, densa, que le rodea. El ritual ha empezado.

Relato 3 (supercheridas): El Satanorio de Agramonte

Cuando Leo escuchó los gritos de su amigo Lázaro, una sensación de pavor que nunca había experimentado le atravesó las sienes. Era la primera vez que Leonor se sentía extraña en el antiguo sanatorio de Agramonte, a pesar de que entre la juventud maña corrían infinidad de historias espeluznantes sobre aquél lugar. También era la primera vez que en la voz de su amigo se intuía un atisbo de nerviosismo. Miró a su lado y encontró en el rostro de Álvaro, el chico nuevo del instituto, el vivo reflejo del horror. Hacía apenas media hora Leonor estaba inmersa en ensoñaciones adolescentes, pero el destino de esos tres chicos estaba ligado de una forma mucho más profunda.

Momentos antes los chicos entraron, linterna en mano, a plena noche en ese viejo edificio por la ventana habitual. Contraventanas de madera, en las que se intuía el desteñido color verde que un día le otorgó una apariencia distinguida a la fachada, colgaban asimétricas de casi todas las ventanas bajas del edificio. El antiguo Centro de Asistencia Sanitaria de Agramonte, donde en el pasado se confinaba a los enfermos de tuberculosis de Zaragoza y las regiones colindantes, hoy se encontraba derruido y vandalizado. La vegetación silvestre de sus alrededores crecía desordenada, incluso había ganado parte de la superficie interna del recibidor principal y otras estancias. En la planta baja los techos eran altos, los salones amplios y la basura estaba dispersa. Restos de botellón y escombros se repartían por los suelos, acompañando las innumerables pintadas de las paredes. Leo y Lázaro habían explorado cada rincón del edificio en repetidas ocasiones, a veces ni ella misma conseguía recordar cuándo fue la primera vez que su amigo la llevó allí. El aire taciturno que Lázaro mostraba en el instituto se dispersaba cuando ambos recorrían los largos pasillos de El Satanorio, como lo había bautizado. Dependiendo del ala, en las habitaciones y corredores de las plantas superiores se podían encontrar barandillas a medio derruir, cables colgando del techo, agujeros en paredes o incluso estructuras endebles que en cualquier momento podían ceder. De hecho había un par de estancias en las que el suelo había caído a la planta baja, dejando abierta la posibilidad de caer varios metros al atravesar alguna puerta sin mirar.

Leo cargaba en su mochila varias latas ya usadas de spray, pero había comprado algunas nuevas para la ocasión. Nunca lo admitiría, pero esta vez quería impresionar al chico nuevo del instituto. Álvaro llegó iniciado el curso, era introvertido y solitario. De primeras no suscitó ningún interés en Leo, fue Lázaro quien le hizo notar alguna peculiaridad en él. Ya en clase de gimnasia ella pudo comprobar con sus propios ojos que, bajo el enorme plumas con que el chico nuevo se cubría había unos hombros llamativos y un vientre plano que destacaba frente a los demás compañeros de clase. Apenas hablaba, pero su candidez y simpatía contrastaba mucho con el aire sombrío y peligroso que le daban sus anchas ropas y su cabeza rapada. Cuando Leo le cogió desprevenido y le invitó a compartir los cigarrillos que había cogido del bolso de su madre, el chico nuevo no dudó un instante en aceptar. Sin embargo la tos y el temblor en las manos revelaron a sus nuevos amigos que era la primera vez que Álvaro intentaba fumar. Normalmente le costaba relacionarse con otros chavales de su edad, pero había algo en esa extraña pareja que le inspiraba curiosidad y admiración. La energía positiva, sensual en según qué gestos, que desprendía Leo con su pelo bañado en rojo intenso y sus llamativas faldas de cuero era un contrapeso frente a la frialdad de Lázaro. Era extraño para Álvaro: para él lo habitual era tardar meses en cruzar más de dos o tres palabras con extraños, sin embargo sentía como si conociese a ese chico de algún otro lugar. No había nada llamativo en él, siempre vestía de negro, era comedido en sus palabras y muchas veces daba la impresión de no estar del todo presente. Los demás compañeros e incluso los profesores directamente le ignoraban.

—Ven con nosotros al Satanorio, compartiré mi sabiduría contigo también. —La propuesta de Lázaro fue directa, ni siquiera se introdujo a sí mismo antes. Por primera vez Álvaro se preguntó si sería capaz de besar unos labios masculinos. Fue fugaz, se avergonzó en seguida, pero ello funcionó como motor para aceptar la invitación incluso antes de que Leo interviniera.

—¿Te gusta el grafiti? Porque tal y como lo dice este notas parece que queremos ir a jugar a la Ouija o algo así. —Leo tenía una capacidad comunicativa excepcional. A la vez fue capaz de sonar despreocupada frente a Álvaro y acusatoria ante Lázaro, todo ello sin que ninguno de los dos se sintiera incómodo con su asertividad.

Álvaro recordaba el momento de la invitación como un sueño distante y plácido, se agarraba a su memoria con fuerza mientras avanzaba por los lúgubres pasillos con dos chicos directamente extraños para él. Los nervios comenzaron a apoderarse de su cabeza. El ambiente era sombrío, el viento comenzaba a silbar entre los árboles de fuera y se colaba por los huecos que habían dejado algunos derrumbamientos. Cientos de preguntas colmaron sus pensamientos mientras que, de forma automática, se acercaba cada vez más a Leo. Por su parte, la chica interpretó ese gesto como un movimiento con intenciones lascivas. A veces sufría el frío aragonés en sus rodillas por lucir medias de rejilla pero esa noche, definitivamente, le estaba valiendo la pena. Leo estaba muy distraída con su fuego interno, pensando incluso en la posibilidad de poder, por fin, besar a Lázaro también. Fantaseaba con verse envuelta por aquellos dos jóvenes y por eso escogió el rojo para colorear el vestido de una mujer muy sensual que había empezado a pintar en la pared, por encima de otros grafitis sin intención ni talento.

No sólo fue incapaz de notar el pánico creciente de Álvaro, sino que ignoró por completo los movimientos silenciosos de Lázaro. El chico nuevo sí mantenía un ojo sobre su figura, aunque la negrura del ambiente no era muy favorable para distinguir sus ropas. A pesar del miedo, de alguna manera Álvaro sentía que debía seguirle. ¿Era posible sentirse atraído por otro chico? La sola idea de acercarse a él le contrajo el estómago con una sensación que no supo interpretar muy bien, pero su cabeza ya había procesado el pánico e intentaba tomar el control de la situación. Estaba exagerando, se dijo. Estos chicos, a pesar de su apariencia sombría, se habían mostrado nobles y hospitalarios con él. No había fundamentos para su nerviosismo, estaba todo en su cabeza. Buscó recomponerse, agarró una de las latas de la mochila de Leo y trató de garabatear algo en la pared, no muy lejos de La Mujer de Rojo que estaba ejecutando con soltura su compañera. No se veía inspirado. Además, mientras su muñeca diestra intentaba sin éxito sostener un trazo firme, la zurda blandía la linterna de lado a lado buscando a Lázaro, que había avanzado hacia la siguiente estancia y no había dejado rastro.

—¿Dónde has ido, Lázaro? —gritó Álvaro, nervioso, mientras Leo rebuscaba en la mochila un rojo más intenso que no lograba encontrar.

—Busco un sitio mejor —a pesar de estar ya alejado, su voz sonaba calmada y a un volumen moderado—. Allí tenemos huecos en el techo.

Álvaro se desesperaba. ¿Mejor para qué? Leo por fin se dio cuenta de lo nervioso que estaba e intentó tranquilizarle. Explicó que Lázaro era muy maniático con sus pintadas, no le gustaba hacerlas encima de otros dibujos y prefería lugares un poco altos para que otros no se atrevieran a pisar sus obras. La calidez que desprendía la muchacha casi logró tranquilizar a Álvaro, sin embargo la voz quebrada de Lázaro le hizo temblar las piernas.

—¡Tíos venid, rápido por favor! —Nunca antes se había escuchado a Lázaro gritar con una emergencia similar, pensaba Leo. Ella y Álvaro pararon al unísono y comenzaron a correr en dirección a las voces que daba su amigo desde otra habitación más alejada. El ruido y una horrible corazonada guio la carrera de los adolescentes, que notaban cómo sus pulsaciones se aceleraban con cada zancada. Los gritos de Lázaro se tornaron ininteligibles, algo se movió en el interior de Álvaro entonces. Una mala espina se había clavado en los corazones de aquellos muchachos, sobre todo para Leo. La imagen lujuriosa de aquella excursión nocturna que mantenía en su cabeza se quebró como la voz de su amigo mientras les pedía auxilio. Para ella era totalmente nuevo escuchar a Lázaro desesperado, algo muy serio tenía que haber ocurrido. Ruidos extraños se sumaron a los gritos de Lázaro, como rocas cayendo unas encima de otras, y para cuando ambos consiguieron entrar en la estancia de donde procedían los gritos una montaña de escombros cayó sobre ellos levantando una nube de polvo que cubrió la habitación a la vez que el silencio.

La oscuridad de la estancia contrastó, por primera vez, con la imagen de Lázaro. Estaba quieto y frente a los escombros donde habían quedado sepultados sus amigos. La decepción inundó su cuerpo, pues no era así como quería que sucediesen las cosas. Por fin había encontrado la compañía adecuada para sincerarse con Leo y abrir su oscuro corazón. Lo que sería una bonita declaración ahora se había convertido en un proceso tedioso, solitario y que conllevaría muchas más explicaciones que las que él se había dispuesto a dar. Respiró hondo, se concentró y ordenó hacerse la luz. En ese momento un destello inesperado de luces amarillas llenó la estancia, que los chicos no habían llegado a reconocer como la iglesia del antiguo sanatorio. El silencio era sepulcral, el polvo no se había disipado y Lázaro comenzó a retirar los pedruscos que cubrían los cuerpos de Álvaro y Leo.

El ambiente se cargó enseguida. Entre el calor que emanaban las cientos de velas que cubrían la retaguarda de Lázaro y la tensión que desprendían los cuerpos de Leo y Álvaro, parecía que nada podría hacer la situación más incómoda, Lázaro se había imaginado esta situación de otra manera. Colocó los cadáveres sobre un pentáculo rojo que pintó con la lata de spray que había cogido de la mochila de Leo, de forma que sus cabezas estuvieran apoyadas sobre las piernas del otro. Los trataba con mesura y cariño, al fin y al cabo serían sus hermanos de sangre por toda la eternidad. Se dispuso frente a ellos, se concentró y entonó el cántico sagrado que le había acompañado desde su niñez. Fue entonces cuando, de la circunferencia comenzó a emerger una especie de polvo rojizo, como si de arena flotante se tratase, que envolvía las figuras sin vida de los chicos y giraba en espirales a su alrededor. La estrella sobre la que estaban situados se iluminó y de un rojo intenso, el mismo color que reflejaban los ojos de Lázaro.

Leo nunca había prestado atención a las historias esotéricas que circulaban alrededor del Sanatorio de Agramonte, pensaba que esas chorradas servían simplemente para disuadir a los adolescentes más jóvenes de acercarse a aquél lugar. Pero esta vez, de golpe, todo lo que una vez oyó de pasada retumbó en su cabeza como una mala migraña. El crepitar de cientos de velas reveló una imagen muy siniestra de la capilla del antiguo sanatorio. Álvaro y Leo no tuvieron capacidad para darse cuenta de que estaban tendidos en el suelo, uno sobre otro. Al ver el pentáculo, Álvaro notó una fuerza irreconocible en su pecho. Quiso gritar de sufrimiento pero sus músculos no respondían. Leo desesperó y gritó. Un torrente de sensaciones desagradables inundó sus cuerpos y el recuerdo de morir les atormentaba. Lázaro les miraba desde arriba, reconoció el pánico en sus ojos y trató de ser magnánimo.

—Chicos, os lo puedo explicar.

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12 comentarios en “Proyecto Remolacha: Escaleta 1

  1. ¡Qué curioso las cosas que salen!
    Comentaré un poco los tres relatos porque es mi escaleta y me hace ilusión.
    El primer relato, el de SigridValkyrie, está bastante bien. Es terror convencional y usa las formulas tradicionales. A mi el que sea corto no me importa is se es capaz de crear las imágenes. Solo diré que tiene los diálogos mal puntuados y eso me ha sacado un poco del texto.

    El que más me ha gustado es el de Meritxell. Minipunto por poner título y sobre todo por los tres últimos párrafos que son geniales. No se ha cortado un pelo con la sangre y las descripciones y creo que ha dejado el final bastante sorprendente. Ha estado fiel a la escaleta pero aún así puedo ver su estilo y como ha introducido detalles de cosecha propia.
    Creo que el relato que yo hubiese escrito hubiese sido algo así.

    El de supercheridas está muy bien escrito, aunque creo que no ha seguido tanto la escaleta. A mi, particularmente, me ha sacado un poco de la historia el tema sexual y los pensamientos de los personajes. Me hubiese gustado ver más una creación de ambiente y escenificación no tan literal como la que ha hecho. Pero deja muy claro cual es el estilo del autor y es refrescante después de leer los otros dos.

    Enhorabuena a todos por los grandiosos relatos que habéis hecho. Siento el desastre de escaleta, es la primera que hago en mi vida. Tomaré nota del resto de escaletas que seguro que son magníficas.

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  2. ¡Están geniales los 3! No he querido leer la escaleta antes para poder descubrir la historia, suspense total. Es verdad que el de Sigrid es más corto pero no me parece que sea peor en absoluto. Lo que pasa que es complicado comparar estilos cuando se pueden aportar conceptos en la trama: por ejemplo, el de Supercheridas introduce esas relaciones entre los personajes que me han atraido más que el resto y el final de Meritxell es más tétrico.
    Pero me parece genial como pueden salir tres historias que provocan sensaciones diferentes de una misma escaleta.
    Un saludo!

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      1. Creo que yo he estado una de ellas haha Nunca había hecho una escaleta y en mi caso la hice muy simple, lo que obliga a los otros a aportar mucho a la historia. De todas maneras, me gusta, ya me ha costado mucho adaptarme a la escaleta de otro como para que encima me pongan más condiciones 😦 (Además me equivoqué en cosas haha)

        Le gusta a 1 persona

  3. Qué curioso leer estos tres relatos desde diferentes puntos de vista. Están geniales, aunque noto que el de Sigrid es más cortito y se resiente en comparación. Ahora tengo ganas de leer el resto y escribir mi parte 😀

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  4. Me encantan los relatos de mis dos compañeros de escaleta, mucho mejores que el mío sin duda. He sentido tensión durante toda la lectura y me he quedado con ganas de más en ambos cosas. Bravo.

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      1. Sí, siempre se aprende algo leyendo a otros autores. Y del proyecto algo también he sacado:
        1-No es lo mío trabajar con escaleta ajena, al menos no en mis circunstancias actuales (pienso seguir intentándolo)
        2-Puedo conseguir escribir algo en fecha ¡Yuju!
        Y sobre todo siempre es genial participar en algo con más autores, es emocionante.

        Le gusta a 2 personas

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