Proyecto Remolacha: Escaleta 2

Llegamos con los tres siguientes relatos. Esta vez es el turno de @RCaldera_84, @LuverC y @Anna_jig. ¡A ver cómo ha resultado!

Aquí la escaleta, de @arrowsier (el cual, por cierto, me ha comunicado que está disponible para críticas y amenazas): Escaleta (2)

Relato 1 (RCaldera_84): Puertas abiertas

Y cuando se despertó, la puerta estaba abierta.

Parpadeó confuso y volvió a mirar hacia la entrada del dormitorio. Estaba seguro de que había cerrado antes de acostarse, pues hacía tanto aire fuera que las corrientes movían la puerta sin parar, lo que le impedía dormir.

Precisamente, el sonido de las bisagras era lo que le había despertado. Se levantó para cerrar la puerta y se asomó al pasillo. La vejiga le indicó que era un buen momento para aprovechar e ir al baño, que se encontraba al final del corredor, junto a las escaleras que comunicaban con la planta inferior. No le gustaba vivir solo en una casa tan grande, pero su pareja estaba fuera por negocios y, esos días, estaría sin nadie que le hiciera compañía.

La planta superior de la casa era en la que menos tiempo se había invertido al amueblar. Acababan de mudarse y todavía muchas de las habitaciones seguían sin luz, sin decorar o llenas de cajas por desembalar. Caminó algunos pasos a tientas entre las sombras, mientras intentaba recordar la distribución de los dormitorios. Por suerte, el pasillo se encontraba despejado de cajas o muebles, aunque no había siquiera bombillas en él para ver por dónde iba.

La primera habitación que encontró también tenía la puerta abierta. La luz de la luna entraba por el ventanal y proyectaba sombras sobre las cajas. Las nubes hacían que estas se moviesen y cambiasen de forma. Por un momento, la respiración se le aceleró. Tardó unos segundos en relajarse y comprender qué provocaba esas sombras.

—Menudo valiente —dijo antes de cerrar el dormitorio.

Pocos pasos más adelante había otra puerta y una leve luz llegaba hasta el pasillo, proyectando en el suelo una sombra alargada. La forma de esta recordaba la de una persona, inmóvil; como si estuviera frente a la ventana a la espera de algo. Los pelos se le erizaron y se detuvo en seco en mitad del corredor. ¿Había entrado alguien en la casa?

—¿Quién hay ahí? —preguntó, con voz temblorosa.

La única respuesta que obtuvo fue el ulular del viento que se colaba por algunas de las rendijas de la casa. Un escalofrío recorrió su espalda. Respiró hondo y se asomó a la habitación. Contra la ventana se recortaba la figura que proyectaba la sombra en el suelo. Por un instante, el pánico le invadió, hasta que comprobó que solo se trataba de una de las lámparas de pie cubierta por una sábana. Se increpó a sí mismo por su cobardía, cerró la puerta y continuó camino al baño. Justo cuando se disponía a entrar en él, un sonido en la planta inferior le hizo detenerse.

La casa era antigua, por lo que el aire la hacía crujir y muchos de los sonidos eran producidos por él, pero lo que había escuchado no lo había hecho el viento. Se trataba de un ruido conocido, de los que se oyen a diario. Sabía que lo había escuchado antes, pero su mente era incapaz de reconocerlo. Por unos instantes pensó en dejarlo correr, ir al baño y volverse a la cama, pero el ruido se repitió. Más curioso que asustado, comenzó a bajar las escaleras. Estas, como la mayoría de la casa, estaban fabricadas en madera y crujían a cada paso que daba. A pesar de estar cubiertos por moqueta, los peldaños se encontraban helados y ese frio llegaba hasta sus pies descalzos, lo que le hacía tiritar de vez en cuando. No entendía como podían estar a esa temperatura en pleno verano.

Terminó de bajar los escalones y se detuvo a escuchar. Necesitaba volver a oír aquel sonido para poder identificar de donde procedía. Por el rabillo del ojo le pareció distinguir algo que se movía y se giró hacia allí, con el corazón desbocado. No veía nada debido a la oscuridad, pero no quería encender la luz pues, si había alguien en la casa, podría ser contraproducente para su propia seguridad. En esos momentos deseaba tener un bate de béisbol como en las películas americanas. Lentamente, se acercó a la puerta de la habitación donde le había parecido ver el movimiento.

Se trataba del despacho de su marido, el cual era de los pocos dormitorios que habían logrado terminar de amueblar y decorar desde la mudanza. Las ventanas de este daban al otro lado de la casa por lo que la luna no iluminaba su interior. Bultos oscuros poblaban la estancia, todos inmóviles e irreconocibles. Él apenas había entrado en aquel despacho, por lo que no conocía la distribución de los muebles. Apoyado en el marco de la puerta esperó, en busca de algún movimiento pero, de nuevo, aquel familiar sonido llamó su atención. Provenía de la izquierda, donde se encontraban un par de habitaciones más y la cocina. Esperó unos momentos antes de alejarse del despacho por si algo se movía en su interior, pero como todo seguía inmóvil, cerró la puerta y continuó por el pasillo, en busca de lo que producía aquel sonido.

Otra puerta abierta, esta vez la que bajaba hasta el sótano. Un escalofrío recorrió su espalda mientras pensaba en la de cientos de películas que había visto donde aquella parte de la casa suponía el fin del protagonista. Sin pensárselo dos veces cerró la puerta y se apoyó sobre ella, con la respiración agitada. El frio aumentaba por momentos, lo que causaba que tiritase más de lo que a él le gustaría; sin contar que los dientes empezaban a querer castañetear. No terminaba de comprender aquella bajada de temperatura, pues estaban en pleno agosto y el día había sido de los más calurosos del verano. El viento era comprensible, pues la casa se encontraba en una pequeña colina y no había monte o montaña que la protegiera de las corrientes de aire; pero aquel frio tan repentino no era normal.

Cruzó los brazos sobre el pecho y continuó su marcha por el pasillo, mientras intentaba mantener las manos calientes bajo sus axilas. Los pies llevaban rato entumecidos y empezaba a costarle mover los dedos de los mismos. Un golpe, como de algo al caerse al suelo, llegó desde la habitación situada al final del oscuro pasillo. Avanzó despacio por el centro del mismo cuando una luz se iluminó frente a él. Era una luz débil, tenue, que procedía de la misma sala a la que se dirigía. El cuerpo comenzó a temblarle, aunque le resultó imposible saber si era debido al frio, o al miedo que empezaba a sentir en aquel momento.

—¿Quién anda ahí? —preguntó de nuevo—. Sal donde te vea, estoy armado.

Se trataba de una mentira, quizás la más absurda que había dicho nunca, pero le infundió algo de valor para avanzar. Al fin y al cabo, quién hubiese entrado en la casa no tenía por qué saber si era cierto o no que tuviese algo con qué defenderse.

Una sombra cruzó por delante de la luz proyectada sobre el suelo, fue un movimiento tan fugaz que no pudo siquiera distinguir de que se trataba. Su cuerpo se quedó inmóvil. A pesar de que su corazón bombeaba a una velocidad inimaginable y sus pulmones se hinchaban y deshinchaban sin parar, era incapaz de dar un paso más. Había algo en la cocina, o alguien. Miró a su alrededor, en busca de algo con lo que defenderse, pero el pasillo estaba desprovisto de cualquier mueble u objeto que le pudiera servir.

Aquel ruido que le había hecho bajar volvió a sonar, ahora mucho más fuerte. Ya no oía el viento soplar, ni siquiera el crujir de la madera al caminar, solo podía escuchar aquel ruido. Era como si el resto de sonidos hubiesen desaparecido. Seguía intentando recordar porqué le era tan familiar, pero le resultaba imposible. Volvió a respirar hondo y pensó que, si se quedaba allí, sería como volver a la cama e ignorar lo que pasaba, así que se armó de valor y comenzó a caminar de nuevo. Se encontraba a pocos pasos de la cocina y el sonido volvió a llenar el pasillo. Era acompasado, rítmico, pero seguía sin reconocerlo. Según se acercaba se dio cuenta que no dejaba de sonar, solo que se volvía más débil, apenas audible, pero que no se detenía, como si fuese un latido.

Alargó la mano y se cogió al marco de la puerta que llevaba a la cocina. La luz iluminaba de manera débil el suelo de madera hasta la mitad del pasillo, pero resultaba escandalosa en aquella oscuridad tan profunda. Durante unas décimas de segundo algo cruzó por delante de aquel foco de luz, proyectando su sombra en el suelo. Esta vez pudo ver bien la silueta, aunque no logró distinguirla. Lo que había visto no tenía una forma definida, no se trataba de la figura de un hombre; más bien parecía como un borrón sobre la luz, pero un borrón en movimiento. La luz que salía de la cocina parpadeó unos instantes y se apagó con un sonido metálico. No volvió a encenderse en los minutos que estuvo esperando junto al marco de la puerta, pero el sonido seguía escuchándose, latente.

Muy despacio, asomó la cabeza al interior de la estancia. Las ventanas de esta tampoco recibían en aquel momento la luz de la luna, por lo que la oscuridad era total. Esperó y escuchó atentamente. Aparte de aquel ruido desconocido, que ya había sido asimilado por su subconsciente, no escuchó nada más, así que decidió entrar en la cocina. Avanzó unos pasos y se plantó en el centro de la misma. Aquel sonido era más nítido todavía  pero parecía provenir de toda la sala, sin tener un punto fijo.

Entonces, una luz parpadeó de nuevo frente a él y la cocina volvió a iluminarse. La puerta de la nevera estaba abierta. Sabía que el interruptor de la luz interior fallaba y a veces se apagaba o se quedaba encendida al cerrarla, pero no entendía porqué estaba abierta. Avanzó por el helado suelo para cerrarla cuando se fijó en el interior de la misma. Allí, en una de las bandejas, un corazón humano palpitaba. Los movimientos de este iban acordes al sonido que envolvía la cocina. Un latido, incesante, ese era el ruido que no había logrado reconocer. Se acercó más a la nevera asombrado por el descubrimiento, cuando notó algo detrás de él. Los pelos de la nuca se le erizaron y comenzó a temblar. De pronto, la luz de la nevera se apagó de nuevo, dejándolo a oscuras. Parpadeó rápidamente intentando ver algo en aquella oscuridad y entonces, se despertó en su cama.

Y cuando se despertó, la puerta estaba abierta.

Relato 2 (LuverC)

Cuando se despertó, la puerta estaba abierta.

Retazos de luz de las farolas entraban por las rendijas de la persiana y daban a la habitación un color azul, frío, mortecino. El silencio era prácticamente absoluto y solo lo rompió el chirriar del somier cuando ella se incorporó entre las sábanas.

Juraría que había cerrado la puerta. Siempre lo hacía. ¿Se habría despistado aquella noche? No lo creía posible, pero se había ido a la cama terriblemente cansada. Podía ser que no hubiera cerrado la puerta.

Si. Tenía que ser eso.

Porque no había otra explicación, ¿verdad?

Se levantó y el somier respondió al movimiento sobre el colchón. Alargó la mano para coger el albornoz que descansaba a los pies de la cama. Hacía frío fuera del edredón; el invierno se dejaba sentir a través de las persianas y la doble ventana cerrada. Poniéndose de pie, se abrazó a sí misma y comenzó a andar.

Cerraría la puerta y volvería a la cama.

Si. Se limitaría a eso.

Agarró el picaporte y empujó, pero un ruido, como de un crujido, la paralizó. El corazón dejó de latirle dentro del pecho y, durante un segundo, ni siquiera oyó el bombear de la sangre en sus oídos; solo le rodeaba el silencio. Pero aquel ruido no volvió a repetirse.

Tenía que cerrar la puerta. Cerrarla y volver a la cama. Sí, a la cama. Y dormir. Qué buena idea.

Dio un paso y abandonó el picaporte. Se abrazó más fuertemente a sí misma, como si cuanta más presión ejerciera sobre su pecho con sus propios brazos más difícil fuera atravesarlos. Como si aquello fuera a quitarle el frío y el miedo que le palpitaban dentro del pecho al mismo ritmo que lo hacía su corazón.

Dio otro paso y se asomó por la barandilla. La puerta de la calle estaba cerrada, aunque cualquiera lo diría. Hacía frío en el pasillo. Mucho frío. Anduvo un poco más y se enfrentó a las escaleras que bajaban al piso de abajo. Poco a poco empezó a descender, procurando no hacerlas crujir bajo sus pisadas.

Todo estaba oscuro. Las formas se confundían en la penumbra que formaba la luz azul que entraba a través de las persianas.

Podría haber encendido la lámpara que pendía del techo. Pero enfrentarse a la certeza de algo iluminado era casi más terrorífico que imaginarse monstruos en las sombras.

Tragó saliva y pisó la alfombra, suave y cálida, de la entrada. Giró hacia el pasillo del piso de abajo, ese que atravesaba la casa hasta la cocina.

La puerta del salón estaba abierta. Todavía abrazándose con manos temblorosas, se asomó. Las sombras configuraban los muebles. La planta que le había regalado su madre se erguía, alta, en una de las esquinas. Porque era eso, ¿verdad? Aquella planta de largas hojas erectas, verdes, puntiagudas.

Un escalofrío le recorrió la espalda e hizo que sus pies avanzaran solos a través del pasillo. Volvió a tragar saliva, intentando mandarle, mientras, una orden a su corazón para que dejara de latir de una forma tan incontrolada. Sentía que se le iba a salir del pecho, que de un momento a otro iba a atravesar la pared de costillas y a desgarrar la piel, llenando de sangre el pasillo, el suelo, las paredes.

Con todo, siguió andando.

Por si acaso, se asomó también al pequeño baño de abajo. El espejo frente a la puerta abierta le devolvió la silueta, negra y recortada contra la penumbra, de lo que parecía ella. Porque era ella, ¿verdad? Se movió hacia un lado y la silueta se movió con ella. Volvió a desplazarse y, de nuevo, el reflejo negro la imitó.

Sí. Definitivamente tenía que ser ella.

Posó una mano de dedos temblorosos sobre la llave de la luz. Porque tenía que ser ella pero, ¿y si no lo era? La base de su cuello se estremeció tras un escalofrío y apartó la mano del interruptor como si le hubiera dado un calambre. Sintió casi la descarga atravesarle el brazo hacia el pecho. Se abrazó la cintura con fuerza.

De repente, algo cayó en la cocina. Un ruido de cristal haciéndose añicos contra el suelo lo inundó todo durante unos segundos. Un silencio insondable lo siguió. Incluso el viento había dejado de silbar al otro lado de las ventanas. Su corazón volvió a latir, desbocado, tras el susto.

Algo dentro de ella esperaba oír unos pasos tras el sonido del destrozo. Pero no lo hubo y no sabía si sentirse tranquila o aterrorizada por ello.

Debería dar la vuelta por el pasillo y volver por donde había venido. Subir las escaleras deprisa, cerrarse en su habitación y llamar a la policía. Que vinieran con sus linternas, con sus perros, con sus pistolas. Debería correr hacia el piso de arriba y hacerse un fuerte en la cama como cuando era pequeña. Porque nada podía atravesar unas sábanas llenas de unicornios.

Sin embargo, su pie izquierdo decidió que en la cocina pasaba algo, algo digno de investigar. Aunque eso le condujera a la muerte. Su pie derecho lo siguió y, tras una sucesión de pasos inciertos y fríos, de latidos descontrolados, llegó a la puerta de la cocina.

Abierta. Claro.

El silencio era aterrador, insondable, innegable. Y, sin embargo, si había alguien parado en medio de la cocina, escondido entre la penumbra, sería capaz de escuchar su respiración agitada, su corazón delator, cabalgante, desbocado. Se imaginó la figura, alargada y afilada, del intruso, recortándose en las sombras, formándose a partir de las volutas de oscuridad de la cocina, con los ojos relumbrantes y llenos de llamas.

Asomó la cabeza por el hueco de la puerta.

Le recibió la oscuridad vacía de la cocina. O, al menos, la casi oscuridad casi vacía.

Entró. El brillo amarillento que salía de la nevera le llamó la atención. Podía dudar sobre haberse dejado abierta la puerta de su habitación, pero no de la del frigorífico. Estaba convencida de que la había cerrado cuando había metido los restos de la cena.

Se acercó lentamente. Las baldosas del suelo estaban heladas. El frío le atravesaba la piel de los dedos de los pies y subía por sus tobillos, como corrientes de hielo a través de sus venas.

Y ahí, roto, hecho pedazos cortantes de cristal frente a la nevera, estaba el tarro de mahonesa. El suelo se había convertido en algo pegajoso, húmedo, casi gelatinoso, bajo sus pies. Agarró la puerta y miró dentro del frigorífico, pero no faltaba nada más, solo el frasco destrozado.

Entonces lo sintió. Fue como si un hilo de algo helado y viscoso le recorriera la espalda, desde el nacimiento del cabello hasta la cadera, y se le clavara a lo largo de toda la columna vertebral. Como si quisiera entrar dentro de ella. Como si el mismo frío quisiera atravesarla, invadirla, construirse un fuerte en su interior.

Recorrida por una sensación gélida, comenzó a girarse. Se agarró con fuerza a la puerta del frigorífico para no caerse.

El pecho le dolía de lo intensa que era la respiración. Se incorporó, agitada, recorrida por un sudor frío y una sensación espesa y extraña que le nacía en la nuca y se deslizaba por su corriente sanguíneo.

Abrió los ojos. Le recibió la oscuridad azulada y la conciencia de estar dentro de su cama. Su habitación le dio la bienvenida en medio de la noche. Suspiró.

Sin embargo, la puerta estaba abierta.

Relato 3 (Anna_jig): Al despertar

Y cuando se despertó, la puerta estaba abierta. El pasillo a oscuras, la casa en calma, ni tan siquiera se escuchaba a los coches pasar. Victoria se giró hacia la pared para seguir durmiendo. Cerró los ojos, sintió el sueño volver a por ella y fue entonces cuando recordó con perfecta claridad haber cerrado esa puerta. Para que Núria no me despierte cuando llegue de fiesta, había pensado. No sería la primera vez que su compañera llegaba a casa a las tantas, dejaba todas las luces abiertas, montaba un escándalo preparándose un bocata y despertaba a Victoria cuando esta madrugaba al día siguiente. ¿Habría abierto Núria la puerta para desearle las buenas noches? O quizá le había dado el bajón post borrachera, había entrado para hablar con ella y luego se había arrepentido. Fuera por la razón que fuera Victoria había dejado esa puerta cerrada y ahora estaba abierta. Y al parecer todo atisbo de sueño que pudiera haber tenido dos minutos atrás se había esfumado por ella. La chica suspiró resignada y se incorporó, no podría volver a conciliar el sueño hasta asegurarse de que Núria estaba bien.

El frío de la noche se le pegó a la piel, cálida al salir de las sábanas, y se estremeció. Se calzó las zapatillas y estiró el brazo para coger el móvil. No tenía ningún mensaje ni llamada perdida de su amiga. Aún sentada en la cama aguzó el oído y le pareció percibir el rumor de unos pasos en el piso de abajo.

La puerta de la habitación de Núria estaba abierta y la luz apagada, la cama deshecha y vacía. El frufrú de tela contra tela le llegó a los oídos y Victoria se encaminó hacia las escaleras. No parecía que hubiera ninguna luz encendida. Bajó un escalón y luego otro. ¿Serían las cortinas del salón, resultado de una ventana abierta y una noche ventosa? Los posters de películas antiguas que decoraban la pared de las escaleras parecían observarla en la oscuridad, su cristal reluciendo en un fantasmagórico fulgor por la luz que entraba de la única ventana del pasillo superior. Victoria se acercó a la ventana y observó la calle en búsqueda del coche de su amiga. No estaba allí.

Hacía ya un año que se había mudado con Núria a aquel pueblecito, lugar tranquilo e ideal para encontrar la inspiración, y aunque la casa era vieja, Victoria nunca había sentido miedo, nunca había tenido esa inquietante sensación de no estar sola en su propia casa.

Bajó las escaleras y el último escalón chirrió. Pese a saberlo, aún y esperándolo, la chica se asustó. Algo iba mal, empezaba a sentirlo en el vello erizado de la nuca, en el descompasado ritmo de su corazón.

Al llegar al rellano percibió que una luz mortecina salía de la cocina. Se acercó y encontró la nevera abierta. La cerró y sintió un movimiento a su espalda.

— Núria, ¿eres tú? —preguntó al girarse.

Una mano la agarró de la mandíbula y le impidió gritar. Victoria sintió algo frío contra la espalda y una voz susurrar:

—Shhht, aún no.

Y cuando se despertó, la puerta estaba abierta.

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Un comentario en “Proyecto Remolacha: Escaleta 2

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