Proyecto Remolacha: Escaleta 6

Esto se nos pone interesante… Hoy se juegan el pellejo tres escritorcit@s bastante bonic@s, para qué nos vamos a engañar. Se trata de @Luluvonflama, @LleuadMoon y @Duxiet.

Esta escritorcil escaleta ha sido creada por @RCaldera_84: Escaleta (6)

Relato 1 (Luluvonflama): Verbis inculcandam

No hay fenómeno meteorológico natural que pueda traer la vida al lugar. El páramo está yermo; como los negativos de las cámaras de carrete, de color sepia y pardo sucio. La oscuridad lo envuelve todo, cada vez más, como un manto cubre un cadáver, de forma insuficiente, porque sigue insinuándose la desolación en forma de vértices. Ni si quiera la flora muerta es capaz de dar vida a los hongos. La superficie carece de vegetación y el subsuelo de agua; se ha roto la cadena trófica.

Filas y filas de escritores pueblan el lugar sin pertenecer a él. Sus escritorios, sillas y máquinas son artificios artificiales. La noche, que amenaza ser perpetua, se cierne sobre todos ellos, que vuelcan sus movimientos frenéticos en las teclas. Unos muestran ira en sus rostros, otros cariño e incluso, alguno, derrama silenciosas lágrimas. La tinta mancha las hojas que pasan por las máquinas de escribir de los juntaletras y acaban apiladas en torres que desean llegar al cielo, allí donde las nubes lo encapotan y lo vuelven turbio, oscuro.

Una de las hojas se posa sobre el montón que conforma una historia de amor, en ella se puede leer: «Se miraron a los ojos; estos decían todo sin decir nada, entonces, se fundieron en un apasionado beso que los dejó sin aliento. Se apretaron en un abrazo férreo y exploraron sus cuerpos…». Parecía que el papel se había posado, pero de pronto, cae al suelo donde se oscurece, desde las esquinas hacia dentro, y se retuerce, como si lo estuviese quemando un fuego invisible.

Delante, una escritora, aporrea sus teclas con el frenesí de la inspiración: «El rótulo de neón rojo del local tenía varias letras fundidas. El detective entró y se quitó la gabardina y el sombrero de ala. Se sentó en un taburete de la barra y pidió un whiskey con hielo…». Al finalizar, la hoja vuela de la máquina para juntarse con el resto del manuscrito, pero cae, despacio, marchitándose, ennegreciéndose, como todo lo que toca el suelo. Es un infierno negro.

A su lado, la hoja de otro escritor también se posa sobre el montículo de papel, en este caso finalizando su obra: Un cuento de fantasía. «Y colorín colorado, este cuento se ha acabado. FIN». El escritor miró su obra pletórico, pero su cara cambió cuando la hoja fue desechada por un manotazo invisible.

Uno de esos escritores anónimos suspira frustrado. Las musas no le susurran. Su historia no le evoca nada. Su mente se siente embotada, como si su cerebro fuese un globo de helio que choca con la tapa de su cráneo. Lleno de gas, pero vacío de ideas. Se masajea las sienes y mira al frente. Una hoja de ese escritor cae del montón y mecida por un viento inerte, besa el suelo a su lado. El papel se oscurece con celeridad, pero el escritor lo coge, salvándolo del fuego fatuo que asola la tierra. Ya en sus manos, parece menos oscuro. Sus ojos danzan por la página, comenzando la lectura. El papel vuelve a su color original. Y el lector, enfrascado en su lectura, no se percata de que el páramo vuelve a la vida, pulsante. Llenándose de colores brillantes y eléctricos. Desafiando la paleta de colores conocida.

Relato 2 (LleuadMoon): La noche de primavera muerta

Todo ha muerto. Ya no hay nada, solo vacío inexistente: las flores se han marchitado, los árboles han caído y todos los animales silvestres han perecido. No hay nada, solo noche eterna, oscuro vacío, emociones perdidas en un negro eterno que la nada eterna oculta. ¿Dónde está ahora el piar de los pájaros? ¿Hacia donde huyó el alegre rojo de las amapolas? ¿Y el blanco puro de las margaritas? ¿Dónde fue el grandioso pino que en verano daba sombra? Sombras de la nada son ahora aquellas antiguas glorias que la Madre Naturaleza les entregó con todo su amor en el inicio de los tiempos.

Aquella isla, antaño grandiosa, hermosa, llena de color y, sobre todo, vida, ¡vida!, no es ahora más que una mancha oscura en medio de un océano perdido en una pequeña parcela de este infinito universo, o quizá de un finito demasiado grande para la concepción humana, aunque eso no es tema ahora, hay que volver a la isla, en cuyo centro había un vacío páramo, antaño un bosque, pero que ahora no es más que una existente inexistencia donde un grupo de personas está reunida: un grupo de escritores que crea vacío.

Escriben, escriben y escriben sin parar, sin descanso ni tregua casi ni para respirar, con un único objetivo: devolver la belleza a aquel lugar que tiempo llevaba muerto. Buscan, en cierto modo, ser el mesías que salvará dicha tierra, que hará volver a la vida a un lugar que lleva más de tres días en el otro mundo. Pero de nada sirve.

Cada hoja que escriben, cada fragmente incompletamente completo no hace más que fallecer en cuanto roza el suelo que pretenden reanimar. Hojas de papel blanco y puro buscan dar vida, pero en negro se torna en cuanto son finalizadas, en negro o en nada.

Por aquí, un escritor de teatro clásico crea historias de amores con fecha de caducidad en apenas unos días, amores avocados a un final trágico, un desenlace mortuorio: “Sin ti, mi amor, la vida pierde todo sentido y ya no quiero vivir en un mundo donde tú no estás”, dice el amante al ver el cuerpo de su fallecido romance antes de clavarse un cuchillo en lo más profundo de su pierna. Al pobre escritor nadie le ha corregido los fallos en el diálogo ni le han dicho que hay formas más rápidas de suicidarse con un cuchillo.

Por allá, una escritora de fantasía épica celebra la boda de dos elfas, todo lleno de caballeras con armaduras relucientes, sanadores con ropa innecesariamente corta y ajustada, enanos con sus enormes báculos y su grandiosa inteligencia… y dragones celebrando esta hermosa unión como la Energía y los mortales normales. A la pobre no le dijeron que el matrimonio es un constructo innecesario y que con el resto de su novela, no tiene coherencia, aunque su romance es maravilloso.

Por otro lado, una autor de poemas románticos, amorosos, o llámense como quieran, donde el encuentro con el amante no es más que un roce de cuerpos en un mundo lleno de sexualidad donde ambas personas son poco más que objetos hechos para el disfrute ajeno, ambos se creen dueños del otro, ambos se creen todo y creen que el otro no es más que suyo. Pobre escritor, jamás le han enseñado que el amor no es solo objetización y que, desde luego, hay más metros que el romance.

Por el otro, un escritor de ciencia ficción con mundos demasiado enormes, demasiado cercanos a unas estrellas demasiado pequeñas, con demasiadas razas demasiado similares y, además, demasiadas naves y transporte que ignoran al completo todas las leyes de la física, la lógica y las relaciones interplanetarias, ¡qué desfachatez!

Y así, con diferentes rasgos y características, con diferentes estilos (y solo la remolacha como comida) diferentes personas se sentaban para hacer lo que para ellos era el más hermoso de los artes: pluma y tintero, arriba y abajo para formar así los textos que tanto apreciaban, aquellos que solo tenían un objetivo, aquellos que debían sobrevivir a la muerte y hacer vivir a lo muerto. Todos y cada uno, iguales y desiguales en este trabajo que cada vez parecía más cerca de lo infinito y más lejos de su meta. Y eso quema, estresa, agobia, enfada, entristece… Pero todos aguantan, todos los soportan… O quizá no.

Uno de ellos, harto ya de escribir, de hacer eso a lo que llaman “arte”, levanta la cabeza del papel tras demasiado tiempo encerrado entre aquellas palabras y observa su alrededor: nada. Esa nada ya mencionada sigue cubriéndolo todo, da igual cuanto se esfuercen, da igual cuanto trabajen por impedirlo, dan igual todos sus intentos. Nada era y nada se quedaría.

Al levantar la cabeza, ve a su compañera dejar caer una de las muchas hojas que ha escrito, parte de un grandioso proyecto que no ve su final. La hoja cae, toca el suelo y pierde rápidamente su blanca pureza, tornándose cada vez más amarillenta, como si el mero roce la quemase la destruyese, la hiciese débil. Con rapidez, coge la hoja, no quiere ver desaparecer ese trabajo y, casi sin quererlo empieza a leerla.

Según lee las primeras palabras, las primeras frases y oraciones, el primer párrafo…, nota surgir un sentimiento que había ya olvidado: un cosquilleo en el estómago y el aumento de cosas biológicas que siquiera sería capaz de mencionar, o leer. ¡Es felicidad! Y esa felicidad lo inunda todo, esa emoción inunda todo su ser y todo lo que le rodea: la hoja ya no es amarillenta, ahora vuelve a su blanco puro, brillando como un faro en medio de la noche. Y él lee, lee, lee y sigue leyendo: esa hoja, otra más, y otra y otra.

El brillo se contagia y lentamente el negro se torna en un tono que quiere ser verde, que quiere llenarse de vida. Y él sigue leyendo y todo recupera color y todo recupera su belleza. La nada ahora empieza a tornarse en un absoluto completo, en un todo lleno de algo demasiado hermoso como para ser siquiera mencionado.

Así, el páramo recuperó su vida y los escritores aprendieron una dulce lección de su compañero frustrado: el arte solo es muerte si no hay nadie que lo disfrute; desde entonces, siempre leerían lo de sus compañeros y buscarían disfrutar y mejorar, dando belleza y vida a su diminuto mundo.

Relato 3 (Duxiet): La isla de la creación

La isla de la creación debería ser un lugar seguro y apacible. Debería. Pero la isla de la creación es un campo de batalla. Siempre lo ha sido, en realidad. Y, como todos los campos de batalla, es un lugar desolado y desolador, donde sólo se puede seguir avanzando y darlo todo por seguir viviendo.

Como todos los campos de batalla, es un páramo maldito. Ocre y lodo, el yermo se extiende hasta donde alcanza la vista. Como todos los campos de batalla, este es un lugar de muerte. El suelo está lleno de escoria, restos de sueños incompletos y nunca recuperados. El aire, cargado de sonidos sincopados como balas de ametralladora, es cada vez más pesado. La sensación de asfixia, el agobio se intensifica sobre los soldados de esta guerra. Nubes de humo se alzan aquí y allá. Verdosas y negruzcas, velan la luz del sol imponiendo una penumbra antinatural.

La isla de la creación está muriendo.

Allí donde se posen tus ojos verás las espaldas curvadas y las cabezas gachas de los soldados. Y oirás, entre el garrapateo constante del boli sobre el papel y los disparos secos de las teclas, los suspiros decepcionados, las respiraciones contenidas y los gemidos de desesperación.

Todas las personas que puedes encontrar aquí son soldados de un mismo ejército, el único ejército que puede haber en la isla. Si miras su movimiento conjunto, es fácil darse cuenta de que no son un ejército al uso. No forman escuadrones. No respiran al unísono como un único ser enfocado a un fin mayor que la suma de sus partes. No siguen a un líder. No tienen una única bandera. Ni siquiera están uniformados. Tienen en común algo mucho más profundo que eso: la isla de la creación es su hogar.

Estos soldados son escritores.

En la isla de la creación, por debajo de los sonidos propios de la escritura, hay un murmullo continuo de voces. Un coro de historias que se entremezclan y luchan por ser escuchadas.

Si nos acercamos a este soldado que vuelca su prosa sobre un papel blanco con caligrafía apretada, si ponemos suficiente atención, podemos oír su voz e1n el aire.

«Dio un sorbo a su whisky con hielo. Aquella mujer era peligrosa. Si bajaba la guardia podía enamorarlo con un aleteo de sus largas pestañas y un gesto de su ondulada melena pelirroja. No había llegado hasta donde estaba dejándose enredar por la primera mujer bonita que le pedía ayuda.»

El soldado más cercano teclea con fuerza y precisión.  Sus manos son más redondas, más amables. Su voz suena potente.

«Noto que suelta mi sujetador con una mano mientras la otra avanza sobre mis costillas para recoger el volumen de mis senos llenos. Yo llevo mis manos por sus costados disfrutando de su torso cincelado. Su mirada intensa me recorre y siento la necesidad de ser una con él. »

Más allá tenemos a un soldado que acaricia su teclado como si se preparara para un concierto, concentrado intensamente en sacar de él la mayor belleza. Su voz es un susurro musical.

«Por  el cristal de la cafetería la humanidad seguía su ritmo palpitante. Andrea siempre había amado observar a los demás, imaginar las pequeñas alegrías, los temores, las vidas y las mezquindades anónimas. Hoy solo vislumbraba pequeñas desgracias, tristezas ocultas. Lucía un sol brillante, de calor nuclear, propio de un día de verano. Sonrío sarcásticamente. “Esta escena necesita lluvia recién caída”, pensó. “Necesita gotas como lágrimas perezosas en el cristal y brillo irisado y grasiento en las aceras hasta el hospital”.»

 Aquel otro bucea entre sus notas, corrigiendo, rearmando, con la laboriosidad feliz de la colmena. Su voz reverbera en el aire como un zumbido.

«No pudo evitar responder a aquella provocación. Se llevó la mano a la espada.
—¡No hables así de mis padres! ¡No tienes derecho, maldito brujo!
El nigromante se carcajeó
—Si que lo tengo. Yo los maté y ahora son míos — Chasqueó los dedos y dos figuras surgieron del suelo. —Harán lo que yo diga. -Forzó una mueca macabra. —¡Atacad!
Los cadáveres vueltos a la vida de sus padres se lanzaron sobre Enledonr.»

Este soldado tiene suficiente. Ha escrito y borrado. Ha llorado y sufrido. Ha creído tenerlo para perderse. Sus hombros hundidos le torturan. El dolor baja por su espalda hasta las piernas; agarrota sus brazos y encorva sus dedos; sube por su cuello hasta instalarse detrás de sus ojos.

Deja a un lado sus armas y se pone en pie trabajosamente; su cuerpo le llora. Mira a su alrededor, pero la esperanza le abandonó cuando dejó de escribir. Ve cómo sus compañeros se destrozan, se dan a si mismos a cada trazo, obstinados en no ver cómo a su alrededor lo único que crece es la oscuridad.

Un papel aterriza sobre su pie. Lo ve amarillear y deteriorarse. Pronto será imposible saber siquiera si estaba escrito. Lo recoge con cuidado; acusa el peso que implica tener en las manos el sueño de otra persona. Con un respeto reverente, comienza a leer.

Los ojos corren raudos por los signos, cada vez más claros. El papel retoma su color, su textura original. El soldado se sienta sin ser consciente de lo que ocurre. Su dolor se mitiga y en su rostro se dibuja una sonrisa. Está atrapado, pero se siente completo.

A su alrededor, el páramo se ilumina. Sopla una brisa agradable. Bajo sus pies, tímidos brotes y pequeñas florecillas comienzan a cubrir el suelo.

Anuncios

4 comentarios en “Proyecto Remolacha: Escaleta 6

  1. Espero que no os haya dado muchos dolores de cabeza esta escaleta. Es una odea que saqué de un sueño que tuve y no sabía como plasmarla. Imagino que la señorita Lulu Von Flama supo enseguida que era mia.

    Ahora me pondré a leerlas, pero estoy seguro que seran preciosas las 3 narraciones.

    Le gusta a 1 persona

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s