Proyecto Remolacha: Escaleta 3

Veamos… Hoy le a toca a las siguientes víctimas participantes de la lista… Y son: @Logan_Rkyle, @Alis_dic y @BRESSEND. ¡Un aplauso para ellas!

La escaleta correspondiente en esplendoroso PDF, de @arrowsier (¡otra vez! :O): Escaleta (3)

Relato 1 (Logan_Rkyle)

Me despierto. Abro los ojos y la luz me ciega. Bostezo. Parece que Susan ha comenzado su ritual matutino de migración. Todos los días a la misma hora se marcha por la puerta prohibida y no vuelve hasta la hora de darme de comer.

Ahora, ahí está, atusándose el cabello. Me estiro sobre la cama, es grande; y más aun cuando Susan la deja toda para mí.

—Hola, cosita —La humana me rasca la cabeza. Demasiado fuerte, como de costumbre—. Sigue durmiendo, me voy a trabajar.

Como sospechaba se marcha a Trabajar. Le debe de gustar mucho ese lugar, para ir todos los días tan temprano. Me pongo boca arriba y aquí vienen las caricias en la barriga. Ronroneo. No puede haber nada mejor. Me acaricia un poco más. Parece disfrutar con esto. Ya basta. Márchate ya.

—Está bien, está bien —dice chupándose el dedo. Me da un beso humano en la cabeza, entre oreja y oreja. Qué humillación.

Susan se ha ido y la casa es solo para mí. El reino de Mustard me gusta llamarlo. Bajo rezagado de la cama y me arrastro hasta la fuente. Sé que es una fuente porque Susan la ha llamado así. Hace demasiado ruido pero el agua fluye y sabe mucho mejor que cuando me ponía aquel recipiente mohoso. No hay nada mejor que el agua fresca de la fuente.

Me acerco al recipiente de la comida. Este no fluye, el contenido es seco y pastoso, como de costumbre. Como un par de cereales, uno sabe a jardín y el otro a rico.

Comienzo la inspección, olisqueo las esquinas de la habitación, puede que haya algo nuevo por aquí. Nada nuevo. Susan es la humana más aburrida del mundo. Su amiga Cate me gusta, trae olores variados consigo. A veces huele a animal, otras veces huele a jardín y otras huele mal, pero siempre es interesante olisquearla para averiguar qué me trae ese día.

Me siento pesado así que voy a la arena. Ese espacio ridículo donde Susan quiere que haga pis y caca. Unicamente puedo hacerlo en ese lugar. Hoy la arena está limpia. Es fabuloso cuando esto ocurre, a veces tengo la tentación de tirarme sobre ella para disfrutarla, pero recuerdo que es el lugar de hacer pis y caca y se me pasan las ganas. La estreno con gusto haciendo una gran caca. Tapo el agujero contaminado, lo tapo bien. Lo tapo otro poco. Nunca es suficiente cuando se trata de tapar el pis y la caca. Listo. Ahora la arena está sucia. Eso me deprime. Me marcho.

En el pasillo veo a lo lejos algo que se mueve. Corro. Cuando llego a donde está, la cosa se marcha volando. Es grande, es negra, huele a animal, pero también a mudanza. Salto y hago aspavientos con las patas. Si me viera Susan pensaría que soy idiota. En realidad ella lo es. El animal se mueve mucho. No puedo atraparlo. Lo sigo hasta el salón. El sol entra por la ventana. Hay demasiada luz. Me subo a la mesa y resbalo. Caigo al otro lado. Pienso que si Susan me observase ahora mismo se reiría, como de costumbre. Me recompongo. El pequeño animal negro emite un ruido extraño. ¡Ja! Ha ido a parar al cristal de la ventana. Los cristales confunden a todos menos a los humanos. Me lanzo hacia la ventana. Esta vez lo atraparé. El animal se mueve, chocando contra el cristal, haciendo un ruido intenso. De pronto se desplaza hacia la izquierda y desaparece. Una rendija en la ventana. Dichosa Susan.

Ya que estoy en el salón voy a oler algo por aquí. Las plantas de las macetas. Esas plantas son geniales. La más grande huele a jardín, solo a eso. La otra, la más pequeña, huele a humedad y a mí. Lo soluciono. Ahora las dos plantas huelen a mí. Huelo el suelo junto a las macetas para comprobar que todo está correcto. Taparé esto para que nadie sospeche.

El sofá es cómodo. Me gusta el sofá. La cama es más grande y más caliente, pero el sofá está bien para las siestas antes de comer. Huele a Susan y a veces a otros humanos. Hoy huele solo a mí y a Susan. No he marcado este sofá, no hace falta en realidad. Todos tienen claro que es mío, incluida ella. Me limpio la cara, las patas y la barriga. La hora del aseo en el sofá es un momento fabuloso.

Despierto. Me he dormido en el sofá. Todo va según lo previsto. Suena un ruido en el pasillo, es Susan entrando por la puerta. Ya ha vuelto de Trabajar. Ojalá me llevase algún día a ese lugar que tanto le gusta. O mejor no. No quiero ir a ninguna parte. Mejor aquí que en ningún otro lugar.

—¡Mustard! —me llama. Salto del sofá y me acerco a ella. Ronroneo, esto le encanta. Quiero comer.

—¿Tienes hambre? —Qué irónica es. Me matas de hambre, debería darte vergüenza. Miago.

—Te he traído esto para probar. Es una comida para gourmets —dice con voz ridícula. A mí qué me importan los gourmets. Yo soy Mustard.

La humana comienza a manipular unas cosas sobre la mesa, suena bien. Se marcha a la cocina y me subo a la mesa. No puedo creer lo que ven mis ojos. Me meto dentro. Es el lugar más maravilloso que podría haber encontrado. Te quiero, humana. Dentro está oscuro, y es seguro. Nadie sabe que estoy aquí. No puede haber nada mejor. Oigo ruidos. Es ella, ha vuelto. No me puede encontrar.

—Cosita —dice con esa voz otra vez— Sal de ahí, tengo que llevarme la caja.

No puede saber que estoy aquí, es imposible. Antes de que me dé tiempo a reaccionar, sus manos me agarran desde alguna parte y al segundo estoy de nuevo sobre la mesa. Se lleva la caja y no la vuelvo a ver jamás. Tendrá que hacer algo muy bueno para que le perdone esto.

Susan me echa la comida en un nuevo recipiente. Huele mucho. Huele a comida. A comida de verdad. Se deshace en la boca, sabe a muchas cosas. Ronroneo. Así me gusta, humana.

Después de comer me marcho al sofá de nuevo. Susan está sentada mirando la cosa esa que llama tele y que emite ruidos y personas y cosas que se mueven. Le encanta. Es idiota.

Le cuento lo del pequeño animal que se me escapó, y que no volverá a ocurrir. Espero poder cazarle algo para comer mañana. También le digo que la rendija de la ventana fue la culpable de mi cacería frustrada.

—Calla, Mustard. Quiero ver la tele —dice mientras me acaricia la cabeza. Me resigno y me acurruco junto a ella.

—¿Otra vez has sacado la tierra de las macetas? —Cómo le gusta gritar a Susan. Se levanta y desaparece. Al rato vuelve a aparecer con unos artilugios, puede que sean para jugar, pero yo estoy cansado ya. Bostezo y cierro poco a poco los ojos mientras la observo hacer algo en las macetas. Solo espero que mañana mi olor siga intacto en ellas.

Ronroneo. No puede haber nada mejor.

Relato 2 (Alis_dic)

Ser yo no es fácil, pero parece que vosotros, seres de dos patas, no sois capaces de entenderlo. Y, desde luego, levantarse cuando esa bola brillante tiene a bien aparecer por el agujero cerca de mi cuna es una de las peores partes de la jornada. Me sacudo para despertarme y me limpio un poco para estar presentable cuando venga ese animal que anda sobre dos patas y me da de comer. Cuanto más limpio estoy, mayor suele ser la proporción de comida en mi cuenco. Vale la pena pasar un rato lamiéndose si eso significa un buen festín.

Mi primera parada del día es ese gran cajón de arena alojado cerca de la máquina infernal que echa agua cuando menos te lo esperas, y donde debo tener mucho cuidado. La última vez que no presté atención me cayeron encima varios litros de ese mejunje que los dos patas utilizan para lavarse. Sería mucho más fácil para ellos lamerse, como hago yo. Pero hay que dejarlos, al parecer no son los seres que más han evolucionado de la naturaleza.

En fin, la caja de arena. Uno de mis pequeños santuarios repartidos a lo largo de mi territorio. Uno que el humano cambia todos los días para mantenerlo limpio. Cuando me levanto nunca estoy muy seguro de cuáles serán mis planes para el día. ¿Una excursión por esa selva que mi humano llama jardín? ¿O quizás intentar un poco más allá y llegar a ese camino negro y aterrador por el que pasan truenos y rayos cada poco tiempo? Nunca lo tengo muy claro, pero lo mejor es que vaya primero a beber. Eso siempre me aclara las cosas.

El pequeño depósito personal de agua que tengo está en la zona de mi territorio donde el dos patas me sirve y prepara la comida, tanto la mía como la suya. Nunca he entendido porqué él toma carne de calidad y yo unas cosas crujientes a las que ni siquiera les identifico el sabor, pero si soy capaz de convencerlo, a veces me dará trocitos de carne. Por suerte para mí, no es difícil de convencer.

Una vez he bebido, me he dado una vuelta por el mísero trozo de campo que tiene mi territorio y he echado un vistazo a los límites de esta casa, que es mía, me doy la vuelta y pongo rumbo hacia el humano. Él es mucho menos activo que yo. Se va a una esquinita, lo más alejado posible de la luz que proyecta esa cosa que brilla en el cielo, y se dedica a mirar uno de esos objetos extraños que tiene repartidos por toda la casa. Para mí, son enemigos. Si me descuido, los miraría más a ellos que a mí, aunque yo no les encuentro el atractivo. ¿Trozos blancos con símbolos negros? ¿Y eso para qué sirve? Para comer no, os lo aseguro. Lo he intentado alguna vez y, además de que el humano ha intentado pegarme, saben horrible, parecido a esa hierba que una vez intentó hacer que probara. Una y no más.

La misión de hoy, y la de todos los días, es llamar su atención. Podría parecer fácil, pero es más simple cazar la comida de tres vueltas de esa cosa luminosa que conseguir que me mire y juegue conmigo más tiempo de lo que dura una o dos carreras detrás de un ratón. Hacedme caso, eso es una miseria. Por tanto, me embarco en esta peligrosa hazaña.

Primero pruebo con los métodos habituales. Me restriego contra las patas que utiliza para andar, ronroneo e intento jugar golpeándolo con una de mis patas delanteras. No da resultado. Después, mordisqueo esos cables que conectan sus orejas a un aparato cuyo uso aun no conozco, pues hace poco que fue insertado en el territorio. Lo que sí sé es que de los cables esos que unen la cosa con sus oídos me he cargado ya unos cuantos. Es tan divertido ver como se mueven. Al principio creí que estaban vivos, hasta que vi que, una vez en el suelo, se movían menos que los palos con los que juego cerca de mis fronteras. Una gran decepción.

Al final termino tumbándome encima de la cosa blanca y negra que mira siempre tan atentamente. Entonces no tiene otra opción que hacerme caso. Además, parece que pilla el mensaje. Quiero comer. ¿Es tan difícil entenderlo? Él intenta espantarme mientras se levanta y coge ese saco del que, todos los días, mana mágicamente comida. Casi nunca lo veo irse de caza, solo una vez a la semana, y me pregunto cuál es su secreto para que la comida le dure tanto tiempo. Cuando lo hago, me mira y no me responde, lo que es una total falta de respeto. Al final consigo comer, pero cuando va a acariciarme me aparto y voy a buscar algo interesante que hacer. Eso le pasa por ignorarme antes.

En mi territorio hay cosas muy interesantes. Un día casi me echa de casa, porque tiré una cosa que, aunque parecía muy dura, se rompió en cuanto llegó al suelo. Ya se sabe que las cosas humanas poco duran. Hoy, sin embargo, toca explorar la cueva del humano. Allí hay muchos cables dispuestos a ser mordidos. Sin embargo, la diversión dura poco. No pasa mucho tiempo antes de que él venga y se dé cuenta de que le he cogido gran cariño a ese cable en particular que conecta una caja de plástico rara con otra más grande en la que de vez en cuando aparecen imágenes que se mueven, pero que están encerradas en su interior. Siempre he tenido miedo de que algún día decida encerrarme a mí también.

Salgó corriendo y vuelvo a la zona de comida. Esta vez, en una de las zonas altas a donde piensa que solo llega él, hay algo que huele muy parecido a carne de conejo. Siempre me han gustado esas presas. La satisfacción al cazarlos es casi tan grande como cuando atrapas a una de esas bestias que pueden acercarse al círculo brillante del cielo tanto como quieran, agitando sus patas delanteras de una manera que no entiendo. Intento probar la carne, pero mi querido humano no tarda nada en echarme también de allí.

Por último, cuando ya casi vuelve a ser hora de comer, me doy cuenta de que mi mayor descubrimiento hoy ha sido una de esas cuevas de paredes débiles que el humano trae de vez en cuando y donde guarda cosas. El pobre cree que me lo paso bien jugando con ellas cuando el realidad solo las destrozo para demostrarle lo inútiles que son.

Al final del día, después de dejarle que me manosee un poquito, vuelvo a comer, ya por tercera vez, y echo un vistazo al cielo. El círculo brillante se ha cambiado por su compañera, esa a la que tanto me gusta cantarle cuando está redondita, y que me informa de que es un buen momento para irse a dormir. Es en estos momentos cuando me doy cuenta de lo útil que es tener un humano en adopción. Son el lugar perfecto para quedarse dormido.

Relato 3 (BRESSEND)

Me he despertado en la cama.

Se ha llevado la caja. La cama nueva no está mal, pero la caja era maravillosa: flexible, oscura y mordisqueable. Estiro cada una de las almohadillas de las patas delanteras.

Voy directo al cajón de arena; una vez vi un perro en la calle desde la ventana: tenía que hacer sus cosas en la calle, no quiero ni pensarlo. Mosdisqueo las plantas mientras no miran y bebo agua.

Y entonces me detengo.

Oh, lo está moviendo. Lo está moviendo. Pensaba ir al comedero pero está moviendo esa pluma atada al cordel, por un momento creo que va a ser mía, pero en seguida  la sube y queda fuera del alcance, entonces la deja caer al suelo y compruebo con mis patas que sólo es una pluma inerte.

El Humano, Juan le llaman, esconde la cara bajo sus manos. Luego me vuelve a mirar. Le cae agua de los ojos, una vez me molestaba algo y me pasó lo mismo. Subo a su altura, trepando por la silla y le pongo una pata en la cara. Se ríe aún con el agua resbalándole. Me deja en el suelo y me acaricia antes de coger el teléfono que está sonando.

—Hola Ramón… sí. ¿Traes las cajas hoy? Ya… sí, fue mucho tiempo. A ver que hacemos con el gato y con los muebles, menos mal que es un alquiler. El resto bien. No sé, no hay tantas. Ahora prefiero jugar a la consola un tiempo.

Cuelga. Y me mira. Le cae más agua de los ojos. ¿Cómo que a ver que hacemos con el gato? Me marcho ofendido, pero no parece importarle. Se echa en el sofá sin más. Decido tumbarme encima de él, para que se dé cuenta de mi ofensa, pero sólo me acaricia sin decir nada. Está caliente y blando, de ese blando que sólo están los humanos. Se me escapa un ronroneo de perdón.

Esta vez coge él el teléfono.

—¿Sandra? Mira que me quedo yo a Trisky, que es una responsabilidad, y que hay que vacunarle, pero hace compañía… no de eso no quiero hablar… ya si ya sé que lo sientes… lo mismo después de un tiempo… hoy me trae Ramón las cajas… oye me llama mi madre, ya te llamo luego.

Cuelga, pero no habla con nadie más. No sé a qué se refiere con Trisky. Mis dos humanos lo dicen cada vez que me buscan, me van a dar de comer bolitas secas, a bañar o a llevar al veterinario. No le tengo mucho cariño a lo «Trisky».

—Entonces te vienes conmigo. —El humano me mira—. Lo vamos a pasar bien, Trisky. Muy bien.

Después me acaricia hasta que se duerme en el sofá. Aprovecho para roer las plantas, odian que lo haga, pero son blandas y digestivas. Aparto el carte que hizo La Humana y lo dejo tirado en la tierra.

Cuando se despierta, El Humano mira la planta y se ríe. Los humanos al reír enseñan los dientes, como si tuvieran algo en contra del otro o defendieran un secreto.

Me subo al sofá, maúllo y me restriego contra él hasta que quiere jugar conmigo; y entonces me marcho. Eso me hace feliz. El Humano se rasca la cabeza. Suena una campana eléctrica y El Humano va a abrir la puerta, siempre que suena esa campana hay alguien detrás de la puerta: es la campana que detecta humanos.

Intento escaparme. Sólo quiero observar qué hay más allá. Meto una pata entre el Humano Visitante Número Cuatro y el pasillo. Enseguida frustran mis planes, cogiéndome.

—Gracias por venir con las cajas Ramón.

Pasan a casa un montón de cajas vacías. Esta vez Cuatro no me hace mucho caso, se sienta con El Humano en el sofá: las cajas están sin vigilancia. Muerdo, araño y me escondo hasta que El Humano viene a disuadirme de permanecer en ese parque de atracciones de cartón.

Después se sienta cerca de Cuatro y le cae más agua de los ojos. Lo mismo Cuatro le ayuda.

En la ventana comienza a atardecer. Vuelvo al comedero y me estiro.

Hoy La Humana no ha vuelto del trabajo.

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4 comentarios en “Proyecto Remolacha: Escaleta 3

  1. Me ha encantado la escaleta y todos los relatos. Me han sacado una sonrisa y son super monos. Están todos muy bien escritos conforme a la escaleta. Destacaría el de @Logan_RKyle que me ha hecho reír un montón y me ha parecido super cómico. Se ve que tiene/ha tenido gatos xD

    LA CAJAAAAAAAAAAA. Humano, pagarás por ello. xD

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