Proyecto Remolacha: Escaleta 4

¡Bueeeenos días, Huertoooo!

Aquí llegamos con nuevos y resplandecientes relatitos, que me los quitan de las manos. Hemos llegado a vosotros, sí, a vosotros. No os escondáis, dejad que os vean: @navegante_no, @Sadfyr y @Malvael.

Esta bonita escaleta ha sido escrita por @mariagozu y es la siguiente: Escaleta (4)

Relato 1 (navegante_no)

La valla de la finca lucía impecable, recién montada por los trabajadores. Era un jardín amplio y bien pensado. Había sitio suficiente para aquella piscina con forma de riñón de la que tanto podría disfrutar Rubén, hijo único del matrimonio. Era una casa grande pero sin lujos, situada en un silencioso vecindario, si es que se puede llamar así a aquella dispersión de casas que antaño fueron las huertas de la gente del pueblo.

El cercado era sólo la primera parte del plan de los padres de Rubén para hacer más llevaderos los días que pasaba el chico en los momentos más duros de la enfermedad. La otra mitad de la sorpresa era un precioso cachorro de pastor alemán, macho para más señas, de pelo tan negro como el del niño.

Cuando llegó a la casa el padre abrió el portón del coche y el cachorro salió corriendo, algo despistado, olisqueando un poco una esquina de la casa. Después de marcar esa esquina con su pis enfiló el pasillo que había entre la casa y la valla y llegó con sus torpes y anchas pezuñas a toparse contra la casa de plástico que Rubén usaba como oficina de juegos. Los pequeños ojos grises de Rubén se posaron en el perro intentando entender qué pasaba allí. Cuando reaccionó, al cabo de unos segundos, salió de su caseta para buscar a su madre que ya estaba esperando ver su reacción abrazada a su marido. La sonrisa en sus caras era reflejo de lo que fue un precioso momento en familia. Un momento de felicidad de los que necesitaban desde que los vómitos de Rubén se hicieron habituales.

—Bueno, habrá que ponerle un nombre—sugirió la madre.

—Sí, claro. ¡Un nombre!—secundó entusiasmado el padre—¿Qué tal algo de El Señor de los Anillos?

—¡Sí! ¡Me gusta Bilbo!—dijo Rubén.

Los padres se miraron poco convencidos, pensando más en Frodo o Gandalf, pero asumieron sin rechistar. Al fin y al cabo el perro era del niño y no iban a discutir por aquel motivo.

Los días siguientes a la llegada de Bilbo fueron apacibles y felices para Rubén y su familia pero sólo fue un espejismo en el desierto de esa enfermedad todavía sin nombre. Los síntomas eran ya más que preocupantes y después de tantas pruebas, tantos análisis y tantas revisiones, los médicos, que habían sido muchos, no entendían qué le sucedía al chico. Lo más que habían conseguido era que su sistema digestivo asimilara sin perjuicios los complejos vitamínicos preparados expresamente para él. Con esto consiguieron que el crecimiento del chico fuese regular aunque siempre había acusado una extrema delgadez que entristecía a su madre cuando llegaba el momento del baño. Y esa tristeza, acumulada durante tantos días frotando aquel huesudo cuerpecito, estaba haciendo mella en la madre.

Una mañana de sábado, después de un par de semanas de tranquilidad, Bilbo conoció la enfermedad de su pequeño amo. El niño comenzó a encogerse dentro de su caseta del jardín, vomitó con la triste facilidad de la costumbre pero este no era un ataque más. Este iba a ser distinto. Rubén cayó al suelo con las manos en la tripa intentando aplacar el dolor. El perro parecía desesperado por no poder ayudar y comenzó a lamerle la cara. Luego, al ver que aquello no funcionaba, salió ladrando hacia la casa donde sólo estaba el padre. Ladró y aulló hasta que el padre se dio por aludido y se asomó por la ventana del sótano. Quizás debido al permanente estado de alerta de la familia, el padre entendió que había problemas con Rubén y se fue de inmediato a socorrerle. Estaba tumbado en el suelo, sin moverse, y respiraba con dificultad. El primer instinto le llevó a montar al niño en el coche rápidamente y llevarle al hospital. Pensó que sería más rápido que llamar a la ambulancia y esperar. Entró rápidamente en casa para coger las llaves y cerró la puerta tras de sí. Bilbo quiso entrar en el coche junto a su amigo pero el padre le
rechazó amagando con patearle. Bilbo se quedó allí mirando al coche alejarse con su amigo enfermo dentro y se sentó junto a la puerta a esperar, observando los caminos por los que apenas pasaba gente.

Al poco tiempo vio acercarse un coche que le resultaba familiar. De él se bajó la madre, que venía de hacer recados en el pueblo. El perro se abalanzó sobre la puerta metálica ansioso por recibir a su dueña. Ella se contagió de su nerviosismo y le preguntó como si el perro la entendiese:

—¿Dónde está Rubén?¿eh?¿dónde?—su voz sonaba infantil adrede.

El perro ladró con más fuerza. Ella se puso más nerviosa. Entró en la casa, allí estaba su móvil olvidado en la mesa de la cocina. Tenía varias llamadas perdidas de su marido. Acertó a devolver la llamada temblando. Bilbo parecía comprender la conversación. Sentado en la puerta de la cocina, ladeaba la cabeza acompañando los sollozos de la madre. La madre se hallaba paralizada con el teléfono en la oreja escuchando a su marido, sin dar crédito a lo que oía. ¿Ir a vivir al hospital?¿Y la casa?¿Y Bilbo? Eso era imposible, no se lo podía creer. El perro empezó a recular como si entendiera lo que estaba pasando. La tristeza se reflejó en su cara, aún de cachorro.

Entonces vio pasar a la madre junto a él con las llaves del coche en la mano y con mucha prisa. Abrazó al perro como sólo una madre hace con sus hijos. Cerró la puerta, se montó en el coche y se fue. Y allí se quedó Bilbo, sólo y triste, porque no sabía si su amigo, su único amigo, volvería algún día.

Bilbo vio ponerse y salir el sol varias veces tumbado junto a la puerta de entrada, atento a cualquier movimiento que se produjera. Casi nadie pasaba por delante de aquella puerta por descuido, ni a propósito. Por fin, cuando el sol comenzaba a calentar, apareció el coche familiar del padre, que salió de él con una caja en la mano. Casi sin mediar gesto con el perro se dispuso a instalar un bebedero en el sótano, uno de de los que funcionan con el sistema de una cisterna, de los que siempre tienen agua fresca.

Después llenó una enorme tolva de comida, revisó puertas, ventanas y grifos y se fue. Los días se fueron acumulando en aquel sótano en forma de orín y heces. Bilbo empezó a entretenerse con una pelota que quedó olvidada hasta que la dejó inservible. Su mandíbula ya empezaba a mostrar signos de gran fuerza. Crecía a buen ritmo hasta que la comida se le terminó, eso fue una semana después de que Rubén fuera ingresado. Bilbo comenzó a buscar comida siguiendo su instinto, lo que le llevó a pasear por las otras plantas. Un día, cuando el hambre había afinado sus sentidos, oyó un ruido en el desván. Un pequeño gorrión buscando un refugio que le cobijase del frío otoño que estaba entrando ya. Estaba tranquilo y confiado en su comodidad mientras Bilbo le observaba agazapado, más felino que cánido. Se abalanzó sobre el indefenso pájaro con inusitada fiereza y se hizo con la presa apretándola con las mandíbulas causándole la muerte en el acto, casi sin querer. Esa presa sólo fue la primera de muchas.

Aquel otoño llegó con fuertes lluvias y violentas rachas de aire. Fue en una de estas tardes ventosas cuando a Bilbo se le escapó una presa, la primera en mucho tiempo. Y se le marchó porque, en el justo momento en el que iba a lanzar el ataque, un ruido de cristales rotos rompió la concentración del perro. Las orejas de Bilbo se pusieron de punta. Sus músculos se tensaron. Con el sigilo que últimamente le guiaba en sus acciones bajó las escaleras despacio, con cautela. Temiendo haber pasado de perseguidor a perseguido emitía unos gruñidos nerviosos. Bajó hasta la planta donde estaban los cristales para comprobar lo que había sucedido. Se acercó hasta la
puerta con los cristales rotos y olisqueó la zona hasta que se sintió seguro. Miró con recelo el mundo que se abrió ante su hocico pero no dudó mucho antes de salir. Salió al patio casi olvidado de sus juegos con su amigo, su único amigo, al que ya casi tampoco recordaba.

En las semanas siguientes se dedicó a rastrear el jardín en busca de algo que llevarse a la boca. El salvaje césped empezó a blanquearse por las mañanas debido a las primeras heladas del invierno. El pelo, ya demasiado largo, recogía toda la humedad del verde. El tedio se había apoderado de él. Estaba triste porque no tenía a quién llevarle la pelota de tenis para que se la volviera a lanzar. Los cortos días del invierno le hicieron pasar más tiempo en el sótano, saliendo sólo para buscar algo de mala comida y escasos rayos de sol. Cada día que pasaba estaba más cansado, abatido, se podría decir.

Un mañana, estando dormido en el sótano, con la cara metida entre las manos y acurrucado para vencer la humedad del suelo, creyó oír unos ruidos en la planta baja. Levantó levemente la oreja, pero el sueño le vencía. Le pareció que unas voces, acompañadas de pasos, se acercaban a él. No hizo nada, estaba tan cansado y débil que no pudo levantarse. Incluso pensó que era otro sueño cuando oyó a la madre lamentarse del pelo largo y de la delgadez del perro. Y en ese estado de adormecimiento le sorprendieron las palabras, en voz baja pero reconocible, de su dueño. De su amigo, de Rubén, que le dijo: “Bilbo, amigo. Ya estoy aquí”. Pero el pobre Bilbo, sin saber ya si creer lo que estaba pasando, cerró los ojos y, con una pequeña mueca de satisfacción, continuó durmiendo.

Relato 2 (Sadfyr)

El cachorrillo abrió los ojos y vio a mamá, con su expresión triste y aquellas grandes ojeras, mirando el paisaje. Bostezó e intentó mirar también él por la ventana, nunca había visto el mundo, siempre había estado en aquella jaula en la tienda de mascotas, hasta hoy; pero mamá lo volvió a poner en su regazo lo acarició y le dijo que estuviese tranquilo, que apenas quedaba nada para llegar y conocer a Rubén «Ya verás lo bien que lo vais a pasar los dos» dijo intentando sonreír, pero mamá ya no podía sonreír de verdad.

Llegaron a casa, era una casa enorme de dos plantas, con grandes ventanas y rodeada por un jardín lleno de árboles y flores. El sol del verano iluminaba todo, los pájaros revoloteaban junto a los árboles y a lo lejos se oía, en apenas un murmullo, a los niños del pueblo jugando.

El pequeño pastor alemán saltó del coche y empezó a perseguir a algún bicho, pero papá salió corriendo tras él y lo cogió en brazos.

—Venga canijo, ya tendrás tiempo de jugar luego, ahora tienes que conocer a tu nuevo hermanito.

Entraron los tres juntos en la casa y papá se lo puso tras la espalda, mientras mamá pedía a alguien que bajase.

—¿Qué tienes ahí papá? —Preguntó una voz débil.

—A ver si lo adivinas grandullón. —A papá se le escapaba una risa tonta mientras mamá los miraba, aún con su tristeza disfrutaba de todos aquellos momentos.

—Hmmm, ¿un muñeco? —Dijo el niño, pero no tenía ni idea, odiaba tener que adivinar.

—No, ni de cerca, venga Rubén, que hasta que no lo adivines no te lo digo. —Dijo papá.

—¿Un videojuego?

—Ni de lejos. —Aclaró papá—. Venga, sigue probando.

El cachorro comenzó a moverse y se cayó de las manos de papá, Rubén soltó un gritito <<¡Oh, un perrito!>> y se agachó para acariciarlo. Mamá le dijo a Rubén que le pusiese un nombre, tenía que tener un nombre; tras unos segundos Rubén decidió que el mejor nombre para su perrito era Bilbo, lo cogió en brazos y se lo llevó con él a su habitación.

Rubén dejó a Bilbo en el suelo y cerró la puerta, se sentó en la cama y empezó a respirar con dificultad, como si hubiese estado corriendo durante un buen rato. El chico de nueve años tenía el pelo lacio y negro, y sus ojos grises denotaban en su cara pálida y delgada, con aquella expresión de constante agotamiento.

Bilbo se subió a la cama e intentó jugar con Rubén, pero él sólo lo acarició mientras recuperaba las fuerzas. El perro observó todo a su alrededor, aquello era totalmente diferente a la tienda, las paredes estaban llenas de imágenes de astronautas, cohetes espaciales, la Luna y Marte; y los huecos que no, estaban cubiertos por estanterías repletas de libros.

La tarde pasó rápido y Bilbo nunca había sido tan feliz, todo era nuevo para él, incluso cuando mamá llamó para comer todo era emoción; los dos bajaron las escaleras y se sentaron a la mesa, todo olía delicioso. Mamá le puso un cuenco con comida al lado de la mesa, pero Rubén le dio un poco de la suya, que estaba muchísimo más rica.

Mientras comían Rubén empezó a quejarse y Bilbo se acercó a él queriendo ayudarlo.

—¿Estás bien cariño? —Preguntó mamá.

—Sí, pero me duele mucho la barriga.

—Venga Rubén, intenta comer un poco más. —Dijo papá, pero mamá lo interrumpió:

—Déjalo, sabes que si le duele es mejor que pare.

Rubén siguió comiendo mientras mamá lo miraba triste y papá la observaba a ella con cara de enfado. De repente Rubén se giró y comenzó a vomitar en el suelo, mamá empezó a llorar y fue a abrazarlo mientras papá dejaba los cubiertos de un golpe en la mesa e iba a traer la fregona, enfadado.

Los días pasaron geniales, Rubén y Bilbo jugaban en el jardín a recoger el palo, o se revolcaban en la tierra, aunque papá siempre les regañaba cuando lo hacían, pero a ellos
les gustaba. Cuando Rubén estaba muy cansado se quedaban en su habitación o en el salón viendo la tele, los dos eran felices.

Aquella noche Bilbo se despertó con los ruidos que hacía Rubén en su cama, se acercó a él, pero no sabía qué pasaba y comenzó a ladrar hasta que llegaron papá y mamá.

Papá gritaba y mamá lloraba, Bilbo tuvo que quedarse en un rincón para que papá no lo volviese a apartar de una patada; escuchó el coche arrancar y a mamá llorar abajo, él bajó y se quedó a su lado, cuidándola.

El teléfono sonó y mamá lo cogió corriendo, empezó a llorar más que nunca, era papá para decirle que Rubén estaba en coma. Mamá se levantó y sin dejar de llorar preparó las maletas.

Cuando papá llegó bajó a Bilbo al sótano, nunca había estado antes ahí, pero era un lugar oscuro y frío lleno de trastos, en un rincón había una enorme montaña de comida y un caño del que caía agua. Mamá lo agarró con tanta fuerza que casi le hizo daño.

—No podemos dejarlo aquí sólo. —Gritaba a papa.

—Deja al puto perro, no tenemos tiempo para esto, tu hijo está en coma, sólo en el hospital, al perro no le va a pasar nada.

Papá y mamá seguían gritando, hasta que él la agarró del brazo y la llevó a rastras arriba. Bilbo se quedó sólo, asustado y con frío, sin saber qué había pasado.

Al día siguiente Biblo se quedó esperando a los pies de la escalera del sótano a que lo fuesen a buscar, pero nadie bajó; igual que no bajó nadie al día siguiente, ni al siguiente.

El cuarto o quinto día Bilbo oyó la voz de mamá llamándolo, Rubén bajó corriendo las escaleras y lo cogió en brazos y subieron para ir a jugar, pero cuando abrió los ojos estaba en el sótano, sólo y muerto de frío.

Los días pasaban y cada vez hacía más y más frío, hasta que un día Bilbo decidió subir las escaleras, se oía un ruido fuera y al mirar por la ventana vio cómo el agua caía, era de noche y todo estaba totalmente vacío. Subió las escaleras y entró en la habitación de Rubén, donde tantas veces habían estado los dos; se metió debajo de las mantas de la cama y se quedó mirando las imágenes de astronautas de las paredes hasta que se quedó dormido.

Por la mañana un ruido lo despertó, eran pajarillos, estaba seguro; se levantó y buscó el origen del sonido hasta llegar al desván, la madre había construido un nido para sus huevos, que ya habían comenzado a eclosionar; las tripas de Bilbo comenzaron a rugir, la comida hacía días que se había acabado y aquellos pájaros se convirtieron en un bocado apetitoso.

Los días pasaban, el frío daba lugar al calor y el calor volvía a irse para dejar paso al frío, toda la casa estaba cubierta de polvo y cada vez que Bilbo salía al jardín para buscar algo que comer dejaba un reguero de huellas a su paso. Hacía ya tiempo que había comprendido que Rubén, papá y mamá no iban a volver, ya lo único que esperaba era poder encontrar algo de comida y que el agua no se acabase.

Aquel día de verano el calor era insoportable, así que Bilbo arrastró su cuerpo al sótano y se tumbó para dormir al fresco. El sonido de los pasos le despertó, mamá bajaba las escaleras lamentándose de su mal aspecto, de su pelaje sucio y estropeado, su cara demacrada que hacía visible la penuria que había vivido en estos años; detrás de ella Rubén lo llamaba «venga Bilbo, vamos a jugar» le decía. Biblo los miró un momento y volvió a acurrucarse para seguir durmiendo, hacía tiempo que no soñaba con aquello, pero le dolía tanto como la primera vez.

Relato 3 (Malvael)

El cachorro dio un alegre ladrido cuando por fin su caja se abrió. Unas manos le agarraron y le sacaron a la luz con un grito ilusionado.

El niño le abrazó con fuerza, mientras el perrito movía el rabo, alzando su hocico para olfatear y lamer a su nuevo dueño.

—¿Te gusta?

—¡Es precioso mamá! —gritó Rubén abrazando al cachorro de pastor alemán con más fuerza. Papá se acercó con una sonrisa y acarició la cabeza al perrito, que enseguida se giró hacia él para olfatear su mano— ¡Se va a llamar Bilbo!

Bilbo y Rubén no tardaron en hacerse amigos. Salían juntos por el parque, jugaban a la pelota en el jardín, incluso Bilbo se había ganado el derecho de dormir bajo las mantas de la cama de Rubén. Bilbo se tumbaba sobre el regazo de Mamá cuando ella leía, y emitía lastimosos aullidos a los pies de Papá cuando olía que cocinaba carne. Pero prefería pasar con Rubén la mayor parte de su tiempo. Había días en los que Rubén no podía salir de casa, pero Bilbo se las apañaba para seguir divirtiéndose con la pelota y juguetes que hacían sonidos graciosos cuando los mordía.

Rubén no era como los demás niños. Estaba algo más pálido, y se le veía triste y desanimado. Pero cuando estaba junto a Bilbo todo cambiaba. Por lo que el pequeño cachorro entendió, Papá y Mamá le habían traído a casa para que ayudase a Rubén a pasar mejor su “enfermedad”. Pero Bilbo no sabía qué era eso.

Un día, Rubén se encontraba tan débil que no podía salir de la cama. Pese a los aullidos y los saltos del cachorro sobre él, el pequeño no era capaz de moverse. Papá y Mamá se miraron con miedo cuando lo descubrieron. Se llevaron a Rubén a un sitio que Bilbo desconocía. El cachorro esperó pacientemente, tumbado junto a la puerta, como solía hacer cuando se quedaba solo.

Mamá y Papá regresaron, pero sin Rubén. Estaban muy tristes, y por más que Bilbo intentó alegrarles, no lo consiguió. Él también estaba muy preocupado por Rubén, ni siquiera sabía dónde estaba.

Días después se encontraba a solas con Mamá en casa. Ella también trataba de jugar con Bilbo, pero en su mirada había tristeza y preocupación, igual que los que Bilbo sentía por Rubén, aunque trataba que no se le notase. Alguien llamó al teléfono y Mamá se levantó para responder.

—Ha entrado en coma —Bilbo reconoció la voz de Papá al otro lado del teléfono. Mamá ahogó un sollozo.

—¿Cuándo despertará?

—No lo saben.

Mamá se encerró llorando en la habitación. Bilbo esperó tumbado en la puerta, esperando a que abriera. Tiempo después, Bilbo acudió a la puerta a recibir a Papá, pero él no le saludó ni le acarició como siempre.

Papá habló con Mamá y Bilbo entendió que algo no marchaba bien con Rubén. Mamá había empezado a hacer una maleta grande, y acogió a Bilbo entre sus brazos cuando se acercó.

—¿Y qué pasa con él? —preguntó acariciando a Bilbo.

—No tenemos más remedio que dejarle aquí.

—¡No sabemos cuando volveremos! ¡No podemos dejarle solo tanto tiempo! —Papá solo se encogió de hombros.

Preparó en el sótano mucho pienso para Bilbo, así como un recipiente de agua situado bajo una manguera que se activaba cada cierto tiempo. Mamá abrazó a Bilbo con fuerza antes de soltarle sobre el frío suelo del sótano.

Mamá le dedicó una mirada de tristeza. Bilbo intentó seguirla pero la puerta del sótano se cerró, dejándole en la más absoluta oscuridad. Él ladró, arañó la puerta, sabiendo que algo no iba bien. Insistió intentando meter el hocico en la rendija que dejaba la puerta, excavando el suelo bajo ella, sin resultado.

Por suerte, se hizo de día y los rayos de sol se colaron por las ventanas del sótano. Bilbo pudo reconocer el lugar, comer y beber, y jugar un poco con los cachivaches almacenados allí. Pero seguía sintiéndose triste y solo.

Los días pasaron monótonos. Nada ocurría. Algunos pajarillos se colaban en el sótano y Bilbo jugaba a intentar atraparlos. En verano consiguió atrapar una manzana que se había caído de un árbol del jardín. No era mucho, pero al menos era un sabor distinto al aburrido pienso que estaba en el gran saco que Bilbo había roído para conseguir toda la comida. Los conejos se asomaban a la ventana y huían en cuanto Bilbo les ladraba.

El calor era abrasador y Bilbo mordisqueó la manguera para intentar que saliese más agua. No lo consiguió, pero se remojó las patas en el bebedero.

Después del verano llegó el otoño. La lluvia se coló por las ventanas abiertas, inundando parte del sótano. Bilbo jugó con la piscina improvisada, pero luego se arrepintió, acurrucándose de frío en el rincón más oculto del sótano.

A veces Bilbo soñaba que Rubén volvía, que se abría esa puerta ya con una capa de óxido y el pequeño regresaba, queriendo abrazarle. Pero al despertar se daba cuenta que seguía en aquel sótano frío y húmedo.

El invierno fue aún peor. La nieve volvió a inundar el sótano, antes de tapar por completo las ventanas y volver a sumirle en la oscuridad. Bilbo tuvo miedo, y comenzó a racionalizar el pienso que le quedaba. El agua del bebedero ya estaba sucia, y el sótano en general desprendía un olor maloliente, aunque eso a Bilbo no le importaba.

Según Bilbo fue creciendo dejó de jugar con los pájaros en primavera y de asustar a los conejos. Se pasaba los días desganado tumbado en el suelo, con la cabeza apoyada sobre las patas. Hasta que un día oyó un ruido en la parte de arriba de la casa.

Alzó las orejas, pero supuso que sería un conejo, por lo que volvió a cerrar los ojos. Pocos minutos después la puerta oxidada que había permanecido cerrada desde el día que Mamá le encerró allí, se abrió.

—¡Bilbo! —gritó alguien. El perro entreabrió los ojos. Se trataba de un adolescente que bajó las escaleras con prisa. Le recordaba mucho a Rubén. Bilbo supuso que sería otro sueño y volvió a cerrar los ojos.

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