Proyecto Remolacha: Escaleta 12

Hoy se nos van a poner a combatir estos personajillos: @QuillRain49, @SinNormalidad y @doctorserone

Nuestra creadora de escaletas esta vez es @Logan_Rkyle: Escaleta (12)

Relato 1 (QuillRan49):

Viola desayunaba en su terraza, en la planta octogésima de uno de los rascacielos de Aeremidas. Hacía un siglo que la gente había dejado de vivir en casas. Debido a la contaminación del suelo, hacerlo hubiese sido mortal. Viola tenía suerte, se le daba bien su trabajo y apenas tenía gastos, por lo que podía permitirse vivir casi en el último piso de un buen edificio. Desde ahí casi podías creerte que estabas respirando aire limpio. Le dio un sorbo a su café antes de verificar de nuevo la hora en su reloj de muñeca. Hoy tenía que ir a revisar el transporte aéreo de uno de los hombres más ricos de la ciudad, pero parecía que todavía tenía tiempo de sobra para relajarse un poco.

Como todos los días a esa hora, Nathan apareció en su campo de visión. Iba montado en la bicicleta voladora que ella misma le había fabricado, e iba recogiendo los residuos que se habían quedado flotando en el aire. Algunos de ellos eran reutilizables y se pagaban bien. Y como era habitual desde hacía años, se acercó a saludar a Viola.

―Buenos días, chica con nombre de instrumento musical ―dijo mientras aparcaba su bicicleta en la terraza junto al zepelín individual de Viola.

―Nathan, eres más gracioso que esto ―respondió la chica mientras se acababa el café.

―Lo siento, es que ya me estoy quedando sin chistes. Y tú tienes mala cara. ¿Mucho trabajo hoy?

Viola negó, pero le contó que tras la revisión de un transporte aéreo tenía una reunión familiar de la que no se podía escapar y a la que no le apetecía nada acudir. Nathan le dio una palmadita en la espalda para animarla y luego le propuso acompañarla a la revisión, para intentar amenizarle un poco el día. Viola aceptó sin dudar, la compañía de Nathan siempre conseguía distraerla de pensar en otras cosas, como en las albóndigas vomitivas que hacía su tía y que tendría que volver a comer hoy. Solo acordarse de ellas ya le revolvía el estómago, así que pare no pensar en ello mucho se montó ya en su zepelín para llegar con tiempo a la cita.

No tardaron mucho en alcanzar el edifico, que se encontraba tan solo a un par de calles de la casa de Viola y ambos jóvenes aparcaron sus respectivos medios de transporte en la amplia terraza del Doctor Door antes de llamar al timbre.

―No sabía que iba a revisar el transporte del Doctor Door. Dicen que no está muy bien de la azotea.

―Ni tú tampoco, Nathan, y no por eso dejo de ser tu amiga.

Nathan le sacó la lengua.

―Lo que quiero decir es que está chiflado de verdad, que se inventa cosas. El otro día estaba contando por ahí que el atraco del banco del otro día lo habían llevado a cabo patos. ¡Patos! Tuvieron que llamar a la policía…

Y entonces el Doctor Door abrió la puerta por fin. Su pelo estaba despeinado, tenía unas profundas ojeras y lo único que parecía cubrirle el cuerpo era una bata de color azul con dibujos de patitos de goma. Su aspecto asustó un poco a Viola, que no lo había visto en persona hasta ese momento. Pero no se dejó intimidar, aclaró su garganta y se presentó:

―Soy Viola, la técnica a la que llamó para que revisase su transporte.

El Doctor Door la miró de arriba abajo. Viola era tímida, mucho, y había aprendido a vivir con su timidez, sí, pero que la miraran tan profundamente no era para nada cómodo, así que se encogió tanto que, siendo tan flacucha como ya era, podría haber desaparecido, implosionado. Cuando el hombre terminó el escrutinio de la chica, posó sus ojos en Nathan, que corrió a presentarse también. Una vez hecho esto, el Doctor Door comenzó a reír. Su risa era demasiado aguda y se extendió hasta resultar incómoda.

―Encantado de conoceros, muchachos. ¿Queréis algo de beber? Tengo buenas naranjas para hacer zumo.

El hombre cogió por los hombros a Viola y a Nathan y los invitó a entrar en casa. Ambos jóvenes se miraron al descubrir la estancia de uno de los hombres más ricos de la ciudad: ¡Aquello era un desastre! Estaba demasiado vacío, poco amueblado, y lo que había estaba revuelto, colocado en el lugar erróneo. ¿Qué hacía el frigorífico en el baño? ¿Y la cama, con una cacerola encima, en la cocina? El Doctor Door cogió las naranjas del frutero que tenía en lo que debía ser su cuarto, aunque allí no estaba su cama, y los llevó a la biblioteca, donde tenía el exprimidor. Lo cierto es que el exprimidor daba un poco de asco, pero Viola prefirió no decir nada al respecto. Ella solo quería revisar el transporte e irse a casa, que el día acabase.

―¿Sabéis qué? ―dijo cuando acabó de exprimir las naranjas―. No necesitamos zumo. ¡Somos todos sintéticos! ¡No necesitamos beber ni comer!

Dicho esto, se lo echó por encima de la cabeza, como si se estuviese bautizando con zumo de naranja. Y entonces las cosas sucedieron demasiado rápidas: algunas gotitas cayeron al suelo; Viola se llevó la mano a la frente y la mandíbula estuvo a punto de desencajársele de tanto que abrió la boca, confundida; Nathan le dijo un «te avisé» con la mirada; y el Doctor Door, todavía mojado, salió corriendo de la estancia, estando a punto de resbalar con el líquido que había derramado. Cuando Viola y Nathan consiguieron reaccionar, ya era demasiado tarde y el chiflado doctor se alejaba en el zepelín de la chica.

―¡Maldito loco! ¡Me ha robado el zepelín!

Nathan se acercó a su bicicleta y le guiñó un ojo a su amiga.

―¿Quieres que te dé una vuelta en mi vehículo? ―Luego acarició de forma seductora el manillar.

A Viola un escalofrío le recorrió todo el cuerpo.

―¡Joder, Nathan, no vuelvas a hacer eso ni de broma! ¡Qué repelús me has dado!

Nathan se echó a reír y le ofreció el sillín a la chica. Al fin y al cabo, ella se la había regalado y probablemente sabría manejarla incluso mejor que él. Y bueno, nunca nadie lo había llevado antes en el manillar, sería toda una experiencia.

Resultó que Viola no era tan buena conductora de bicicletas voladoras como Nathan había esperado y estuvo a punto de caer al vacío un par de veces. Aunque quizá fuese porque Viola estaba estresadísima: los zepelines eran caros, y sobre todo uno tan bueno como el suyo. Si el viejo majareta le había hecho aunque fuese un arañazo… Nathan la escuchaba coger aire para calmarse cada dos por tres para que no dejarse llevar por la ira mientras él se aferraba al manillar para no morir. Cuando por fin divisaron al Doctor Door en un tejado dando de comer a unos patos biónicos, el chico no cupo en sí de alegría, pero Viola casi se desmaya al ver su querido zepelín junto al loco y los patos, completamente destrozado.

Viola aparcó la bicicleta como pudo y se dirigió muy enfadada hacia el doctor, pero una vez frente a él, le venció la timidez y no tuvo más remedio que ser formal, a pesar de que desearía arañarle la cara. Sin embargo, aunque Viola le preguntó lo más educadamente que supo en aquel momento sobre por qué le había robado y destrozado el zepelín, el hombre no le contestó y decidió seguir diciendo tonterías.

―¡Estos patos tampoco son de verdad! ¿Habéis visto vosotros acaso alguno en vuestra vida? ―El hombre comenzó a reír de nuevo―. ¡Claro que no! ¡Ya ni siquiera hay personas de verdad! ¿Cómo iban a serlo los animales?

Nathan se acercó al hombre con precaución.

―Señor, ¿tiene usted familia? ¿Quiere que llame a alguien para que venga a recogerle?

El doctor le apartó la mano que iba a posar sobre su espalda de un manotazo.

―Desde la construcción de los nuevos transportes el siglo pasado, todos los nacidos son medio sintéticos. ¡No solo los animales! ¡Nadie está a salvo!

Viola y Nathan estaban a punto de irse y abandonar al doctor a su suerte cuando este, riéndose de nuevo como el loco que era, se sacó un trozo de vidrio afilado del bolsillo, se abrió la bata y se rajó la barriga. Nathan se tapó los ojos y Viola se llevó la mano a la boca, ahogando un grito. Sin embargo, el hombre no pareció inmutarse, porque no tenía sangre ni tripas, sino que estaba compuesto de alambres y circuitos.

―¿Veis? ¡Es cierto! ¡Os lo dije! Y vosotros también sois como yo, lo sé. Todos somos iguales. Nadie es ya humano.

Nathan se acercó al hombre, asombrado y asustado a partes iguales, y miró por la raja de su barriga. Antes de apartarse, tiró de uno de los alambres y lo arrancó, pero el Doctor Door no se quejó. Viola, mientras tanto, se acercó a los restos de su amado zepelín y arrancó un trozo de metal afilado con el que decidió probar y hacerse un corte en la mano. No le dolió, y su raja también dejó entrever circuitos eléctricos. Levantó la vista hacia Nathan, que se frotó la cara, pensando que aquello debía ser todo un sueño. El doctor chiflado, que parecía tener razón por una vez, le pasó entonces a él el vidrio afilado que había usado antes e, imitando a su amiga, también se hirió la palma de la mano. El resultado esta tercera vez fue el mismo que las anteriores.

Los dos jóvenes necesitaron unos minutos para reflexionar y volver a respirar con normalidad. O a hacer aquello que hicieran que se parecía tanto a respirar, claro. Sentados en el tejado, los tres rieron.

Una vez serenos, Viola recordó tener un botiquín dentro del zepelín, así que se acercó a los restos y consiguió rescatarlo. Buscó aguja e hilo y ayudó a cerrar primero la enorme raja que el Doctor Door se había hecho en el estómago, luego se ocupó de la suya y la de Nathan, mucho más pequeñas y menos profundas. También llamaron a la hija del doctor para que pudiera venir a recogerlo y se marcharon, de nuevo, en la bici. Esta vez Nathan no intentó sujetarse bien, total, lo que más miedo le daba era sufrir y ahora ya sabía que no lo haría. No obstante, consiguieron llegar a salvo hasta la casa de Viola, donde se despidieron hasta el día siguiente.

Un poco después, Viola acudió a la comida familiar. Le habría gustado evitarla, pero sabía que esa vez no podía, que ya se había saltado demasiadas. Su tía, como siempre y como ella ya esperaba, había preparado su especialidad en albóndigas nauseabundas, pero cuando fue a llevarse el primer bocado de aquella cosa asquerosa a la boca, recordó lo que le había dicho el Doctor Door, que no necesita comer ni beber porque era sintética. Viola comenzó a reírse de forma nerviosa, y cuando todos tuvieron sus ojos posados en ella, asustados por aquella reacción, se descosió la herida de la mano. A partir de ahora las comidas familiares no serían tan horribles.

Relato 2 (SinNormalidad):

Oh, qué cálido asomó el sol por entre las nubes, sacando aureos destellos a los acristalados edificios y a los majestuosos dirigibles de Aerémidas. Sus rayos aún brillaban blanquecinos, mas en unas horas el astro ascendería tornando los mismos dorados. Era un paisaje hermoso, o al menos eso pensaba la chica que desayunaba en su Zeppelin, atenta a cada vehículo que cruzaba su campo visual. Apenas se notaba, pero entre sorbo y sorbo, mordisco y mordisco, un par de palabras eran musitadas por Viola, seguidas de una sonrisa de satisfacción que llenaba su rostro cuando determinada nave se acercaba. No por nada era el momento en el que el modelo de la misma se hacía visible, probando si su suposición, minutos atrás, era correcta o no.

Al vivir sola en la aeronave cualquier interrupción parecía improbable, sin embargo, como suele ocurrir, el destino no carece de sentido del humor, y el chico que bajó desde los cielos al grito de “Buenos días” tampoco.

La pobre Viola casi cayó de la silla ante el sobresalto, y a eso habría que añadir la repentina corriente de aire que la bicicleta voladora del muchacho trajo a su terraza. Fue un milagro que su flacucha figura no tocara el suelo y, aún así, se encontró sonriendo con timidez ante la repentina intrusión.

—Buenos días a ti también Nathan. Veo que ya dominas a mi pequeña.

—Querrás decir mi pequeña —replicó el muchacho con tono alegre, aún pedaleando desde lo alto— que construyera mi bici no te hace su propietaria mi buena amiga. Pero no vengo a pelear la custodia.

—¿Y qué te ha traído pues hasta aquí?

—El azar, la curiosidad, y una nube de deshechos que he recogido cerca, ¿tienes planes para comer?

Una pequeña risa fue arrastrada por el aire como respuesta ante aquella curiosidad infantil de la que Nathan hacía alarde.

—Lamento decir que tengo una comida familiar, pero antes debo hacer una reparación… Sí quieres puedes acompañarme.

—¿Con tu tía y sus albóndigas? —Una pesada cabezada por parte de la chica fue suficiente— Iré contigo, compensaré tan tedioso destino con mi presencia.

Y así ambos emprendieron la marcha, surcando los cielos de Aerémidas como tantos otros vehículos, aves biónicas, o deshechos que Nathan tan diligentemente recogía, no por nada, era su trabajo. La siempre larga distancia al contaminado suelo de la ciudad se acrecentaba por minutos, y para cuando al fin llegaron al puerto aéreo del edificio más alto, este apenas se vislumbraba.

Al otro lado de la escala de bajada un hombre mayor, de aspecto descuidado, aguardaba su llegada con un nervioso tamborileo de dedos. Sus ojos pasaban de escrutarte, como si con ello fuera capaz de desmontarte, a perder el interés ante el paso de una paloma biónica cercana. No fue hasta que pusieron un pie fuera del Zeppelin, que oyeron un ensordecedor rugido a su alrededor, como si estuvieran junto al motor de un buque X-23, uno de los modelos más grandes y antiguos del mercado. Para cuando quisieron presentarse, la única forma de hablar era a gritos.

—Disculpe, soy Viola, hablé con el doctor Door hace unos días por problemas con el motor de su nave —vociferó la chica intentando mantener la compostura a pesar de las circunstancias. Aquel hombre tenía algo que la inquietaba, y verse obligada a presentarse a gritos no ayudaba a dar una imagen profesional.

Aun así, sus palabras se vieron respondidas por un entusiasta apretón de manos por parte del hombre, e incluso Nathan se vio inmerso en el entusiasta saludo, teniendo que soltar su bici junto a la puerta para poder corresponderlo.

—Buenos días, buenos días. Siento el ruido, pero sin él las emisiones delta serían capaces de llegar a mis sensores, y nadie querría eso —empezó a decir guiándoles al interior del edificio— ¡Oh! ¿Dónde tengo los modales? ¿Quiere alguno un vaso de agua? Sé que ninguno lo necesitamos, pero siempre he apreciado la cortesía.

Viola y Nathan parpadearon un par de veces ante tamaña presentación, ahora dentro de lo que en una casa normal habría sido un salón, pero en ese lugar parecía un estudio lleno de papeles, maquetas e instrumentos que ni siquiera Viola acertaba a nombrar. Hasta la ventana, al fondo, presentaba algún que otro papel pegado al cristal.

—Disculpe, pero, ¿por qué no lo necesitamos? —inquirió Nathan tras inspeccionar el lugar, mirando al hombre con la curiosidad reflejada en la cara.

El doctor, que ya parecía a punto de ir camino de algo que ofrecer, detuvo el movimiento antes de iniciarlo.

—¿Qué por qué lo necesitamos? ¿Por qué va a ser, hijo? Siendo sintéticos no necesitamos el agua —explicó con una sonrisa, y así, sin más, se dio media—. ¡Ahora vuelvo con los vasos!

Tanto Viola como Nathan lo observaron irse asombrados, y sólo cuando cerró la puerta, el chico se atrevió a decir lo que ambos pensaban.

—Está como una regadera —En otras circunstancias la frase habría sido un murmullo, pero con aquel ruido se vio obligado a gritar.

—Es… excéntrico, dado a las conspiraciones por lo que parece, pero es un cliente.

—Un cliente que cree que somos robots, ¡como los pájaros! —El comentario le granjeó una dura mirada por parte de su amiga.

—¡Vamos! Mientras haya una nave que arreglar, da igual si cree que somos berenje… —empezó a decir, chillando, hasta que una sombra sobre la ventana le hizo detenerse en seco— ¡No, no, no, no, no! Por el lenguaje C, ¡no se habrá atrevido!

Al otro lado del cristal pudo verse con claridad el Zeppelin individual de Viola, alejándose del edificio cada vez más y más. Por la sombra en la cabina del conductor, el doctor Door había tenido la “cortesía” de robar el transporte de su mecánica.

—Será hijo de bug…—masculló, antes de ver a Nathan tirando de su brazo.

—Tengo la bici en la puerta, vamos a por él.

Y así, sin siquiera dudarlo, salieron en persecución del dirigible. Por desgracia el zeppelín tenía un motor más potente que la bicicleta aérea de Nathan, y por mucho que este pedaleara, la distancia con el mismo se iba acrecentando. Al final, tras una nube que se interpuso entre ambos, quedó claro que lo habían perdido. No fue hasta un rato después, que, junto a una columna de humo, vieron los restos del dirigible sobre uno de los tejados de menor altura de la ciudad, casi en la parte contaminada de la misma.

El grito que Viola ahogó al ver su nave destrozada se perdió en el ruido que la bicicleta hizo al aterrizar. El doctor Door, milagrosamente, parecía haber salido indemne y alimentaba unos patos biónicos como si nada, actitud muy despreocupada para una persona que estaba a punto de sufrir las consecuencias de sus actos.

—¿Se puede saber qué es lo que ha hecho? —preguntó Viola temblando de rabia, y con Nathan lo suficientemente cerca como para detenerla si se le ocurría hacer alguna estupidez, algo que, dadas las circunstancias, todos comprenderían.

El doctor, sin embargo, no dio muestras de miedo o arrepentimiento. De hecho, ni siquiera cesó en su tarea de alimentar a las aves para responder.

—Sabéis, antes los patos eran reales, y no sintéticos —explicó con calma, los ojos puestos en el ave que picoteaba la comida que en realidad no necesitaba—. Desde la construcción de los transportes del siglo pasado todos los animales lo son, y por algún motivo, nadie lo encuentra extraño. ¿Por qué son ellos diferentes a nosotros?

—Ellos no van por ahí robando vehículos. —El tono de Nathan fue duro, poco habitual en su alegre actitud, pero tampoco amedrentó al doctor.

—No lo necesitan, vuelan —respondió con un encogimiento de hombros—. Sin embargo, sé que no me creéis, que os parece imposible que seamos medio sintéticos como ellos, pero no somos especiales…

Con esa frase vieron un destello moverse en la mano del hombre. Hasta ese momento no se habían fijado, mas el doctor había cogido un pedazo de cristal del antiguo Zeppelín de Viola, y ahora lo esgrimía contra su propio estómago. El corte fue limpio, tan rápido que ni siquiera dejó tiempo a la actuación.

Los dos amigos, a pesar del enfado, gritaron al unísono al verlo, y costaría decir quién fue el primero en lanzarse hacia el ladrón para tratar de detener la hemorragia… esa que no existía.

Del interior de la tripa del doctor sólo salían alambres y cables.

—Eso… Eso es imposible. ¿Cómo?

—¿Dónde está la cámara oculta? —preguntó Nathan a su vez mirando alrededor confuso.

—Cámara oculta —rio el doctor—. Supongo que es más fácil de creer que la verdad, que todos somos diseñados, medio sintéticos, seres biónicos como nuestros emplumados amigos.

Con aquello volvió a arrojar comida a los patos, ajeno a la confusión que había provocado, o, al menos, fingiendo que así era. Ni siquiera se volvió cuando Viola recogió un pedazo de metal para hacerse un corte en su propia mano, dejando a Nathan lívido junto a ella. Bajo la piel, bobinas, condensadores y cables trabajaban sin descanso.

—¿Somos…? —La pregunta permaneció en el aire unos segundos, incompleta. Bajo aquella ineludible verdad, poco había que añadir—Biónicos.

Las siguientes horas no serían olvidadas por ninguno de los chicos. Tras encargarse de curar, o, mejor dicho, reparar, la tripa del doctor Door y la mano de Viola, tuvieron una larga conversación. Las disculpas por la destrucción del Zeppelin se cobraron en respuestas, explicaciones a los cables de su interior, verdades que, para el resto de la humanidad, sonaban a locuras. Los hechos sorprendentes, aunque ciertos, a veces se veían así.

Cuando el sol se alzó sobre sus cabezas, bañándolos con sus rayos dorados, quedó claro que era el momento de marchar. Después de lo vivido lo que menos le apetecía a Viola era una comida familiar, mas cuando Nathan la dejó en el edificio de sus tíos, una pequeña sonrisa asomó en su rostro.

—¿Hay algo que me haya perdido?

La chica negó con la cabeza, aún luciendo esa sonrisa, que no hacía más que crecer. Para cuando contestó, era difícil no apreciar el matiz divertido y optimista en su voz.

—Tan sólo… Creo que no va a ser una comida familiar tan horrible, no ahora que sé que no necesito comer las albóndigas de mi tía.

Y con eso, y una evidente elevación en la comisura de sus labios, se despidió de su amigo. Había sido un día de locos, pero al menos había sacado una cosa buena, nunca volvería a sufrir por otra comida familiar.

Relato 3 (doctorserone): Seres sintéticos

—Mierda, llueve…
Agarrando una taza de café, Viola miraba el cielo gris desde su terraza, con los pies colgando sobre el vacío. Caía una lluvia fina, insistente. Adoraba desayunar frente a aquella vista. Cada mañana se sentaba en su terraza y miraba cómo el sol se desplazaba entre las torres de Aeremidas. Las losas de cristal reflejaban su luz, convirtiendo el amanecer en un espectáculo de luces. Aguardaba quieta, hasta que los rayos del sol acariciaban su cuerpo.

—Qué se le va a hacer… —musitó, bebiéndose el café de la taza de un sorbo.

Miró hacia abajo, asomándose por el borde. La pared de su edificio se perdía en la lejanía, como las de los otros edificios. No se veía el suelo, tan solo una mancha brumosa. ¿Qué habría allí?

—¿Pensando en la superficie?

Una voz sobre su cabeza interrumpió sus pensamientos. Maldita bicicleta voladora… tendría que haber hecho un motor eléctrico que emitiera algún tipo de ruido, pensó Viola, sonriendo. Luego asintió un par de veces, sin mirarlo.

—Otra vez ese sueño, ¿no? —Nathan, un joven desgarbado de pelo castaño y piel pálida, con ropas de piloto demasiado grandes, ató su bici al pequeño puerto y se descolgó hasta llegar a su lado. Se sirvió una taza de café—. ¿Qué viste?

Viola se movió. Uno de sus oscuros rizos cayó ante sus ojos, pero no se molestó en apartarlo de allí.

—Todo era verde, hermoso… Las plantas crecían entre el asfalto… La luz del sol apenas podía llegar, devorada por las torres…

Rememoró los sueños que le acosaban desde hacía meses, mirando el mechón ante sus ojos de color violeta. Su nombre se debía a esos ojos inusuales Parpadeó, intentando borrar aquellas imágenes. Luego se levantó de un salto, quedándose a apenas unos centímetros de una caída mortal.

—Vamos, Nathan.

—¿Ya? —preguntó él, contrariado—. ¿No me vas a dejar que me termine el café?

—No, tenemos trabajo. Y además… —Viola puso una mueca de desagrado.

—Otra comida familiar —asintió Nathan, comprensivo. Se bebió el café restante de un sorbo—. ¡Au, mi lengua!

—Las odio, pero no puedo faltar. En fin, lo primero es lo primero.

Recogieron el desayuno, y en unos minutos estaban ya encaramados en el dirigible de Viola. Nathan había atado su aerobici en un costado, y ahora descansaba en el asiento del copiloto.

—¿Dónde toca hoy?

—Goliath.

Nathan silbó. Ése era el nombre coloquial de una de las más altas torres de la urbe Se veía desde cualquier lugar de la ciudad, esbelta y orgullosa, rozando el cielo.

Maniobraron entre el tráfico. A veces dos aeronaves chocaban en el aire, y si los sistemas de levitación fallaban… Nadie se arriesgaría a descender a la superficie para recuperar el cuerpo hecho papilla de un ser querido. La superficie…

La fina lluvia creció hasta convertirse en un aguacero, espesas nubes grises convirtieron el día en noche. Aparcaron en el enorme embarcadero de su cliente apenas media hora después, el en otro tiempo afamado doctor Door, un científico venido a menos.

—Justo a la hora convenida. Estupendo.

Un pequeño hombrecillo, enfundado en una manchada bata blanca, les dio la bienvenida. Viola sacudió la mano del doctor con brío, siguiéndolo por los largos pasillos. Hacía tiempo que se había acostumbrado a aquel excéntrico hombrecillo.

—Os ofrecería algo para beber, pero sabéis que no lo necesitáis. Nadie lo necesita, somos todos sintéticos.

—Claro, doctor —asintió Viola, educada. El doctor Door siempre salía con aquella teoría de los seres sintéticos. Frases como esas las que le habían hecho perder su prestigio, hasta convertirle en un ermitaño encerrado en su lujoso piso de la torre Goliath.

El doctor les llevó a un apartado embarcadero secundario. Vieron una antigua avioneta, pequeña y ligera, con las alas y el fuselaje cubierto de las ineficientes placas solares de antaño.

Nathan silbó.

—¿Es esto lo que tenemos que arreglar?

—Así es —respondió el doctor—, deseo dar un paseo con esta belleza. ¿Podréis hacerlo?
Viola asintió, evaluando los daños del aparato. El doctor rió, satisfecho, y dejó a los dos jóvenes enfrascados en su tarea.

—Os dejo. Tengo algo que hacer.

Estaba desmontando una de las alas cuando Viola escuchó un ruido familiar: un zumbido suave, vibrante, como de enjambre de abejas. Un sonido que conocía a la perfección.

—Mierda, ¡es mi dirigible!

Tiró las herramientas y corrió hacia el embarcadero principal. Nathan, que no había escuchado nada, la siguió sin saber muy bien qué estaba pasando.

—¡Doctor! ¿Qué demonios está haciendo?

Su aeronave ya estaba a una veintena de metros, y se alejaba cada vez más rápido. El doctor estaba en los controles, con una sonrisa desquiciada en los labios. O no escuchó el grito de Viola o decidió ignorarlo, pues inyectó aún más potencia en los motores eléctricos.

Viola miró en todas direcciones.

—¿Qué está pasando aquí? ¿Por qué se ha llevado el doctor tu dirigible? ¡Si tiene decenas de aeronaves mejores aparcadas!

—Vamos, subamos a esa tartana —gritó Viola, señalando una vieja moto aérea—, tenemos que cazar al doctor antes de que lo perdamos de vista…

Salieron en pos del dirigible a toda velocidad. Fuera, el lluvioso día se había convertido en una tormenta que descargaba rayos eléctricos a lo lejos, una bendición para las estaciones caza-tormentas que todas las torres tenían en sus cúspides. La fuerte lluvia no tardó en empaparlos por completo.

Persiguieron el dirigible durante varios minutos, hasta que una ráfaga de viento desvió la trayectoria de la ligera moto aérea. Viola maldijo por lo bajo, luchando por dominar la moto mientras Nathan gritaba, agarrándose con fuerza. Cuando por fin consiguieron recuperar la verticalidad, habían perdido todo rastro del dirigible.

—¡Mierda de día!

Un estruendo resonó en la lejanía. Nathan y Viola enfilaron la moto en dirección al sonido. No tardaron en llegar a lo que había sido una hermosa terraza cubierta de flores sintéticas y placas holográficas. Varios patos biónicos, que antes chapoteaban en un pequeño lago artificial, graznaban ahora alrededor del doctor.

Todas las placas estaban hechas añicos entre la estructura del dirigible. Sobre las placas destrozadas, el doctor se arrastraba entre los patos, diciendo una y otra vez:

—Os daría de comer, patitos, pero no os hace falta. Sois biónicos, como yo.

Los dos amigos hicieron que la moto descendiera hacia la terraza para auxiliar al doctor. Viola lanzó primero una larga mirada a su dirigible antes de apagar el motor de la moto aérea, evaluando los daños: bien, no parecía tener ninguna avería importante, no costaría demasiado repararlo…

—Doctor, no se mueva, deje que llamemos antes a un médico. Tenemos que asegurarnos de que no tenga ningún daño grave y… ¡Por todas las máquinas! ¿Qué…? ¡No se mueva!

Nathan no tardó en ver la enorme esquirla de cristal que lo atravesaba, a la altura del vientre. De la herida manaba gran cantidad de sangre. Los patos dejaron un macabro rastro de huellas de sangre sobre el suelo al huir, espantados por la irrupción de los dos jóvenes.

—Doctor… —murmuró Viola, sin saber qué hacer.

El doctor Door, sin embargo, sonreía, negando con la cabeza. No parecía estar sufriendo.

—No me pasará nada, os lo he dicho muchas veces. Duele un poco, pero no me matará, nada puede matarnos, somos sintéticos.

Viola se limitó a asentir, sin saber qué hacer. Nathan, a unos metros, llamaba a emergencias desde su dispositivo Com.

—Viola, tu siempre has sido una chica despierta —siguió hablando el doctor, mirándole a los ojos—. Tan sólo falta que te hagas las preguntas adecuadas. ¿Hace cuánto que no vas a un funeral? ¿Por qué los fallecidos tienden a hacerlo tan sólo cayendo a la superficie en accidentes o reyertas?

La chica meditó en las palabras del anciano. Tenía razón. Sin saber por qué, rememoró las imágenes de la superficie que asaltaban sus sueños.

—Tengo una prueba más. Ven, mira mi herida.

Conteniendo la respiración, Viola se aproximó a la horrible herida. La sangre manaba lentamente, cubriendo las ropas del doctor y el suelo a su alrededor.

—No tengas miedo, separa la herida. Vamos, hazlo.

Extendió su mano y separó la carne cortada. Reprimió una mueca de asco y oteó al interior. No podía ser, ¿eran… cables? Viola abrió aún más la herida, retirando la esquirla con cuidado. Tras una capa de vasos sanguíneos y tejidos sintéticos, el cuerpo del doctor era una maraña de servomotores, conductores de fluidos y músculos artificiales.

—Nadie dice nada, pese a que no soy el único que desea desvelar la verdad. Y nadie lo dice por… porque nadie quiere escucharlo. Todos desean una vida cómoda. La verdad es que desde la Revolución, desde la invención de los nuevos Transportes, la humanidad pagó un alto precio para poder dominar las alturas y vivir sobre las nubes, en Aeremidas. Ese precio fue… nuestra propia humanidad. El suelo se contaminó por nuestras guerras, tuvimos que buscar otras formas de sobrevivir. Y dado que nuestra forma de vida era ineficiente para éste nuevo entorno, se decidió sustituir las ineficientes partes biológicas por otras tecnológicas. Yo estaba entre los científicos que lo decidieron. Fue hace ya mucho tiempo…

El doctor se detuvo. Viola se acercó, temiendose lo peor. Pero cuando lo hizo los ojos del anciano se volvieron a abrir, esta vez acompañados de su habitual sonrisa desquiciada.

—Viola, querida, tú me crees. —Señaló los trozos de cristal y metal—. Haz la prueba.

Ella, pálida, se agachó. Posó un afilado trozo de metal de su dirigible sobre su antebrazo. Respiró varias veces, con el corazón desbocado.

—Ya vienen —informó Nathan tras colgar el comunicador—. Tardarán un poco en llegar, la tormenta lo dificulta todo. Pero me han dicho que… ¡Viola! ¡Qué demonios haces!

Sin pensarlo dos veces, Viola rasgó su antebrazo.

—¡No, Viola!

Y si, dolía un poco… Pero no tanto como debería dolerle. Separó la herida: allí estaba, bajo la carne y la sangre. Un mecanismo complejo y hermoso. Movió los dedos, viendo cómo cada movimiento ponía en marcha los servomotores del interior. Sonrió, mostrando su antebrazo abierto.

—Nathan —le dijo a su amigo, que miraba el mecanismo de su interior totalmente pálido—, el doctor tenía razón… ¡Somos sintéticos!

—Os lo dije. Llevo años intentando ser escuchado. Ahora por fin he conseguido demostrar que tenía razón…

El doctor rió como un demente, aplaudiendo. Viola y Nathan lo miraron.

—Tenemos que irnos antes de que vengan los servicios de emergencia y la seguridad privada de estos ricachones, nos condenarán por los destrozos. —Nathan asintió, grave, viendo como Viola se vendaba el antebrazo—. Hagamos una reparación rápida y larguémonos.

Mientras Nathan reparaba la aeronave, Viola cosió la herida del vientre del doctor como pudo, mientras Nathan arrancaba el motor eléctrico.

—Vamos, volvamos a casa.

Regresaron a la torre Goliath en silencio. La tormenta se había recrudecido, y la lluvia caía con más violencia. Viola meditaba en lo que acababa de pasar, ya nada volvería a ser igual. ¿Por qué nadie lo había descubierto antes? Ahora vivían en un mundo de tecnología, donde las máquinas impedían que nadie se hiciera daño, la única forma de morir era caer al vacío…

En el embarcadero del lujoso piso del doctor, Nathan cogió su bici aérea y se marchó sin despedirse, aún en shock. Viola contempló cómo la silueta de su amigo se convertía en una mota minúscula antes de volverse hacia el doctor.

—Doctor, aún tenemos mucho de qué hablar. Volveré mañana.

Y, sin añadir nada más, abandonó la torre Goliath.

Mientras Viola se dirigía a casa de sus padres para cumplir con el casi olvidado compromiso familiar, meditó las palabras del doctor, y en el dolor suave de su antebrazo. Seres sintéticos, eran todos seres sintéticos… A unos pocos metros, sus padres le aguardaban en el embarcadero de su piso, con un ancho paraguas.

—Oye —sonrió—, si soy artificial podré sobrevivir sin comer esas vomitivas albóndigas que hace mi tía, quizás no sea tan malo al fin y al cabo…

¿Quien no sacrificaría un poco de humanidad para sobrevivir a aquello?

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Un comentario en “Proyecto Remolacha: Escaleta 12

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