Proyecto Remolacha: Escaleta 5

Queridas hortalizas,

he de deciros que sois muy bonitas.

Y, pese a que este pequeño poema

tiene una métrica que da pena,

no temáis, no hay prisa.

Las historias se suceden cada día.

VEAMOS A QUIÉNES HAY QUE JUZGAR MUY MALAMENTE HOY: @EmmaFrell, @TheiaMyrios y @macgarnes.

La escaleta ha sido creada por @navegante_no: Escaleta (5)

Relato 1 (EmmaFrell):

Marcela salió de su casa una tarde de abril cargando con una pesada maleta.

A continuación, se aseguró de cerrar la puerta de la entrada con cuidado, pues no deseaba despertar a su padre quien roncaba como un oso en plena hibernación dentro del cuarto de matrimonio. La chica temía que su progenitor no la comprendiera sus ansias de volar lejos de Arroyos, por eso prefirió dejarle una nota de despedida colgada en el frigo.

Había quedado a las las ocho de la tarde con Fernán detrás del Centro cultural, ya que estaba prácticamente a las afueras del pueblo y a esas hora la mayoría de gente había terminado sus partidas de dominó.

No le quitó el ojo al reloj en ningún momento, el hijo del Vinagre tardaba demasiado ¿qué le habría podido pasar? Solo esperaba que no se hubiese echado atrás en el último momento.

Entonces decidió encender el walkman, escuchar música la relajaría, o eso creía porque empezó a morderse las uñas sin darse cuenta ¿dónde estaba? Esperaba que no se hubiese echado atrás en el último momento.

Por suerte, lo vio aparecer al cabo de un rato en una furgoneta con su tío ¡lo había conseguido!

-¿Qué ha pasado? Fernán-quiso saber con premura.

-Mi tío ha tenido un pinchazo cuando cruzaba el Camino Viejo, ha tenido que cambiar la rueda a mitad de camino-le explicó el chico sonrojado.

A ella le sirvió la respuesta, no necesitaba más explicaciones.

Fernán le ayudó a meter la maleta en la parte trasera de la furgo donde olía a hortalizas recién cortadas.

-¿Tienes los billetes?-inquirió Marcela antes de subirse.

-Sí, y llegaremos tarde a la estación si seguimos hablando, es mejor que subamos ya.

Ambos se sentaron en el asiento trasero.

-Buenos días, Pedro-saludó la chica.

-Buenos días-le respondió este con una sonrisa.

Durante el trayecto sonaban canciones de los 40 principales, aunque ninguno de los tres las escuchaban: Marcela estaba nerviosa pensando en el viaje, Fernán temblaba porque tenía a Marcela a su lado y Pedro iba pendiente de la carretera.

-Así que os váis a Barcelona.

-Sí, así es-contestó Marcela de inmediato.

-Ojalá pudiera ir con vosotros, debe ser una ciudad preciosa y seguro que hay más trabajo que aquí-suspiró el tío.

-Eso esperamos-replicó Fernán.

-No os olvidéis de enviarme postales cuando lleguéis-les pidió.

-Lo haremos-dijeron al unísono.

Al llegar a la estación fueron en busca del bus, esta estaba llena de gente que iba y llegaba de alguna parte cargada con el equipaje. Los chicos no tuvieron tiempo para distraerse, fueron directos al andén.

-¡Vamos, corre!-apremió Marcela, Fernán le seguía detrás casi sin aliento.

Sin embargo, conforme se acercaban se dieron cuenta de que algo raro sucedía, el bus estaba todavía parado y sin pasajeros.

-Disculpe, señor ¿qué sucede?-le preguntó ella al conductor, llevaba los billetes en la mano.

-Lo siento chica, está averiado y por lo visto no podrá salir hasta mañana. Tu novio y tú tendréis que volver mañana-le explicó, encogió los hombros.

-Pero no podemos esperar hasta mañana-se quejó, pero el conductor ya no la escuchaba, siguió con su tarea.

Fernán resopló abatido, pensó que la aventura se había terminado, Marcela por el contrario se negaba a que fuese así. Entonces un hombres se les acercó hasta ellos, pensaron que les pediría la hora, pero no fue así.

-Ey, chicos, os vendo mis billetes, no los voy a usar porque me ha salido un imprevisto.

-De acuerdo ¿cuánto quiere por ellos?-preguntó Marcela de inmediato.

-Tres mil pesetas, me podéis pagar la mitad ahora-informó.

-Pero…-comenzó a decir Fernán. Tenía dudas ¿eso se podía hacer? ¿era tan fácil?

-Nos las quedamos-le interrumpió la chica mientras sacaba el dinero de la cartera.

-Estupendo, enseguida os las traigo, las tiene mi mujer-el desconocido se lo guardó en el bolsillo sonriente.

Los chicos esperaron durante largo rato sentados en un banco de la estación, empezaba a oscurecer y las tripas les rugían.

-Tengo hambre, quizá debería llamar a mi tío para que vuelva a por nosotros, todo ha salido mal-sugirió Fernán abatido.

-De eso nada, yo me quedaré aquí. Iré a donde sea contigo o sin tí, me las apañaré-resopló Marcela inquieta.

-Pero es demasiado arriesgado, tenemos menos dinero y la ciudad es demasiado grande.

-Eso no lo sabes, nunca has salido de Arroyos, Fernán-le recordó la chica.

-En realidad he visitado más pueblos de la comarca…-señaló él arrugando la nariz.

-Dónde no hay futuro para nosotros ¿crees que aquí podrás labrarte una carrera de dibujante? Solo te leerían las ovejas-resopló.

-Está bien, podemos comprar otros billetes, quizá podamos ir a Madrid-le propuso.

Los dos se dirigieron hacia la taquilla, no había demasiados trayectos nocturnos.

-¿Nos da dos billetes para…Alicante?-decidió al fin Marcela.

-El próximo sale mañana-les informó el taquillero.

-No importa-aseguró Marcela.

-Son dos mil pesetas, el primero sale a las 8 de la mañana en el Andén 3-les informó.

Relato 2 (TheiaMyrios): Empezar de nuevo

La brisa fresca de la tarde acarició la piel de Marcela. Incluso desde el porche se podían escuchar los ronquidos de su padre, que se habría quedado dormido esperando a que comenzara el partido. No la echaría de menos hasta que no se encontrara sentado a la mesa y nadie le pusiera delante un plato con la cena.

La chica dejó su maleta en el suelo y se sentó sobre ella. Fernán tendría que haber llegado hacía media hora. Preocupada, miró su reloj de muñeca. Si no se daba prisa, iban a perder el autobús. Pensó en llamar a la tienda del padre de su amigo, por si se había entretenido ayudando en el almacén, pero para eso tenía que entrar en casa y se había prometido no regresar en mucho tiempo. Esas cuatro paredes habían dejado de ser su hogar cuando el cáncer entró sin avisar y se llevó a su madre. De eso hacía ya un año y medio. Aquella desgracia, sin embargo, le trajo a Fernán.

Fernán y ella ya se conocían; era difícil no hacerlo en un pueblo tan pequeño. Cuando los estudios de Marcela empezaron a resentirse, él apareció de repente y se ofreció a ayudarla. Más tarde se enteró de que Amparo, la madre de Ferrán y su profesora de francés en el instituto, le había pedido que lo hiciera. Una parte de ella se sintió traicionada, pero para entonces Ferrán se había convertido en la persona más importante de su vida, y ese sentimiento era compartido. Marcela era consciente de que él sentía algo más aparte de amistad y le dolía no poder corresponder a ese sentimiento. Se consideraba demasiado joven para atarse a una persona; tenía demasiadas cosas que experimentar, demasiados sueños que cumplir.

Cinco minutos después, cuando Marcela ya empezaba a temer que Ferrán se hubiera echado atrás, un seiscientos rojo apareció en la calle doblando la esquina y paró frente a su casa. La chica se levantó y una enorme sonrisa se dibujó en sus labios.

Fernán salió por la puerta del copiloto.

—¡Mil perdones, Marcela! Una de las ruedas estaba pinchada y hemos tenido que cambiarla.

El tío de Fernán bajó la ventanilla del lado del conductor para tirar el resto del puro que había estado fumando. Saludó a la chica con la cabeza pero no dijo nada. No era un hombre de muchas palabras pero no había dudado en ofrecerse para llevarlos a la estación.

—Pensaba que te habías rajado —le comentó Marcela a su amigo cuando él se acercó para ayudarla con el equipaje.

Fernán sonrió.

—No vas a tener esa suerte.

Marcela subió en la parte de atrás y se acomodó en el reducido espacio. Tenía el corazón acelerado de la emoción. Solo de pensar en el mundo de posibilidades que la estaría esperando en la gran ciudad se sentía abrumada a la vez que inmensamente feliz.

El tío de Ferrán volvió a poner en marcha el seiscientos y salieron del pueblo por la carretera principal.

La chica no miró hacia atrás ni una sola vez. Solo le interesaba el camino que tenía delante.

—Lo que yo habría dado por vivir en Madrid cuando tenía vuestra edad —comentó el tío de Ferrán cuando llevaban un rato de viaje en completo silencio—. ¿Lleváis dinero para poder apañaros hasta que encontréis un trabajo?

Ambos asintieron. Habían estado ahorrando durante meses para hacer ese viaje. Marcela había guardado cada peseta reunida con mimo, sabiendo que eran la clave para su libertad. Se había privado de muchas cosas, pero merecía la pena.

—La gente en las ciudades no es como en los pueblos. Hay personas que no dudarán en aprovecharse. Y vosotros estáis solos.

—Llevaremos cuidado —prometió Fernán.

Cuando llegaron por fin a la estación, al autobús le faltaban unos minutos para partir. Los dos jóvenes cogieron sus respectivos equipajes y corrieron a comprar los billetes.

***

—Ha habido una avería —les informó la taquillera con desinterés—. Los pasajeros que ya tenían billete han sido recolocados en los siguientes autobuses y no quedan plazas libres hasta mañana a primera hora.

Marcela y Fernán se miraron. El tío de Fernán ya se había marchado al pueblo, así que no podían volver. Su única opción era pasar la noche allí y coger el primer autobús con destino a Madrid por la mañana.

Un poco abatidos, se apropiaron de un banco que estaba libre y dejaron sus maletas a sus pies. Marcela no sabía qué decir, y al parecer su amigo tampoco.

—Perdonad, chicos. —Un hombre bien vestido, con un elegante bigote y una calva incipiente se acercó a ellos. Parecía nervioso—. ¿Por casualidad necesitáis un par de billetes para Madrid? Son para el autobús que sale dentro de una hora. Mi mujer y yo íbamos a cogerlo pero tenemos una emergencia familiar y va a ser imposible marcharnos hoy.

Marcela se levantó del banco de un brinco.

—Señor, no sabe la alegría que nos da. Es justo lo que necesitábamos.

El hombre pareció aliviado y sacó su pañuelo de bolsillo para limpiarse la frente sudorosa.

—Voy a buscar a mi mujer, que es la que lleva los billetes. Aunque… hay varias personas que se han quedado sin plaza también. Si me dais ahora la mitad del dinero, procuraré no vendérselos a nadie más, por muy convincentes que parezcan.

—Mejor esperamos a que vuelva —dijo Fernán. Tenía el ceño un poco fruncido.

Marcela le dio un codazo amistoso.

—No le haga caso a mi amigo. Le pagaremos.

Fernán siguió sin parecer convencido pero acabó por ceder. Sacaron el dinero y contaron la mitad para entregársela a aquel hombre.

—Vuelvo en un momento. No os mováis de aquí para que pueda localizaros después. —Se guardó el dinero en el bolsillo y se perdió entre la multitud.

—¿A qué ha venido eso? —le preguntó Marcela a su amigo.

—No lo sé, Marcela. Recuerda lo que ha dicho mi tío de que no nos fiemos de la gente en las ciudades.

—Tonterías.

Se sentaron en el banco a esperar a que el hombre volviera. Los minutos fueron pasando y los autobuses fueron llegando a la estación y partiendo con nuevos pasajeros. Marcela se atrevió a admitir que los habían timado cuando vio alejarse el que tendría que haber sido su autobús.

Frustrada, se levantó y dio un pisotón. Quería soltar un grito de rabia pero se contuvo porque aún quedaba gente en la estación y no quería que los echaran de allí. Lo último que necesitaban era pasar la noche a la intemperie.

—Marcela, creo que esto ha sido un error —dijo Fernán con una calma sorprendente, dada la situación en la que se encontraban—. No estamos hechos para la ciudad. Creo que lo que ha pasado es una señal. Volvamos a casa.

—¡No! —Marcela quería llorar, pero estaba demasiado enfadada con el mundo para permitírselo. Había luchado mucho para ganar cada peseta. Había tenido que perder a su madre para darse cuenta de que su vida no estaba en aquel pueblo y nunca lo estaría. Y apenas había dado el primer paso hacia la libertad y ya se había dado de bruces con un enorme muro de realidad.

—No tenemos que marcharnos para ser felices —insistió Fernán—. Mi padre siempre ha querido que sea yo el que herede la tienda.

—¿Y lo que quieres tú, Fernán? Tu sueño siempre ha sido estudiar en la universidad. ¿Vas a olvidarte de eso solo porque hemos tenido un mal tropiezo?

Fernán sacudió la cabeza.

—No, tienes razón. Aunque la cosa va a complicarse un poco más ahora que tenemos menos dinero.

Marcela tomó la mano de su amigo entre las suyas.

—Tu tío se equivocaba en algo y es que no estamos solos; nos tenemos el uno al otro. Todo va a salir bien.

Ambos se sonrieron y se abrazaron. Estaban unidos por una amistad inquebrantable, aunque Fernán deseara otra clase de relación. Juntos habían planeado ese viaje a lo desconocido, hacia un futuro donde ellos pudieran elegir qué camino tomar.

Esa noche la pasaron durmiendo por turnos para cuidarse mutuamente ante posibles asaltantes. Ya habían aprendido la lección y sabían que no podían confiar en nadie más que en ellos mismos. El camino a la ciudad no iba a ser fácil, pero nunca habían esperado que lo fuera.

A la mañana siguiente, compraron los billetes para el primer autobús rumbo a Madrid y partieron con la certeza de que, pasase lo que pasase, siempre se tendrían el uno al otro.

Relato 3 (macgarnes): La huida

Motilla del Camino no estaba en ninguna parte. Al menos en ninguna parte que importase. Era un pueblo en la meseta, un minúsculo brote de casitas apelotonadas alrededor de una iglesia, en mitad de los infinitos campos de cereal. Muchos años atrás, cuando la gente aún trabajaba la tierra con sus propias manos, Motilla había disfrutado de cierta prosperidad. Había una escuela con veinte niños, una botica, una tienda de ultramarinos y un bar. En el sesenta y tres, Jonás el Licenciado trajo al pueblo el primer tractor. Lentejo, el hijo de la Seca, compró el segundo. Enseguida llegaron las cosechadoras, las empacadoras, las trilladoras y un solo hombre podía realizar el trabajo de diez en la mitad de tiempo. Pasados veinte años, los campos de cebada y trigo dejaron de parecer infinitos y Motilla del Camino se consumía. Ya no había bar, ni escuela, ni niños. No había tierra suficiente para dar trabajo a todo el mundo y muchos motillanos escapaban a la capital en busca de una nueva vida. No iba a ser una vida mejor, pero era la única a la que podían aspirar.

            Marcela acababa de cumplir los diecisiete y era la persona más joven del pueblo. Había tenido una infancia razonablemente sencilla y feliz: ayudar a su madre en la casa, acompañar a su padre en la siembra de invierno, los viajes en el autobús hasta la escuela de Herrerón del Camino y los juegos infantiles en el río o en la era donde su padre trillaba las mieses, acompañada de Fernán, el único chico del pueblo, apenas unos meses mayor que ella.

            Año y medio atrás, la infancia de Marcela había terminado bruscamente el día en que su madre amaneció muerta. “Se quedó anoche arreglando el tejado del granero”, le había dicho su padre, “perdió pie y cayó desde lo alto”. Toda su vida se tiñó de gris aquel día. Perdió el interés por la siembra, por la escuela y por los juegos. Su vida se apagaba cuando debía estar apenas comenzando. La idea de pasar sus días atada al campo, que en la niñez le había fascinado, se le aparecía en aquel momento como una carga insostenible, una maldición. Sentía que no quedaba nada para ella en aquel pueblo y tomó la decisión de marcharse para siempre.

            No le costó demasiado convencer a Fernán de que la acompañara. Era un buen chaval, que ayudaba a su padre en el único negocio que quedaba abierto en el pueblo, la botica. Soñaba con ganarse la vida dibujando cómics de superhéroes y pensaba que en la capital sabrían reconocer su talento. Nunca ocurriría tal cosa, porque Fernán era un dibujante mediocre, aunque su ilusión inagotable le impedía ver la realidad. También había estado enamorado de Marcela más tiempo del que podía recordar.

            Ella lo sabía, desde luego. Una mujer, por joven que sea, sabe esas cosas. Y aunque no sentía por él más que un sincero cariño fruto del paso del tiempo, nunca se lo dijo abiertamente. El amor de Ferrán aumentó con los años, alimentado por una  esperanza vana y cuando Marcela le propuso fugarse juntos, él no lo dudó ni un instante.

            Marcela salió de la casa sin despedirse. En el salón se escuchaban los irregulares ronquidos de su padre. En la tele, Señor marcaba el último gol a Malta y el comentarista enloquecía de euforia, pero su padre no despertó. Marcela llegó al manantial del huerto del cura, en las afueras del pueblo, donde había quedado con Fernán y su tío, el Cigüeño. El Cigüeño era la única persona que conocía las intenciones de la pareja y les iba a acercar a la estación de autobuses de Herrerón del Camino, donde tomarían el interurbano que les llevaría a la capital.

            Ya era noche cerrada y comenzaba a refrescar. Marcela se abrazó a sí misma dentro del jersey de lana y consultó su reloj. Ferrán y su tío ya deberían estar allí. Tenían el tiempo justo para llegar al autobús, porque Fernán estaba solo encargándose de la botica y había insistido en cumplir con el horario de cierre. Marcela había consentido, a pesar de lo absurdo que le parecía tomarse esas molestias por un lugar al que no habían de volver. Marcela tiritaba por el frío y los nervios, y consultaba la hora de nuevo cuando escuchó el motor del R5 del Cigüeño. Las luces le deslumbraron un instante y cuando abrió los ojos, el pequeño coche ya se había detenido junto a ella. Ferrán asomó la cabeza por la ventanilla del copiloto.

–Sube –le apremió–. Perdona por hacerte esperar, pero hemos visto una rueda pinchada y nos ha costado un huevo cambiarla.

–¿Llegaremos a tiempo? –preguntó Marcela.

–Este viaje lo hago yo en quince minutos –dijo el Cigüeño, y sonrió a medias, con arrogancia–. Los críos de ahora no tenéis ni puta idea.

            Marcela optó por callarse. El Cigüeño siempre le había parecido un gilipollas. Dos meses antes le había pillado bailando con una divorciada en las fiestas de la Virgen del Camino, en Herrerón . “Si nos llevas a la estación de autobuses cuando yo te diga, no se lo cuento a la Negra”,  le había dicho Marcela. La Negra era la novia del Cigüeño y tenía un genio terrible, así que a este no le quedó otra más que agachar la cabeza y aceptar el trato.

–Ni puta idea –repitió el Cigüeño–. Si yo me marchara a la capital, me haría el amo del cotarro.

–¿Y por qué no lo haces? –preguntó Marcela.

–La Negra no quiere. Pero después de la siembra lo mismo la mando a paseo y me largo. –El Cigüeño tamborileó con los dedos en el volante. Sabía perfectamente que eso nunca ocurriría. Sabía que le esperaba una larga vida en Motilla, junto a la Negra–. Después de la siembra, ya te digo. Pero vosotros qué vais a saber. Sois unos pipiolos. Tenéis que andar con ojo en la capital, porque aquello es la jungla, ¿entendéis?

            El Cigüeño calló, como si meditara sobre algo importante y aceleró bruscamente, concentrando sus sentidos en la carretera y en impresionar a los dos chavales. Veinte minutos más tarde llegaron a la estación de autobuses de Herrerón del Camino.

–Ya os dije que lo hacía en quince minutos –dijo el Cigüeño–. Llamad a casa cuando lleguéis, ¿eh? Que al menos sepan que estáis bien. Y ni se os ocurra decir que yo os he traído.

            Marcela y Fernán apenas le escucharon. Salieron del coche a toda velocidad y se dirigieron a la ventanilla de información. El autobús debía estar a punto de salir, si es que no lo había hecho ya.

–¿Cuál es el andén del 6?–jadeó Marcela.

–Lo siento, guapa. El 6 está averiado y no saldrá hasta mañana.

            Fernán miró a Marcela y suspiró.

–¿Y qué hacemos ahora?

–No podemos hacer nada. Pasaremos aquí la noche y nos iremos mañana.

            Un carrraspeo a sus espaldas les sobresaltó. Un hombre trajeado, con una panza enorme y redonda y unos ojillos vivaces les miraba y se rascaba la nariz, como si no se decidiera a hablar.

–¿Quiere algo? –dijo Marcela.

–Sí… Disculpad, chicos. –El hombre se subió los pantalones hasta el ombligo y sonrió a modo de disculpa–. Es que no he podido evitar escucharos… El caso es que mi señora y yo salíamos para la capital en otro autobús dentro de una hora, pero a mi suegra le ha dado un cólico y tenemos que quedarnos aquí.

            Fernán y Marcela se miraron desconcertados, sin entender a qué venía aquello.

–Tengo mi billete aquí –dijo el hombre y se lo tendió a Marcela–. Si queréis, puedo ir a por el de mi mujer, que está fuera, en el taxi y os dejo los dos un poquito más baratos. Vosotros podréis salir esta noche y yo no perderé todo el dinero de los billetes.

–Eso sería estupendo –dijo Fernán, pero entonces el hombre pareció dudar y guardó de nuevo su billete.

–Ah… chicos –rezongó–. No es que no me fie de vosotros, pero, ¿os importaría pagarme ahora este billete? Yo volveré enseguida con el de mi mujer.

            Marcela y Fernán accedieron y se quedaron esperando a que el hombre volviera. Pasados unos minutos, Marcela echó un vistazo distraído al billete que acababan de comprar y soltó una maldición.

–¿Qué pasa? –dijo Fernán.

–Este billete está usado –dijo Marcela entre dientes.

–¿Cómo?

–¡Que ya está usado! El autobús que indica aquí llegó hace quince minutos y ni siquiera va a la capital.

–No entiendo lo que…

–Fernán, ese gordo cabrón nos ha timado.

            Por un instante, los dos se quedaron callados.

–¡Joder! –Fernán pateó con rabia una papelera–. Joder, joder. Somos idiotas. Mi tío tenía razón, somos unos pipiolos–. Apoyó la espalda contra la pared y se deslizó hasta quedar sentado en el suelo–. ¿Y si volvemos al pueblo? –dijo con la cabeza entre las manos–. Puede que todo esto haya sido un error.

–No –dijo Marcela, cortante–. No podemos volver.

–¿Por qué no? Parece que Dios no quiere que nos vayamos, piénsalo. El pinchazo, el autobús averiado, ahora esto…

–Dios no tiene nada que ver –Marcela se agachó y le sujetó la cabeza suavemente–. Confía en mí, no podemos volver.

–¿Pero por qué no? ¿Qué ocurre?

–Te lo contaré en otro momento –dijo Marcela–. Todo irá bien, te lo prometo. –Marcela miró a Fernán a los ojos y le mintió–. Podemos estar juntos para siempre, lejos de aquí. Podrás dedicarte a tus dibujos y yo me las apañaré bien, ya lo verás.

            Fernán sonrió débilmente. Había soñado muchas veces con escuchar aquellas palabras.

–¿Lo crees de verdad?

–Claro que sí. Mañana subiremos a ese autobús y empezaremos una vida nueva. Una vida mejor.

            Fernán, con los ojos brillantes, no consiguió decir nada. Abrazó a Marcela y quiso creerla.

            A la mañana siguiente, el autobús les llevó a la capital. Marcela no dijo una sola palabra en todo el viaje. Recordaba el día en que murió su madre, año y medio atrás. Después de cenar, había subido a su habitación y lo vio todo desde allí. Vio como su madre colocaba la escalera para subir al tejado del granero, justo cuando llegaba el coche de su padre. Aparcó con brusquedad, como siempre que venía de tomar unas copas en Herrerón. Vio la escalera y a su madre en lo alto. “Baja”, le dijo, “tengo ganas de hacer cosas”. Su madre contestó algo que Marcela no pudo escuchar. “Que bajes, te digo”, insistió su padre y movió la escalera. “Baja de una puta vez”, y movió la escalera, más fuerte. Marcela escuchó un grito breve y vio a su madre caer y estrellarse contra el suelo.

            Los días siguientes fueron para el entierro, los pésames y el luto. Tiempo después, Marcela comenzó a visitar la botica de Fernán para conseguir somníferos. Pero no tomaba ninguno, solo los guardaba en el cajón de la mesita de noche. Un día, a la hora de cenar, con los billetes del interurbano 6 guardados en el bolso, preparó la jarra de vino para su padre, como hacía siempre. Se tomó su tiempo para que las pastillas quedaran bien disueltas y se la sirvió. Su padre cayó dormido, y antes de que acabara el España-Malta, respiró por última vez.

           El viaje a la capital solo era la primera escala. Marcela tenía pensado alejarse más aún, todo cuanto fuera posible. Miró a Fernán. Más adelante se lo contaría todo. Él la amaba, y lo entendería.

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2 comentarios en “Proyecto Remolacha: Escaleta 5

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