Proyecto Remolacha: Escaleta 10

Miel y un poco de azúcar es la píldora que os daaaan. Se nota que se me han acabado los comienzos originales, ¿verdad? Hoy se nos enfrentan @WishToTheMoon, @LAlighierina y @Laura27_.

Esta inquietante escaleta es propiedad de @LleuadMoon: Escaleta (10)

Relato 1 (WishToTheMoon): Sal en el alma

El sol es espléndido. Puedes sentir el calor de sus rayos en tu oscuro cabello, en tus antebrazos, que las mangas remangadas de tu camisa dejan al descubierto, en tus fuertes piernas…en todas partes. Pero, por muy intenso que sea, no parece ser capaz de llegar más allá de tu piel. El intenso olor a flores conmueve tu nariz; rosas, jazmines, tulipanes, azahar… Cientos de colores vivos inundan un prado tan verde como la más viva aurora boreal haciendo que tus pupilas, sin poder evitarlo, se dilaten buscando más y más detalles de aquella bellísima escena. Puede incluso oírse un murmullo… ¿Cigarras? Imposible.

Semejante estampa idílica sería capaz de quitarte el aliento de no ser por lo que sabes sobre él. Las flores no tienen sentido, la hierba no tiene sentido, si siquiera el cielo parece encajar. Todo está fuera de lugar, forzado, como el paisaje utópico de una pintura del Paraíso. Tus negros ojos expertos escrutan la alfombra multicolor. Ninguna de las bellísimas damas vegetales que allí crecen debería haberse conocido jamás. Tu mirada asciende hacia la bóveda celeste. El perfecto círculo de cielo claro, despejado, que se describe sobre el lugar no puede pasar desapercibido a nadie; a su alrededor todo son nubes negras como la muerte.

A unos metros, un cuerpo sin vida describe una posición extraña. A su alrededor, tierra seca, yerma. Vuelves a mirarla por última vez. Su rostro ovalado recuerda a la belleza de la juventud, su cuello de cisne casi puede cegarte bajo la luz del astro rey, sus pechos, cuya forma se sugiere bajo su vestido largo, azulado y vaporoso, son redondos y generosos, sus largas piernas se asemejan a las de la eternamente bella Afrodita. Es atractiva, joven… No, joven no. Tú lo sabes y por eso ella yace muerta. Junto a sus ojos cerrados, profundas patas de gallo se describen como dos abanicos a ambos lados de su rostro, manchas debidas a largos años de experiencia terrenal cubren su piel blanca y a lo largo de sus brazos y piernas pueden distinguirse cicatrices viejas que parecen haber sido sanadas de mala manera. La mujer, dualidad de juventud y ancianidad, es tu víctima. No necesitaste armas, ni protecciones, te bastó con tus conocimientos…y tu poder.

Conoces a esa mujer, famosa hechicera buscada por cientos de años, una bruja que robaba los años a las niñas y los vestía como una máscara que ahora, poco a poco, se marchita como la hierba y las flores alrededor de su persona. La conoces, sí, pero no guardas ningún tipo de resentimiento a su persona. Tu trabajo era matarla, y has cumplido con tu cometido.

Con una impasividad que incluso un bloque de hielo envidiaría, observas su expresión desencajada en un rictus de terror. Su boca abierta aún guardaba la sombra de un grito de agonía y sus ojos permanecerían fuertemente herméticos por el resto de la eternidad. Ella había sido un monstruo, una araña que atraía a las muchachas a su pegajosa y tentadora tela de flores, luz y calor para devorar su juventud, pero al parecer las pesadillas también tienen las suyas propias.

Indiferente al aura de tierra seca que parece extenderse alrededor del cadáver y del sol, que de nuevo comienza a nublarse, te giras y vuelves sobre tus pasos, guiado por el sonido de las máquinas de la metrópolis que se ha convertido en tu hogar. Ni siquiera te permites pararte a pensar en lo oscuro y triste del futuro que vive la Tierra, ni en tu particular trabajo de “oficinista” que te obliga a matar seres que, como aquel cuya vida acabas de segar, amenazan el precario equilibrio de la estabilidad socioeconómica mundial. Simplemente caminarás hasta llegar al hormiguero de seres humanos -si es que aún pueden seguir llamándose como tal- en el que vives, darás parte al contratante que te ha encomiado tal tarea del éxito de la misma, comerás y beberás sin apreciar olores ni sabores y terminarás tu día de pesadilla, otro más, teniendo sueños intranquilos en los que tu conciencia te torturará por tener el poder de cambiar el mundo y no intentarlo. Ni siquiera el olor de las rosas, los jazmines, los tulipanes y el azahar podrán despertarte de tu letargo de conformidad nihilista. Ni siquiera las últimas palabras de la mujer que yacía muerta por tus manos te harán cambiar ni un ápice.

“Has matado tu alma, quizá me matarás a mí, pero la Tierra revivirá para acabar con la mayor plaga de la historia. Ellos.”

Había dicho “ellos”. Quizá no eres un oficinista, pero quizá jamás serás, ni siquiera, humano.

Relato 2 (LAlighierina): Metamorfosis

El olor a lirios en esta época del año resulta antinatural. Podridos por dentro, congelados por fuera.

El prado es precioso, perfecto en todos los sentidos, salvo por la sensación de que algo sobra, los lirios. Los lirios y tú. Otra flor podrida en un claro de tierra yerma. Con tu pelo blanco y tu piel pálida, llena de cicatrices hinchadas como capullos de mariposa, destacas entre los colores vivos de los geranios, las petunias y las margaritas, que se acercan, sin tocarte. Nada crece alrededor.

Una flor que parece estar de más. Estás de más.

Al fondo un ruido como de abejas molesta mientras te miro. Es la ciudad, que no desaparece ni allí donde solo deberíamos quedar tú y yo.

Llevas el mismo vestido azul que cuando nos conocimos, ahora arrugado y lleno de barro. ¿Recuerdas aquel día? Yo salía de la oficina e iba tan cansado de esas abejas de ciudad que ni me fijé en ti. Chocamos. Casi parecía cosa del destino. Después un café. Esas cosas que solo pasan en las películas. Después tu número. Visitas a museos y muchas tardes perdidas en perdernos por la ciudad. Tu voz en el altavoz de mi cocina mientras preparaba la cena. Tú cogiéndome la mano en el cine, en esa película a la que ninguno prestó atención y que acabó, quizás, demasiado pronto.

Y hoy, el prado. Has llegado con tu vestido azul, una bolsa de picnic y una sonrisa en los labios. Solo entonces he sabido que no eras una abeja más de esta ciudad. Demasiado tarde.

Veneno en el café. Veneno en la bebida. Veneno en el picnic.

Ahora estás ahí en medio, rodeada de todas esas flores tan vivas como muertas. Una cáscara de huevo vacía.

Pero un trabajo es un trabajo.

Solo tengo que recoger un poco de tu pelo y un par de muestras de sangre para ellos y todo habrá acabado. Seguiré mi vida en ese enjambre, con el bolsillo un poco más lleno y la sonrisa un poco más vacía. El trabajo será igual de aburrido. La ciudad igual de ruidosa. Aparecerá el hombre trajeado y serás problema de otro.

Cuando llegue la primavera y vea las mariposas me acordaré de ti y de tu vestido azul.

Aunque para entonces seré yo el que ha cambiado.

Relato 3 (Laura27_): El puzle de su vida

Respiras profundamente ese aire puro al que poco estás acostumbrado. Cierras los ojos y sientes cómo la brisa acaricia tu rostro y tus manos. La mezcla de olores conforman el mejor de los perfumes y la paz de la naturaleza te acoge en su tierno lecho. El molesto ruido del teclado de la oficina es sustituido por melodías cantadas por petirrojos que baten sus alas rojizas por todo aquel prado inmenso. Allí te sientes libre. Notas que estás más vivo que nunca. Quizás has encontrado por fin el lugar al que pertenecer, y por unos segundos crees que puedes ser feliz.

Los pitidos de los coches te sacan bruscamente de tus pensamientos. La autovía está demasiado cerca de aquel bello entorno y maldices a todos aquellos que perturban tu paz. Te concentras de nuevo en el motivo por el que estás allí. No eres tú la única figura humana que se encuentra en ese prado plagado de flores de color rosa y violeta. Delante de ti, justo en el centro, donde la vegetación se reduce a hierba, está ella tumbada como si se tratara de una princesa de cuento. Su cabello blanco destaca entre tantos colores vivos. Allí donde las flores no florecen colocaste su cuerpo, pues te pareció poético que la vida humana acabara donde también lo hacían las flores.

Te acercas a ella, pero manteniendo cierta distancia. El cuerpo es el de una chica joven, pero aún te sorprenden sus arrugas y esas heridas tan mal cuidadas. Años llenos de alcohol, tabaco, violencia e insomnio le habían robado cada matiz de juventud, y la vejez parecía estar ganando, mucho antes de tiempo, la batalla. Por dentro, aún estaba más destrozada, pero reconocías que su fortaleza a veces era titánica y esa guerra sí estaba dispuesta a ganarla.

Te colocas junto a su cuerpo y te tumbas a su lado. Aún huele a su perfume. La tocas con un dedo y sientes la gelidez de su piel. Recorres su cuerpo de arriba abajo y te detienes al entrelazar tu mano en su pelo blanquecino. Siempre te encantó su cabello, era la parte que más te gustaba de ella. No te importaba que fuera teñido pues parecía natural. Tocas sus mechones con delicadeza. Los enrollas en tus dedos, los levantas y los dejas caer. Te encanta jugar con su pelo. Sientes un hormigueo. Es felicidad. Allí a su lado, mientras te entretienes con su cabello blanco, entras en un profundo sueño que te hace revivir vuestra historia desde el día en que la conociste.

***

Una fría mañana de invierno sales de la oficina para ultimar el papeleo de uno de tus clientes. Odias tu trabajo, pero no encontraste nada mejor. Te hiciste contable porque estaban muy demandados, era trabajo seguro. Sin embargo, no es esa tu vocación. De hecho, ni siquiera lo sabes todavía. Perdido en tus pensamientos sobre cómo desprecias tu trabajo, chocas con una joven que resbala con el suelo mojado y cae.

–Lo siento, perdona. Ha sido culpa mía. ¿Estás bien? –le preguntas mientras la ayudas a levantarse.

–Sí, no te preocupes. Soy bastante patosa –te contesta mientras sacude su falda.

–Vaya, te has mojado… Déjame invitarte a un café para que entres en calor –le pides con timidez pues nunca has sido un experto en relaciones sociales.

–De acuerdo. Me vendrá bien. Gracias.

Vais juntos a la cafetería que está a dos manzanas de tu trabajo. Es tu favorita. Ella toma la iniciativa y es la que habla casi todo el tiempo. Te pregunta en qué trabajas y si eres feliz con ese empleo. Le respondes que sueñas con el día en el que dejarlo, lo que ella toma como un grado de confianza y comienza a contarte cosas sobre su vida: que tiene un gato, que vive con sus padres, que quiere volver a la universidad… Te abstraes de aquella charla insípida cuando una pregunta inesperada te bloquea.

–¿Me das tu número? –te pregunta con una sonrisa.

–No nos conocemos apenas.

–Pero me caes bien. Y no es que tenga muchos amigos. Podríamos hablar de vez en cuando.

–Está bien –aceptas con la intención de bloquear su número cuando te llame por primera vez.

Esa misma noche, suena tu teléfono. Dejas que pasen dos toques, pero al tercero lo coges. Sabes que no debes hablar con ella, pero algo te empuja a conocerla más. Y esa llamada nocturna comienza a repetirse todos los días. Una noche te cuenta anécdotas divertidas, otra te habla sobre su infancia, otro día te explica por qué tiene miedo a los perros y por eso tiene un gato… Tú apenas hablas, sólo escuchas. Te vas acostumbrando a saber sobre ella. Te gusta ir construyendo un puzle sobre su persona. Y para ti se convierte en un juego en el que debes adivinar cuál será la siguiente pieza.

Las conversaciones por teléfono se transforman en quedadas habituales en la misma cafetería de la primera vez. Y es allí donde te cuenta su pasado más oscuro. Su anterior pareja la maltrataba, la había consumido físicamente. Él entró en la cárcel y ella, para olvidar, se aficionó demasiado al alcohol, al tabaco, a las pastillas… Su vejez prematura delataba ese sufrimiento aún enquistado, pero su juventud seguía en algún rincón de su alma, y eso la empujaba a salir adelante y a tomar la decisión de volver a la universidad y continuar la carrera de bellas artes.

–¿Por qué teñiste tu pelo de blanco? No es un color habitual entre las chicas de tu edad –te atreviste a preguntarle un día.

–He visto tanto el lado oscuro y podrido de la vida, que necesitaba sentir que había algo puro dentro de mí, que todavía había esperanza para mí. El blanco es el color relacionado con la pureza, así que cada vez que me miro al espejo no veo mis cicatrices, sino que me concentro en el blanco y en que es posible una redención –te explicó emocionada.

–Me gusta ese significado. Y el color es precioso –le respondiste mientras mirabas con obsesión su cabello.

Una tarde de sábado te llama. Esta vez no quiere ir a la cafetería como siempre. Su plan es ir al cine a ver un drama romántico de esos que detestas. Al principio te niegas, pero luego te convence la idea, ya que si se enfada puede suponer un problema. Compráis palomitas y refrescos, pero ni eso logra que la película te entretenga. Te parece lo peor que se ha hecho en la historia del cine, pero en cambio ella llora. La luz de la pantalla gigante hace que sus lágrimas brillen. Es la primera vez que la ves llorando. Está realmente conmovida. Al verla así, tu estómago te da punzadas y te duele. Crees que por primera vez comienzas a sentir compasión por alguien, aunque más tarde te das cuenta que son las palomitas que te han sentado mal. Vas al baño y vomitas. Unos minutos después, el dolor desaparece. No hay rastro de pena.

Esa noche vuelves a casa con información inesperada. La película ha removido sentimientos pasados, y ella te cuenta todas sus historias románticas: su primera cita, su primer beso, los regalos de San Valentín… Esos datos son como oro para ti. Se va acercando el momento clave y te sientes emocionado. El puzle está casi finalizado. Sólo queda un detalle, el mejor de todos.

La primavera ha llegado. Es época de salir y pasear, y contemplar cómo la naturaleza despierta más bella que nunca. Ella está feliz con tu invitación a un picnic en un precioso prado. Ha preparado una cesta llena de sándwiches y fruta, y lleva el típico mantel de cuadros blancos y rojos. Os sentáis en una zona donde sólo hay hierba. Estáis solos, no hay nadie más allí. Ella saca las cosas de la cesta mientras la miras sin apartar ni un segundo tu mirada. Coméis y bebéis en armonía. Todo parece ir bien.

De repente, ella se acerca. Se pega a ti y coge tu mano que está apoyada en el mantel. Os miráis a los ojos y entonces la besas. Ella levanta las manos y las lleva hacia tu cabeza y tú sacas el puñal del tobillo y se lo clavas en la espalda. Uno. Deja de besarte. Dos. Grita horrorizada intentando escabullirse de tu abrazo. Tres. Te golpea como puede. Cuatro. Ya no tiene fuerzas. Sacas el puñal de su espalda y la dejas caer. Pronto se desangrará y todo habrá terminado. La dejas en la hierba y esperas. Limpias el puñal con el mantel, y lo guardas de nuevo. Unos minutos después, ella ya no respira. La coges en brazos y la tumbas en horizontal. Sus manos, aún calientes, las colocas sobre su pecho y entrelazas sus dedos.

***

Te despiertas despacio y compruebas que ella sigue ahí. Tus dedos aún están entre sus cabellos. La sangre está bañando su pelo de rojo y entonces te das cuenta de que es momento de obtener la última pieza. Arrancas un pelo de su cabello, el más blanco y largo de todos, y lo guardas en una bolsa que hay en la cesta. No quieres que se pierda, pues es la pieza final. Es el premio por resolver con éxito el puzle, aunque ni siquiera eso estaba en el contrato. Lo has hecho por amor al que ahora es tu oficio. La sangre llama tu atención. Su intenso rojo da más color al prado. Tocas el cuello de la joven con un dedo, y éste se llena de sangre. Introduces el dedo en tu boca y chupas toda la sangre que hay en él. Algo se despierta en ti.

Un hombre trajeado llega y te suelta un sobre bastante abultado. En él está el pago por el asesinato. Cuentas el dinero y compruebas que es más de lo que ganarías en un año como contable. El hombre está satisfecho con tu trabajo y te pide que te vayas, él se encarga de deshacerse de todo. Te vas sin decirle nada, la verdad es que nunca te interesó por qué querían matarla. Te lo pidieron y lo hiciste. Sin más. Ahora sólo piensas en volver a casa, aunque hay una duda que te embarga. ¿A qué sabrá la sangre de aquel hombre?

Te paras y piensas. Tendrás que buscar la forma de que ese hombre te deje ayudarle. Acabar con las pruebas te permitirá conocerle y crear un vínculo. Debes saber qué cosas le interesan y alabar su trabajo. Tienes que conseguir que quiera tu compañía. Volveréis a quedar y poco a poco lograrás que confíe en ti, que te cuente todo lo respectivo a su vida, a lo que piensa y siente. Cuando ya lo sepas todo, cuando ya hayas obtenido todas las piezas, lo llevarás a este mismo prado y lo matarás. Y entonces tu pregunta será contestada. Finalmente, llegarás a casa y junto a la pared de ella, en donde recogiste toda su existencia, el puzle de su vida, colocarás el de él. Datos, fotos, objetos… Todo ello da forma a los puzles vitales de cada una de tus víctimas, que permanecerán en tu casa decorando esas paredes que tantos años estuvieron vacías. Ahora ya sabes que tu vocación es resolver rompecabezas humanos. Se ha despertado en ti lo que siempre habías buscado. Sonríes con maldad y te giras.

–Si quieres puedo ayudarte –le dices al hombre trajeado.

–No hace falta. Vete –te contesta con brusquedad.

–¿Estás seguro? Conozco este prado como la palma de mi mano. Sin mí te vas a perder y no creo que puedas con ella tú solo –le dices con mucha seguridad.

–Bueno… Está bien. Pero no se lo digas a nadie.

–Eso está hecho, amigo –le dices sonriendo y guiñando un ojo mientras en tu mente el hombre se divide en piezas que tendrás que conseguir unir.

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