Proyecto Remolacha: Escaleta 7

Esto va llegando a su fin. Vamos con la antepenúltima escaleta, interpretada por @Paula_Treides, @SrtaTaronja y @BrujadelTeatro.

Ha sido escrita por @ResistenciaLect: Escaleta (7)

Relato 1 (Paula_Treides):

Llevaba demasiado tiempo tumbado en aquella camilla sin moverse y notó los primeros efectos del sedante: comenzó a percibir distorsionadas las conversaciones del personal de la sala, eso le hizo gracia. El ajetreo de los técnicos que se afanaban en colocarle todo tipo de dispositivos por su cuerpo no le molestaba, pero aquella luz blanca que emitía uno de los focos le incidía en el rostro y le irritaba la retina. Como si de un tic nervioso se tratara, abría y cerraba los ojos con rapidez al tiempo que ladeaba la cabeza.

«Vamos, Joel, todo saldrá bien.» Este fue su último pensamiento antes de recibir la pequeña dosis de transinalasa, el estimulador de la acetilcolina en fase de pruebas, que le llevaría a sumergirse en sus recuerdos más profundos. Junto a él, la doctora Mónica Ross se acomodaba en la butaca que tenía habilita para esta fase del experimento. Ella sería su guía y su guarda y esta vez le acompañaría durante el viaje.

Joel cerró los ojos.

—EEG en cuatro y subiendo —comentó unos de los ayudantes que permanecía junto a los monitores.

—Cuando alcance los seis hercios administre al paciente el acelerador del sueño.

—De acuerdo, doctora Ross.

—Doctora Chopra, revise los sensores EOG y coloque el casco al paciente —ordenó de nuevo.

—Electrooculograma preparado, doctora. Recibiendo datos.

—Descenso del ritmo cardíaco. No aparecen espigas de sueño ni complejos K, procedo a inyectar los nanotransmisores.

—Todo va bien —añadió la doctora Ross—. Ahora me toca a mí. Doctora Chopra, proceda.

La doctora se acercó a ella y le administró un sedante con un estimulador glutamatérgico sintetizado para la ocasión antes de colocarle el dispositivo gemelo que la interconectaría con Joel. La inmersión fue casi instantánea.

Silencio y oscuridad.

—¿Dónde estamos, Joel? No consigo ver nada.

—No-lo-sé… —respondió confuso.

La luz de la luna llena comenzó a dibujar un paisaje y unos enormes abetos parecían custodiar una calzada que aparentaba no tener fin: sobre la línea continua, la pareja esperaba.

—¿Por qué estamos aquí? —preguntó mientras posaba su mano sobre el hombro del joven.

—Recuerdo esta carretera, por aquí pasaba a diario desde casa para ir a la escuela. —Hizo una pausa—. Mi madre me llevaba a diario, puede que aquí comenzara todo.

—Avancemos un poco. —La doctora extendió el brazo izquierdo con la mano en posición vertical y comenzó a inclinarla poco a poco hacia adelante y el entorno cobró vida: las nubes, antes estáticas, despertaron de su letargo y se movían por todo el firmamento, una suave brisa de aire agitó el cabello moreno de la doctora y el muchacho sintió como la piel se le erizaba: tenía frío.

Un vehículo se aproximó a gran velocidad deslumbrándolos con sus faros y la doctora Ross cerró el puño: todo se detuvo.

—Es el coche de mi madre, lo recuerdo, fue el regalo que le hizo mi padre cuando nos mudamos, así podría jubilar el viejo.

—¿Hacia dónde se dirige?

—A casa… creo.

—Ven, vamos a mirar —dijo la doctora mientras cogía de la mano al joven.

Se acercaron al vehículo y observaron a través de las ventanillas. Joel dirigió su mirada al niño que estaba sentado en la parte de atrás, inmóvil, con la boca abierta: parecía reír.

—Soy yo, más joven, pero soy yo. —Sus ojos enrojecieron y soltó una solitaria lágrima cuando giró la cabeza—. Esa es mi madre, había olvidado su rostro, es… era preciosa. Me gustaba jugar con su pelo, enredaba en mi dedo sus rizos pelirrojos.

—Entremos —dijo la doctora.

Solo fue una fracción de segundo, pero allí estaban: él detrás, junto a su yo pasado, y la doctora en el asiento del copiloto, mirándolo. Joel acercó su mano a la cara de aquel niño que fue sin poder acariciar la imagen: su mano la traspasó y sus facciones mostraron la frustración del momento.

—Recuerda, todo esto es una recreación de tus recuerdos, no es real: podrás percibir olores, colores y rememorar todo tipo sensaciones que tienes almacenadas, pero no llegarás a interactuar.

—Lo sé, pero no lo he podido evitar.

—Continuemos. —Mónica volvió a mover su mano y el vehículo continuó su marcha.

—¿Cómo estás, Joel? —preguntó la madre sin apartar la vista de la carretera.

Joel abrió la boca, pero una voz infantil lo interrumpió.

—Bien, mami, muy contento —respondió aquel Joel niño mientras agitaba un enorme trofeo.

—Ahora lo recuerdo —sollozaba Joel—. Volvíamos a casa, lo sé. Gané el torneo de ajedrez de la escuela y…

—¡Cuidado, Joel! —gritó la madre.

—Lo siento, mami, fue sin querer —se disculpó tras golpear por accidente a su madre en la cabeza.

—Lo sé, pequeño. Venga, que ya queda poco.

El cielo se oscureció y comenzó a llover. La carretera serpenteaba junto a un río y un camión comenzó a adelantarlos. El chiquillo seguía jugando, con el trofeo en alto, moviéndolo de un lado a otro, y la madre se giró para arrebatarle aquel objeto que cada vez la ponía más nerviosa.

—¡No hagas eso, madre! —gritó Joel—, ¡no lo hagas!

El entorno de la simulación comenzó a cambiar. Se sucedían los escenarios: el colegio, su casa, la playa, los recuerdos iban y venían. Cristales rotos, agua, burbujas, una mano que… Mónica dio una palmada.

Volvió la oscuridad.

—¡Quitadme esto! —grito.

La doctora Chopra le retiró el dispositivo y los sensores, y Mónica se frotó los ojos, apenas veía, pero se levanto y apoyándose a la vez en la butaca y en la camilla se colocó junto a Joel.

—¿Qué ha ocurrido? —preguntó.

—Ahora está calmado, pero se le disparo el ritmo cardíaco, convulsionó y lo hemos sacamos del sueño inducido a su orden. Los grafoelementos se sucedían rápidamente, no sabíamos interpretar qué estaba ocurriendo, y…

Joel abrió los ojos, se incorporó y comenzó a gritar. Se deshizo del casco lanzándolo contra la pared y sus manos se aferraron a su cabeza.

—¡Sedenló! —ordenó Monica.

Se arrancó los sensores de su cuerpo y vomitó mientras le inyectaban los sedantes. La doctora Ross le sujetaba la cabeza mientras sus ayudantes lo ataban a la camilla. Poco a poco se estabilizó y se durmió.

Habían pasado un par de horas desde que terminó la prueba y Mónica esperaba impaciente en su despacho. Observaba los registros de la prueba, visionaba la grabación, pero no encontró nada anómalo, algo se le escapaba. Su teléfono vibró.

«Ha despertado». Leyó en un mensaje de un miembro de su equipo.

Corrió a la habitación donde descasaba el joven. No pidió permiso, abrió la puerta y se sentó junto a él.

—¿Como estás, Joel? -preguntó y cogió su mano.

—Mejor, siento hacer perdido el control.

—No te preocupes, es algo normal. Dime, ¿qué ha ocurrido? He revisado las pruebas y no veo nada anormal, no puedo explicar qué ha pasado.

—Lo he recordado, sé que nos ocurrió —confesó y comenzó a llorar—. Mi madre trató que arrebatarme el trofeo, perdió el control del coche y golpeó al camión. Caímos al río, fue espantoso. Me dijeron que el conductor del camión pudo sacarme a tiempo, pero no a mi madre… ella…

—Tranquilo, tranquilo. —Apretó con fuerza la mano de Joel—. Eras un niño, no cargues con esa culpa, no te corresponde.

—Quiero volver, doctora, necesito verla de nuevo, despedirme y, aunque no pueda abrazarla, deseo…

Mónica envolvió con sus brazos al joven que lloraba en un intentó de consolarlo

—Ya veremos, Joel, ya veremos. Tendremos que evaluarte primero, ya hablaremos.

—Gracias, doctor.

—Por ahora te dejo la encuesta de rigor, tómate el tiempo que quieras, no hay prisa.

Los días pasaron y los recuerdos iban y venían en la mente de Joel. Imaginaba a su madre y lloraba, seguía culpándose del accidente. Volvió a tomar antidepresivos y somníferos. Una mañana, al despertar, vio a Mónica junto a la puerta.

—Mañana es el día, descansa.

—¿Está dormido?

—Sí, doctora.

—Esta vez doblaremos la dosis de transimalasa…

—¡Cómo! —exclamó la doctora Chopra—. Podría provocarle un efecto tóxico a nivel celular… el sistema coligérnico se verá afectado… incluso puede producirle un déficit…

—Tranquila, volveré a entrar con él. A mí también me administrarás un pequeña cantidad del compuesto y trataré de contrarrestar su acción manejando los recuerdos.

—Doctora, es muy peligroso, nunca se ha hecho algo así, no conocemos cómo afectará a sus estructuras límbicas, incluso, usted podrá verse afectada.

—No tema, doctora Chopra, todo saldrá bien. Necesitamos ir más allá, conocer por qué el trauma le provocó esta amnesia episódica anterógrada. Confíe en mí —afirmó con seguridad—. Procedamos —dijo mientras tomaba asiento.

Sus ayudantes terminaron de conectar todos los sensores y comprobaron las lecturas.

—EGG en cinco, sube a buen ritmo. Preparando dosis.

—Ritmo cardíaco estable, entrando en fase tres.

—Monitorize también a la doctora —ordenó Chopra mientras preparaba la inyección.

—Está segura, doctora.

Mónica asintió y la doctora Chopra le clavó la aguja en el cuello.

Los técnicos le colocaron y ajustaron varios sensores y el casco: Mónica respiró hondo antes de quedarse dormida.

—Joel, ¿estás aquí?, ¿qué ocurre?

—¿Dónde está, doctora? Le escucho, pero no consigo ver nada.

—Intenta concentrarte en un recuerdo, piensa en algún momento concreto de tu vida y desde ahí, llevaré yo las riendas.

Una densa niebla los rodeaba y notaron calor. Mónica alzó extendió el brazo y su mano se topó con un espejo.

—¿Donde estoy? —preguntó.

—No lo sé —contestó Joel.

La niebla se disipaba y con la mano limpió el vaho del espejo que le devolvía el rostro de una mujer, pelirroja.

—¿Madre?

Relato 2 (SrtaTaronja):

El laboratorio no era nada parecido a la pequeña sala donde le habían hecho las pruebas de la primera fase, este parecía sacado de una película de ciencia-ficción. En el centro había una especie de sillón blanco como los que se encuentran en los dentistas, con la diferencia de que había un montón de cables que lo rodeaban. Vio que tenía unas correas y eso lo asustó. Unas pantallas a la izquierda mostraban constantes e información incomprensible para él. Lo que demostró que seguía en la vida real era la gente. Había una mujer y tres hombres. Uno era el enfermero que lo había llamado, quien parecía estar comiendo un caramelo y miraba el móvil. Probablemente su único trabajo era encargarse de hacer pasar a la gente. La mujer se le acercó y le tendió la mano.

-Buenos días. Soy la Dra. Ross. Soy la responsable de este estudio. ¿Ha rellenado el formulario? –le estrechó la mano y asintió. Se lo entregó. Ella no lo miró, lo pasó a uno de los hombres –Perfecto. Ramón revisará que todo está correcto y Mario le preparará para la prueba –señaló al tercer hombre -. Quítese la camiseta. Como ya habrá leído en el contrato, le colocaremos unos electrodos y un receptor para estimular los recuerdos, por más recónditos que sean. No se asuste –pareció hacer un amago de sonreír-, nosotros no veremos nada, sería imposible. Lo único que hacemos es ayudarle a recuperar la memoria –Mario le puso los electrodos y conectó las máquinas. Por último le colocó el receptor en la cabeza, rodeándole el cráneo -. Le voy a hacer una serie de preguntas.

Joel, a pesar de haber sido informado de que la primera fase de la prueba solo era para comprobar que fuese apto para la parte real, estaba sorprendido del despliegue de maquinaria que eso suponía. En la primera ocasión solo se había tumbado en una rudimentaria camilla, le habían hecho preguntas y después de haberle inyectado un líquido las habían repetido, demostrando que recordaba todos los detalles olvidados.

-Está usted en el proyecto porque tiene algunos recuerdos que querría recuperar, ¿es así? –empezó la Dra. Ross. Se había sentado en un taburete y cruzaba las piernas. Era alta y morena, de mediana edad, sus facciones eran muy marcadas y sus cejas, aunque cuidadosamente depiladas, eran muy pobladas.

-Sí, es así.

-¿Podría describir el recuerdo que desea recuperar?

-Se trata de… -sabía que tendría que contarlo, debía serenarse. Estaba muy nervioso y tuvo que carraspear para recuperar la voz –Se trata de la muerte de mi madre. Sé lo que pasó porque me lo han contado pero no soy capaz de recordarlo. Por lo visto, el shock de presenciarlo fue demasiado fuerte y anulé ese recuerdo –explicó lo más asépticamente que pudo.

-Ajá. ¿Qué le han contado?

-Por lo visto me llevaba al colegio un día de lluvia. Un camión iba más rápido de lo normal y no debió ver nuestro coche por la lluvia. Chocó contra nosotros. Yo era pequeño e iba en una sillita de estas de protección y me hice algunas heridas pero mi madre murió en la ambulancia de camino al hospital.

-¿Qué edad tenía?

-¿Quién?

-Usted –la doctora levantó la vista para lanzarle una mirada insultante.

-Ocho años.

-Ajá –repitió volviendo a bajar la mirada hacia la libreta que iba rellenando -. ¿Qué recuerdos tiene?

-Pues… Cada vez me cuesta más… Recuerdo que llovía muchísimo, había tormenta, con relámpagos, truenos y tal… Tenía algo de miedo. Y sueño. Era muy pronto y no quería ir al colegio. Mi madre entraba a trabajar temprano y me llevaba antes de la hora, había un salita donde otros niños con padre madrugadores desayunaban y esperaban la hora de inicio.

-El accidente, por favor –lo interrumpió sin delicadeza.

-Sí, perdón. Bueno pues tenía sueño. Mi madre me metió en la sillita. Recuerdo que la odiaba. La sillita, quiero decir. Ya era mayor para ella pero mi madre era algo sobreprotectora supongo. Creo que me dormí en el coche. Solo recuerdo que mi madre había encendido la radio y escuchaba las noticias, supongo que eso sumado al monótono ruido del motor y la lluvia fueron un somnífero mortal –se dio cuenta de lo desafortunada que era esa palabra -. Perdón. Después solo recuerdo muchas luces, gritos… No de mi madre, de los médicos. No recuerdo qué decían. Creo que me llevaban en una camilla a toda prisa mientras me hacían cosas. No sé si me desmayé o me anestesiaron. Recuerdo a mi padre llorando cuando me desperté en la habitación. Eso lo recuerdo con total nitidez, me dio mucho miedo. No sé cuándo me dijo que mi madre había muerto. Supongo que cuando empecé a preguntar por ella.

-Muy bien. ¿Se ha sometido a algún proceso de recuperación de los recuerdos alguna vez?

-Sí. Fui al psicólogo durante muchos años, mi padre me obligaba y cuando fui más mayor me sugirió una terapia de hipnosis. Dijo que recordar lo que pasó me ayudaría a superarlo.

-¿Resultó?

-No mucho. Antes de ir no recordaba absolutamente nada. Con la hipnosis recuperé algunos recuerdos, como lo del día lluvioso y que me dormí, lo del hospital… Nada más. Fui durante meses y le costé una fortuna a mi padre, así que lo dejé. Y entonces vi su anuncio.

-Sí, nuestro objetivo es ofrecer un método real y fiable de recuperación de los recuerdos. Y creo haberlo conseguido. Bien, vamos a empezar –anunció. Ya le habían puesto todos los electrodos y una especie de casco que cubría de la nuca a los ojos -. Le vamos a inyectar lo mismo que la última vez, pero con una dosis más alta. Le hará adormecerse y podrá recordar con total nitidez. Céntrese en ese recuerdo, por favor, será más fácil así. El método de acceso a su recuerdo es parecido a la hipnosis a la que asistió pero la recuperación es absolutamente científica y real.

Alguien, quizá Mario, le inyectó un líquido en el brazo derecho. En seguida empezó a sentirse relajado y algo ido.

-¿Cómo se encuentra? –respondió que bien –Perfecto. Por favor, céntrese en el recuerdo que antes me ha descrito. Es un día lluvioso y tiene que ir a la escuela. ¿Quién lo despierta?

Algo tan concreto que jamás había sabido, absolutamente irrelevante a su parecer y, sin embargo, lo recordaba.

-Mi padre. Ya se va a trabajar. Me levanta la persiana y me obliga a despertarme y levantarme. Me dice que tengo la ropa preparada sobre la silla –sentía que la voz le salía muy espesa -. Protesto y él insiste. Me da un beso en la frente y se va. Oigo la puerta de la entrada. Después entra mi madre, exclama que debería estar vestido ya, que tiene prisa, se está poniendo unos pendientes dorados. Qué guapa es. Castaña y de piel morena. Creo que me parezco a ella, pero su nariz es perfecta, no como la mía que es aguileña como la de mi padre –se dio cuenta de que estaba divagando -. Perdón.

-Está bien. Relájese y viva el recuerdo. No hace falta que lo describa, después le haré unas preguntas.

Se dejó llevar por esa droga de nombre impronunciable.

Su madre lo arrastra hasta la cocina y le hace beberse la leche con Cola Cao. Lo manda a lavarse los dientes y la cara y lo peina con los dedos y algo de brusquedad mientras lo riñe por levantarse tarde. Coge la mochila y la sigue al garaje, se está muy bien dentro del coche mientras fuera llueve. Durante unos minutos la lluvia lo mantiene sorprendido, es tan espesa que apenas puede ver los árboles que adornan su calle y los semáforos brillan con una luz mortecina. Finalmente, la monotonía del paisaje y el sonido lo adormece y sueña con un guerrero de tres metros y de color rojo que lucha contra una especie de Godzilla gigante. Se despierta bruscamente al oír un improperio gritado por su madre. Jamás la había oído decir algo así. Está mascullando algo sobre un conductor temerario. Acelera. Y, entonces, el golpe. Joel ve como la gran masa se acerca por la izquierda y quiere avisar a su madre, advertirle de lo que inevitablemente ocurrirá, evitar su muerte. Pero no puede moverse, solo puede ocupar ese cuerpo que una vez le perteneció y observar cómo el camión impacta contra ese lado del coche. Todo es muy rápido. Grita, asustado, y las lágrimas de terror le empañan la vista. Aun así ve como la carrocería cede contra su madre, quien apenas tiene tiempo de intentar cubrirse, y los cristales se quiebran en minúsculos pedazos que saltan al interior. El ruido es ensordecedor y terrible, el impacto, el metal, los cristales, el chirrido de los dos vehículos resbalando sobre el asfalto empapado. Y, después, un segundo de silencio. Un silencio que solo él siente. La radio sigue sonando, se oyen coches frenando de sopetón, bocinas, la lluvia. Joel no oye nada de todo eso. Solo ve a su madre en el asiento en diagonal al suyo, el cinturón la mantiene erguida pero la cabeza le cuelga como a un títere esperando a ser manejado. Hay muchísima sangre. Y el sonido vuelve. Oye una sirena. Se mira y descubre las heridas de su cuerpo. Con esa visión es consciente del dolor y se desmaya.

Empieza a recobrar la consciencia con un montón de gente alrededor que habla a toda prisa y maneja instrumentos sobre su cuerpo. Llora y grita de dolor. Le piden que se calme, pero es demasiado. No ha podido avisar a su madre. No ha podido evitarlo. Y esta vez lo sabía, estaba allí…

La luz lo cegó momentáneamente y durante unos segundos pensó que seguía allí, en el recuerdo, ya cruzando el hospital en camilla con los fluorescentes directamente sobre los ojos. Pero no era así. La Dra. Ross lo miraba algo preocupada, se dio cuenta de que hiperventilaba y las lágrimas le inundaban las mejillas.

-Hemos tenido que parar, tenía las constantes muy aceleradas –le explicó -. ¿Cómo se encuentra?

-Bien, bien… Gracias. Lo siento. Ha sido… -buscó una palabra adecuada, pero nada podía reflejar lo que sentía en ese momento –Devastador. Ha sido devastador.

-Lo comprendo. Muchos pacientes se sienten abrumados durante las primeras sesiones. Le voy a hacer unas preguntas para comprobar lo que ha recordado –sacó su libreta y se dispuso a anotar los resultados.

Habían pasado dos semanas desde que el recuerdo de la muerte de su madre se había vuelto una imagen vívida en su mente y ya habían hecho tres sesiones más. Habían recordado todo ese fatídico día al completo y con todo lujo de detalles. En la última sesión habían explorado su cuarto cumpleaños y había sido capaz de poder decir de qué color eran las velas.

-Buenos días, pase –lo saludó la doctora con su característica sequedad. Se sentó en el sillón, como de costumbre, mientras ella leía sus notas -. Sus resultados son magníficos, de los mejores que estamos obteniendo –empezó -. Creo que podemos ir más allá –y le sonrió. Por primera vez de forma sincera.

-¿Más allá? –no estaba seguro de estar preparado.

-Tranquilo. Será como en las últimas sesiones. Pero si funciona, podré dar mi experimento casi por concluido. Intentaremos recordar su nacimiento. Puede ser abrumador –confesó.

-¿Mi nacimiento? ¿Es posible? –estaba tremendamente sorprendido.

-Hoy lo sabremos.

Como siempre, lo prepararon y se tumbó en el sillón, relajándose y dejándose llevar por la droga inyectada y la voz hipnótica de la doctora, guiándola hacia el recuerdo correcto.

El espejo le devuelve una mirada segura y un rostro suave. Se peina la rubia cabellera lentamente, meditativa, y levanta la barbilla para mirarse un grano que empieza a salirle. Deja el peine y se aplica una crema en ese lugar para evitar un mal mayor. Aprovecha para mirarse bien, se estira la piel y gira la cara a lado y lado para comprobar que todo esté como ella espera. Esta entrevista de trabajo le tiene que salir perfecta. Un dolor agudo irrumpe de repente en su brazo izquierdo y el aire se escapada de sus pulmones. El pecho le arde. Intenta pedir ayuda pero se ahoga y el suelo se precipita bruscamente hacia ella.

Relato 3 (BrujadelTeatro): Flashback

Cuando el electrodo acarició la piel del paciente, una imagen se dibujó en la pantalla, borrosa al principio, imprecisa, una mancha de colores y líneas distorsionadas. Mónica Ross se detuvo sin darse cuenta con el último de los electrodos todavía sujeto entre sus dedos. Su corazón latía casi o más que el del joven que había tendido en la camilla. Era Joel, un nombre, un rostro, una petición que ella nunca olvidaría. Tampoco solía hacerlo: quería a todos sus pacientes y era por ellos que llevaba años trabajando en aquel experimento. Desde que era pequeña había soñado con entrar en las páginas de la historia, pero quería hacerlo a su manera y esa era ayudando a otros.

La revolución de la tecnología tal y como se conocía, duró un momento, el mismo en el que la doctora colocó el último electrodo en la piel desnuda del paciente, justo a la altura del corazón. El de Joel latía con casi el mismo nerviosismo que el de ella y aun así se aceleró cuando los técnicos auxiliares le colocaron un casco en la cabeza. Era plateado y tenía un aire a pecera, solo que en vez de anémonas, pececitos y arrecifes estaban él, sus recuerdos y una motivación triste, desesperada, que se volcó en la corriente:

“Por favor”, pensaron los dos, “Que esto funcione.”

La imagen de la pantalla volvió a temblar. No era la primera vez que aquellos electrodos escarbaban entre las memorias de un sujeto para plasmar sus recuerdos en la pantalla de varios ordenadores. Joel había venido ya varias veces, las suficientes para sentir como habitual el tumbarse en la camilla y dejar que los científicos jugasen con la intensidad de la corriente, la localización de los electrodos y otros detalles que él no llegaba a entender. Durante ese tiempo habían visualizado pequeñas escenas, primero algunas recientes, luego cada vez más lejanas, las suficientes para saber que la máquina funcionaba.

Ese día podía haber sido como cualquier otro: el procedimiento era el mismo, los protagonistas también, pero el destino del viaje iba a ser el más lejano de todos.

Mónica terminó de enchufar el aparato y regresó a su puesto de observación. En la pantalla se podía ver ahora una mañana ensombrecida que no había llegado a amanecer del todo. Estaba algo sucia, poco nítida. La doctora frunció el ceño y se preguntó si eso era consecuencia de algún fallo, hasta que descubrió que veían el cielo a través de una ventana no muy limpia.

La ventana de un coche.

Joel se estremeció, abrumado por la carga emocional de aquel momento que se devenía más especial de lo que podía parecer. El joven susurró algo al mismo tiempo que la imagen cambiaba, pasando a enfocar a su conductora. Mónica supuso que se trataba de la madre de su paciente: la familiaridad de rasgos era innegable. Mismo mentón, misma nariz angulosa, mismos mechón rizado en el centro de la frente. Aunque ella, en contraste de los mechones castaños de su hijo, era de un pelirrojo claro, casi dorado. La mujer sonrió, al Joel niño que estaba sentado atrás y a los espectadores del futuro que contemplaban aquella escena en silencio.

―Mamá ―sollozó el joven mientras comenzaba a gritar―. ¡Para! ¡No sigas!

Extendió el brazo con brusquedad, tensando al máximo los electrodos y cables que colgaban de él. A través del casco podía ver la escena como si estuviera volviendo a vivirla, pero sus acciones estaban ancladas en el presente y eran incapaces de cambiar el pasado. Mónica agachó la cabeza con tristeza y se acercó a la camilla. No necesitaba ver más para saber que el experimento había vuelto a funcionar, esta vez con el logro añadido de haber ahondado en la cifra más larga de años conseguida hasta la fecha. Pero sabía lo que iba a suceder y su empatía era incapaz de resistirlo. Quizás el resto de sus compañeros podían, pero no ella que había leído el expediente de Joel y sabía qué le había motivado a apuntarse a ese experimento en un impulso casi desesperado.

La mujer se sentó en el borde de la camilla. El cuerpo del joven seguía retorciéndose mientras llamaba a su madre, pidiéndole por favor que parara, que no siguiera más. Pero la escena continuaba, ajena a la advertencia, libre de paradojas que pudieran cambiar el curso de los acontecimientos. Mónica atrapó la mano del chico y la apretó con fuerza.

―Lo siento ―suspiró―. Pero no podemos hacer nada para evitarlo.

Y la pantalla tembló en cuanto el coche fue sacudido por otro vehículo. La escena se iluminó en naranja y rojo antes de desvanecerse. Bien porque los electrodos habían cedido a los movimientos bruscos del paciente, bien porque este había cerrado los ojos por segunda vez. El recuerdo terminaba ahí.

Mónica siguió sosteniéndole la mano mientras le susurraba palabras de consuelo. El resto de técnicos del laboratorio anotaron los datos y volvieron a recolocar los electrodos y cables que se habían salido de su sitio. Joel temblaba, dócil, pero encerrado en sí mismo y el vacío demoledor que era su cabeza. Ambos sabían que aquello iba a suceder, que tarde o temprano tendrían que regresar a los momentos más dolorosos de su vida, pero aun así el chico había aceptado, asumiendo todas sus consecuencias. Y la doctora le admiraba por ello.

Tras consultar su reloj, la mujer se levantó y regresó hacia los comandos de la máquina. Todavía quedaba algo de tiempo para visitar otro recuerdo. Sabía que Joel estaba agotado, pero quizás una nueva incursión al pasado podía ser beneficiosa: podían hacerle revivir un recuerdo de su infancia, alegre, inocente, uno que le ayudara a paliar el mal trago que acababan de vivir.

―Vamos a ir más atrás ―anunció―. Tanto como podamos.

Un chisporroteo y la máquina volvió a ponerse en marcha. Se escuchó un zumbido mientras sus engranajes rebuscaban entre las memorias del chico, retrocediendo en ellas cada vez más lejos, abandonando los límites establecidos para hundirse en los que tendrían que ser sus primeros años de vida. Mónica no sabía qué verían cuando la pantalla se detuviera en una imagen definida, ni siquiera si todavía quedaban recuerdos intactos. Pero quiso creer que así era y por eso asintió cuando le preguntaron si seguían avanzando.

Y en la pantalla volvió a perfilarse los trazos difusos de una imagen. Gris, poco clara, empañada por las brumas del tiempo. Todos se aproximaron hacia el ordenador para poder ver mejor. Era un cuarto de baño, pero estaba poco definido. Aun así vislumbraron unos lavabos oxidados e incluso una bañera de las antiguas.

―Parece la casa de sus abuelos ―murmuró la doctora.

La imagen se movió al mismo tiempo que lo había hecho Joel. El equipo de científicos observó cómo los elementos iban cambiando. Algunos se fueron definiendo según se acercaba a ellos, otros, en cambio, se quedaron como manchas de las que solo cabía imaginarse su identidad.

La escena se aproximó a un espejo y todos vieron el rostro de Joel, pero no el niño que tenía que ser, sino el mismo chico que había tumbado en la camilla. Era él, pero al mismo tiempo alguien diferente: tenía el cabello castaño recogido en un moño del que sobresalían varios tirabuzones, estaba más delgado y los rasgos algo más afilados. Reflejado en el espejo, vieron como Joel se deshacía de la ropa que llevaba: una camisa de volantes y la medallita de una virgen, para apilarla en un cesto.

Al hacerlo, quedaron expuestos dos pechos redondos, algo pecosos, contenidos en un corsé decorado con encaje.

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8 comentarios en “Proyecto Remolacha: Escaleta 7

  1. ¡Saludos piñiles!
    Me ha gustado mucho como han quedado todos los relatos, ¡así da gusto hacer escaletas! (Con lo brújula que soy yo xD)
    Me ha gustado todo el tecnicismo de Paula, aunque no he entendido algunas cosas (y tengo examen de eso la semana que viene, mal voy…). Le ha dado mucha ciencia a la ficción, me gusta. Aunque tampoco me ha quedado demasiado claro el final.
    Del de Marina no diré nada más allá de que la madre tenía que ser pelirroja, era como lo único que puse de ella en la escaleta, eso me ha dolido…
    Y del de Celia me ha gustado cómo ha hablado más de la doctora, la ha hecho más humana y me ha encantado su relación con Joel.
    En resumen, me ha encantado participar en el proyecto. Ahora falta ver a mis compañeros de relatos, a ver cómo les ha ido.
    ¡Piña fuera!🍍

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  2. Magníficas compañeras de relato ^^ El de Paula Treides está tan bien documentado y tiene tantos tecnicismos que el mío da vergüenza al lado, está genial, aunque no acabo de entender el final… La relación entre la dra Ross y Joel que muestra Celia es muy bonita 🙂 Me ha gustado participar y lo volveré a hacer si se repite pero las deadlines no son pare mí 😦

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