Proyecto Remolacha: Escaleta 11

¡Penúltimo día, por Gaia! Cómo pasa el tiempo, aunque ya estaréis hasta las narizotas sde verme todo el día dando por saco de estiércol, lo sé.

Hoy nos deleitan con sus letrajas @arrowsier, @miscelanealuna y @jomoridesign.

Esta reflexiva escaleta ha sido creada por @_Sarajus: Escaleta (11)

Relato 1 (arrowsier):

Margarita caminaba por el sendero de tierra que conducía al viejo puente de madera donde había quedado con su amiga, Violeta. Allí estaba, esperándola como siempre, pues Violeta tenía la habilidad de llegar antes todas las veces que habían quedado. Mientras que Margarita lucía un cabello moreno no demasiado oscuro a sus nueve años, Violeta, que era un año y medio más joven que su amiga, había destacado siempre por el negro azabache de su pelo rizado.

Se habían conocido en la escuela, cuando Violeta se acercó a hablar con Margarita, pues la niña de más edad no solía hablar con nadie. Sin embargo, Margarita tenía por costumbre acudir a un pequeño claro que había en el bosque cruzando el viejo puente de madera, no demasiado lejos del pueblo donde vivían las dos niñas. Decidió llevar a Violeta un día hasta allí y, desde entonces, acudían todos los días que no tenían que ir a la escuela.

—Hola, Violeta. ¿Qué tal estás hoy? —preguntó Margarita.

Sin mediar palabra, la niña más joven abrió los brazos y se lanzó a abrazar a su amiga.

—¡Maravillosamente bien! ¡Hoy vamos a nuestro sitio mágico!

Margarita sonrió, encantada de poder compartir aquello con alguien, y cogió de la mano a su amiga para empezar a caminar hacia el puente.

Aquel puente llevaba allí muchos años y, aunque había sido restaurado varias veces, estaba bastante deteriorado por su continuo uso. Ahora ya casi nadie pasaba por él, salvo las niñas y algún que otro transeúnte que hacía la ruta del bosque, así que nadie se preocupaba por arreglar los desperfectos. Las cansadas tablas crujían al pasar por ellas los pies de las dos niñas. Una vez hubieron cruzado el puente, Violeta y Margarita siguieron andando por el camino de tierra bosque adentro, siguiendo el curso del rio que habían cruzado. Era primavera y hacía un tiempo estupendo, por lo que las niñas paseaban despreocupadamente.

Muy cerca del nacimiento del rio, o más bien del lugar donde este salía a la superficie, había un claro rodeado de pinos y en cuyo centro parecía surgir un charco. Y en aquel charco se encontraba el tesoro de aquellas niñas. Allí había unas pequeñas plantas acuáticas que tanto Margarita como Violeta consideraban las más preciosas que habían visto nunca. Margarita se las había encontrado allí en el charco cuando no eran más que capullos abiertos, y había decidido cuidarlas siempre que pudiera. Al principio le había resultado una ardua tarea, pero desde que le había enseñado su tesoro a Violeta todo era mucho más fácil. La pequeña incluso había conseguido un cubo viejo de su casa, el cual usaban para llevar agua desde el nacimiento del rio cuando el charco era insuficiente.

Pasaron gran parte de la mañana llevando más agua, pues las plantas habían absorbido gran parte del charco, y ocupadas en otras tareas como retirar hojas secas y ramas caídas, para que nada ocultase los vivos colores de sus preciadas plantas.

Cuando sintieron que era la hora de comer, desanduvieron lo andado y volvieron a sus casas, acordando verse allí dos semanas después al despedirse.

Cuando se volvieron a encontrar en el puente, las niñas comenzaron a hablar de las cosas del pueblo mientras caminaban hacia el claro.

—Pues mi mamá dice que es muy raro que no haya nevado este invierno. —decía Violeta.

—Es verdad, otros años mis padres me han llevado por ahí a pasar el día a la nieve, pero este año decían que no podíamos porque no había nevado en ningún sitio de cerca. —se quejó Margarita, un poco cabizbaja.

—Mi papá decía algo de que es malo que no nieve, porque habrá menos agua. Pero mi abuelo le dijo que no pasaba nada, que él ya pasó una sequía en sus tiempos.

—Mi abuela decía lo mismo, que los jóvenes de hoy se asustan por nada.

No le dieron más importancia al tema y siguieron con su habitual rutina de cuidar las plantas. Estas cada vez estaban más grandes, por lo que acordaron conseguir algún utensilio de jardinería y ampliar el charco. También vieron que el agua del charco disminuía cada vez más, y que debían llevar más agua desde el río para que las plantas estuviesen bien abastecidas.

Fueron pasando las semanas y los meses y las niñas acudían siempre que podían para el cuidado de sus tesoros. Pronto tuvieron que volver ampliar el charco una y otra vez, convirtiéndose este en un estanque. Mientras Violeta acercaba un cubo de agua desde el rio, se acordó de algo que había oído y se lo dijo a Margarita.

—Mis papás dicen que tengo que gastar menos agua en casa, porque hace mucho que no llueve y puede haber problemas.

Margarita se quedó pensativa, recordando una charla similar en su casa.

—Los míos dicen que hay que tener mucho cuidado con esto, porque si sigue sin llover puede haber una sequía como las de antes. Y que eso traería problemas al pueblo.

Tras estas palabras, las niñas se percataron de que el rio traía menos agua que de costumbre, y se preocuparon ligeramente por sus plantas.

A medida que pasaba el tiempo, el caudal del rio seguía disminuyendo, y tanto Violeta como Margarita empezaron a preocuparse de verdad, no solo por sus plantas en crecimiento, sino también por la situación del pueblo. Al llegar al puente un día, Margarita se encontró llorando a su amiga, a quien abrazó y preguntó qué le pasaba.

—Tomás y su familia se han marchado del pueblo, porque estamos en sequía—logró decir entre sollozos—. Y mamá dice que, como sigamos así, más gente se irá.

Tomás había sido uno de sus mejores amigos en la escuela, con quien jugaban al balón durante los recreos. Las dos amigas se abrazaron, intentando no pensar en lo que podría pasar y centrándose en cuidar sus tesoros del claro del bosque.

Las platas habían alcanzado ya un tamaño considerable y las niñas habían tenido que ampliar aún más el espacio necesario para su expansión y crecimiento. Les costaba mucho llevar el agua suficiente, pues el rio empezaba a ser más un riachuelo.

A mediados del invierno siguiente, la situación en el pueblo era insostenible, y la mitad de las familias se habían marchado. Un día Violeta fue a casa de Margarita llorando desconsoladamente, diciendo a su amiga que sus padres habían decidido marcharse de allí y trasladarse a una ciudad. Las dos niñas pasaron la tarde abrazadas y llorando, sin querer separarse la una de la otra. Finalmente, cuando no les quedaban más lágrimas a ninguna de las dos, los padres de Violeta se la llevaron casi a rastras, dejando a Margarita desolada y, nuevamente, sola.

Margarita permaneció en casa varias semanas, abatida. La tristeza le había hecho perder el apetito y, junto a la falta de líquido por la sequía, su cuerpo estaba cada vez más débil.

Un día volvió al claro del bosque, más para intentar revivir los momentos con Violeta que para cuidar de las plantas. De hecho, Margarita comprobó que estas también sufrían la escasez de agua. Hizo algunos intentos de llevar agua al estanque ya seco, pero no conseguía reunir ni el agua ni las fuerzas suficientes para el cuidado de las plantas. No sabía qué hacer, estaba desesperada. Se sentía completamente responsable de aquellas plantas y sentía que sería su culpa si no sobrevivían. Decidió sentarse un rato a descansar su agotado cuerpo y acabó durmiéndose. Al igual que las plantas, la niña necesitaba sustento y, al no dárselo nadie, no pudo levantarse ni seguir creciendo.

Años más tarde, Violeta volvió con su familia al pueblo. En cuanto preguntó por Margarita, los padres de su amiga se echaron a llorar y tardaron un rato en poder contarle qué había ocurrido con su hija. Violeta pasó varios días encerrada en casa sin querer ver a nadie. Cuando finalmente salió, se dirigió al claro del bosque, donde pudo ver los restos de las plantas que habían decidido cuidar y las cuales eran culpables de la muerte de Margarita.

—¿Por qué decidimos cuidarla? —preguntó en voz alta antes de esconder la cara entre las manos y ponerse a llorar.

Relato 2 (miscelanealuna): Al otro lado del puente

Era una soleada mañana de un sábado de primavera. Maia esperaba a su amiga Eva en el bosque, al lado de un antiguo puente de madera escondido casi por completo por la vegetación. Saltaba a la pata coja y cantaba “en un país multicolor…”. Maia era una niña inquieta y habladora, de ocho años y pelo moreno.

Conoció a Eva la primavera anterior, en las vacaciones de semana santa. Sus padres trabajaban y con los abuelos se aburría, así que decidió ir a dar un paseo. Llegó hasta el puente y le pareció un lugar mágico, por eso comenzó a ir todos los días e imaginaba mil historias con hadas y duendes del bosque.

Un día se encontró allí con Eva, era morena como ella y tenía dos años más, aunque parecían por lo menos tres porque era muy alta. Al principio apenas le habló y Maia creyó que le había caído mal, pero al rato le contó que iba al otro lado del puente a cuidar una planta, y la invitó a ir con ella. Lo cruzaron y llegaron hasta una pequeña charca donde crecían varias plantas de hojas estrechas y verdes unidas entre sí, por lo que parecían solo una. Eva le contó que las plantaron unos niños, pero hace tiempo que no iban por ahí y por eso la cuidaba ella; tenía que estar atenta para hacer la charca más grande según crecía y para que no se quedara sin agua.

Maia dejó de saltar y cantar porque escuchó unos pasos. Deseaba que fuera Eva porque tenía muchas ganas de ir a ver a la planta, no la habían visitado desde antes del invierno y estaba preocupada.
Se puso muy contenta cuando comprobó que sí era su amiga.

—¡Hola Eva! —saludó.

—Hola Maia.

—Corre, vamos a ver a la planta.

Las dos niñas cruzaron el puente corriendo sin parar hasta llegar a la charca, y constataron con alivio que estaba bien. Tenía casi el mismo tamaño que la última vez que la vieron, aún había agua suficiente y le llegaba más desde el río sin problema, así que volvieron al pueblo y jugaron en la plaza hasta la hora de comer.

Tres sábados después se encontraron de nuevo en el mismo lugar.

—Mira Eva, esta vez sí que ha crecido —dijo Maia frente a la planta.

—Claro, ha empezado a hacer bueno y las plantas crecen con el sol. En invierno no crecen porque hace mal tiempo —le explicó Eva.

—Pues mi madre dice que este invierno ha hecho buen tiempo porque casi no ha nevado, y que puede que no haya suficiente agua para pasar todo el verano.

—Ba, ya lloverá.

Entre las dos agrandaron la charca para que la planta tuviera más espacio. Aun así, le llegaba muy poca agua desde el río y quedaron en ir con cubos al siguiente día, para llevarle ellas el agua.

Así lo hicieron y entre las dos rellenaron la charca. Volvieron cada sábado, siempre se encontraban con que la planta había crecido y tenían que ensanchar la charca y echar más agua.

—Oye Eva, ¿crees que hacemos bien echándole tanta agua? —preguntó Maia uno de los días que estaban llenando cubos.

—Claro, ¿por qué no? —le dijo Eva con extrañeza.

—Se oye mucho que estamos en sequía porque no llueve y que hace falta agua. Y en el río cada vez hay menos.

—Sí, es verdad, yo también lo he oído. Mi padre dice que las cosechas se están perdiendo y que a este paso no vamos a tener ni para beber ni para comer.

—¿Y qué podemos hacer? —preguntó Maia mirando a su amiga con los ojos muy abiertos, creyendo que al ser mayor sabría qué hacer.

—Nosotras no podemos hacer nada, solo somos niñas, ya lo solucionarán los mayores —contestó Eva— y la planta la tenemos que cuidar, si no se morirá, ¿no crees?

Maia le dio la razón con la cabeza, y continuaron con lo que estaban haciendo.

Una mañana de finales de agosto Maia llegó llorando al puente.

—¿Qué te pasa? —le preguntó Eva preocupada.

—Miguel y su familia se han ido del pueblo, por la sequía —le contestó Maia con la respiración entrecortada.

—¿Miguelito? ¿Con el que jugábamos a fútbol en el recreo el curso pasado?

—Sí.

—¿Y por eso lloras? ¿No estabas enfadada con él desde que te tiró el balón a la tripa y te levantó la falda? —Eva frunció el ceño.

—Sí. —Maia no podía dejar de llorar—. Pero mi padre dice que se van a ir más familias, y que si para el otoño seguimos en sequía nosotros también nos iremos.

—Yo no quiero que te vayas. —Las dos niñas se abrazaron y también Eva comenzó a llorar. Cuando consiguieron calmarse un poco, fueron hasta la charca; sin limpiarse las lágrimas y muy serias la agrandaron y llevaron más agua.

Tras el invierno sólo Eva volvió a la charca; Maia y su familia se habían ido a la ciudad en enero. Decidida a mantener la planta con vida, volvía ella sola siempre que podía a cuidarla. Seguía creciendo, verde y bonita; al contrario que Eva, que cada vez estaba más delgada y pálida. Como si se estuviera marchitando. La sequía hacía estragos en el pueblo, apenas tenían para beber ni comer.

Un día, estaba tan agotada que se sentó un rato a descansar al lado de la charca. Intentó levantarse pero su cuerpo desnutrido no le respondió. Se tumbó y se quedó dormida. No despertó.

Diez años después Maia volvió a la charca, llevaba dos rosas rojas en la mano. No quedaba rastro de la planta; pero habían puesto un monolito con la foto, nombre, fecha de nacimiento y de defunción de Eva. Dos lágrimas rodaron por sus mejillas mientras se preguntaba qué fue lo que les llevó a responsabilizarse tanto con el cuidado de aquella planta, hasta el punto de descuidar su propia vida.

Dejó una rosa en el monolito, otra en la charca y se fue.

Relato 3 (jomoridesign): Nufi

Elisabeth cruzó por los matorrales que se agolpaban cerrando el camino, con cuidado de no pincharse con las zarzas. A la pequeña niña en algunas ocasiones los pantalones tejanos se le quedaban enganchados y tironeaban de ella. Intentó deshacerse de las ramas y al hacerlo sus piernas se doblaron, haciéndole perder el equilibrio. Fue a sujetarse en un árbol cercano, pero no calculó bien la distancia y se cayó. Durante el invierno había pegado el estirón y ya era más alta que todas las demás niñas de su clase, causándole bastantes problemas, ya que todavía no controlaba del todo su cuerpo.

Se giró para quedarse boca arriba y un par de mechones le taparon media cara. Sopló con fuerza para quitarse el pelo de la cara. Se quedó allí viendo cómo las ramas del árbol se mecían con el viento y aprovechó para sacar su cuaderno y un trozo de carboncillo. A Elisabeth le gustaba mucho la botánica. Su abuelo siempre le hablaba de cuando el planeta estaba lleno de árboles de todo tipo, aunque él solo llegó a conocer muy pocos de ellos. Le contaba historias de cómo su padre había dedicado toda su vida a intentar preservar ejemplares de todo tipo y de cómo lo había catalogado en un libro lleno de garabatos de hojas y flores. Y ella quería hacer lo mismo.

Aprovechaba los días que no tenía clase para explorar los terrenos que rodeaban su pequeño pueblo. Empezó con los campos de hortalizas que estaban alrededor de los talleres de robots abandonados. Como no eran nada interesantes empezó a alejarse poco a poco, hasta dar con el bosque que crecía en la ladera de la montaña.

Una sombra le tapó la visión.

—¿Qué haces aquí en medio del camino, Ely?

—Me he caído y he aprovechado para dibujar las hojas del álamo.

—Aaaaah. —Julia se apartó un poco y miró hacia arriba. Levantó los hombros y reprendió a Elisabeth—. ¡Vamos, no pierdas más el tiempo con el álamo! ¡Tenemos que ver cómo se encuentra Nufi!

Julia salió disparada y Elisabeth se levantó como pudo. Guardó con cuidado su libreta dentro de la bandolera y se quitó el polvo de los pantalones. Otro rasguño más en el pantalón. Caminaron durante unos minutos una al lado de la otra y Julia no paraba de hablar y saltar.

Se conocieron durante el final del verano del año pasado, un poco más adentro en el bosque. La niña era bajita, con el pelo oscuro, corto y revuelto, y una cara plagada de pecas. Siempre sonreía y dejaba a la vista un dientecito que se le había partido. Siempre jugaba con un pequeño robot dinosaurio, al que le faltaba una garra y un ojo, y estaba un poco oxidado. Nunca habían coincidido en la escuela, y eso que tenía solo un año menos que ella. Aunque había momentos en los que la sacaba de quicio, pero Elisabeth disfrutaba de esos pequeños momentos y esperaba que durante mucho tiempo.

No tardaron en llegar a su destino. Se trataba de un puente de madera, una estructura bastante primitiva que se mantenía en pie gracias a un árbol que había atrapado uno de sus laterales entre sus raíces. Las barandillas tenían talladas formas y motivos de lo más extravagantes y a cada paso que daban la madera crujía bajo sus pies. Por debajo del puente pasaba un río no muy profundo.

—¿No tienes ganas de ver a Nufi? —preguntó impaciente Julia.

—Claro, pero… —No sabía cómo expresarlo sin herir los sentimientos de su amiga —. Me preocupa que no haya aguantado bien el frío.

Sus padres no querían que se alejaran en invierno y se habían pasado sin visitar ese lugar durante semanas. Justo al otro lado del puente, estaba Nufi. Era una planta acuática con aspecto de nenúfar, viviendo en un pequeño charco. Por suerte había podido sobrevivir, pero se notaba que necesitaba cuidados.

—Seguro que nos ha echado de menos. —Julia se agachó para acariciar una de las hojas de la planta—. Vamos, voy a por la pala para que esté más cómoda y a ti te toca el cubo y trae agua.

Cuando encontraron la planta también había en un escondite cercano las herramientas para poder cuidarla. Encontraron una nota que otros dos niños, Lucas y Michael, con las instrucciones y cuidados de lo que mencionaban como una pequeña planta en un diminuto hueco lleno de agua.

Y así pasaban los días juntas. Aquel sitio se convirtió en un sitio mágico para ellas dos. Allí estaban cómodas, cuidando de Nufi. Más bien Julia era la que no paraba de hablar y contar historias mientras Elisabeth se quedaba en silencio y se dedicaba a dibujar en su cuaderno o leer alguno de los libros de botánica de su abuelo.

A medida que pasaba la primavera todo el bosque se llenó de tonos verdes y se volvió frondoso. La planta crecía y, con ello, necesitaba más espacio en el charco para crecer. Se turnaban las dos las tareas y hacer grande y profundo el agujero para que Nufi estuviera lo más cómoda posible.

—Mi padre dice que tiene miedo de que siga sin llover mucho tiempo más —contaba Julia, mientras metía la pala en el fango—. Que las cosechas están cada vez peor y los animales beben mucho.

—En mi casa dicen lo mismo. Pero están seguros de que pronto volverá el agua. Vamos, ve a llenar el cubo y yo sigo con la pala.

La voz de Elisabeth no sonaba muy convencida. Era cierto que no llovía desde hacía meses y, para su desgracia, el río también había disminuido su cauce. Y eso que ya era bastante pequeño.

—Marc se ha ido.

Julia estaba cada vez más triste y alicaída. Se encontraba sentada de una de las rocas grandes, justo encima de su guarida, y balanceaba las piernas. Llevaba un sombrero de paja que se había hecho ella misma con ramitas que crecían al lado del río para cubrirse del sol del verano. Hacía tiempo que estaba alicaída y tenía menos ganas de cuidar de la planta. Elisabeth estaba cavando y se quedó parada durante unos segundos. Después continuó como si nada.

—Al parecer sus padres han decidido marcharse del pueblo. Dicen que van a buscar alguna oportunidad cerca de la ciudad, y que tal vez encuentren algo allí. Al menos estarán mejor que aquí. Pero Marc. —Julia no paraba de juguetear con su pelo, enredando un mechón entre sus dedos—. Era el único con el que jugaba conmigo al balón.

—¿Has terminado? —le cortó en brusco Elisabeth. Sonaba muy enfadada y ella tampoco sabía bien por qué—. La planta esta no se va a cuidar sola y necesito algo de ayuda. Hay que subir hasta casi el nacimiento del río y tenemos que traer varios cubos de agua.

Elisabeth cogió el cubo con ira y trepó por las raíces del árbol para meterse en el cauce casi seco del río. Antes de que se dejara caer pudo escuchar cómo su amiga soltaba un sollozo.

Otoño llegó con las temperaturas bajas. Los caminos ya estaban llenos de hojas secas que crujían bajo sus pies. Elisabeth se giró para ver a su amiga, que cada vez estaba más flaca. Pasó el verano y con ello volvieron a hacer las paces. No obstante, Julia hacía días que no hablaba mucho y estaba un poco distante.

—Cada vez estás más callada y estoy preocupada ¿Qué te pasa, Julia?

La niña tenía la cabeza gacha y no le dirigía la mirada a su amiga. Elisabeth tuvo que agarrarla por el brazo y se dio cuenta que sus dedos se tocaban. Estaba demasiado delgada. Se agachó y dejó el cubo a un lado y vio que tenía los ojos vidriosos. Sentía como a su amiga le costaba respirar y casi no podía ni abrir los ojos.

—He escuchado a mis padres hablar esta noche y…

—¿Y?

—Están diciendo que se quieren ir.

Elisabeth no se lo podía creer. ¿Ella también?

—¿Y qué voy a hacer yo sola? —Se le hizo un nudo en la garganta—. Si tú te vas, ¿Qué pasará con Nufi?

—¿Solo te preocupa la planta? ¿En serio? ¡Mira a tu alrededor, cacho tonta! Nos estamos quedando sin nada en el pueblo y ya no queda nadie con quien jugar… Yo lo siento…

Julia empezó a poner los ojos en blanco, y con los brazos intentó buscar alguna cosa para apoyarse. Elisabeth cogió a su amiga que casi se desmayó allí mismo. Ella tampoco tenía muchas fuerzas, así que se sentaron para recuperar el aliento. En su poblado quedaban siete familias, entre ellas las de Elisabeth y Julia. Eran las únicas niñas y solo se tenían la una a la otra. No pudieron aguantar la presión y se echaron a llorar allí juntas.

La nieve debía estar cubriéndolo todo a esas alturas del invierno, pero no era así. El frío, sin embargo, calaba hasta los huesos y Elisabeth subía por el sendero abrigada de pies a cabeza con el abrigo, guantes y el corro calado casi tapándole toda la cara. Iba arrastrando los pies. Pero ese invierno no solo estaba siendo duro por el frío. Julia hacía un par de semanas que se había ido.

Desobedeciendo la advertencia de su madre se había puesto en marcha hacia su refugio. Quería estar a solas y cuidar del recuerdo que tenían ella y su amiga. Cuando cruzó el puente se quedó mirando el lugar. La planta era enorme. En ese momento estaba en un lago pequeño que habían ido llenando durante todo el año. Y la planta seguía pidiendo más espacio.

Suspiró y cogió la pala. Le temblaba el pulso y no podía hacer casi fuerza. Le costaba respirar y notaba cómo las costillas se le marcaban en el Decidió que no podía hacer más ese día. Dejó la herramienta a un lado y se acurrucó entre las rocas. Agarró una de las mantas que habían dejado allí y se cubrió el cuerpo. Los dientes le castañeaban y le dolían mucho las articulaciones. Se acercó las manos a la boca y sopló para entrar en calor. Buscó dentro de su bandolera y allí estaba. Acarició el dinosaurio que le había dejado Julia para ella y, con una lágrima recorriéndole la mejilla, dio su último aliento.

Años más tarde un coche atravesó la carretera principal del pueblo de las dos niñas y al volante estaba Julia. A medida que se internaba podía ver que a cada lado de la carretera solo había escombros de casas abandonadas. Paró un segundo delante de su antiguo hogar. Paseó recogiendo algunas de sus pertenencias que dejaron atrás cuando se marcharon, colocándolas con cuidado en su mochila. Volvió a montarse en el vehículo y se acercó hasta el antiguo el sendero, camino del bosque. Encontró el puente tal y como lo recordaba: cobijado entre las raíces de los árboles que lo protegían. Pasó los dedos por los tallados, melancólica. Llegó hasta donde se encontraba la planta, que yacía muerta y cogió uno de los nenúfares desechos.

Se acercó donde al lugar donde tenían el escondite secreto y allí, entre unas plantas enredaderas y un poco de musgo, estaba su viejo dinosaurio. Lo agarró entre sus manos con cuidado. Todavía se mantenía de una pieza, aunque con el paso del tiempo estaba del todo oxidado. Se descolgó la mochila y sacó un pañuelo de trapo, en el que envolvió el juguete. Con un suspiro se giró, abandonando el lugar. Chasqueó la lengua. Todavía se preguntaba por qué decidieron cuidar aquella planta.

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