Proyecto Remolacha: Escaleta 9

¿Cómo que el último? No, ¡imposible! Pues posible sí que es y, creedme, no ha sido más que cosa del destino más azaroso que haya quedado esta escaleta para el final. No es porque haya berenjenas ni nada. No, no, no.

Así pues, estamos aquí reunidos para asistir al encarnizado combate entre estas frutas y hortalizas: @ResistenciaLect (Guille), @_Sarajus y @MeryLilith. Aviso que uno de los relatos tiene contenidos muy explícitos… Ya veréis, ya.

Esta vegetal escaleta ha sido creada por @SrtaTaronja: Escaleta (9)

Relato 1 (ResistenciaLect): El silencio de los vegetales

El sonido de las noticas era interrumpido por el constante golpear de los cubiertos contra los platos y la vibración de un móvil en manos de la joven piña. En la pantalla, una manzana roja comentaba con voz neutra que en las últimas semanas un grupo de criminales habían cometido distintos asesinatos por toda Ciudad Tropical, lo que estaba alarmando a muchas familias. Incluso se rumoreaba que estos criminales podían ser veganos.

-¡Qué barbaridad! -dijo Emiliana, antes de apagar el televisor y dejar el mando en la mesa-. Pues hoy mientras iba a comprar me he encontrado con la señora Cebolla y me ha dicho cosas muy interesantes. Dice que ha visto a Álex salir varias veces de casa por la escalera de incendios, y que no vuelve hasta que casi ha salido el sol. ¿Es eso cierto, Álex?

-¿De verdad te crees a esa asquerosa cebolla cotilla? -Álex dejó el móvil y miró a la berenjena a los ojos, desafiándola-.

-Álex. No te permito que le hables así a Emiliana, ni que insultes a las vecinas.

El padre, Manolo, jamás levantaba la voz, pero cada vez le resultaba más difícil no hacerlo, viendo en qué se estaba convirtiendo su hija. Desde la muerte de su madre no había sido la misma, y la boda con Emiliana lo había empeorado todo. Se habían conocido en el supermercado, sus manos se habían tocado mientras cogían una lata de pesticida para aliñar la comida. Los dos habían perdido a sus respectivas parejas: Emiliana había estado antes casada con Big Banana, un cantante bastante famoso en Tropicalia (y deseado por todas por lo apuesto y erguido que era), que había muerto de un infarto mientras estaba en el escenario. Pero cuando de verdad se enamoraron fue el día en que Manolo se llevó a la berenjena al huerto y la dejó muda con su enorme conocimiento de las verduras. Emiliana no había podido hacer otra cosa que caer a sus pies.

-No pasa nada, cariño, se cree que me hará enfadar y no lo conseguirá -Emiliana cogió la mano de su marido y la apretó-. Ahora, Álex, ¿quieres hacer el favor de comerte la tierra que he cocinado?

-Le faltan sales minerales, no hay quién se la coma.

-Pues es tan fácil como ir a la cocina y coger el tarro con las sales.

-Sí, claro, y tengo que ser yo la que arregle tu estropicio. Esto con mamá no hubiera pasado, tú no eres más que una extraña en esta casa.

-Se acabó -Manolo se levantó de su silla, conteniendo su enfado-. Estás castigada. Deja tu móvil en la mesa y vete a tu cuarto.

-¿Y cómo voy a hablar con mis amigos entonces? Tendré que saber a qué hora quedamos mañana para ir a clase, ¿o no?

-Eso no es problema mío, te he dicho que te vayas a tu cuarto.

La joven piña golpeó la mesa con el móvil y se fue. Se acostó en su cama, dando vueltas y pensando en lo que podría haberle dicho a Emiliana. Estaba harta de esa mujer. A las tantas de la madrugada, aún sin poder dormir por el enfado, oyó como se abría la puerta principal. Se asomó a la ventana y allí vio a su madrastra, saliendo de puntillas del edificio. Deseó tener el móvil para hacerle una foto.

A la mañana siguiente manolo despertó a su hija y le pidió perdón, devolviéndole el móvil, arrepentido de cómo le había gritado la noche anterior. Se abrazaron y fueron a desayunar. Cuando Álex hubo acabado se lavó los dientes con el nuevo dentífrico sabor a abono y se guardó todo en la mochila.

Bajando las escaleras corriendo se encontró con Carmina, que la paró en su rellano.

-Oh, Álex, querida. Uff, aún no me acostumbro a verte con esas hojas de punta. Estabas tan mona de pequeña… Ah, y dile a Emiliana que lamento lo de su hermana. Me la he encontrado esta mañana subiendo las escaleras, que había ido al hospital a verla. Sé lo duro que es cuando un familiar está enfermo, lo pasé muy mal cuando mi querido Apio tuvo aquella infección que le costó la vida. Ay, será mejor que me vaya antes de que me ponga a llorar como siempre. Y cuando sepas algo más de lo que le pasa a la hermana avísame, ¿vale?

-Claro, señora Cebolla.

Álex esperó al autobús del colegio mientras pensaba en lo que le había dicho su vecina. Se acordaba de la boda de su padre con Emiliana, pero en ella no había aparecido ninguna hermana. Es más, en el discurso que hizo la dama de honor (una fresa que ya estaba llegando a la madurez) había mencionado como se habían criado juntas, siendo hijas únicas.

Ya en el autobús se encontró con su amiga mandarina, que le echó la bronca por no haber ido esa noche, habían tenido una fiesta como ninguna otra. Álex se disculpó y se pasó todo el trayecto quejándose de su padre y la imbécil de su nueva mujer.

Por la tarde, al volver del instituto, Álex y Emiliana estaban solas en casa. El padre trabajaba por las tardes en el hospital de la ciudad como enfermero, mientras que la berenjena solo iba por la mañana a la importante firma de abogados de la que era una de las jefas. La joven aprovechó un momento en el que la señora Cebolla llamó a la puerta para hablar con su madrastra y le cogió el móvil a esta. Se sabía la contraseña desde el día que su padre se la presentó. Entró en los mensajes y vio unos de un tal Máximo, un pepino que mostraba su torso desnudo en la foto de perfil. Por lo que pudo leer, habían quedado la noche anterior, y él deseaba “repetir lo que hicimos anoche”. Había conseguido la prueba de que la berenjena no era lo que aparentaba. Siguió leyendo los mensajes y encontró algo peor:

Máximo: ¿Y cuándo vas a dejar al aburrido de tu marido?

Emiliana: Tranquilo, tengo algo pensado. Y no será tan escandaloso como con Big.

Máximo: Así me gusta, morada de mi corazón.

Antes de poder seguir leyendo, oyó como la cebolla se despedía, por lo que dejó el móvil sobre la encimera de la cocina y se fue corriendo a su habitación. Allí dentro encendió el ordenador y se pudo a investigar la muerte de Big Banana. Lo único que encontró fueron frutas cachondas que aún lloraban su muerte y le habían dedicado textos un poco subidos de tono y fotos de momentos privados. Se paró ante una en la que se le veía en pleno polvo con una piña, y se preguntó si era alguien de su familia…

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Siguió buscando, pero no encontró ninguna prueba de que su muerta fuera provocada. Esto solo le hace pensar en lo astuta que había sido Emiliana al acabar con su vida sin que nadie sospechara nada.

Cuando llegó su padre los tres fueron a cenar, y esta vez tuvieron una velada un poco más agradable. Álex se comió la comida sin criticar a su madrastra y no tocó el móvil en todo el rato. Acabó pronto y se fue a su cuarto, donde se hizo la dormida. Aprovechó cuando oyó que sus padres estaban dormidos de verdad y se escapó de casa. Peor en vez de ir con sus amigos como hacía siempre, se escondió en el callejón de al lado y se puso a esperar. Creía que tendría que volver a casa sin resultados cuando vio a Emiliana pasar delante del callejón, sin verla. Había llegado el momento de acabar con su madrastra.

La siguió hasta que llegó a un parque a las afueras de la ciudad. Se iba escondiendo detrás de los edificios, pero allí, al aire libre, no tenía donde ocultarse. La berenjena se giró, al oír algo detrás suyo, pero solo le dio tiempo a ver el brillo del acero bajo la luz de la luna. Álex la apuñaló una y otra vez hasta que el cuchillo le cayó de las manos. Manchada de jugo, la piña rebuscó en el bolso de Emiliana, esperando encontrar la pista definitiva de que esta pensaba matar a su padre. Solo encontró unos papeles de divorcio.
Al darse cuenta de lo que había hecho, salió corriendo hacia su casa. Aún temblando, abrió la puerta, y vio a su padre al otro lado. Este se quedó paralizado.

-Papá, no es lo que piensas. Déjame que te lo ex…

-¡Calla! ¡Vete de esta casa antes de que llame a la policía!

La joven piña salió de allí, llorando. Era la primera vez que su padre le gritaba, pero no le culpó por ello. No llegó ni a la esquina la calle cuando llegaron los agentes y la detuvieron.

Todo el sistema judicial conocía a Emiliana, por lo que el juicio fue muy rápido, siendo uno de los más mediáticos de toda Ciudad Tropical. Corrieron rumores de que Álex formaba parte de aquella secta de veganos, pero nunca se demostró. La condenaron a ser convertida en macedonia. Pasó sus últimos momentos en el pasillo de la muerte esperando la visita de su padre, que nunca llegó.

Relato 2 (_Sarajus):

La familia Piña cenaba tan tensa que parecía que les iban a hacer pizza. Álex se preguntaba por qué no se habría quedado a cenar con sus amigos y maldecía su falta de madurez para irse de una vez de aquel sitio, desde que su padre se había casado con la berenjena de Emiliana las cosas no hacían más que empeorar. Su padre, Manolo, no hacía más que criticarla, por estar enfadada todo el tiempo, por llevar las hojas de punta… Lo peor es que lo hacía con calma. Es lo que más nerviosa le ponía; al menos podría gritar y dejarla desahogarse de vez en cuando, pero ni eso. Miró a su inteligente y guapa madrastra cuyos pensamientos también andaban lejos del comedor. Emiliana, mientras cenaba sin levantar la vista de su plato, pensaba en Máximo Pepino, con el que una noche más tendría, por fin, algo de sexo decente. La verdad es que Máximo servía para poco más, pero tampoco le hacía falta estar con la fruta o verdura más inteligente de Tropicalia. Lo demás ya se lo daba Manolo, aunque últimamente las cosas habían ido a peor: ya no hacía temblar su rabito con sus conocimientos sobre verduras. Ni siquiera le servía rememorar aquella primera cita en la que la llevó al huerto y que hizo que se enamorara de él. Para acallar sus pensamientos e intentar cumplir con su papel de madre como correspondía, la berenjena carraspeó.

—Hoy he visto a Carmina, ya sabéis, la vecina. Me ha estado contando muchas cosas… pero bueno, lo que nos incumbe es que Álex —empezó a hablar como si ella no estuviera presente—, ha estado yéndose de casa por las noches y volviendo temprano para que no nos enterásemos.

Manolo levantó la cabeza, cansado ya de lidiar con la cada vez más difícil adolescencia de su hija.

—¿Qué es eso tan importante que hace que no puedas quedarte en casa por la noche? —preguntó sin alzar la voz pero visiblemente molesto.

—No sé por qué tenéis que creer a Carmina —respondió indignada la joven piña—. Sabéis que desde que su marido murió se aburre y se inventa pulpas.

—No nos levantes la voz, Álex —se metió Emiliana con la convicción de estar haciendo lo correcto, “así se educa”, se dijo—. Nos preocupamos por ti, no puedes estar por las noches fuera de casa, ¡y sin dormir! Así nunca vas a aprobar en la escuela.

—¿Pero me queréis dejar en paz y meteros en vuestros asuntos? Es que no entiendo por qué para empezar la cebolla esa y tú tenéis que estar hablado de mí, hortalizas teníais que ser. —Álex se levantó de la mesa dando un golpe.

—Álex, esas formas y ese vocabulario —la recriminó su padre con la voz alterada pero sin alzarla—. Siéntate ahora mismo y pide perdón.

—¡No pienso pedir perdón por decir la verdad! Deja de defenderla.

—Ya está, dame tu móvil, estás castigada, y no se te ocurra volver a salir de noche sin contarnos a dónde vas.

Su padre extendió la mano y la piña tuvo que darle su teléfono, tras lo que se fue a su cuarto dando un portazo.

Horas más tarde, cuando se le pasó el enfado, a pesar de intentarlo, no podía dormir. Después de rememorar una y otra vez el final de la discusión se puso a pensar en sus amigos, a los que no podría hablar hasta que le devolvieran el teléfono, o hasta que volviera a la escuela. Era la primera vez que el hecho de que fuese fin de semana le molestaba de verdad.

De pronto paró de dar vueltas en la cama, creía haber oído algo. Sí, alguien estaba saliendo de casa. Cuando se asomó al pasillo y vio a Emiliana lo primero que hizo fue enfadarse, después de todas las acusaciones y al final no era la única que se iba por las noches. Si volvían a sacar el tema se lo echaría en cara.

A la mañana siguiente, cuando Álex volvía de hacer la compra, se encontró con Carmina en el rellano, estuvo a punto de montársela por haberla descubierto, pero al momento se lo pensó mejor y sonrió, si quería que le devolviesen el móvil tendría que controlar un poco su carácter ácido.

—Buenos días Carmina, ¿qué tal se encuentra? —preguntó inocentemente.

—Bien, bien, pero el que no está tan bien es el vecino del cuarto, el otro día, de hecho, tuvo que… —Álex desconectó de su cháchara y se puso a buscar las llaves de casa hasta que Carmina dijo algo que le llamó la atención—… el mismo hospital al que fue esta noche Emiliana a visitar a su hermana, espero que se ponga bien, pobrecita, es muy trágico, ¿sabes? Resulta que….

—Lo siento Carmina pero tengo algo de prisa, si no le importa… —cortó la piña mientras entraba en casa y cerraba la puerta dando un suspiro. Si se la dejaba, la vecina podía contarle la vida y milagros de todos los vecinos de este y de tres bloques más.

Mientras ordenaba las cosas se puso a reflexionar. Le había dicho que su madrastra fue a visitar a su hermana al hospital, pero ella estaba bastante segura de que no tenía ningún familiar cercano. Vaya, así que andaba con secretos, bueno, a descubrir a los demás podían jugar dos.

Aquella tarde, Álex fue la piña modelo. Bueno, lo intentó. Bueno, digamos que no molestó. Así que su padre y Emiliana no se sorprendieron cuando se quedó de voluntaria para recoger la mesa. En un descuido de Emiliana le quitó el móvil y se marchó con él para poder mirarle los mensajes. Al principio no había nada fuera de lo normal, hasta que saltó un mensaje de un tal Máximo Pepino. “Anoche estuvo bien, deberíamos repetir”. A través de ese mensaje accedió al chat que mantenía con él, y al parecer el chat no era lo único que mantenían. Pero al ir subiendo en la conversación los mensajes sexuales se veían salpicados por mensajes de quejas en la relación con su padre, podría ser hasta, sí, de odio.

Tras devolver el móvil a su sitio se metió en su cuarto. Le habían devuelto el suyo por su buen comportamiento esa tarde y gracias a ello pudo recabar datos sobre la muerte de Big Banana. Decían que había sido un infarto, pero… había indicios suficientes para creer que había sido un asesinato. Seguro que ahora planeaba acabar con su padre, ¡no se lo permitiría!

Cuando esa noche Emiliana salió del piso, Álex estaba preparada. Silenciosamente salió detrás de ella y la siguió mientras pensaba cuál sería el mejor momento para acabar con ella. Al final, al torcer una esquina encontró su oportunidad. A Emiliana solo le dio tiempo a decir su nombre y mirarla sin comprender antes de que Álex la tirase al suelo y titubeara antes de darle fin.

—Que sepas que esto lo hago por mi padre. Nunca conseguirás matarle —dijo mientras comenzaba la acción de matar a la berenjena.

—No quiero matarle. ¡Aún siento admiración por él! —contestó ella mientras, poco a poco, la vida se escapaba de su lustroso cuerpo morado.

Desconcertada por lo que había hecho y por las últimas palabras de Emiliana, Álex corrió de vuelta a su casa. Cuando entró, su padre estaba esperándola, preocupado, pero al ver las pintas que traía, aunque al principio no quisiera creerlo, temió lo peor.

Salió corriendo a la calle y a los pocos minutos encontró el cuerpo sin vida de su mujer. Destrozado, no pudo hacer otra cosa que llamar a las autoridades.

Álex estaba en casa, de pie, sin saber qué hacer o pensar, cuando llamaron a la puerta y aparecieron dos naranjas, un brócoli y una patata para llevársela a la comisaría. Tres días más tarde, tras un juicio, la joven piña fue hallada culpable. Y se la condenó a ser convertida en macedonia.

Relato 3 (MeryLilith):

(Pendiente de venir del ciberespacio)

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