Reto 3. Super superación

Imagina que eres un superhéroe con una gran fobia a la oscuridad, escribe un relato de superación.

Había atrapado de nuevo a la banda de Al Trapone y al doctor Escariano Avieso, que habían vuelto a unirse con un nuevo invento para liarse a atracar bancos. Esa hazaña se merecía una buena ducha y un bocadillo. ¿Hoy había partido? ¡Cachis, que con todo ese lío se había olvidado! No pasaba nada, iría volando a casa a supervelocidad, justo a tiempo de ver salir a los jugadores al campo y…

—¡Juan!

Acababa de pisar el suelo de la cocina al entrar por la ventana cuando oyó los golpes en la puerta y la voz de Luisa Lanas. ¿Qué narices quería? Justo hoy que tocaba partido y estaba agotado. Se cambió a supervelocidad y se dirigió hacia la entrada.

—¿Qué pasa, Luisa? —la recibió con una anchísima sonrisa.

—¿Cómo que qué pasa? ¡Habíamos quedado para ir al cine! ¿Dónde estabas?

—Ay, es que de repente me encontraba malísimo y me fui a urgencias… —se inventó poniendo cara de enfermo.

—¿Y no me llamaste? —le increpó Luisa en ese tono que usaba cuando estaba a puntito de estallar.

—Se me pasó, estaba delirando por la fiebre…

—Bueno, está bien. Pero me quedo esta noche por si las moscas, no vayas a saltar por la ventana creyéndote Superlópez en un delirio de esos.

—No, si estoy bien…

Era demasiado tarde, la mujer ya había entrado en su piso y se había quitado el abrigo muy dispuesta a instalarse. Dejó en el sofá ese maldito bolso que siempre usaba para atizar con saña a su “yo” superhéroe y le obligó a irse a acostar. Adiós partido. Juan se resignó y se dispuso a dormir mientras Luisa se instalaba en el sofá.

Despertó sobresaltado cuando oyó un fuerte ruido. Saltó de la cama a supervelocidad y fue en busca de Luisa. No estaba. Pero su bolso sí y, justo al lado, había una nota.

Sabemos quién eres. Hemos secuestrado a tu novia. Queremos que te entregues voluntariamente, sin trucos, o le rajamos el cuello.

Debajo había una dirección. Se cambió rápidamente, agarró el bolso de Luisa y fue volando hasta allí. Si aquellos que la habían raptado se creían que se iban a salir con la suya lo llevaban claro. Llegó a la nave abandonada en menos de lo que se tarda en respirar tres veces veces.

El interior estaba oscuro, pero eso no suponía ningún obstáculo para nuestro intrépido superhéroe, pues podía ver en la oscuridad. Avanzaba por la gran estancia salpicada de máquinas medio rotas de la antigua fábrica cuando, de repente, notó una presencia tras de sí. Observó, extrañado, que ya no podía ver más allá de sus narices con claridad. Trató de alzar el vuelo para alejarse de allí, consciente de que podía ser una trampa, pero su superpoder más carácterístico no le respondía. Incluso se empezaba a encontrar más débil…

—¿Sorprendido? —dijo una voz femenina.

Una mujer bajita que no llegaría al metro y medio vestida como una excursionista salió de entre las sombras mientras Superlópez se caía al suelo, dejando caer tras de sí el bolso de Luisa. Sus piernas le fallaban, ya no podían sostenerle. Dos personas salieron de sus escondites apuntándole con sendas armas, pero no podía verlos. La oscuridad lo invadía todo.

—Priktonita —aclaró la mujer con una sonrisa de autosuficiencia—. Tu punto débil. La he colocado por todas las paredes.

—¿Quién… eres? —logró preguntar Superlópez—. Y… ¿dónde está Luisa?

—Oh, tu amiga está bien. No te preocupes por ella, si colaboras la soltaremos. Llevadlo a la celda —les ordenó a los pistoleros mientras agarraba el bolso del suelo.

No sabría decir cuánto tiempo pasó a oscuras en aquella habitación diminuta, compuesta por cuatro paredes y una letrina en un rincón. Cada vez que venían a visitarle era para dejarle una bandeja con comida rancia y escasa, o para intentar sonsacarle información que no estaba dispuesto a compartir. ¿Dónde había nacido? ¿Cómo había conseguido sus poderes? ¿Dónde estaba su guarida secreta? Seguirían torturándole desde las sombras si no colaboraba.

Cada vez que venían preguntaba por Luisa. Nunca contestaban. A excepción de una única vez: aún no la habían soltado y no lo harían hasta que les dijeran todo lo que querían. La mujer con aspecto de excursionista se pasaba de vez en cuando con aquella sonrisa suya. Estaba claro que quería sus poderes.

Una noche, o quizá día, oyó gritos al otro lado de su puerta. Reconoció la voz de Luisa quejándose y maldiciendo. Superlópez reunió las pocas fuerzas que le quedaban y avanzó en la oscuridad, que a estas alturas ya le resultaba una parte hostil de ese lugar. Se situó tras la puerta justo en el instante en que esta se abrió y dio paso a la luz. Enmarcada en el umbral estaba la figura de Luisa.

—¡Tú! No sé por qué estás aquí, no necesito que me salves, supermedianía. ¡Yo sólo buscaba la salida!

Antes de que Superlópez pudiera responder, la mujer se dio media vuelta y se alejó con aires de mal humor. Se fijó en que llevaba el bolso en la mano y, curiosamente, eso le hizo sentir bien. Quizá porque sabía que con él se liaría a golpes con cualquiera que quisiera pararla.

Se arrastró hacia la luz y comprobó que no había nadie en la nave. Ahora que lo pensaba, llevaba bastante tiempo sin comer. ¿Se habían ido sin más? No lo pensó mucho y se alejó renqueando lo más lejos posible de aquel lugar, hasta que dejó de sentir los efectos de la priktonita y pudo volver volando a su casa.

Después de una buena comilona, se puso el pijama y fue a dormir. Sin embargo, no pudo apagar la luz. Un miedo irracional le hacía creer que si la apagaba y la oscuridad volvía, los efectos de la priktonita se intalarían de nuevo en su organismo y le harían sentir tan débil y desgraciado como en su celda. Durmió con la luz encendida.

Al día siguiente, llamó Luisa. Juan le dijo que había llamado a Superlópez en cuanto desapareció y que estaba muy preocupado. Ella se lo tragó, afortunadamente. Le contó que la policía había detenido a sus secuestradores lejos de la nave abandonada, pero que había sido capaz de salir de la habitación donde la retenían. Ahora todo encajaba.

—¿Vamos hoy a cenar por ahí? Me apetece una lasaña de berenjena en el sitio aquel… —le preguntó Luisa.

Él dudó. ¿Salir a la calle cuando las sombras de la noche acechaban? No. No, por favor. Otra vez no. Saltó con una boba excusa, colgó y fue corriendo a meterse en la cama, convencido por algún delirio infantil de que ahí estaría a salvo.

Sin embargo, Luisa no se rendía tan fácilmente. Apareció en su puerta a las ocho, llamando insistentemente. Cuando por fin le abrió, le ordenó que se vistiera y que “se dejara de tonterías”. En el estado en el que se encontraba, no pudo hacer otra cosa que obedecer. Salió a la calle despacio, asomándose desde el portal con temor. Luisa le miró con cara de pocos amigos, pues no comprendía qué pasaba, y le agarró del brazo para tirar de él hacia la acera.

Sorprendido, Juan dio un paso y salió de la protección del edificio. Descubrió que la oscuridad no era completa como en su celda. Las luces de las farolas y de las tiendas iluminaban su camino. Un camino que ahora sabía que podría recorrer, poco a poco. Miró a Luisa con una sonrisa de tonto, consciente de que no habría salido de no ser por ella.

—¿Qué me miras tanto? —inquirió ella.

—Me alegro de haberte conocido.

—J-Juan… —Luisa se puso colorada.

—Y acabo de recordar que mañana hay partido —añadió ensanchando su sonrisa.

Luisa se paró en seco y le atizó fuerte en la cabeza con el bolso, dejándole un prominente chichón.

—¡Sólo piensas en fútbol!

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