Reto 12. La Selva Sin Lindes

Combina estos tres personajes a modo de secundarios: ‘el hombre de hojalata’, ‘un dragón enamorado’ y un ‘ogro’ para hacer con ellos una narración fantástica.

Quizá se podría pensar que pertenecer a la tripulación de un barco forestal podría no ser demasiado excitante. Si lo piensas, aquí caer por la borda sólo te mancharía de barro y dejaría herido tu orgullo si acaso lo tuvieras. Aunque, tal vez, si crees que nuestro navío elevaba sus tres palos hacia el techo de hojas de los grandes árboles, es que no tienes ni repajolera idea de qué bosque te estoy hablando.

Lo llamaban la Selva Sin Lindes, porque ningún humano había sido nunca tan necio de tratar de dibujar aquella masa arbórea en un mapa. Contaban que con sólo mencionar su verdadero nombre se te secaba la lengua hasta convertirse en nada más que una pasa inservible, no digamos ya dibujarlo. Así que no correré ese riesgo y me limitaré a relatar lo que allí aconteció. Al menos contar lo que viste si lo visitaste no está prohibido. Claro, que es que nadie suele salir vivo de ese mágico lugar.

Yo por aquella época era un espíritu. No siempre lo fui, por supuesto. Tuve una vida mortal llena de percances deshonrosos y variopintos, los cuales no dejaré jamás por escrito, pues no me gustaría despertar a ciertos dioses. Como comprenderás, un espíritu hoy en día tiene poco que hacer. Ya nadie se asusta al verte flotando de una lado para otro ni se apiadan de tu alma. Me aburría como una bivalva.

Me dirigí allí donde mi cuerpo mortal nunca se había atrevido a ir, a ver si conseguía sentir aunque fuera un poquito de emoción. Como mínimo calmaría mi curiosidad. Nada más cruzar ese límite que no existe noté, pese a ser incorpórea, que la atmósfera cambiaba. Sería el equivalente óseo a contemplar el color azul del cielo y que de pronto se nublara de gris, imagina sentir eso en unos huesos que ya no tienes. Escalofriantemente ridículo.

El cambio de luz fue más gradual, tornándose verdosa y sombría, pero no lo suficiente como para espantarte. Era una sombra cálida y reconfortante que te estimulaba a quedarte allí para siempre. Una trampa, sin duda, si hasta yo podía percibir aquello. Me paré en seco cuando vi un revoloteo a lo lejos. Mis primeras hadas. Floté todo lo rápido y sigilosamente que pude para contemplar esa maravilla luminosa. Aquellas diminutas criaturas se estaban alimentando de un pobre desgraciado campesino que habría tenido la desgracia de meter el pie en la espesura. Eran adorables.

Las saludé con las palabras secretas que una vieja ermitaña me enseñó una vez en uno de mis viajes antiaburrimiento, antaño ha, a lo que ellas respondieron con unas sonrisas luminosas y escarlatas, y continuaron comiendo. Lo siguiente que vi fue un dragón.

¿Cómo un noble ser alado como tú en un sitio como este? —fui a preguntarle, siempre ingrávido.

Me respondió con un enorme y sonoro suspiro que olía a leña y azufre. Resulta que los espíritus podemos oler, sí, es algo que pocos saben. Fui a darle unas palmaditas en la cabeza que reposaba sobre la fresca hierba, junto con el resto del cuerpo, que parecía haberse desplomado como atraído fuertemente por la gravedad. Él siguió la forma semejante a una mano que le atravesó la frente sin problemas, pero no reaccionó.

Podrías contarme lo que te pasa, quizá pueda ayudarte le sugerí.

Eso depende. ¿Sabes algo sobre el amor, muerta criatura?

Un rato. Sé cuánto dinero es suficiente para comprar el amor de un esposo, o cómo contonearse para que las muchachas más hermosas me deseen sin proponérselo, o qué palabras pronunciar para que el más casto de los sacerdotes se muera por mis huesos. Incluso sé cómo preparar filtros de amor, si todo ello no te surte efecto expliqué con ligereza.

No creo que nada de eso me ayude volvió a suspirar. Yo de veras que le quiero. De verdad de la buena…

¿Has probado a declararte?

Sí.

¿Y bien?

Dijo que antes berenjena que ser calcinado por mi flameante aliento.

Espera un momento… dije atando cabos. No te habrás enamorado de un árbol, ¿verdad?

Es tan frondoso respondió con un suspiro ensoñador.

Estaba a punto de enumerarle la cantidad de desventajas que tendría una relación como aquella cuando noté una sombra sobre nosotros. Alcé mis no-ojos hacia las copas de los árboles y distinguí la forma del casco de un barco. No-parpadeé unas cuantas veces, tratando de convencerme de que no veía lo que no-veía, pero lo cierto es que era tan real como el dragón enamorado que tenía frente a mí.

Instalada la curiosidad en mí, dejé a mi reptiliano suspirador en tierra y floté hacia allí arriba. Por si acaso, me desvié un poco para poder observar el navío de lejos. Me dejó sin aliento espiritual, todo hay que decirlo. Sus velas se inflaban con el poderoso viento que mecía las ramas altas de los árboles, una tela hasta entonces extraña para mí. Pude distinguir miles, millones de colores en ellas, como estrellas hay en el firmamento. Afiné mi vista de alma errante para acercar la imagen hacia mí: eran flores. Todas agrupadas tan juntas que el viento no lograba pasar a través de ella y, como alternativa, las llevaba consigo.

El casco, los palos y las barandillas de madera estaban recubiertos de una densa capa de musgo, tan fresco y espeso que daban ganas de tumbarse en él y nunca despertar. La cubierta estaba salpicada de hierbas, algunas en flor, y daba la sensación de estar en una soleada pradera, más que en una nave. Sobre aquella superficie corrían numerosos seres de todas las clases y calañas. Distinguí gnomos, trasgos, ninfas, hechiceras y demás criaturas mágicas. Pero también seres hasta ese momento desconocidos para mí, cubiertos de un material metálico, que parecían moverse mediante movimientos mecánicos. Aquel barco era tan grande que podría haber mil tripulantes en él muy fácilmente.

Decidí acercarme.

¡Ah del barco! bramé con mi mejor no-voz masculina, pues los espíritus también podemos modificar nuestro timbre. Ventajas de estar muerta y no tener cuerdas vocales.

¿Quién eres? me respondió una mujer alta que vestía los ropajes propios de las brujas, haciendo visera con su mano para protegerse del luminoso sol.

Tan sólo un espíritu sin nada que hacer. No os causaré problemas, nada más quisiera que conocer los entresijos de vuestra maravillosa existencia. Nunca antes vi un navío navegar por las copas de los árboles como si estas fueran simple agua.

La bruja me miró con el ceño fruncido. Luego extendió un brazo hacia arriba, señalando con un dedo al palo mayor, donde ondeaba una bandera pirata que hasta entonces me había pasado desapercibida.

Si entras aquí será como prisionero o tripulante, espíritu. Nada de polizones ni vagos.

No me lo pensé mucho, tenía pinta de ser una experiencia excitante y, en el peor de los casos, podía usar mi invisibilidad almática y huir sigilosamente de allí. Acepté de buen grado. La bruja, que resultó ser la capitana, me condujo a través del prado de cubierta a conocer a mis instructores.

Aquí donde les ves, estos dos están de luna de miel me explicó la capitana muy sonriente y, deduje, orgullosa de aquel enlace.

La bruja se fue y me quedé mirando a los seres que tenía delante: un hombre de hojalata de facciones neutras y una ogra bastante agraciada. Demasiado agraciada para ser una ogra, diría yo. Al ver que me la quedaba mirando, frunció el ceño.

¿Qué me miras tanto? inquirió.

Perdóname, nunca había conocido a alguien de tu especie y además de tan buen ver.

Otra igual resopló ella. A ver si por ser ogra ya no puedo ser bella. Por estereotipos como estos los de mi raza llevamos años en caza y captura, huyendo como podemos. Al parecer ser feo es malo y no serlo, más.

Tranquila, querida la calmó su esposo con una curiosa voz metálica. Este espíritu no tenía por qué saberlo.

Pero ahora lo sé me disculpé. Te ruego aceptes mis disculpas, oh, bella ogra.

Ella volvió a resoplar y se fue a amarrar unas cuantas cuerdas. Me quedé con el hombre de hojalata, llamado Raimundo, que se encargó de empezar a instruirme en el arte de navegar en el bosque. Entretanto yo usaba mis mágicos sortilegios para levantar pesos que ningún mortal podría soñar sostener, él me iba comentando su vida y la del barco.

Al parecer sólo se echaban a los árboles cuando comenzaba la primavera y se retiraban a una gran cueva cuando el otoño se llevaba todo el verdor. La primera de las razones era que sin hojas, el navío no tenía donde reposar su casco para navegar. La segunda, porque las flores de las grandes velas no aguantaban el frío del invierno y se marchitaban, perdiendo su único medio impulsor. La tercera, pero no por ello menos importante, era que la capitana era muy friolera. Me parecieron causas bastante excusables, todas ellas.

En una de esas, decidí preguntarle a Raimundo algo que me rondaba desde que los hube conocido.

¿Cómo es que siendo Laria ese era el nombre de la bella ogra y tú tan diferentes habéis acabado casándoos?

Él lanzó una risilla metalizada, casi aflautada.

Nos lo dicen mucho. De hecho, ella no estaba muy convencida al principio de querer tener una relación conmigo, pero hice algo de lo que no podía escapar: bailé. Pero no un baile cualquiera, ¡ni mucho menos! Le enseñé en secreto mi baile especial, aquel que ningún ser vivo enfatizó mirándome puede escapar. Mis encantos hicieron el resto y aquí estamos.

Aquello me dio una idea. Le pregunté si no habría alguna manera de mandar mensajes desde aquel barco. Él dio un silbido y un ruiseñor apareció volando para posarse en su dedo de hojalata. Me dijo que él podría transmitir el mensaje, convenciéndome del todo cuando el pajarillo le dio la razón con palabras bien claras y cristalinas. Le envié allí donde quería hacer llegar mi mensaje y esperé.

Dos horas después, un grito de alerta me sobresaltó.

¡DRAGÓN!

Todos corrían en cubierta, dispuestos a matar a aquella criatura que con unos cuantos soplidos de fuego y sus poderosas garras podía hacer encayar el barco fácilmente. Vislumbré la figura de mi amigo dragón recortándose en el horizonte.

—¡Capitana! —exclamé al llegar hasta ella—. ¡Es amigo mío, detén esta carnicería! Sólo viene a hablar.

No muy convencida, pero manteniendo a todos sus tripulantes alerta, hizo anclar el barco para que el dragón pudiera posarse en un risco cercano.

Espíritu me dijo una vez asentado. He venido lo más rápido que he podido. ¿Decías que podías hacer que ese hermoso roble me diera una oportunidad?

¿Está enamorado de un roble? se extrañó un sátiro. ¡Por todos los dioses, que alguien me pellizque! ¡Ay! ¡Maldito duende, lo decía en sentido figurado!

¿Qué es eso de “sentido figurado”? quiso saber una joven centáuride.

Pues es fácil, que te conviertes en figura y te das un sentido explicó uno de los seres metálicos, llamados robots.

Eso sí que no tiene sentido negó el duende volviendo a pellizcar al sátiro.

¡Auch! volvió a quejarse este último. ¿A que te tiro por la borda?

SILENCIOOOOOOOOOOOOOOO ordenó la capitana, trayendo consigo unas nubes negras y espesas que hicieron enmudecer hasta el más travieso de ellos.

Le pedí a Raimundo que se acercara y le expliqué la situación. El dragón se mostró escéptico ante la solución que le ofrecía, pero pensó que ya no tenía nada que perder y que, después de eso, sabría por fin si el roble y él estaban destinados a estar juntos o si, por el contrario, debían mantener separados sus caminos. Hombre hojalata y bestia alada se retiraron a un lugar apartado entre los riscos para tener intimidad, y esperamos. Cuando volvieron, estaba empezando a anochecer.

¿Y bien? le pregunté al dragón. ¿Lo ves factible?

Él me miró con una honda tristeza en sus ojillos negros, una tristeza que me partió el no-corazón. Abandoné el barco para poder hablar a solas con él. Las lágrimas draconianas resbalaban por sus escamosas mejillas mientras yo intentaba consolarle, sin saber muy bien qué le ocurría. En medio de sus sollozos me asaltó un pensamiento: “Vaya, no sabía que los dragones pudieran llorar”.

Cuando por fin se calmó, pude obtener una explicación.

Ya no estoy enamorado del roble.

¿Cómo es eso posible? Eso no es algo que se quite en cuestión de minutos.

Ya, pero es que… Mi corazón pertenece ahora a Raimundo suspiró. Ese baile es sin duda muy efec… ¡Espíritu!

No, tampoco sabía yo que los espíritus podíamos desmayarnos de la impresión.

Anuncios

2 comentarios en “Reto 12. La Selva Sin Lindes

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s