Escaleta Lavanda (I Torneo Remolachachi)

¡Tercer día! Hoy estamos aromáticos, parece ser…

¿Nuevo por aquí? Echa un vistazo a esta entrada.

¿Quiénes se nos unen al torneo hoy? Pues bien, aquí les tenemos: Andrés Álvarez Iglesias (@doctorserone), Laura Pérez (@Laura27_, blog: Piscina de letras) y A. P. Berra (@apberra, blog: El constructor de mundos).

Esta escaleta ha sido escrita por Saul C. Bailey (@dlaCruz_Enriqve): Escaleta Lavanda

El chico prohibido (Laura Pérez)

¡Pum! ¡Pum! Julia despertó sobresaltada de la pesadilla. El cóctel formado por una resaca y  una reforma nunca fueron una gran combinación para comenzar la semana. Después de la fiesta que la entretuvo hasta altas horas de la madrugada en una de las discotecas más famosas del centro de Madrid, Julia tomó la decisión de que se saltaría las primeras horas de clase. Pero la joven de 20 años desconocía que su vecina de arriba comenzaba una reforma en su ático de lujo que duraría varias semanas. Tan exhausta se encontraba, que incluso entre martillazos y caídas de escombros su mente hallaba la armonía para volver a retomar el sueño. Un arma infalible hizo entonces aparición para destruir por completo ese momento de trance.

—Si crees que vas a pasar toda la mañana durmiendo estás muy equivocada. Te oí llegar de madrugada anoche. No te pago la universidad para que seas tú quien decida cuándo va. Te quiero vestida en 10 minutos. Hoy te llevo yo  —afirmó Antonio con rotundidad mientras golpeaba la puerta de la habitación.

—Pero papá… Estoy muy cansada. Déjame dormir un poco más. Lo necesito —suplicó Julia con los ojos entreabiertos.

—¿Un poco más? Ya has descansado más de lo que mereces. 9 minutos. Ni uno más —gritó saliendo de la habitación.

Julia se preparó a toda prisa y se sirvió un poco de café en su termo. Hoy más que nunca necesitaba que la cafeína le hiciese efecto. Cartera en mano y con los brazos cruzados, su padre la esperaba en la entrada.

—He dicho 9 minutos y han pasado 12…

—Lo siento —se disculpó Julia sin ganas evitando el conflicto con su padre.

Ambos bajaron al portal del lujoso edificio donde Julia solía esperar a que su padre sacara el deportivo del garaje. En la entrada, dos albañiles hablaban sobre cómo organizarse para sacar los muebles antiguos del ático. El más joven, Juanjo, se fijó en Julia. Aturdido ante aquellos grandes ojos color caramelo que combinaban a la perfección con el dorado de su cabello dejó de hacer caso a lo que le comentaba su compañero. Éste buscó recuperar su atención pero Juanjo repasaba las largas piernas de Julia que terminaban en unos elegantes zapatos de tacón. Un empujón le sacó de su aturdimiento y volvió a la realidad. Inconscientemente, levantó de nuevo la mirada y en esta ocasión fue correspondida. Julia también se fijó en él. Los dos sonrieron a la vez que sus ojos se decían lo que con palabras no podían expresar en ese momento.

Antonio, que buscaba las llaves del coche, se dio cuenta de la conexión entre su bella hija y aquel atractivo joven cubierto de polvo. Un arrebato le hizo coger el brazo de su hija y tirar de ella.

—Hoy me acompañas al garaje —le ordenó a la vez que lanzaba una mirada de absoluto desprecio al chico que se había atrevido a mirar así a su niña.

—Ya voy, papá. ¡Qué pesado estás hoy! Deja de tratarme como una cría—le reprochó su hija por su comportamiento.

—Pues lo pareces con las tonterías que haces. Entra al coche. ¡Ya!

A mediodía, Julia llegó a casa en un taxi. Al cruzar el portal descubrió que los albañiles aún seguían allí. Los chicos se encontraban en las escaleras tomando el almuerzo. Juanjo, al verla, se acercó a ella con la más encantadora de sus sonrisas.

—Pensaba que ya no te volvería a ver hoy —le comentó acercándose a ella y sin parar de agitar unos papeles que tenía en la mano derecha.

—No hay motivo para que nos veamos, no te conozco —contestó Julia ladeando la cabeza.

—Eso puede cambiar. Esta noche se celebra una fiesta en el garito de mi colega. Tengo dos entradas. Una es para mí, la otra es para alguna chica bonita que quiera probar cosas más atrevidas que las pijadas del centro de Madrid —le guiñó un ojo.

—No soy ninguna pija —respondió ella algo más seria.

—Esos zapatos de princesa no dicen lo mismo —comentó Juanjo mirando hacia los tacones y alejándose un poco por temor a mancharlos de polvo.

—Me gusta vestir bien, sólo eso.

—¡Eh! Que a mí me gustan. Te sientan de infarto.

Julia le quitó una de las entradas de la mano y se abanicó con ella unos segundos. Abrió su bolso y la guardó en su monedero de Louis Vuitton.

—Esta noche voy a enseñarte cómo nos divertimos los pijos —afirmó Julia mordiéndose el labio superior.

La universitaria entró en el ascensor con una sonrisa amplia y sintiéndose muy afortunada, al igual que el joven albañil que chocó la mano con sus compañeros celebrando su gran éxito.

Su primera mirada ya confirmó que aquella historia no iba a quedarse en una simple fiesta. Después de esa noche vino otra. Y otra. Julia mentía diciendo que iba a estudiar a la biblioteca cuando en realidad quedaba con el chico prohibido, así le llamaba ella. Sus padres confiaban en sus palabras e incluso Antonio se había olvidado de Juanjo ya que no había vuelto a coincidir con él. Pero David, el hermano pequeño de Julia, vio por error en el iPad los correos con fotos que se mandaban entre la pareja. Imágenes en la fiesta de la primavera de hacía dos días en actitudes muy cariñosas. Lo curioso era que el chico le sonaba. Es el mismo que le ayudó a subir su bicicleta a casa. ¡El albañil! David guardó el secreto.

El viernes, antes de la cena, los hermanos discutieron por el iPad. David quería jugar con él un rato, pero Julia se negaba a dejárselo a pesar de que ella no tenía intención de usarlo. Su madre terminó la discusión y obligó a su hija a prestárselo a David. Pero antes de cederlo, Julia se encargó de borrarle la partida del juego al que tan enganchado estaba su hermano. David se encendió de rabia pero mantuvo un extraño silencio.

Durante la cena, la familia habló tranquilamente. Hacía tiempo que no compartían un ambiente con tanta complicidad, especialmente entre Antonio y Julia que hacía años que habían dejado de ser uña y carne. Parecía que volvían a conectar, pero David, celoso y aún con la rabia contenida, decidió fusilar ese mágico momento.

—Papá, Julia está saliendo con un chico a escondidas —dijo David mientras con el tenedor jugueteaba con la comida.

—¿Cómo? —miró sorprendido a su hija.

—No mientas, idiota. ¿Qué pruebas tienes? Sólo está enfadado porque le he borrado una estúpida partida de un juego —confesó Julia nerviosa.

—Vi las fotos de tu correo. Te besabas con él encima de una moto. Y yo le conozco. Es uno de los que arregla la casa de la vecina —vaciló sacando la lengua a su hermana.

—¿El albañil del otro día? Dime que no es cierto —pidió Antonio apretando con fuerza los labios.

—Papá… Mmm, pues sí, es cierto. Estoy saliendo con él, pero sólo nos estamos conociendo, no somos novios ni nada de eso. Me lo paso bien y me trata genial. Mejor que tú. Además, tú precisamente no deberías tener prejuicios —le echó en cara.

—¿Qué estas insinuando? ¿Es que te crees con derecho a hablarme así, niña desagradecida? —gritó levantándose de la mesa.

—Tú eras como él, de clase media, una persona normal. Trabajaste mucho para conseguir lo que tienes hoy, lo que nos has dado. Estuviste en su misma posición. No entiendo ese desprecio hacia él cuando habéis sido iguales —explicó Julia con calma para rebajar el ambiente.

—¿Iguales?¿Sabes de verdad lo que me costó conseguir lo que tengo?¿Invertí todo mi patrimonio en un negocio que sólo daba pérdidas? Los primeros años pasaba hambre para poder pagar las deudas. Años y años de sufrimiento que terminaron dándome mi recompensa y haciendo de mi empresa una de las más ricas de esta ciudad. Horas y meses que le di al trabajo y se lo quité a mi familia. Una niña consentida como tú no sabe lo que es trabajar de verdad. Y si crees que un niñato va a venir a quitarme lo que he construido estás muy equivocada. Me costó demasiado llegar hasta la cima y nadie en este mundo logrará que baje de ella —concluyó tirando la silla al suelo.

Julia rompió a llorar al igual que su hermano, que se lamentaba por haber contado a su padre el secreto de las fotos. Su madre intentó consolarles mientras Antonio salía de casa y se dirigía con su coche a la finca que poseía en la montaña. Unas horas después, el dolor de cabeza producido por la tensión le hizo dirigirse directamente a la cama.

El sábado por la mañana, los primeros atisbos de sol despertaron a Antonio. La dura conversación durante la cena fue lo primero que vino a su mente. Lo dicho y lo hecho era imposible de deshacer, pero él sabía que podía ponerle remedio a aquel problema que amenazaba con quitarle el sueño.

Un enérgico desayuno y una ducha despejaron su mente por completo. Con firmeza se dirigió al cobertizo donde disponía de todo su arsenal de herramientas. Antonio, muy aficionado a los programas de bricolaje y experimentos caseros, se dispuso a fabricar un artefacto que lo cambiaría todo sin perjudicarle directamente. Convencido de que nada podía salir mal creó una pequeña bomba casera que colocaría en la moto del joven albañil. Las lesiones le apartarían de la obra y evitarían que siguiera frecuentando a su hija Julia.

Antonio pasó todo el fin de semana en la finca haciendo diferentes pruebas de la bomba. Ya con las variables controladas, la versión definitiva quedó lista. A primera hora del lunes instaló, con cuidado de no ser visto, la bomba casera en la moto. Estaba programada para explotar unos minutos después de la salida del trabajo de Juanjo.

Esa misma tarde, Antonio llegó antes a casa para asegurarse de que su plan salía a la perfección. Sorprendido de que nadie estuviera en el piso a esa hora, se asomó a una de las ventanas para comprobar que los albañiles estaban terminando la jornada. Juanjo, apoyado en su moto, abrazaba a Julia y ambos jugaban a quitarse algo que él tenía en las manos. Antonio, aterrado por la hora, intentó persuadir a su hija para que subiera.

—Julia, ¿ya se te ha olvidado que te estoy pagando una universidad privada? Estás tardando en subir y ponerte a estudiar —gritó el padre nervioso.

—¿Y a ti se te olvida que tengo una vida? —contestó enfadada por cómo la trató en la cena.

—Si no subes inmediatamente, seré yo el que baje en tu busca y te aseguro que la tarjeta de crédito se te acabó —amenazó a su hija que optó por ignorarle. — Está bien, tú lo has querido.

Julia le quitó las llaves de la moto a Juanjo. Éste intentó recuperarlas, pero le empujó y se subió. Su padre ya casi estaba en la planta baja. Nada más verle, Julia arrancó y huyó. Antonio salió del portal y vio cómo su hija se alejaba por una esquina cuando una explosión la hizo saltar por los aires. El tiempo se detuvo. Paralizado ante aquella horrible escena, sólo era capaz de ver cómo Juanjo corría hacia la nube de humo que cubría el final de la calle. Los gritos de terror de los transeúntes invadieron los oídos de un padre que seguía pegado al suelo sin poder moverse.

Entre tanto humo, Antonio vio algo e inconscientemente un impulso le guió hacia ello. Al acercarse descubrió que era uno de los tacones rosados que llevaba Julia. Cubierto de sangre y restos de piel, Antonio tropezó con algo que apartó su mirada del calzado ensangrentado. Un pie amputado estaba tirado en el suelo. El pie de Julia.

Antonio se derrumbó en la carretera mientras su mano aún se aferraba al zapato de tacón. El dolor y la culpa le hicieron perder la consciencia. Mucho que asimilar. Demasiado que contar y afrontar. Ningún perdón.

La carta (A. P. Berra)

Querida hija mía:

Aunque me duele en el alma, sé que te he perdido para siempre. Lo ocurrido esta tarde ha sido la gota que ha colmado tu vaso, y he leído en tu mirada que no querrás verme jamás. Es por ello que he decidido escribirte esta carta, para que puedas conocer mis razones.

Los comienzos con tu madre no fueron fáciles, pero surgió la posibilidad de invertir en una empresa de construcción con tu tío, y decidimos usar todo nuestro dinero. Por suerte la cosa salió bien, y fuimos escalando socialmente. Pero cuanto mejor nos iba económicamente, peor nos iba como pareja. La zorra de tu madre (sé que no te gusta que la llame así, pero ahora ya todo me da igual) se acomodó enseguida a una vida de lujo, y no hacía otra cosa que gastar mi dinero. Y en ese clima de crisis continua naciste tú, Julia. Estoy convencido que tu madre sintió celos de ti desde el principio, ya que me acusaba de volcar todo mi amor en ti, dejándola a ella de lado. Es cierto que por aquel entonces le levanté la mano un par de veces, pero es que me tenía desquiciado y no respetaba mi papel de hombre. Llegó el juicio de separación, y ella puso toda la carne en el asador. Me acusó de maltrato físico y psicológico. Al final, consiguió llevarse la mitad de mi dinero y la custodia de los dos hijos. Solo podría veros un fin de semana cada dos semanas, y me aterraba ver como la influencia de tu madre te estaba desviando del buen camino.

Aquello me apartó de ti hasta que decidiste ir a la universidad. Tenías dinero de sobra para tener un piso para ti, pero decidiste que era más cómodo vivir en mi casa y que la “zorrita” (sé que llamas así a mi novia Mar) te lavara la ropa. Aunque lo de vivir en casa es una manera de decirlo, ya que cuando no estabas en la facultad estabas de juerga o en casa de alguno de tus “amigos”. Estoy seguro de que te vestías con esas minifaldas y esos minitop para provocarme, para sacarme de mis casillas.

Hace un mes, empezaron las obras en el piso de arriba. El lunes bajábamos juntos al portal para que te llevara a la facultad, cuando nos cruzamos con Juanjo, el albañil cachitas de la obra. Noté que te quedaste mirándole, y él te escaneó de arriba abajo. Yo soy hombre, y leí en su mirada que quería arrancarte la ropa allí mismo. Desvió sus ojos y me miró a la cara. Pero para mi sorpresa, en vez de sentir que le había pillado, me retó. El muy imbécil me dijo con una simple sonrisa que mi niña iba a ser suya. Discutimos todo el trayecto hasta la facultad. Defendías una y otra vez que ya eras mayor para decidir sobre tu vida, y no entrabas en razón. Así que, presa de los nervios, te pegué un bofetón. No fue culpa mía, tú estabas descontrolada. Pero vi en tus ojos una ira y un odio que desconocía en ti. Saliste del coche y solo dijiste una frase antes de cerrar la puerta, “te arrepentirás”.

Dos semanas más tarde, el viernes vino de visita tu hermano David. Sabes que tenemos una relación muy especial él y yo, pese a verle mucho menos que a ti. Y no contabas con eso cuando te escuchó hablar con Juanjo, mientras él te invitaba a la fiesta de aquella noche en el polígono. Llegué a casa, y cuando me preparaba para la cena, David me contó todo. Al empezar a cenar te pregunté por tus planes para esa noche, y tú me dijiste que saldrías con las amigas por el centro. Si algo no soporto son las mentiras, así que me levanté y te crucé la cara. Era la única manera que me dejaste para que entraras en razón. Y tú, en vez de eso, saliste corriendo a por tu bolso y cerraste la puerta de un portazo.

Hacia las cinco de la mañana escuché ruidos en el piso de arriba. Era imposible, ya que las obras no estaban acabadas. Pero cuando agudicé mi oído entendí el origen de aquellos ruidos. Eran gemidos. Y una horrible imagen me vino a la cabeza, tú estabas allí arriba con Juanjo. Habíais decidido acabar la noche allí, para castigarme. Para provocarme. Me puse una bata y subí echo una furia. Mar me gritaba que volviera a la cama, pero yo estaba ciego. Los gemidos ya eran inconfundibles en el rellano. Comencé a aporrear la puerta, pero vosotros seguíais con vuestros juegos, incluso escuchaba tu risa de vez en cuando. Decidí no moverme de allí hasta que salierais. Tus gemidos martilleaban mi cerebro. De pronto cesaron, habíais acabado. Y al poco tiempo escuché que os acercabais a la puerta. Esperé al otro lado, y en cuanto la puerta se abrió me lancé a por Juanjo. Pero loco de ira como estaba, no controlaba mis movimientos, y él logró tirarme al suelo. Te llamé puta y no vi venir la patada que Juanjo me lanzó a las costillas, dejándome sin respiración. Pero lo que me dolió de verdad fue tu sonrisa al verme en el suelo dolorido. Humillado. En ese momento decidí que aquello tenía que acabar del todo.

El sábado por la mañana lo dediqué a buscar por internet las maneras de borrarlo del mapa. No quería a ningún sicario, quería hacerlo yo mismo. Así que buceé por el ciberespacio buscando cómo fabricar una bomba. Sorprendentemente no me costó mucho encontrarlo, y los materiales podría lograrlos en mi almacén de la constructora. Tomé el coche, me encerré allí y no paré hasta tenerla en mis manos.

Hoy he dicho en la oficina que estaba enfermo y me he encerrado en casa. Solo. Masticando mi venganza. He visto a Juanjo aparcar su moto enfrente, como cada mañana. Y cuando lo he escuchado entrar en el piso de arriba, he bajado corriendo para esconder la bomba junto al motor. He puesto el temporizador en marcha. No era muy difícil acertar los horarios de Juanjo, ya que no le gusta mucho trabajar, y en cuanto la iglesia de la esquina marca las seis de la tarde sale por la puerta del portal hasta el día siguiente.

A las seis menos cinco me he puesto alerta, cuando he escuchado voces y risas arriba. He reconocido tu voz. Has salido antes de clase. No pretendía que estuvieras presente cuando Juanjo explotara por los aires. He escuchado cerrarse la puerta de arriba, y he imaginado que Juanjo bajaría hacia la moto, mientras tú vendrías a casa. Pero mirando por la ventana he visto, aterrado, como eras tú la que salía en dirección a la moto, mientras que el taladro se ponía en marcha de nuevo en el piso. El idiota de Juanjo te habrá dejado las llaves de su moto. He salido corriendo escaleras abajo, chillando, tratando de que me escucharas y bajases de la moto. Pero al llegar a la puerta del portal, he visto que la ponías en marcha. He salido gritando cuando he visto que te acercabas a la esquina y girabas la cabeza para mirarme. Pero ya era demasiado tarde. La moto se ha convertido en una gran bola de fuego. He corrido hacia ti, al verte tendida en el suelo, con la pierna derecha destrozada. He tratado de abrazarte, pero tu mirada de dolor se ha vuelto de ira al deducir que había sido yo el causante de todo aquello. Me estabas gritado e insultado, cuando he visto bajar a Juanjo como un loco. Y he salido corriendo. Corriendo como un cobarde por primera vez en mi vida. Y derrotado. Sabiendo que mi mundo se acababa de derrumbar. Tú no volverás a hablarme, y cuando salga a la luz la historia será mi ruina económica. Mi empresa se irá a pique. Y todo por un vulgar albañil.

Cuando encuentren mi cuerpo, estaré abrazando esta carta. Espero que la leas para que entiendas la verdad. Que todo en mi vida lo he hecho por tu bien.

Solo deseo que nos veamos en la eternidad.

Para siempre.

Tu padre.

No con mi hija (Andrés Álvarez Iglesias)

—¡Papá, papá!

Las pisadas apresuradas del grueso niño resonaron sobre las baldosas del suelo. Antonio chasqueó la lengua, levantando la vista de su plato con fastidio. Siguió con la mirada la carrera de su hijo, entrecerrando los ojos. ¿Cuándo se había puesto tan gordo?

«Tengo que ponerle a dieta…»

Le dio una colleja cuando estuvo a su lado, ignorando la mirada de su mujer, que mordisqueaba un langostino sin ganas, mientras hojeaba el Vogue en silencio.

—¡Ay!

—No armes tanto jaleo, David, te lo he dicho mil veces. ¿No ves que estoy cenando? Además, ya tendrías que estar sentado a la mesa. Venga, ponte ahí. Por cierto, ¿has visto a tu hermana?

—Julia no está. Dice que se iba a estudiar, pero no es verdad. ¡Les he visto juntos antes! Julia volvía de la universidad, y se ha puesto a hablar en el portal, y…

Antonio abrió mucho los ojos. ¡Osea que era verdad! Al principio no había creído los chismes de su hijo, no era la primera vez que David le venía con cuentos. Pero esto… Se negaba a creer que fuera verdad.

—Ven, hijo. Siéntate aquí, sirvete lo que quieras y cuéntamelo todo.

***

—Sí, ahí está ese desgraciado.

Antonio, asomado a la ventana de su lujoso piso del barrio de Salamanca, observó como unos obreros descargaban material desde un pequeño y destartalado camión. Unos pocos días antes habían comenzado unas obras de reforma en el piso del insoportable Guzmán, su vecino de arriba. Antonio sospechaba que había encargado esa obra tan sólo para fastidiarlo, pues sabía que su piso estaba impoluto. «Grandísimo hijo de la gran puta, Guzmán, ya me las pagarás.» Y ahora aquello.

Se rascó la mejilla, siguiendo los movimientos de los obreros con ojillos de hurón.

—Juanjo, te llamas…

Entre los obreros estaba un chico alto, musculado por el duro trabajo en la obra, con el pelo largo recogido en una ridícula coleta. Su piel tostada por el trabajo al sol brillaba, perlada de sudor.

Antonio chasqueó la lengua despectivamente, haciendo una visera con la mano para ver mejor.

—Juanjo, sí.

Habia estado observándolo desde que su hijo le avisó de lo que estaba pasando por primera vez. Al principio no le había dado importancia, pero ahora…

Siempre llegaba tarde a la obra, montado en una moto Kawasaki de gran cilindrada, ajeno a las broncas del capataz. Era todo sonrisas, miradas y palabras bonitas. Se ganaba a todo el mundo con su carisma, y siempre acababa haciendo lo que quería, ignorando a sus superiores.

Un embaucador, vamos. Con todas las letras.

Antonio lo sabía bien. No en vano él mismo había sido uno de ellos cuando era apenas un crío como ese ridículo motero. Cuando no tenía nada, cuando tenía que trabajar de sol a sol para poder comer. Había que hacer lo necesario para salir adelante… Pero él había prosperado, había logrado llevar a lo más alto a su empresa, a su familia. Había cambiado.

—No, cabrón —musitó entre dientes, siguiéndolo con la mirada hasta que se perdió en el interior del portal—. No permitiré que me robes nada. Y mucho menos a mi niña.

Si su hijo David estaba en lo cierto —y ya no lo dudaba—, ese obrero descarado se había atrevido a invitar a Julia, su hija, a alguna apestosa fiesta, o concierto, o vete tú a saber qué. Sería aquel fin de semana. Y lo peor era que eso no había sido todo, no. Había sido tan sólo la culminación de una semana de despropósitos. Apretó los dientes hasta que se tranquilizó. Luego se volvió, chasqueó la lengua mientras cerraba la ventana y se dirigió a la cocina.

Julia desayunaba enfundada en sus cascos, ajena a todo como siempre, removiendo el cacao de su taza con desidia. La miró: alta, bella, en la flor de sus veinte años. Esa mañana llevaba su pelo corto recogido en dos escuetas coletas, como las de las niñas pequeñas. Era normal que ese obrero se hubiera fijado en ella, todos en el bloque lo habían hecho. Julia alzó la mirada, torciendo el gesto en una mueca de odio; luego, volvió a ignorarlo. Antonio suspiró. Aún le duraba el disgusto del día anterior, sin duda. Pero era necesario decir todo lo que dijo.

Volvió a rememorar las palabras de su hijo sin dejar de mirarla.

«Los he visto salir un par de veces juntos ya esta semana. Ella decía que se iba a estudiar con Elisa, y su otra amiga, como se llame, esa larga y fea como un palo. Pero no era verdad, la vi con ese señor de la coleta. Se montaba con él en esa moto tan chula y no volvía a casa hasta que ya era tarde. ¿Me comprarás una moto así, porfa, papá, porfa?»

Apretó de nuevo los dientes, sintiendo como su pulso se aceleraba. ¿Cómo se había atrevido?

El primer día de la obra ya había detectado una mirada sospechosa entre su hija y ese fraude de obrero guaperas, pero pronto lo olvidó. No sería nada, sería una simple mirada más, como todas las que recibía su bella hija por la calle. No podía ser otra cosa. Pero no, ese maldito Juanjo se había atrevido a acercarse a ella, se había atrevido a invitarla a subir a aquella ruidosa moto e, inexplicablemente, su querida Julia, su ojito derecho, había aceptado. No una, según el relato de David, sino varias veces a lo largo de la semana.

«Guzmán, te lo juro. Esta vez me las vas a pagar…»

Y ahora se enteraba de aquella fiesta. Sería el sábado por la noche. Que ese niñato imberbe y melenudo se hubiera atrevido a invitar a su niña era intolerable, pero…

«¿Por qué has aceptado, Julia, mi vida? No te dejes engañar por lo que ves, ¡ese sinvergüenza es tan solo un embaucador, no está a nuestro nivel!»

Recordó la cena del día anterior. Tras la charla con su hijo David, hacía ya dos noches, en la que se había enterado de la invitación a aquella fiesta y de las escapadas de los días anteriores, no pudo contenerse y se lo recriminó a su hija. Le dejó claro lo que ese chico quería de ella, lo que era en realidad: un sinvergüenza, un oportunista que solo quería estar cerca de un culo bonito con pasta. Ignoró las miradas furibundas de su mujer, los ojos como platos de su pequeño y la mirada de odio de su hija. Tenía que ser duro para que su mensaje calase en ella. Le exigió que no fuera a esa fiesta, le amenazó con castigarla de por vida. Pero ella se limitó a gritarle que no podía inmiscuirse en su vida, que no lo intentase siquiera, y corrió a encerrarse en su habitación.

¿Que no se inmiscuyese…? ¡Pero si era precisamente ése su deber! Así se lo había enseñado su propio padre. Tan sólo él sabía lo que era bueno para sus hijos, para la familia. Y ese obrero de pelos largos no lo era.

Antonio se llevó las manos a la cabeza.

—Julia, querida —musitó—, ¿por qué haces esto?

No podía seguir así, tenía que acabar con ese sinsentido antes de que fuera a más. Y para siempre. Se quedó unos minutos observando a su hija, que seguía desayunando en su mundo. Sí, tenía que hacer algo. Por su propio bien.

Sus ojos se iluminaron. Chasqueó la lengua y sonrió, frotándose el mentón.

—Se me está ocurriendo una idea. ¡Y una de las buenas! —Rio entre dientes, disfrutando de la escena que acababa de dibujarse en su cabeza—. Si, así aprenderá.

***

El sol lucía alto e intenso en el cielo, anunciando la cercanía de la hora de comer.

Antonio se acomodó ante la ventana con un bol de palomitas con mantequilla. Tiró en un cenicero la tirita de un pequeño corte en la mejilla derecha. Estaba nervioso.

Oh, si, iba a disfrutar aquello.

En la calle, el camión cargado de escombros ronroneaba, esperando a los obreros. Aquellos vagos tan solo trabajaban los sábados hasta el mediodía. No tardarían en salir todos, riendo ruidosamente. Y si, también lo haría ese Juanjo.

Aquella mañana, mientras su hija desayunaba, el niñato de pelo largo había aparcado aquella escandalosa moto cerca de la entrada, casi media hora más tarde que el resto de sus compañeros, como hacía cada día. Justo en ese momento, Antonio había mirado disimuladamente a su espalda. Los ojos de su hija se iluminaron al escuchar el rugido de aquella bestia mecánica. Negando levemente con la cabeza, Antonio había tomado aquello como una señal de que estaba haciendo lo correcto.

Apartando aquella imagen de su cabeza, Antonio volvió a otear la calle, mordisqueando las palomitas

Sabía a qué hora ese melenudo cogería su moto de nuevo. Por fortuna para él, era un hombre de costumbres. Aún tenía tiempo. Aguardó a la hora adecuada, intentando calmar sus nervios sin dejar de masticar.

Cuando las manecillas señalaron las 13:30, Antonio chasqueó la lengua y bajó a toda prisa al trastero en el sótano del edificio.

—Si, aquí estás…

Sobre la mesa descansaba un pequeño amasijo de cables interconectados a tubitos, sujetos entre sí con cinta aislante y soldaduras mal hechas. Lo miró, satisfecho. Había aprovechado la noche del viernes y las primeras horas de la mañana para hacer aquella pequeña bomba casera, inofensiva, pero suficiente para dar un buen susto. Antonio soltó una risita, y chasqueó de nuevo la lengua. Por una vez le había encontrado algún sentido a aquellas clases de química del instituto.

Salió a la calle y, mirando a ambos lados, corrió a colocar la bomba. La fijó tras el motor, bien escondida, y ajustó el temporizador. Regresó silbando hasta el portal, y en apenas unos minutos ya estaba saboreando otro bol de palomitas.

Rio ruidosamente, anticipando en su cabeza lo que estaba a punto de suceder.

—Ahora aprenderás a no mezclarte con quién no debes, muerto de hambre… —Se volvió, buscando a su hija con la mirada—. Por cierto, ¿dónde está Julia?

Sin darle importancia, se volvió a poner cómodo ante la ventana. Pero su sonrisa no tardó en congelarse. El bol de palomitas cayó al suelo.

—Julia…

El tiempo pareció ralentizarse.

«¿Por qué…?»

Antonio vio salir a su hija por la puerta del edificio, con unas llaves en las manos. Sin dudarlo, se subió a la Kawasaki y accionó el contacto. El motor rugió, obediente.

«¿Por qué tienes esas llaves…?»

—Julia, no… ¡Julia, baja de ahí! ¡Ahora! —gritó, asomando medio cuerpo a la ventana.

Su hija miró a su padre, sorprendida. Dudó brevemente, pero luego cambió el gesto y, haciendo una peineta, puso en marcha la moto, alejándose.

Antonio siguió gritando, impotente, hasta que su voz se extinguió por sí misma.

«¿Por qué…?»

Cuando la moto empezaba a girar, a doscientos metros, el artefacto casero explotó.

Antonio cayó de rodillas, con la cara pálida.

«Julia, ¿por qué…?»

***

Temblando, Antonio escuchó el veredicto de los dos doctores, frotándose las mejillas sin afeitar. A su lado, su mujer lloraba, inconsolable.

—Hemos estabilizado a su hija —siguió hablando uno de ellos, más bajito y con el pelo rizado; Martínez, ponía en una placa—, las lesiones del cuerpo no eran graves, la moto no iba a demasiada velocidad. Pero su pie…

—El explosivo dañó mucho esa zona, hemos logrado salvar gran parte de la pierna. Estamos programando una cirugía reconstructiva para…

Antonio dejó de escucharlos. Escuchaba las palabras, pero no entendía su significado. Tan solo podía ver aquel momento una y otra vez: la moto arrancando con su hija, aquella explosión, los gritos, la sangre. Tanta, tantísima sangre.

Se llevó las manos a la frente, temblando aún más.

No había logrado dormir desde aquella noche, acosado por la culpabilidad. ¿Por qué tuvo que hacerlo? Apretó los puños. ¿Qué pretendía ganar? ¿Quién se había creído que era? ¿Qué…?

Por primera vez en muchos años, Antonio lloró.

«¿Por qué…?»

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4 comentarios en “Escaleta Lavanda (I Torneo Remolachachi)

  1. Va a ser difícil elegir en este, creo que el formato carta es el que más me ha gustado al inicio, por su originalidad respetando la escaleta, aunque luego me ha ha dado grimilla por el machismo de llamar siempre “puta” o “zorra” a las mujeres de la historia (que no digo que el padre no pueda ser un machista, porque vamos, mal de la cabeza está, eso desde luego, pero me ha tirado para atrás.)

    Los tres me han parecido que están bastante bien escritos y particularmente el tercero mejor llevado desde el punto de vista del padre, así que votaré por ese 😀

    Otro día leo las escaletas que me faltan.

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    1. Me ha pasado lo mismo que a Stiby. Es complicado elegir en esta porque son TAAAAAN diferentes y cuando he visto el formato carta me ha llamado un montón la atención, pero tanto machismo… Se me ha hecho desagradable de leer, especialmente porque no parecía arrepentido, sino que estaba tratando de justificarse.

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      1. Hola a todos. Como autor de La Carta, solo quería aclarar los dos comentarios anteriores. Traté de meterme completamente en el papel de un ser tan despreciable como ese. Es posible que tengais razón en el uso un poco facil de los insultos, pero creo que en su manera de ser es lo más natural. En cuanto al arrepentimiento, no pretendía que se arrepintiera, sino es una carta en la que trata de justificar su comportamiento de principio a fin. Si he logrado parecer desagradable, aunque suene raro, me alegro, ya que era mi intención. Pero aviso, es un personaje, yo soy justo lo contrario eeee jejejeje. Es la magia de la literatura, poderte meter en la mente de otras personas, aunque sea en la mente de seres despreciables. Gracias por leer los relatos. Los dos de mis compis de escaleta son impresionantes, un honor haber compartido historia con ellos.

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