Escaleta Margarita (I Torneo Remolachachi)

¡Comienza el triduelo!

En realidad ha terminado, y ahora mostramos los resultado, pero ya me entendéis. Pasemos a presentar a los contrincantes… ¡ding, ding!

¿No sabes de qué va esto? ¡Echa un vistazo a esta entrada!

La primera es Blanca G. García (@LAlighierina), el segundo es LS_TOPHER (@LS_TOPHER, blog: LSTPHER más que dispares relatos) y la tercera María G. Zúñiga (@mariagozu).

La escaleta ha sido escrita por Andrés Álvarez Iglesias (@doctorserone) es la siguiente: Escaleta Margarita

Y ahora, sin más dilación… ¡Allá van!

Vip Vip Bafle (Blanca G. García)

Los sonidos llegan distorsionados, como a través de una botella de cerveza medio llena. Los fans chillan, ríen y rompen cosas, pero los pasillos convierten todo aquello en un zumbido que da vueltas alrededor de la cabeza de Nachete. Tras él, El Bolas tiembla de impaciencia.

Los pases Vip le queman en la mano, parte por la emoción parte por el miedo. Se imagina a El Tachuelas al final del pasillo, enorme en sus dos metros de altura, preguntándole de dónde los ha sacado. Quizás el segurata le haga lo mismo que él a los pringados de los pases vip, con la diferencia de que sus manos son pequeñas y las de él podrían partir nueces.

Hace calor y huele a sudor rancio y alcohol. Él también suda. Los cables chisporrotean de vez en cuando. Mira a El Bolas y este le devuelve una sonrisa nerviosa. Le gusta verle tan feliz, cuando sonríe su cara regordeta se ilumina de una forma especial. Es un buen tío.

Una figura en el pasillo interrumpe sus pensamientos. Por un segundo su corazón se convierte en la batería de una de las canciones de speed metal que tanto le gustan y amenaza con hacer con sus costillas lo mismo que con unas baquetas al final de un concierto. La cara de El Tachuelas flota delante de él, en su imaginación. Segundos después descubre que, en realidad, quien tiene delante es el Señor Vázquez, el mánager de la banda, que le tiende una mano de uñas bien cuidadas. Al principio no es capaz de reaccionar, pero después la estrecha. Sonríe. Uno de los beneficios de aquellos papelitos. El propio mánager llevándoles hasta el camerino. Tras presentarse y comprobar que todo está en orden, les conduce por un pasillo con biombos de madera.

El camerino es amplio. La luz de los fluorescentes les hace daño en los ojos. Dentro, los cuatro miembros del grupo los miran con ojos curiosos. La guitarrista, al fondo de la sala con su Washburn y su mono de cuero rojo, es la primera en perder el interés. Se concentra en su botellín de cerveza y continúa afinando la guitarra. El bajista, al que todos llaman Atomic Bass Jack, ni siquiera se queda allí. Se levanta y tras un pequeño saludo, sale de camino al escenario. A Nachete no le sorprende, tiene tanta fama de desagradable como arrugas en la cara.

La emoción de Nachete cae en picado. Pero en cuanto se gira para decírselo a El Bolas, se calla. Se le ve la emoción en los ojos. Le brillan casi tanto como los fluorescentes. Así que se pega a la puerta disimuladamente mientras él se lanza a saludar a los miembros del grupo. La batería, una mujer alta y grande a la que llaman Tina Destroyer, parece la más contenta. En cuanto El Bolas se acerca le ofrece su botella de whisky. La guitarrista se va al poco rato y el cantante Vagarath, el mesías, con una túnica que le cubre incluso la cara, algo que a Nachete siempre le había parecido intrigante y siniestro a partes iguales, sale por la puerta sin decir nada.

El aburrimiento hace que Nachete se ponga a investigar por el camerino mientras escucha detrás las risas de su amigo y la batería. Piensa que así es como deberían de ser todos mientras dibuja una cara sonriente en el polvo de un espejo.

Un ruido tras él le sorprende y ve todo a través como a cámara lenta. A sus dos acompañantes se les ha escurrido la botella de whisky de las manos y ha ido a parar al suelo. El Bolas rojo por el calor, la emoción y la vergüenza, tropieza con la túnica de Tina Destroyer y cae al suelo tras la botella pero sin conseguir recuperarla. Tina cae sobre él y arrastra uno de los cables. El bafle más cercano se desploma sobre ella.

Cuando Nachete se gira, El Bolas se ha levantado como ha podido y sacude el cuerpo de Tina, inerte. A Nachete no le hace falta acercarse para ver que la batería va a echarse una buena siesta. Desde el fondo del pasillo, el Mánager silba y comienza a hacer gestos. El concierto está a punto de empezar.

Nachete mira a su amigo, a la batería inconsciente y el parecido de ambos. Se le ocurre una idea maravillosa de arreglar la situación y hacerle el hombre más feliz del mundo.

—¿No sería lo más tocar con Vargarath, Bolas? —pregunta mientras señala la túnica—Ya sabes, Show must go on…

Varias birras después, un homicidio (LS_TOPHER)

La copita en sus manotas se perdía, como el margarita descendiendo por su jeta, como un camello bebiendo de un agua reflejada o como se diga, boto con fuerza el aire y la baba, me balanceaba con la mano en el bolsillo jugando con un hilo suelto y en la otra sujetando con fuerza las entradas, detrás nuestro la bulla de la gente, hermanos metaleros, juntos apretados como sardinas queriendo entrar —«“suerte” que tengo “mis” entradas VIP»—.

—Eh tío queremos entrar —su gruesa ceja se levanta, los músculos se tensan en el traje que le tiene embutido, los pliegues de su cuello se agitan, echándome una mirada, que pierdo poniendo los cartones como escudo.

—Señor, verá, queremos entrar —echo un vistazo atrás, en parte por el Bolas y más por los babosos a los que les quité estas linduras. No fue difícil, estaban tan embotados por las latas en bolsas; que era una risa verlo intentar caminar entre los autos.

Segundos después, un par de bocinazos y los arranques de sus dedos que empezaban a enfriarse, nos echamos acorrer cuando volvían a levantarse.

Sus dedos como salchicha se aferran sobre el papel, se tuerce en una mueca por la acides del trago quiero creer

—Revísalas luego, queremos entrar…

—Traemos prisa —me termina el gordito, toso, la multitud empieza a entrar algunos a empujones otro con sus entradas en mano, la puerta, lo que puedo ver de ella más allá de la pared de carne, que es el Jorge Tachuelas o eso dice su identificador, afino los ojos para verlo.

—Con que hay se va mi mejor tequila, puedes emborracharte fuera del trabajo —replica una voz vieja, por un segundo pienso que trae a el sujeto escondido debajo de su saco, una mano empequeñecida por el brazp, hace que se aparte con una mirada rápida.

—¿Algún problema con los… caballeros? —termina luego de echarnos una mirada de arriba hacia abajo que estúpidamente busca disimular.

—Claro… vejestorio —le devuelvo el gesto; una risita, la del Bolas viene detrás.

Su traje elegante —«…esmoquin»—, mi lengua termina de babearme el labio al recordar la palabra, su traje blanco a la luz del foco sobre la entrada de marco rojo, que deja ver el campo de pista fosforescente.

—Mira tenemos dos putas entradas VIP y hasta ahora no tratan peor que las normales —termino. Sus arrugados labios se fruncen en una mueca, el segurata me echa una mirada que si fueran balan me atravesarían el pescuezo—. Mil disculpas, Sr. Vázquez, manager y promotor de conciertos, acompáñenme.

Respiro con fuerza, al avanzar a ambos lados más allá de la cerca metálica esta comenzando a juntarse en círculos, alguno meneando sus melenas a ritmo del frio de la noche y otros chocando hombros preparándose para el concierto y a lo lejos la tarima con las luces recorriendo el campo, bañándonos, siendo probadas.

El viejo camina delante guiándonos por las pasarelas al backstage, en un punto me apretujo con el Bolas.

—Estamos cerca de los camerinos, saben soy más de rock —lanza al aire, estoy más concentrado en apartarle, creo que se por qué esta tan entusiasmado.

—Cálmate, ya la vas a ver, solo no me aplastes —con una risita, baja el paso y no acercamos a la puerta azul con letras góticas “CAMERINO”. Golpea con fuerza, pasan los segundos y nos devuelve una sonrisa nerviosa—. Venga, chicos, tienen visitas —termina enojado, las bisagras suenan.

Un mano larga y huesuda, que le sigue la delgada cara emergiendo de la rendija que sostiene, marcada por arrugas desde sus sesgados ojos como si le doliera vernos.

—¿Y estos quienes son, Sr. Vázquez? —suelta.

—Ese es Atomic Bass Jack, tocaba para otra banda, pero se fueron de gira y se olvidaron de el —dice el Bolas despacito, pero no lo suficiente porque afina los ojos hasta casi desaparecerlos, aguanto la risa se parece a una pizza derretida.

—Son los ganadores…ves —le pone en frente las entradas, tose y cierra con fuerza, nos echa una mirada nerviosa.

Toca con insistencia.

—Oh, tenemos visitas —suelta una voz dulce pero solo veo sus marcados labios en labial rojo salpicados de pecas.

—Ella es…

—«Mrs. Washburn», lo sé —le corto.

El afiche no le hace justicia. Cuando termina de abrir la puerta, el cuero enrojecido se pega a la línea firme que forma su tronco como un riel sin curvas, forrando sus delgados brazos, una correa cruza de lado pasando entre sus pechos como pequeños montículos.

Tosen con fuerza, me giro para ver al viejo señalándonos hacia adentro, asiento, pero el Bolas me gana, la guitarrista se aparta para darle paso, sonrió con picardía, me devuelve el gesto con un ligero temblor a pesar de que es varios centímetros más alta que yo, lo que es nuevo para mí.

La tela oscura le tapa la cara solo sus enormes brazos bronceados con un oso enseñándome los dientes en uno de ello, que emergen, esta cae hasta su pantalón de cuero y botas de plataforma es el mesías Vargarath, junto a él sosteniendo una cerveza está el delgado con el bajo apoyado en la pierna, sentados en el sofá con estampado de leopardo.

Se voltean con fuerza hacia mí, mi cuerpo tiembla, la cara desdibujada del cantante y las cejas arqueadas del bajista empiezan a pesarme, un golpeteo, luego otro y comienza una tonada.

—Tocas bien, ¿ya lo has hecho antes verdad? —le suelta Tina Destroyer al Bolas que solo asiente sonrojado, no es una sorpresa tiene un poster gigante en su habitación, allí esta con el pelo en un coleta que le baja por los hombros anchos, con las baquetas en el aire sus fuerte brazos se preparan para azotar la batería, no tiene su túnica, con ella encima es igualita al Bolas, sonrió con malicia, terminando siguiendo el trago, que ha tomado cuando se han quedado, viéndoles.

Compartimos piso así que los primeros meses casi ni dormía por lo desalineado que tocaba, pero empezó a mejorar cuando le advertí que, si no tocaba algo soportable, pagaría él solo el sitio, por el me volví fan de los Vargarath, él lo era desde hace años, pero más de la baterista—. «Por ella aprendió a tocar»—.

El mánager se había ido hace minutos, el rítmico golpeteo a veces del Bolas a veces de la baterista solo los distinguía cuando apartaba la mirada de ella, que paraba cuando chocaban sus cervezas y se ponían a tomar.

Yo llevaba media docena de botellas en la mesita de vidrio, los hielos ya se habían derretido dejando un gran bol con agua frente nuestro a lado del poste, ya me sentía en confianza.

—Ya debemos irnos…chicos —suelta el bajista con pesadez y cansancio.

«¿Cansado de nosotros?», mirando el reloj en su muñeca. «Vaya que es viejo, esa cosa debería estar en un museo», sonrió para mí, más de lo que quisiera por las cervezas.

Ella asiente, moviendo con prontitud su melena castaña y me echa una mirada, se la devuelvo y sonríe pequeñamente, yo igual o eso espero, les veo levantarse, la guitarrista me hace una seña y con sus hermosos labios susurra “espérame después del concierto”.

El cantante le echa un gruñido, a lo que el anciano asiente llevándose la botella en una mano y en la otra sujetando su instrumento, Atomic Bass Jack y Mrs. Washburn, termina de salir por la puerta, ella se bambolea, remarcando su guitarra Washburn.

Algo curvado el poste delgado y de metal, por la presión de la cuerda tensa que se disparaba hasta el techo y sostenía con una polea el pesado candelabro a unos metros de nuestras cabezas que nos alumbraba con fuerza.

—¿Entonces te tapas tu cara con la túnica… porque eres horrible… o un alienígena? —termino luego de echarle un sorbo a mi trago y antes de entender lo que acabo de decirle al tipo de casi tres metros.

—Insecto, ¿por qué dijiste eso? —me suelta la baterista, que se ha detenido y me mira nervioso.

La tela se tensa con un gruñido como el de un oso en celo de El mesías Vargarath con las venas saltando de sus enormes brazos y la bestia queriéndome morder. «Ya me jodí».

Las trenzas blancas se sacuden cuando echa la cabeza hacia tras con fuerza dejando ver lo nervios tensándose en su cuello, el líquido bajando y la mano apoyándose en el otro tronco de carne que vibra entre bufidos, había regresado sin que lo note.

—Vámonos, no esperan los verdaderos fans —escupe sin asco y con algo de burla, siento una aguja clavarse en mi negro corazoncito, pero eso es mejor que el gigante puño destrozándome la cara, segundos después y yo hay tieso con la botella entre los dedos.

Me apunta con su dedazo, el bajista casi lo empujo para que saliera apretujado por la puerta, cuando reaccione, por el estruendo de esta, cubriéndome la cara, ya se habían ido.

—Tranquilo no vallas mojar el suelo —escupe entre risas y elevando el ritmo—. Deberías irte… ¿no? —asiento el final afilando los ojos, el Bolas me echa una mirada asesina, hay juntitos el con su túnica cubriéndole los hombros, ella que me devuelve una mueca extraña.

—Mejor sírveme algo cargado, relájate no te morderá la cafetera —suelta sin disimular el sarcasmo y su ronquera. Resoplo, pero empiezo andar hacia esta, con el golpeteo rítmico de fondo.

Mis manos tiemblan por el alcohol.

—Apresúrate, idiota —gruño para mí. Pronto, las pisadas lentas suyas acercándose. Me giro, se ha quedado quieta, golpeteando el suelo y disgustada.

Lucho con la taza de metal que se ha quedado pegada al pico de la máquina, tenso las piernas, luego de un par de tirones, que sea pesada y encima atascada no ayuda, jalo con fuerza con ambas manos en la aza, cayendo de culo, cuando sale disparada al soltarla.

Me giro para ver la parábola en lentitud, las astillas saltando y el agua desbordándose, su boca moviéndose en un “imbécil”, cuando intenta avanzar, pierde el equilibrio y resbala por el suelo empapado.

Su espalda golpea con fuerza hacia atrás por su peso y la varilla se rompe, la soga se suelta y la mole de vidrio afilado acelera hacia su cuerpo. Sus ojos abiertos por el miedo me culpan. La energía se corta en un grito seco.

—Nachete… Ella está… —suelta despacio y sacudiendo las palabras. Niego con la cabeza, con paso tonto me impulso y camino, con el salón enrojecido por las luces de emergencia, hacia Tina Destroyer que surge con la cabeza afuera; el resto está aplastado debajo del candelabro. Mis dedos tiemblan y la sacudo con fuerza.

—¿Tiene pulso? —continua levanto la mirada y el Bolas le toca el cuello con dos dedos, asiento y hago lo mismo buscando entre los escombros hasta sentir la piel blandita, pero solo eso, ni un salto. Oprimo más, pero no cambia. Respiro con fuerza.

—Solo… está desmayada —el cuerpo en medio de la habitación, la taza que rueda despacio sobre el suelo con el café derramado que ya nunca podrá tomar la baterista. Golpean con fuerza y salto.

—Vamos, Tina Destroyer, los Vargarath tienen que tocar ya —termina su mánager.

—Dile que ya vas —el Bolas me mira extraño, yo me mantengo firme—. Afina la voz demonios… solo hazlo —insisto y levanto la tela negra, que al igual que el cantante le borra el rostro.

—Ya voy…estoy arreglándome —termina en una decente imitación y tapando sus nervios lo suficiente, voltea y nos miramos, creo que lo hace a través de la tela, las sirenas resuenan en mi mente hasta que el bajo y la guitarra estremecen el lugar, despejándome—. Vale, apresúrate —suspiro. Para mañana estaré en la cárcel probablemente, pero hoy estaré en el concierto.

—¿Ahora qué, Nachete? —escupe apresurado.

The show must go on… “Tina Destroyer” —le rio nervioso—. ¿No sería lo más tocar con los Vargarath, Bolas? —la duda y el silencio se rompe por su risa—. Hagámoslo —caminamos hacia el concierto.

Into the mouth of hell we march (María G. Zúñiga)

—Nachete, relájate. Pareces más nervioso que yo por conocer a los Vargarath…

Mi amigo me ignora mientras se pasa la mano por el pelo, que se ha soltado para poder juguetear con la goma. Ni siquiera me dirige una mirada, perdida como la tiene entre la multitud de fans que nos rodea, yendo de unos a otros a toda velocidad. Una chica en cuyas orejas no cabría ni un pendiente más frunce el ceño al ver los pases VIP que sujeto en mis manos. Me hincho un poco ante su envidia y sonrío con malicia (o al menos lo intento, porque Nachete siempre me dice que con mi cara de bollo nadie me va a temer jamás).

Siguientes.

La voz de Jorge Tachuelas, el famoso segurata de la discoteca Legacy, desata el tembleque en mis manos cuando le tiendo los pases.

—Vaya, aquí tenemos unos VIP… —murmura con aburrimiento.

—Mucho jaleo esta noche, ¿eh, compadre? —Nachete no parece ser consciente de hasta qué punto Tachuelas odia las bromas y los comentarios amistosos.

El macizo oriental que es Jorge le dirige una mirada de indiferencia y me tiende los pases de nuevo. Mi amigo suelta un suspiro de alivio y no despega su mirada de los pases.

—Esperad detrás de la cinta, junto al guardarropa, hasta que llegue Andrés —nos indica, girándose ya hacia los siguientes.

Le obedecemos y, nada más apartarnos de su campo de visión, Nachete me golpea la espalda con su mano huesuda.

—Bueno, Bolas, ¡¡estamos dentro!!  —exclama con la voz estrangulada.

Esta vez soy yo quien le ignora cuando distingo el pelo engominado del mánager de los Vargarath viniendo hacia nosotros.

—Señor Vázquez —consigo musitar, y me apresuro a estrecharle la mano.

—Bonita camiseta —comenta, echando un vistazo al logo del grupo rodeado por unas garras que parecen atravesar la tela.

Yo sonrío, cortado, y Nachete interviene en mi lugar. Mientras habla, el hombre echa a andar por delante de nosotros y no soy capaz de procesar que vaya a conocer a mi banda favorita.

—Mi buen amigo el Bolas es el mayor fan de los Vargarath.

—Como yo —suelta el mánager.

—No, no. Usted seguro que no se sabe el nombre de las guitarras de Mrs. Wahsburn y el bajo de Atomic Bass Jack, ni notaría los cambios que hace la batería en directo… —Seguro que mi cara está más roja que la Strato de Gary Moore.

—Pues no, chico, no sé todas esas cosas; pero tampoco me interesan. No es eso lo que me hace nadar en dinero.

Nachete junta mucho las cejas y casi me lo imagino dando un puñetazo a la nariz del señor Vázquez. Aprieta la mandíbula y se mantiene en silencio en nuestro camino hasta los camerinos. El hombre se detiene ante una puerta y llama. De dentro se escucha una contestación seca y se asoma.

—Aquí os dejo a vuestros mayores fans de hoy. No los emborrachéis demasiado, que no quiero demandas como en el local de la semana pasada.

Se aparta y nos desea suerte antes de alejarse por el pasillo.

Nachete es el primero en entrar en el camerino saludando a gritos. Yo estoy como en una nube y apenas me entero de los movimientos de mi amigo. Mi mirada se cruza con la de Atomic Bass Jack, que se está acercando a mí con las arrugas de su cara marcadas por una mueca de malhumor.

—Que os sea leve. Yo no aguanto más fans de los necesarios y los prefiero bien separados de mí por una barrera —masculla cogiendo su chaqueta, y se larga con un tintineo de cadenas—. Suficiente tengo con aguantaros a vosotros y vuestras idas de olla —todavía se oye su voz desde el pasillo.

—Espera, Jack. —Mrs. Washburn se asoma por la puerta, muy cerca de mí—. Nos vemos en media hora —se despide de sus compañeros—. Vosotros pasadlo bien el concierto —me dice hablando muy deprisa, antes de seguir los pasos del bajista con el fogonazo de su traje de cuero rojo.

Entonces la sala guarda silencio y reparo en la sonrisa de Tina Destroyer, que sujeta una baqueta en una mano y una lata de cerveza en la otra.

—¡Bienvenidos al camerino de los Vargarath! Me presentaría, pero supongo que ya me conocéis. Sin que parezca falta de modestia, claro —aclara, y da un sorbo a la bebida—. Perdonad mi mala educación, ¿queréis?

Sin darnos tiempo a responder, saca dos latas de una nevera portátil a los sus pies, apoyados sobre una mesa baja ante su sofá.

—Sentaos conmigo y contadme quiénes sois, cómo preferís los kebabs y cuánto tiempo lleváis sin echar un buen polvo.

Se me escapa una risa nerviosa y me siento en una silla frente a Tina. Creo que me va a dar un infarto aquí mismo cuando me fijo en la figura encapuchada en una esquina de la habitación. Es el mismísimo Mesías Vargarath. Nadie le ha visto nunca la cara y uno de mis sueños era poder descubrirlo esta noche. Mi decepción es enorme al ver que también se cubre con la capucha de su túnica estando en el camerino.

—Venga, Espaldas Anchas —le llama Tina—. Socializa un poco con nuestros fans.

El hombre se gira hacia ella y, aunque no pueda ver sus rasgos, estoy seguro de que le clava la mirada. Si ahora aparecieran dos ascuas ardiendo donde deben de estar sus ojos no me sorprendería. Bueno, igual un poco sí; pero intentaría no desmayarme.

—A mí me llaman el Bolas —me presento—. Y ese de ahí es mi amigo Nachete. —Que, por cierto, está pasando de nosotros mientras da vueltas por todo el camerino y se para de vez en cuando a mirar algunas cosas—. Es un tío genial. Él me ha conseguido los pases VIP para conoceros.

—Esos amigos sí que valen la pena, Bolas. Brindemos.

Chocamos nuestras latas y bebemos. Ella se acaba la suya de un sorbo y se agacha para coger otra. Tina Destroyer y yo seguimos hablando y brindamos de vez en cuando por los discos que han marcado la historia del metal, por la buena comida y por el concierto que va a empezar en media hora. El Mesías Vargarath hace un comentario cortante que apenas distingo en mi aturdimiento y también se marcha. Busco a Nachete con la mirada, pero me mareo y me rindo.

Minutos más tarde escucho su voz desde algún punto por detrás de mí.

—¡Eh, tío, Bolas! ¡Ven aquí! —Obedezco, intentando no dejarme los dientes en el suelo al levantarme—. Mira, es la Washburn del concierto de hace tres años. ¿Te acuerdas, colega? Fue el primero al que fuimos juntos.

Claro que lo recuerdo. Mrs. Washburn no ha vuelto a usar esa guitarra. Como tampoco ha usado ninguna otra de las que fabrican para ella en cada gira. Nachete levanta la guitarra del pie y se coloca en posición de tocar.

—Ten cuidado, chico. Esta muchacha puede ponerse muy agresiva cuando le tocan las guitarras —advierte Tina, detrás de mí.

Nachete asiente. O a lo mejor forma parte de la coreografía que se está marcando por todo el camerino con la guitarra colgada.

—Mira, tío, tienes que probarla, pesa muchísimo.

Se saca la guitarra por la cabeza mientras se acerca a nosotros. Tina se ríe sin parar.

—Venga, Bolas, levántala por encima de tu cabeza como si la fueras a tirar al suelo para acabar tu solo.

Cojo la guitarra con todo el cuidado que puedo, finjo que toco algo mientras me río y hago caso a mi amigo. Pero justo cuando me dispongo a soltar la guitarra hacia delante calculo mal su peso, o quizá sea un efecto del alcohol, y el instrumento se lleva mis brazos hacia atrás, acabando con mi momento como estrella de heavy metal.

Escucho un golpe sordo y de pronto estoy en el suelo con las manos vacías y las piernas de Tina junto a mi cabeza.

La mente se me despeja y me pongo en pie todo lo deprisa que me permite el cuerpo.

—Tío… No se mueve… —murmura Nachete a mi lado. Tiene la cara pálida—. Le has arreado un porrazo…

—Yo… Yo no quería… Ha sido un accidente…

La guitarra, el arma del crimen, está tirada junto a la cabeza de Tina Destroyer como si fuera el instrumento más inocente del mundo.

—¡¿Qué hacemos ahora, Nachete?! —como siempre que estoy nervioso, me sale una voz aguda horrible.

—Joder, tío, pues no sé. Faltan como diez minutos para que empiece el concierto…

—¡No ayudas, colega!

—Espera… —Mi amigo se detiene con los ojos fijos en el cuerpo de Tina y luego me mira a mí. Mueve su mirada de mí a la batería y al revés varias veces—. Bolas, esa mujer es tan grande como tú.

Yo le miro sin entender. O quizá no quiera hacerlo. Mi amigo está mal de la cabeza si lo que propone va en serio.

—Bolas, tío, tú sabes de qué va esto. Tienes cierta idea de lo que se hace… —Eso es exagerar mucho—. Y te sabes las canciones de Vargarath de memoria. —Eso es verdad.

—Pero, Nachete…

—Reserva tus energías para ese escenario, Bolas. Además, seguro que esta gente hace playback. Tú pásalo bien. ¿No era tu sueño conocer a los Vargarath? Pues ahora puedes ser uno de ellos. Into the mouth of hell we march, amigo. Hemos llegado hasta aquí para arder y qué mejor que hacerlo en el escenario.

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4 comentarios en “Escaleta Margarita (I Torneo Remolachachi)

  1. Me encanta lo mucho que cambia cada escaleta según quién la cuenta. Es la primera que puedo leer y ya tengo dudas con mi voto. Me voy a leer las demás mientras lo pienso, a ver si con las otras lo tengo más fácil.

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  2. Hola!

    Creo que mi preferido de los tres es el último, tiene más diálogos y se hace más ameno. Además, son los personajes que más me he creído.
    Es curioso ver la interpretación de cada persona con la misma escaleta, ahora voy a leer la escaleta a ver que decía exactamente 😉

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