Escaleta Estramonio (I Torneo Remolachachi)

Y nos toca dar por finalizado esta primera edición del Torneo Remolachachi. Ha sido un placer, hortalizas, ¡pero aún no ha acabado lo bueno! Mañana, sábado 4 de noviembre, empezarán las votaciones mediante una entrada que publicaré en este blog. Ahí podréis elegir qué relato os ha gustado más de cada escaleta durante toda una semana. ¡Elegid bien!

Después, anunciaré los ganadores en Twitter mediante una pequeña sorpresita en la que ha colaborado Celia Añó (dejo su blog y su Twitter en el siguiente párrafo). Espero que hayáis disfrutado tanto escribiendo como leyendo estas historias.

¿De qué diantres va esto? Echa un vistazo a esta entrada.

Ahora, sin más dilación, los dos últimos relatos (otra vez nos ha fallado una personita), escritos por Celia (@BrujadelTeatro, blog: Celia Añó) y Saul C. Bailey (@dlaCruz_Enriqve).

Esta escaleta ha sido creada por Andrea Ángel (@Andre08): Escaleta Estramonio

Primer día (Celia)

Una de cal y otra de arena. Ana y Patricia. Su hermana, su apoyo, áncora para ese día tan decisivo. La jefa de cabina, su examinadora. “Cuidado con Patricia”, le había advertido, “Es espantosa, una amargada. Le encanta hacer llorar a los nuevos. No dejes que te afecte.”

La amenaza flota entre ambas, en la ropa que Lydia se abotona con dedos nerviosos, al recogerse el pelo, al salir de casa y caminar hasta la parada de taxis. Aunque el camino es largo, el día lo será aún más. Sin embargo, cada paso es casi un salto entusiasmado, impaciente, por llegar cuanto antes. Mientras esperan al taxi, se le escapa la mirada a su reflejo y el uniforme de azafata bajo el abrigo. Su hermana llevo uno idéntico, más desgastado y con el olor de cientos de viajes. El suyo todavía huele a plástico.

―No te pongas nerviosa. ―Le susurra Ana al entrar en el coche. Un apretón ligero, cariñoso, para infundir confianza.

―No estoy nerviosa, no mucho. Estoy contigo, seguro que será estupendo.

Su hermana le devuelve la sonrisa.

―A mí también me hace ilusión compartir tu primer vuelo.

Una pizca de tráfico, insuficiente para retrasarlas, para enturbiar la emoción de Lydia. Es su día, lo será. Le ha costado llegar ahí y está satisfecha de haberlo conseguido. La sala de espera, en el interior del aeropuerto, la recibe como un abrazo, como si ya perteneciese a ella. Es la antesala de cada vuelo, un momento de respiro antes de dar la vuelta al mundo. También hay abrazos, apretones de manos, besos en la mejilla, felicitaciones, presentaciones y bienvenida a pares. El resto de la tripulación prefiere formar corro a ella que sentarse en las sillas. Es hablar por hablar, hacer tiempo, conocerse, pero Lydia se siente a gusto, una más. Al escuchar que la jefa de cabina seguramente no sea Patricia, el único nudo que le retorcía el estómago comienza a disiparse. Es una noticia que se repite una y otra vez, con alivio, con ganas que sea cierta. Las únicas voces que la ponen en duda son por miedo a que sea una falsa alarma. Nadie la quiere ahí.

La puerta se abre y entra Patricia. Pisadas que mudan los rostros, de estupor a decepción, incluido el del comandante.

La jefa de cabina tiene un rostro bonito, casi de muñeca de porcelana, pero deformado por una mueca antipática. De repente la sala es algo más fría y las sillas se demuestran tan incómodas como realmente eran. Lydya levanta la cabeza dispuesta a seguir sonriendo. Su hermana le aprieta el hombro en señal de apoyo, las otras dos tripulantes de cabina la animan a su manera. Hasta la pareja de pilotos bromean un poco con ella para aligerar la tensión. Porque hay algo nuevo en el ambiente, una sensación amarga envolviendo a Patricia y que, sin necesidad de mirar, parece señalar a la tripulante nueva.

“Que te crees tú que voy a caer en tus provocaciones”, pensó Lydia apretando los puños con fuerza.

Su examen abarca dos vuelos. De Madrid a Casablanca. De Casablanca a Milán. El avión está atestado de gente, ningún asiento libre. Al caminar entre ellos, Lydia empieza a notar que su confianza flaquea. Las variables están todas mezcladas: un niño berreando, una que no para de hablar con el móvil y no hace caso del cinturón ni con indirectas, el que se ha confundido del vuelo, los que han mezclado asientos… Son pequeños desastres que se suceden sin descanso, algunos incluso simultáneamente, y las cuatro tripulantes de cabina tienen que hacerse cargo como puedan. Ella es torpe, lenta y en su cabeza se mezclan los consejos de su hermana y lo aprendido en las clases. Las otras tres la ayudan todo lo que pueden. Una pista, una pausa para indicarle qué hacer o un pequeño relevo. También la tranquilizan. Entienden que es su primer día, que está nerviosa o que no tiene experiencia. Patricia, sin embargo, la mira con desagrado, mascullando a ratos lo que hace mal. Cada comentario es un pequeño nudo ahí donde antes solo había júbilo.

“Y todavía no ha empezado el auténtico examen”, tragó saliva al recordar que durante el segundo vuelo tendrá que responder a sus preguntas.

Pese al descanso al llegar a Casablanca, Lydia no pudo deshacerse de ese nudo molesto, cada vez más grande, multiplicado sin que se diese cuenta. Le molestan, le quitan el apetito, la hacen sentir incómoda, sin ganas de más, solo de llegar al hotel donde descansarán durante dos días. Los demás intentan integrarla, animarla a que se sienta mejor, pero cada vez que ve a Patricia, uno de los nudos crece un poco más. Solo quedan horas para que tenga que responder a sus preguntas. Media. Cuartos. Minutos.

Es incómodo, pero tolerable. La sensación es casi idéntica a la de su primer vuelo. Sigue torpe, desatenta, nerviosa por culpa del examen.

Los nudos aligeran un poco…

―Tenemos una pequeña avería ―les informó el comandante cuando apenas llevaban una hora de vuelo―. Quizás no podamos aterrizar en Milán.

…para apretar con aún más fuerza.

El avión es ahora un lugar inhóspito donde se siente extranjera. “Actúa con normalidad”, se obliga a sonreír, a apretar los dientes y controlar el temblor de las piernas. El entusiasmo de la mañana está concentrado en gelatina temblorosa. Cumple, pero con dudas, con la cabeza por las mismas nubes en las que vuelan. Piensa en lo no debería imaginar, en lo que sucedería si caen, si nunca llegan. ¿Qué hacer en caso de emergencia, de aterrizaje forzoso? Siente que lo ha olvidado todo. Cumple como un autómata sin raciocinio propio. Trabajar, atender, responder, vigilar. Al aterrizar, ella misma cae, aunque en la realidad sigue de pie. Está pálida, sudorosa y no entiende las bromas que el resto de la tripulación se intercambia. Los pasajeros no saben nada, nunca se les advirtió de la avería. También se les ve cansados por el viaje, pero satisfechos por haber llegado. Ella es la única que sigue intranquila, el corazón rozando las nubes.

No lo entiende. Al salir afuera, a la ciudad, se rezaga hasta quedar tras su hermana y sus amigos. Los ve caminar, reírse, hablar de cañas y de dar una vuelta antes de ir a descansar al hotel. Están relajados, tranquilos, todo lo que ella no puede ser. Sigue con el susto recorriéndole las venas, diluido junto a la presión del examen. Al final les oye concretar una hora para dar una vuelta por Milán. Lydia se detiene a la par de ellos. Siguen discutiendo qué hacer. Ya no hay más bromas, solo un nuevo objetivo que lo abarca todo por completo.

―Eh, chiqui ―Ana retrocedió para ir junto a ella al fijarse en su mueca inquieta, gris―. ¿Y esa cara? ¡Pero si has finalizado el examen con éxito!

―Ya, es que… Es solo que no puedo dejar de pensar en la avería. No entiendo cómo estás tan tranquilos, ¿y si hubiese ido todo mal? ¿Y si nos hubiéramos estrellado y si…?

―Lydia ―la interrumpió, agarrándole por los hombros con firmeza―, calma, deja de darle vueltas. No tiene sentido preocuparse por algo que no ha llegado a ocurrir.

Lydia miró a su hermana. Ahora más que nunca quiere ser como ella, alguien capaz de enfrentarse a los problemas con calma y seguir adelante pase lo que pase.

Bautismo de vuelo (Saul B. Bailey)

Al acercar la identificación se encendió el pequeño led verde que indicaba la validez del pase. Su hermana pasó también su credencial, aunque la puerta ya estaba abierta. Le explicó que era por motivos de seguridad: Hay que hacer siempre el registro, les dijo. Nicole deslizó la tarjeta. Entraron las tres en la sala. Habían quedado en Madrid para ir en taxi hasta el aeropuerto. La experiencia de Ana aportaba seguridad a su hermana Lydia y a su inseparable Nicole, compañera durante el curso de auxiliar de vuelo.

A primera vista vieron a dos hombres de uniforme sentados en unas incómodas sillas. La sala no tenía nada de glamour, pensó Lydia, y el mobiliario parecía viejo.

—Os presentaré a los tripulantes —susurró Ana—Son buena gente.

Se levantaron con gesto amable los dos uniformados. Las reconocibles cuatro barras le delataban. Un tipo de barriga destacada y melena trasnochada.

—Soy Pedro, el Comandante del vuelo —se presentó con una sonrisa.

—Ellas son Lydia y Nicole—dijo Ana—Lydia es mi hermana.

—Encantadas de conocerle—corearon.

—Será un placer volar con usted, señor—dijo Nicole.

—Y él es Ramón—Ana señaló al otro hombre—, será el primer oficial.

—Dos novatas el mismo día —contestó con preocupación—, ¿qué puede salir mal?

Las novatas se miraron algo confundidas por la grosería pero Ana las tranquilizó con un simple gesto. Luego les explicó que el tal Ramón era un poco celoso de la seguridad, algo que no era malo siempre y cuando no se excediese.

—Oye, Ana, ¿sabes si viene al final Patricia?—preguntó Ramón.

—Lo último que sé es que no—respondió amablemente—. Pero con ella nunca se sabe.

—Si no viene no será porque haya cogido frío—interrumpió Pedro—dudo que exista algo más frío que ella—remató.

La puerta se volvió a abrir y entraron en la sala dos mujeres sacadas de un anuncio de tintes de pelo. Una pelirroja de piel pálida, pulcramente uniformada y con una sonrisa esculpida en mármol. Una sonrisa forzada. Ni Lydia ni Nicole necesitaban formalidades para saber su nombre y rango: Patricia, arpía de nivel 1. Oficialmente era la jefa de vuelo. La otra era rubia y bella, tremendamente bella. Su nombre era Laura y parecía llevarse bien con la pelirroja.

Lydia sabía que la prueba ya había empezado, antes incluso de la presentación. También sabía que haber llegado antes que la examinadora era un buen comienzo. Ahora venía la primera impresión. La sobrecargo saludó a los hombres con frialdad y se acercó hacia ellas tres. Laura se quedó con ellos ya que sabía que era mejor no interferir en las formales presentaciones. Nicole dejó el café sobre la mesa para que no se notase el temblor de sus manos pero fue peor el resultado ya que no sabía dónde colocarlas ni qué hacer con ellas.

—Buenos días, Ana. ¿Nos puedes dejar un ratito a solas?

—Buenos días—contestó, luego se dirigió a las chicas—Tranquilas, estáis en buenas manos.

—Gracias. Veamos. Usted es Nicole.

—Sí, así es. Encantada.

—Un placer.

—Y usted es Lydia, hermana de Ana.

—Correcto. Un placer conocerla, al fin.

—Bueno, la escoba se me ha averiado y tendré que volar con ustedes. ¿Qué tal esos nervios?—y sin dejarlas casi contestar—Tranquilas, es un buen grupo.

—Gracias—contestaron al unísono.

—No quiero meteros mucho rollo ahora. Vamos a preparar el vuelo que a montar en bici se aprende pedaleando.

Ana se dirigió algo confundida hacia su silla. La bruja no lo parecía tanto. Los demás ya estaban preparados. Decidió que haría caso a lo que le dijo su hermana: No te fíes de ella.

*

El avión estaba preparado para que el pasaje empezara a embarcar. Hasta ese momento todo había sido silencio y tranquilidad en la nave. Todo aquel sosiego se quebró en el momento en que  empezó a llegar la gente por la pasarela. El comandante y Patricia se encargaron del habitual saludo a los viajeros mientras que Lydia y Ana se encargaban de colocar a la gente en sus asientos, si fuera necesario. Lydia apenas se dio cuenta del vuelo. Entre el despegue y el aterrizaje apenas recordaba lo que había pasado. Muchas peticiones y pocos apuros. Además, contaba con la ayuda de su hermana y eso le dio mucha tranquilidad. Sólo tuvo un pequeño roce con Patricia que la sobrecargo zanjó con un “ya veremos cuando no esté la tata cerca”.

Madrid-Casablanca fue un suspiro.

*

Casablanca-Milano no iba a ser tan sencillo, como ya se verá. En el primer vuelo el examen lo tuvo Nicole, y lo pasó con solvencia. Eso no hizo que Lydia estuviese más tranquila. Sabía que era su momento con Patricia y que no iba a ser fácil.

Tuvieron un rato para adecentar el avión y arreglarse un poco, perfumarse y… otra vez a empezar. Equipajes de mano que no dejan cerrar los portaequipajes y buscar acomodo a los que no quieren ventanilla o pasillo y aguantar a los bromistas durante la explicación de las salidas de emergencia. Los años lo convertirían en monotonía pero, de momento, todo este trajín emocionaba a Lydia. Se sentaron durante la maniobra de despegue, como es preceptivo, luego Patricia apartó a Lydia para darle unos últimos consejos.

—Mira, Lydia —comenzó condescendiente—. Aquí se trata de que todo el mundo esté contento sin afectar a la seguridad. Es sencillo, pero no es fácil. Lo primero es el cliente pero si se pasa, me lo dices. Si no puedes resolver algo, me lo dices, pero intenta resolverlo primero. ¿Está claro?

—Sí, clarísimo —intentaba aparentar seguridad.

—Cuando notes que pierdes el control de la conversación, me avisas. ¿Bien?

—Bien —repitió algo incómoda ya.

—Ya no te pongo más nerviosa —parecía leer su mente—. Vamos al asunto.

El pitido acompañó al apagado de la luz que obligaba a abrochar los cinturones de seguridad. Comenzó el protocolo del reparto de comida y bebida. Todo se desarrolló con tranquilidad, lo que hacía que Patricia tuviera tiempo de observar mucho a Lydia. Se la veía muy desenvuelta y atendiendo con amabilidad.

Al principio es muy fácil—pensaba mientras la miraba—luego la rutina te va haciendo más arisca, y se te queda esta sonrisa forzada y esta sensación de asco permanente que tengo yo dentro. Y sólo esperas que todo vaya bien hoy y llegar a casa sana y salva, que ésa es otra. Que en cualquier momento esto falla y hasta aquí hemos llegado y ni descendencia hemos dejado en este puto mundo.

Nicole la sacó de sus pensamientos por una tarjeta no aceptada por el datáfono. Apenas lo había solucionado cuando se acercó a ella Ana.

—Sobrecargo, el Comandante la requiere.

—Gracias, Ana—la preocupación de Ana no pasó desapercibida para Patricia.

Avanzaba por el pasillo cuando un hombre la paró para quejarse sobre la comida. “Mi compañera le atenderá gustosamente, señor”, le dijo. Cuando levantó la mirada buscando ayuda, Ana ya estaba allí. “¿En qué puedo ayudarle, señor?” Patricia apenas escuchó esas palabras mientras se alejaba en dirección a la cabina. El avión se tambaleó por un momento. Más de uno se agarró a los reposabrazos instintivamente. Patricia sabía que aquello era algo habitual pero no era coincidencia que la hubiesen avisado antes de que había problemas. Su experiencia le decía que no iba a ser un vuelo cómodo pero también sabía que no había que preocuparse de cosas que no estaban en sus manos. Su misión era mantener el orden entre el pasaje. Antes de entrar le susurró a Laura “normalidad y tranquilidad, ya sabéis”. Entró en la cabina y vio a Pedro hablando con Malpensa. La conversación era tensa pero en ningún momento perdió los nervios. Patricia sabía que estaban en las mejores manos. Recordó aquello que tantas veces le escuchó, como a esos familiares que siempre cuentan las mismas anécdotas en Navidad: Cuando yo empecé, los aviones eran de madera. La chica tocó la espalda de Ramón y le preguntó con un gesto de los hombros qué pasaba.

—Un problema con los flaps —susurró—. El sensor dice que no están habilitados. Hemos probado una maniobra para desplegarlos, por eso ha sido la turbulencia.

—¿Entonces funcionan pero el sensor está averiado?

—A medias, nada más.

Pedro terminó de hablar con la torre de control y se dirigió a Patricia.

—Hola, Patricia. A ver —cogió aire como para ordenar las palabras—, tienes que mantener la calma entre la tripulación y el pasaje porque vamos a hacer unas maniobras no habituales. No sé si podremos aterrizar con normalidad en Malpensa o qué haremos. ¿Alguna pregunta?

—¿Abrochamos cinturones?

—Sí, claro.

—¿Nosotras también?

—Sí, mejor. En principio diremos que son turbulencias.

—Vale.

Patricia salió y fue avisando a las chicas discretamente y sin entrar en detalles, al menos con Lydia y Nicole. Pero Lydia vio en su hermana la preocupante situación y se lanzó a preguntarle.

—Oye, ¿qué pasa? En serio, no me engañes.

—Ahora mismo la cosa está fea, no te voy a mentir, pero hay que mantener la calma y que nadie sepa que hay problemas. Vamos a entrar en zona de turbulencias, ¿entendido?

—Sí, claro.

Fueron respondiendo a los pasajeros que preguntaron al ver que había que abrocharse de nuevo el cinturón. Llegaron a sus asientos y se abrocharon los cinturones. Lydia empezó a temblar y Ana, que estaba a su lado, le puso la mano sobre la pierna y le susurró al oído: “ahora no, abajo lloraremos tranquilas”. El avión comenzó a temblar ligeramente. Luego se tambaleó en el aire como llevado por la mano de un niño. Pasaron un par de minutos difíciles dentro del avión. La tensión iba en aumento. Los pasajeros buscaban pistas en las miradas de las azafatas. Ellas fingían tranquilidad y normalidad pero algo se veía en ellas. La nave se movía a tirones. Por las ventanillas se veía lo que debería ser Milán. En ese momento vieron, desde su posición en la cola del 737, salir a Patricia de la cabina con gesto grave. En ese momento el Comandante se dirigió al pasaje:

«Buenas noches, señores viajeros. Les habla el comandante Valdivia, en breve tomaremos tierra en el aeropuerto de Malpensa-Milano. Les rogamos por su seguridad que permanezcan en sus asiento con los cinturones abrochados porque el aterrizaje puede ser moviditio.»

El avión comenzó el descenso de forma algo brusca, inclinándose ligeramente hacia la izquierda. Ana apretó la mano de Lydia intentando tranquilizarla, gesto que pasó desapercibido para todo el pasaje ya que estaban a su espalda. El avión titubeó un poco y finalmente el tren de aterrizaje tocó la pista. Fue un golpe bastante seco que hizo que los traseros se despegasen de los asientos. La tensión latente se transformó en aplausos de los pasajeros a la maniobra del piloto.

Mientras el avión paseaba ya sobre el suelo de Milan buscando su pasarela los viajeros iban comentando la jugada. Las chicas se levantaron para ir preparando el desalojo. En eso Laura pasó junto a unos jóvenes que comentaban lo complicado del aterrizaje. Ella les dijo:

—Siempre es mejor estar abajo y querer estar arriba que estar arriba y querer estar abajo.

—¿Y para qué queremos el cinturón en caso de accidente?—bromeó uno de ellos—. ¿Creen que vamos a sobrevivir por esto?

—No, señor. No es para eso —respondió muy seria Laura—. Son para que, en caso de accidente, a la policía científica le resulte más fácil identificar los cadáveres.

Por la cara que puso el chico se ve que no se sabía el chiste. Luego, una vez vacío el avión de pasajeros, la tripulación hizo un corrillo para quedar, como era costumbre, para cenar y tomar unas copas. Lydia y Nicole se miraron sin saber muy bien qué decir. Todavía estaban asimilando el vuelo. Lydia hizo un aparte con su hermana:

—¿Cómo podéis quedar a tomar unas copas después de lo que hemos pasado hoy?—susurró.

—Bueno, no puedes preocuparte de algo que no está en tu mano y tampoco de algo que ni siquiera ha sucedido.

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5 comentarios en “Escaleta Estramonio (I Torneo Remolachachi)

  1. ¡Hola!
    En esta ocasión no tengo claro cual de los dos me ha gustado más. La historia en sí me ha parecido interesante. Creo que votaré por Celia porque en su relato he sentido algo más los nervios de la protagonista novata, pero ambos están muy bien. Ehorabuena.

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  2. Pues ya se acaba esto…
    Me han encantado los chistes de Saul. Se ve que ha hecho acopio de información.
    Un placer haber leído vuestras historias, gracias por participar. ¡Espero que disfrutaseis escribiendo la historia! 🙂

    Le gusta a 1 persona

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