Escaleta Silene (I Torneo Remolachachi)

¡Ya casi acabamos!

¿De qué va esto? Echa un vistazo a esta entrada.

Hoy se baten en duelo estas personitas: Eldaroth (@Eldaroth25) y Theia Myrios (@theiamyrios). Me temo que la tercera persona no ha podido presentar su relato.

Esta escaleta es de A. P. Berra (@apberra): Escaleta Silene

In palma creatoris (Eldaroth)

María caminó penosamente hasta situarse frente al estrado. Dos guardias la ayudaban sosteniéndola de los brazos. La sala era tan fría como ellos, tan fría como la primera vez, pero menos que su alojamiento de los últimos días. En realidad, por lo que ella sabía podían no ser días sino meses. Su estancia en los calabozos del Santo Oficio había anulado por completo su noción del tiempo, y únicamente podía hacerse una idea del tiempo transcurrido si estaba atenta para escuchar la fecha enunciada por el inquisidor Alonso del Valle durante los interrogatorios, cosa que ocurría justo en aquellos momentos.

Ante ella, tras una gran mesa de roble, estaba Alonso con su hábito blanco y negro de dominico, su cara seria y su tonsura. Junto a él estaba Román Pérez Camino, el obispo local. Más atrás se encontraba el médico que le había atendido durante las sesiones de tortura. A un lado de los eclesiásticos, sentado sobre un taburete con su escribanía, estaba Fernando, el secretario. Recordaba sus nombres, escuchados tantas veces que ahora no prestaba atención, sumida como estaba en una suerte de sopor inducido por el dolor, las privaciones y el miedo.

—Bien, comencemos —dijo Alonso—. María López, comparecéis una vez más ante este santo tribunal para aclarar los hechos de que se os acusan. Hasta el momento habéis negado toda implicación en actividades cuestionables o, peor aún, heréticas, peligrosas o contra la fe. Una vez más, os conmino a decir la verdad para que quede así registrado y tengáis la opción de salvaros, confesando vuestra participación en dichas actividades y si existen otros que hayan tomado parte en ellas. Así pues, ¿qué tenéis que decir?

Repitió la respuesta como tantas otras veces.

—Sigo sin saber de qué se me acusa. Yo nunca he atentado contra la fe cristiana.

—Nuestros testigos opinan de otro modo —aseveró el inquisidor—. Hay quien asegura que habéis sido capaz de curar enfermedades que, en otras ocasiones, se han llevado a quienes las padecían al lado del Señor.

—¿No es eso a lo que se dedican los médicos y galenos? Yo no soy tan culta como ellos, pero hago lo que puedo con los medios de los que dispongo.

Alonso rebulló en su asiento. Ese era su primer juicio como inquisidor de pleno derecho y no quería cometer ningún error. Había tratado de conducirse conforme a las enseñanzas, pero al contrario de lo que ocurría en otros interrogatorios y exámenes a los que había acudido, María no parecía tener interés en dar nombres o admitir los hechos. Los únicos que admitía una y otra vez eran los relativos a su presunta ocupación de sanadora. Alonso, por su parte, había escuchado varios testimonios que le resultaban preocupantes. El sacerdote del pueblo de María, principal acusador y testigo, aseguraba que era practicante de malas artes y ritos que habían de ser perseguidos y suprimidos. En su acusación afirmaba que la mujer había conseguido arrancar de las garras de la muerte a un niño a base de una de pócima hecha de hierbas y raíces y que luego, sabedora de su desaprobación, había vuelto la enfermedad contra él con ayuda de un demonio. Siempre según el sacerdote, el niño ni siquiera estaba enfermo, sino endemoniado, pero María había intervenido antes de que él pudiera exorcizar al ser que lo poseía. ¿Quién más, sino alguien con el favor del Diablo, podría haberlo expulsado de su cuerpo? O peor aún, lanzárselo a él, un hombre de Dios, ya que tan pronto el niño recobró la salud el cura había contraído la misma dolencia sin causa aparente.

Alonso creía en la existencia del mal en el mundo, del Mal de verdad, y sabía que existían aquellos que lo propagaban. Ella seguía apenas en pie, con las plantas de los pies quemadas en parte y las marcas de los azotes, y no había delatado a nadie ni confesado nada, al contrario que tanta otra gente que había visto examinada durante su formación. Una resistencia semejante bien podría ser otorgada por el mismo Satanás a sus siervos.

—Decidme pues, esos medios de los que disponéis… ¿cómo funcionan? ¿En qué consisten? —preguntó con aparente curiosidad. Ella respondió mansamente, como entre sueños.

—Recolecto plantas del bosque cercano, y las mezclo con hierbas aromáticas y las tinturas del apoticario. A veces hago un caldo con ellas para que los enfermos las ingieran mejor. Muchas de las plantas y flores que cultivo tienen propiedades que fortalecen el cuerpo y templan las fiebres, ayudando a la recuperación.

—¿Y no hay ninguna que permita causar esas enfermedades? ¿Como lo haría un veneno?

María alzó la cabeza, asustada. Acusar a una mujer de envenenadora era prácticamente sentenciarla a muerte, ya fuera en un tribunal de la Inquisición o uno laico. Los demás asistentes no dijeron nada ni trataron de intervenir. El obispo parecía aburrido, así como el médico, pues su papel allí era como testigos o para asistir durante las sesiones de tormento. El escriba, en cambio, se detuvo con la pluma en alto. María le vio de refilón. La estaba observando, pero enseguida volvió los ojos al pergamino y la tinta.

—¡Eso nunca! Yo trabajo para curar, como hizo mi madre, y mi abuela antes que ella. No siempre podemos devolver la salud a los enfermos, sólo el Señor o los santos podrían hacer algo así, pero eso no significa que se la arrebatemos.

Su comentario hizo que Alonso se reclinara en su sillón. María no solía mencionar al Altísimo en sus alegatos, lo que le llevaba a pensar que no era especialmente creyente.

—Así pues, evitáis el uso de brebajes ponzoñosos. Eso está bien. ¿Pero qué hay de esas otras artes de que se os acusa? Porque sois consciente de que suponen una grave afrenta al Señor, espero.

—No soy una bruja ni tengo tratos con demonios —negó María una vez más. Ahora estaba claro que se trataba de una acusación por brujería. Al comienzo de los exámenes todo había resultado mucho más vago, seguramente porque esperaban que confesase de plano tener poderes o adorar al Diablo. Todavía no sabía quién podría haberla acusado de algo así en el pueblo, pero poco importaba.

—Sanar es mi única ocupación y nunca le he negado ayuda a nadie. Me dedico simplemente a curar a la gente con remedios de hierbas, conocimientos que aprendí de mi madre como ella aprendió de la suya. ¿Cómo puede ser una afrenta a Dios cuidar de sus hijos?

El inquisidor palmeó la mesa con fuerza, haciendo que todos saltaran en sus sitios y gesticuló hacia Fernando haciendo que la gran manga del hábito ondeara como una bandera.

—Anotad que la acusada hace gala de una gran insolencia —indicó bruscamente Alonso al secretario—. ¿Cómo podéis afirmar saber qué es una afrenta para el señor? La arrogancia es un pecado asimismo grave.

La acusada negó con la cabeza. Cuando habló, en su voz no había más que humildad. Fernando casi se atragantó, tanto por la dureza de él como por la compostura de ella. Había visto los mismos intentos de intimidación muchas veces y seguía preguntándose por qué eran necesarios cuando uno tenía una cámara de tortura bajo los pies.

—Mi pregunta no comportaba arrogancia, sino ignorancia. No entiendo cómo puede ser que por curar a un niño con mis remedios haya quien considere que tengo poderes sobrenaturales.

Alonso intentó darle una nueva aproximación. No podía decir el nombre del acusador, por lo que había de actuar con cautela.

—Si esto es así, ¿cómo puede ser posible que haya testigos de que al poco de sanar a vuestro último enfermo contrajese vuestro párroco la misma afección? Muchos dan fe de que no os llevábais bien con él. Puesto que admitís no emplear venenos, alguien en vuestra posición bien podría haberse servido de talentos menos comunes para hacerle mal. ¿Es ese el caso?

María se revolvió esta vez, airada.

—¿Os contaron vuestras fuentes también que yo misma intenté atenderle cuando supe de su enfermedad? Pero él me rechazó. Me insultó por mis orígenes y mi formación. Yo no le envenené ni le maldije, tan solo le dejé a su suerte.

La cara del monje dominico se puso roja como la grana. Alonso se levantó como si pensase en golpearla allí mismo.

—¡Cuánta insolencia! ¡Qué desfachatez! ¿De verdad creéis que voy a consentir…? —empezó.

—¡No, monseñor! ¡Por favor!

Alonso se quedó con la palabra en la boca. A su izquierda Fernando se había levantado estrujando su pluma en uno de sus puños cerrados. El inquisidor le miró como si fuera una aparición. Consciente de lo que estaba haciendo, Fernando tartamudeó.

—Al… al menos escuchad lo que tiene que decir. De esa forma se sabrá… se sabrá la verdad, ¿no es así, monseñor?

La interrupción había sorprendido tanto al inquisidor que su momento de ira transitoria se disipó. Se sentó de nuevo, secando el sudor de su frente con un lienzo blanco. Quería ser inflexible, pero no pecar de celo excesivo. Ya hablaría más tarde con el funcionario sobre su exabrupto. Enfrente de ambos, María parecía haber cobrado nuevos ánimos con la intervención de Fernando.

—El sacerdote asegura que mis métodos provienen de una era bárbara, y que nadie que no sea un galeno estudioso de los cuatro humores debería tratar a los enfermos y agonizantes. Pero yo sé que mis remedios ayudan a la gente. ¿Debería guardarlos para mí en vez de usarlos para ayudar a otros? — concluyó desafiante.

En cualquier otro caso, esto habría contado a favor de María. Cuando el reo confirmaba que tenía enemigos, si uno de ellos se encontraba entre los delatores, su acusación solía perder validez. No obstante, Alonso no estaba dispuesto a creer que un hombre de Dios pudiera estar mintiendo. Por otro lado, los testimonios que había oído seguían perturbándole.

—¡Silencio! —exclamó el inquisidor—. Un acusado no puede dudar de la veracidad de los testimonios, aunque pueda recusarlos. Sin embargo, vos ya establecisteis que carecéis de enemigos, lo que me lleva a creer que los testigos dicen la verdad. Soy consciente también de que hay otros en vuestra comunidad que comparten vuestra forma de proceder. Este tribunal aún puede concederos clemencia si confesáis y nos dais los nombres de aquellas personas, a fin de esclarecer la situación. Y os recuerdo que, en caso negativo, aún disponemos de formas para convenceros de que una confesión es siempre lo mejor.

María se encogió. Recordó el primer examen, cuando la habían conminado a confesar sus faltas. Al no encontrar en su declaración lo que buscaban, la habían encerrado en la oscuridad, en celdas llenas de lamentos. Luego llegó examen riguroso, bajo tormento. Siempre ante el obispo y el médico, habían llenado su cuerpo de moretones a base de azotes, y cuando eso no parecía bastar, un hierro al rojo en las plantas de los pies había sido su suplicio. Nunca hacían nada que mutilase permanentemente o dejase marcas visibles, pero eso no mitigaba el dolor. Había gritado y suplicado, y pedido que le explicaran qué querían que dijese. Pero las preguntas eran siempre las mismas, así como las respuestas, y ni siquiera parecía importar la mentira o la verdad. Y luego, de regreso a la oscuridad, entre barrotes y piedras.

—Recordad que podéis confesar cuando queráis —dijo suavemente el inquisidor—. Vos podéis poner fin a esto y para ello sólo necesitáis confiarme vuestras faltas. Declaraos culpable, asumid el castigo y vuestros pecados serán perdonados. Si persistís, os espera algo peor.

María agachó la cabeza. Sólo había una persona que pudiera haberla denunciado: el mismo cura. En tal caso, la recusación era inútil. Un eclesiástico no dejaría que otro quedara en mal lugar, con lo que su culpabilidad había sido decidida ya. Ahora podía declararse culpable, en cuyo caso su castigo sería más misericordioso… pero traicionaría sus principios y sus creencias. Ya nadie creería que sus métodos traían la sanación, sino que los verían oficialmente como artificios de brujería. Y si se declaraba inocente…

—¿Cómo os declaráis? — entonó Alonso. María abandonó toda duda.

—No tengo nada que confesar. Soy inocente.

El inquisidor se irguió en su asiento y suspiró.

—En tal caso, ante la presencia de testigos y a la vista de las pruebas, os condeno a muerte en la hoguera.

Un crujido subrayó la sentencia. La pluma de Fernando acababa de romperse contra el pergamino. María sonrió. De alguna manera, el gesto del secretario la animó. Se dijo que tal vez, en un futuro, sus antiguas artes serían redescubiertas incluso si la religión terminaba sofocándolas. Le quedaba el consuelo de que no caerían ese día, al menos no por su debilidad.

La bruja (Theya Myrios)

Todo el mundo guardó silencio cuando la bruja entró en la sala.

María se quedó un momento de pie en el umbral, mirando a su alrededor, antes de que un empujón nada amable la obligara a avanzar. En una ciudad tan pequeña como Logroño era difícil no conocer a alguien, aunque solo fuera de vista. Antes de entrar, seguía teniendo la esperanza de que fuera un público extraño el que asistiría a su juicio. Era más fácil pensar que las gentes que la mirarían con asco y temor no eran las mismas por las que se había desvivido siempre. Les había entregado los conocimientos de su familia, su juventud y sus recursos. Y ahora estaba siendo juzgada por ello.

La bruja caminó por el pasillo cojeando. No sabía cómo podía seguir en pie después de esas dos semanas, en las que había sido torturada sin piedad, pero no se veía con ánimos ni siquiera para derrumbarse. Su cuerpo se movía por inercia, mientras que su mente estaba muy lejos de allí, en la noche en la que todo cambió.

María había sido instruida desde niña con los conocimientos de sus antepasadas, pero nunca nadie le había enseñado a rechazar una petición de ayuda. Cuando la abuela de Miguel, el hijo menor de una familia de panaderos, llegó a su casa y entre lágrimas le suplicó que curara a su nieto, ella no pudo negarse.

La casa de los panaderos estaba en completo silencio y toda la familia estaba reunida en el salón. El padre rezaba en un rincón, la madre tejía compulsivamente y algunos de los hijos dormían mientras otros solo estaban sentados, muy quietos.

—¿Dónde está? —preguntó.

Uno de los niños señaló una puerta cerrada.

María se dirigió a la habitación sin esperar la reacción del resto. Era curiosa la forma que tenía cada familia de afrontar la posible pérdida de uno de los suyos. Agradecía que al menos en esa ocasión nadie intentara detenerla.

El niño estaba en un catre con los ojos cerrados, aunque no parecía dormido. Los temblores y la frente sudorosa indicaron a la curandera que Miguel estaba febril. Esperó no haber llegado demasiado tarde; ni siquiera sus conocimientos podían combatir una fiebre demasiado avanzada.

—Largo de aquí. —El tono brusco y conocido sobresaltó a María—. Le he dicho a la familia que no debía ser molestado.

Como era de esperar, el cura siempre llegaba a cualquier enfermo antes que ella. Era un hombre que le resultaba desagradable en todos los sentidos. Había tenido que soportar sus miradas lascivas cuando era más joven, y ahora tenía que lidiar con su constante desprecio y sabotaje. Debía de ser difícil para un hombre como él, acostumbrado a estar por encima de todos, que los vecinos confiaran más en la labor de una simple mujer. María se sentía un poco culpable al admitir que eso le producía cierta satisfacción. Cada vez que sus caminos se cruzaban, disfrutaba de ver sus ojos casi desorbitados por la ira y la vena de su sien latiendo como si fuera a reventar.

—La familia me ha llamado a mí. Le ruego de buenas formas que me deje hacer mi trabajo. —María dejó su zurrón sobre la mesita y se sentó en la cama junto al niño.

—No me obligue a tener que echarla por la fuerza.

Pero ella lo ignoró y empezó a examinar a Miguel. Tal como se había temido, estaba ardiendo de fiebre. Palpó su abdomen y suspiró de alivio cuando comprobó que no estaba rígido. Siguió explorando su piel en busca de bultos o manchas, pero no encontró nada.

—Olvídelo, ese niño está endemoniado. Está demasiado arraigado ya. Solo queda rezar por su alma.

María lo fulminó con la mirada.

—Si no hay nada que hacer, váyase y déjeme a mí.

Ahí estaba, la vena palpitante en la sien. María contuvo una sonrisilla y salió al salón, donde seguía la familia. Ignorando a los demás, se dirigió a la abuela.

—Necesito agua fría y toallas para bajarle la fiebre. También tendría que usar su cocina para preparar unos caldos.

La anciana asintió y obedeció sin rechistar.

Fue una noche larga y María tenía más bien pocas esperanzas de conseguir salvar al niño. Por suerte, al amanecer la fiebre remitió y a mediodía Miguel ya estaba atiborrándose a pasteles y jugando con sus hermanos.

Pero ocurrió algo más. El desencadenante del final de María. Durante la misa que se celebró al día siguiente, el cura empezó a soltar galimatías y su cara se contrajo en una desagradable mueca. Cuando se derrumbó en el suelo entre convulsiones, algunos salieron despavoridos de la iglesia.

Por desgracia para la curandera, no murió. Ahora estaba en una silla de ruedas, con la mitad izquierda del cuerpo paralizada. Apenas balbuceaba, pero se las arregló para acusarla de brujería ante el vicario.

Y ahí estaba, en primera fila en la zona reservada para eclesiásticos. Un hilo de saliva le caía desde la comisura del labio hasta la barbilla. Siendo la clase de hombre que era, verse en esas condiciones tan miserables debía ser lo más parecido al infierno en la Tierra.

María llegó frente al tribunal y se detuvo. Había dos hombres allí: uno joven que había tenido el placer de conocer durante las torturas y otro casi anciano. El joven se levantó y carraspeó para atraer la atención de los presentes.

—La brujería se ha convertido en una amenaza para los buenos ciudadanos. Van a por nuestros hijos, a por las jóvenes casaderas, a por los ancianos, a por los hombres trabajadores. Ninguno de nosotros está a salvo de caer en las garras del Diablo. Debemos eliminar el problema de raíz, antes de que todos seamos contagiados.

El inquisidor siguió hablando, ensalzando la fe y condenado la herejía, pero María no lo escuchó.

Durante las dos semanas que habían transcurrido desde su detención, la habían sometido a toda clase de torturas. Le habían preguntado por los nombres de los otros miembros de su aquelarre, cuándo, cómo y dónde había firmado su pacto con el Diablo, y si aparte del cura había otras víctimas. María había sido consciente toda su vida de que lo que hacía podía considerarse brujería y que una denuncia podía llevarla ante un tribunal, pero después de años ejerciendo en secreto se había confiado. Estar allí, respondiendo ante un tribunal por haberse dedicado únicamente a sanar, le parecía casi irreal.

El joven inquisidor golpeó la mesa del tribunal con ambas manos, volviendo a atraer hacia él la atención de la curandera.

—No debemos permitir que esta peste nos amenace. Los herejes como esta mujer no merecen nuestra comprensión ni nuestra piedad. La Biblia dice: «A la hechicera no la dejarás con vida», y como buenos cristianos, debemos obedecer la Palabra de Dios para estar a salvo, aunque eso suponga… —Se interrumpió cuando el hombre mayor le puso una mano en el hombro. El inquisidor se quedó en silencio unos segundos antes de volver a sentarse.

María miró al hombre que había tenido la osadía de interrumpir a su superior. Parecía avergonzado, incómodo, como si quisiera estar en cualquier parte menos allí.

—¿Cómo se declara la acusada? —preguntó el inquisidor.

Había llegado el momento. María debía decidir. Podía mostrarse arrepentida, asegurar que actuó bajo las órdenes de otros y que sería una buena ciudadana cristiana a partir de entonces, pero en ese caso estaría confirmando que había seguido las órdenes del Diablo cuando sanaba, lo cual no era cierto. Estaría despreciando el arte de sus antepasadas, convirtiéndolo en un simple acto de brujería, creado con la intención de hacer daño. A partir de ese momento, todos verían su tradición como algo maligno, nada más lejos de la realidad. ¿Estaba dispuesta a traicionar a sus predecesoras a cambio de un poco más de tiempo para vivir?

—Soy inocente.

No, no lo estaba.

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3 comentarios en “Escaleta Silene (I Torneo Remolachachi)

  1. ¡Hola!

    Este argumento se me ha hecho menos original que los de las demás escaletas, sin embargo los relatos me han gustado más. Me quedo con el segundo por el sentimiento general que me ha dado, no sabría decir bien por qué, pero lo he disfrutado más.

    Por fin he leído todos los relatos 😀

    Me despido no sin antes volver a dar las gracias a todo el mundo, organizadora, escaletistas y escritores, por haber participado 😀

    Le gusta a 1 persona

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