II Torneo Remolachachi: Magnolia grandiflora

¡Aquí estamos de nuevo! ¿Preparades para unas nuevas y relucientes ilustraciones? Y unos cuantos relatitos llenos de imaginación, ¡aquí vuela sola!

Si acabas de llegar por aquí, puedes consultar todo pinchando en este enlace.

Bien, bien, pues las ilustraciones de hoy son de… Maow. Este es su Twitter: @Maowritxell, y aquí su etsy: https://www.etsy.com/es/shop/MaowShop, donde podéis comprarle cosas preciosas.

1 Magnolia grandiflora
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2 Magnolia grandiflora
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3 Magnolia grandiflora
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¿Quiénes se enfrentan en este segundo día de Torneo? Pues tenemos a Ariadna Soler Mor (Twitter: @Ariadna_S_M, blog: http://oloralluviafria.blogspot.com/), Aída Aisaya (Twitter: @AidaAisaya, blog: http://sonambulaquenodespierta.blogspot.com/), Sir.Eia (@Twitter: @Sireia_, blog: https://yuriembre.wordpress.com/) y Elia Vela (Twitter: @Elia_Salamandra).

Jinetes de constelaciones (Ariadna Soler Mor)

La noche la sorprendió a medio día de su destino. Estaba tan concentrada en mantener el ritmo, que ni se había percatado del movimiento del sol en el cielo. Rápidamente, colocó los troncos que llevaba consigo en el suelo y encendió una hoguera para calentarse. Sabía que esa parte del bosque no era peligrosa, como mucho podría cruzarse con animalillos pequeños con los que no le importaría compartir parte de sus provisiones. Total, no le quedaba nada para llegar.

Se arrebujó un poco más con la manta mientras levantaba la vista hacia el cielo, los árboles eran tan altos que apenas podía contemplar las estrellas. Entonces pensó en su familia, en cómo se habían hecho cargo de ella desde que alguien la había dejado envuelta en una manta en la puerta de su casa doce años atrás. Sintió una punzada de culpabilidad al pensar en que ahora mismo seguirían buscándola a pesar de la carta que les había dejado. Pero algo dentro de ella la había impulsado a marcharse, necesitaba comprobar si era cierto.

»Según la leyenda que corría por su poblado, los jinetes de constelaciones eran un grupo selecto de humanos con la extraña habilidad de cabalgar dichas agrupaciones de estrellas. Se dice que se reúnen una vez al año, la noche en la que las estrellas se vuelven más brillantes, en el Claro del Canto —llamado así porque los árboles que lo rodean son tan altos y finos que el sonido que crea el viento al pasar a través de ellos recuerda al canto de una ballena—. Se dice que son como estrellas.

Para ello faltaba exactamente un día y la pequeña no podía estar más emocionada, ¿y si se convertía en la primera persona que podía confirmar una leyenda? Echó un poco más de leña para que la hoguera durara lo máximo posible, se tumbó y cerró los ojos. Aún le quedaba medio día de larga caminata y deseaba estar lo suficientemente descansada como para retomar su ruta a primera hora.

* * *

Despertó con los primeros rayos del sol acariciándole suavemente el rostro. Se incorporó frotándose los ojos y cogió un par de pedacitos de tarta de manzana que se había llevado de casa antes de irse. Limpió la zona como pudo y emprendió la marcha con la fresca brisa mañanera alborotándole los rizos.

Desgraciadamente, no había mirado bien el mapa y estuvo dando vueltas a la misma área sin parar. Se dio cuenta hacia las doce del mediodía, cuando ya debería de haber llegado a su destino. Maldiciendo por lo bajo, le dio la vuelta al mapa y salió corriendo en la que esperaba que fuera la dirección correcta.

Encontró el Claro del Canto sobre las ocho de la tarde. Exhausta, se sentó sobre la mullida hierba y dio buena cuenta de un bocadillo improvisado de queso con mermelada de fresa mientras esperaba a que llegaran los jinetes. Y esperó, y esperó, y esperó… Pero ya era bien entrada la noche y allí no apareció nadie. Nada de elegantes figuras envueltas en capas blancas surcando el cielo, nada de reuniones en las que los miembros se contaban las aventuras vividas en el último año y, por supuesto, nada de magia.

Estaba convencida de que iba a pasar algo, de que iba a ser real… Su decepción era tan grande que ya ni le asustaba la bronca monumental que le esperaba al volver a casa. Solo pensaba en lo tonta que había sido al creer que algo así podía ser posible. Enfadada consigo misma, le dio una patada a una piedrecilla, sacó su manta de lana y envolviéndose en ella intentó quedarse dormida esperando a que aquel bochornoso día terminara.

Pero no podía dormir, el canto era demasiado intenso y, al mismo tiempo, se sentía bien escuchándolo. Era una melodía suave y melancólica, justo como su estado de ánimo. Por eso, casi sin darse cuenta empezó a cantar con ella. Hasta que escuchó una voz más sumarse a su canto, un sonido que antes no estaba ahí.

Levantó la vista y la constelación que tenía justo encima comenzó a brillar con fuerza dibujando la silueta de una ballena. De pronto, la silueta se volvió tan nítida que parecía descender de los cielos dirigiéndose hacia ella. «Un momento…», pensó la pequeña entrecerrando los ojos, ES UNA BALLENA BAJANDO DEL CIELO.

Con un grito que podría haber partido la noche en dos, dio un salto y corrió a esconderse entre los árboles más cercanos. «Debería haber volado hasta casa», se reprochó a sí misma. Pero no podía negar que se estaba muriendo de curiosidad, no todos los días caía del cielo uno de los animales marinos más grandes del mundo.

El cetáceo aterrizó más suavemente de lo que cabría esperar de un animal de su tamaño y giró su cuerpo levemente hacia donde se encontraba ella.

—Venga, no hace falta que te escondas. Al fin y al cabo, has sido tú la que me ha llamado. —Tenía la voz grave, pero nada amenazadora.

La niña salió tímidamente de su escondite.

—¿Llamarte? No recuerdo haberlo hecho —dijo con cautela.

—¡La canción! —exclamó como si fuera lo más obvio del mundo—. ¿Es que aún no te han enseñado nada, jinete?

—¿Ji…? ¿¡Jinete!? Pero si yo solo pasaba por aquí… Quería comprobar si la leyenda era cierta, eso es todo…

—No digas tonterías, nosotras, las constelaciones, solo respondemos a la llamada de los jinetes. Así que te aseguro que eres una de ellos. —La pequeña estaba segura de que si las ballenas pudieran arquear las cejas, esta lo habría hecho en ese momento.

—¿Y ahora qué? —preguntó, sabía cómo reaccionar. Todo era demasiado surrealista, hasta para ella.

—¿No quieres dar una vuelta? Puede que si pruebas de primera mano lo que dicen las leyendas empieces a aceptar lo que eres.

Se lo pensó un momento y al final decidió aceptar, su curiosidad podía más con ella que el miedo a lo desconocido.

—Pero antes tienes que decirme una cosa, ¿cómo te llamas?

—Diphda.

—Bienvenida a bordo, Diphda —dijo con un silbido y acto seguido, se inclinó para que pudiera subir.

Cerró los ojos con fuerza y cuando los abrió, la saludó la inmensidad del cielo estrellado. El aire puro de la noche llenándole los pulmones, su cabellera rojiza como una llamarada en contraste con el brillo blanquecino de la luna llena, la libertad como nunca antes la había sentido.

Esa noche, el cielo recibió una nueva estrella. La más brillante de la constelación Cetus.

De océanos y encuentros (Aída Aisaya)

Eras tan pequeña cuando me marché que apenas te había enseñado lo básico para que cuidases de ti misma. Nunca pensé que mi tiempo fuese a terminar tan pronto, pero las cosas en la Tierra suelen suceder así, sin previo aviso, sin haberme permitido el lujo de revelarte cómo sobrevivir al duelo, porque no había motivo aparente para hacer tal cosa.

No sé las horas que han pasado para ti desde que te dejé porque yo he estado flotando en el abismo, negro como la boca de aquel lobo al que tuvimos que enfrentarnos hace tan solo unos meses cuando paseábamos por la linde del bosque en el que ahora te encuentro. No ha debido pasar mucho tiempo porque tu apariencia no ha cambiado y, al menos, soy feliz de ver que has podido encender un fuego por ti misma. Sé que tenías algunos problemas para hacerlo cuando yo no podía prestarte mi ayuda.

Tu cabello continúa tan largo y hermoso como siempre, una maraña de rizos oscuros brillando a la luz de las llamas. Llevas puesta mi capa y entonces me pregunto qué habrá sido de mi cuerpo, si todavía yace sobre la arena húmeda de la playa o si habrás tratado de guardarme en algún lugar. Al fin y al cabo, más allá de lo que cazábamos para comer, no has sido instruida en los rituales mortuorios. Por suerte o por desgracia no puedo trasladarme hasta las rocas con las que me golpeé, pues a pesar de que ahora existo en las estrellas, tú eres mi vínculo a la Tierra, y no puedo ver más allá de donde alcancen tus ojos, esos que ahora se entrecierran de cansancio. Una vez cedes a él y te duermes acurrucada junto a la lumbre, me cuelo en tus sueños.

Tal vez no llegaste a aprender lo suficiente como para continuar sin mí, pero sabías reconocer las constelaciones como la palma de tu mano. Es por eso que ahora eres capaz de identificar a Cetus cuando alzas la vista hacia el cielo de tus sueños, y me encuentras allí esperándote con la forma apropiada: una inmensa ballena azul formada por estrellas.

Cuando la vista se te empaña y aprietas las manitas, sé que me has reconocido. Fuera de aquí no podría bajar a por ti pero tus habilidades oníricas me permiten alcanzarte y posarte en mi regazo. Las lágrimas que caen por tus mejillas y se posan en mi lomo me hacen rememorar el agua salada que nos separó, pero que ahora nos une de nuevo.

Surcamos los cielos a la altura de la luna, tan cercana que podrías rozarla con los dedos, y disfruto mi paseo contigo con el bosque a nuestros pies. Me pregunto cuántas de las estrellas que nos acompañan son como yo, cuántos miles de almas nos cuidan desde el firmamento y nos acompañan cuando ya no están con nosotros.

Por tu parte, no tienes nada que temer. A partir de ahora, sabes que siempre estaré velándote en la oscuridad.

La jinete de la constelación de la ballena (Sir.Eia)

En un mundo donde los espíritus y las personas convivían en armonía, cada pueblo tenía un guía que lo ayudaba a avanzar por el camino que más le favorecía.

Apenas había guerras, hambre o tristeza. Los pueblos se ayudaban entre sí, se unían cuando hacía falta y se dividían cuando lo necesitaban. Pero hubo una vez que un clan no acudió en ayuda de otro. La tribu de Mar Abierto se encontraba de travesía por los océanos helados y cuando les llegó la petición de ayuda la declinaron.

— No podemos acudir esta vez— dijeron los sabios.

— Que busquen a otros. — Apoyaron los guerreros.

Su espíritu, mirándolos desde el cielo, hizo centellear sus estrellas en señal de advertencia. El consejo del pueblo trató de explicarse. Y la voz más joven expuso sus razones.

— Hemos recorrido muchas leguas como para ahora dar la vuelta. Todo nuestro esfuerzo no habría servido para nada y esta nueva ruta a través del hielo desaparecería.

El espíritu no se inmutó y la voz más vieja relevó a la anterior.

—Nos pides que dejemos los barcos y entremos en tierra. Nuestra tribu es marina no terrestre. Nos pides que rechacemos nuestra identidad y nuestras costumbres. No podemos hacerlo.

Las estrellas centellearon una vez más, pero los humanos no se abatieron y siguieron su camino. Al pasar los días, la constelación del zorro, que se había formado al lado de la suya, se fue desvaneciendo al ver que no recibía ayuda. Lo que no vieron fue que su propio espíritu fue apagándose y que tan solo se podían ver algunas de sus estrellas, pero no todas.

Poco a poco, este suceso se fue repitiendo en cada clan, tribu o pueblo y las estrellas se fueron oscureciendo. Los espíritus guía se fueron convirtiendo en mito, en historias para dormir a los niños, en un cuento infantil. Pero una niña que nació en un barco reconoció a su tribu nómada en la historia y soñó con volver a tener a los espíritus con ellos.

Cuando la niña se convirtió en joven y tuvo su propio bote decidió acercarse a tierra e intentar cumplir con la misión de antaño. Llegó a un bosque espeso, de altos árboles y madera vieja.

El bosque era más solitario de lo que se había imaginado. En los libros y en las historias siempre estaba lleno de vida, lleno de animales, pero ella solo había encontrado árboles silenciosos. Era más oscuro y más tupido de lo que nadie le había dicho. Al menos no hacia frío, no como al que ella estaba acostumbrada. En el bosque la humedad era distinta, el viento no corría libre y la luz no llegaba hasta el suelo.

Anduvo y anduvo sin perder la esperanza, pero desde el suelo no podía ver las estrellas. Varias veces estuvo segura de haber caminado en círculos, varias veces creyó ver el final del bosque sin ser verdad, y varias veces olió el aroma del mar sin estar este presente.

Su ánimo fue perdiendo fuerza, y cuando encontró un claro, un círculo sin árboles que por algún motivo aguantaba intacto se guareció en él sin pensarlo.

Acostumbrada a ver el infinito, la cercanía de los árboles le había creado angustia y cuando quiso darse cuenta no podía salir de ese claro. De ese pequeño espacio de aire que le permitía ver unos pocos metros a su alrededor. Durante el día intentaba continuar, pero al llegar la noche volvía a encender una hoguera en el mismo lugar.

Se quedaba allí, contemplando el fuego, viendo como las chispas bailaban fuera de la madera, intentado llegar más allá. Una de esas veces las chipas saltaron tan alto que la joven tuvo que alzar la vista y al hacerlo vio de nuevo las estrellas.

En aquel bosque de altos arboles no había podido ver ni una sola vez su preciado cielo, y con el tiempo había dejado de buscarlo. Entendió de pronto por qué no podía salir de ese claro, era el único lugar en el que podría encontrar a su espíritu guía.

A partir de ese momento todas las noches encendía su hoguera y miraba al cielo. Las estrellas le devolvían la mirada, pero no encontraba en ellas aquellas que buscaba.

Todas las noches se preguntaba si no tendría que seguir adelante, buscar otro lugar donde ver una zona más amplia de cielo. Pero el bosque no parecía tener fin y temía no encontrar otro lugar donde el bosque se abriese. De manera que durante el día resistía sus ganas de avanzar, descansaba, cazaba y aguardaba, y todas las noches encendía su hoguera y miraba al cielo

Nunca había entendido por qué la leyenda decía que los marineros debían buscar su espíritu guía tierra adentro. Pero con el paso de los días había empezado a ver señales, avisos e indicios por todas partes. Una sombra que le animaba a avanzar, el baile del fuego que le aconsejaba un camino, un dibujo en la tierra que le sugería otro.

Era imposible que con el deseo que tenía de ver su llamada la verdadera le pasara desapercibida. En el océano, en su elemento, seguro que nunca la habría visto. Esto era lo que se repetía la joven una y otra vez.

Sin embargo, la señal no llegaba, y noche tras noche la joven miraba más los dibujos del fuego que las luces del cielo.

Una noche, más oscura que ninguna otra, encendió una hoguera que habría rivalizado con la luz de la luna si esa noche hubiese estado presente.

Orgullosa de su hazaña miró el cielo con rabia para gritarle que ya había tenido suficiente, que seguiría su camino, que no lo necesitaba, que ya tenía una luz que la acompañaba. Pero al mirar a su pequeño trozo de cielo vio lo que había estado esperando.

La constelación de la ballena estaba ahí, brillando como nunca la había visto. Sus catorce estrellas podían delinearse sin error alguno. Se dio cuenta de que llevaba ya muchos días encima de ella, pero no había sido capaz de verla.

Apagó su hoguera y dejó que la oscuridad llenase su claro y que solo quedara la luz de los luceros. Parpadeó varias veces, y cuando su vista se acostumbró a la nueva luz dejó de ver sus estrellas y pudo ver al espíritu que nadaba en el cielo.

La ballena jorobada reposaba encima de ella, la miraba como esperando algo y la joven supo que tendría que hablar. Tragó saliva varias veces y trató de ignorar los golpes que daba su corazón.

—Gran Ballena del cielo, te pido que vuelvas con nosotros. Con mi pueblo. Necesita de tu guía. Hace mucho que no vemos a más tribus y apenas encontramos bancos de peces. Parece como si estuviéramos solos, pero yo sé que no es así, ayúdanos a encontrar a los demás.

La constelación pareció pensárselo, llevaba mucho tiempo sin estar con los humanos y los echaba de menos. Pero aún recordaba cómo estos habían ido alejándose y cómo la habían olvidado.

La joven, viendo como el espíritu dudaba, se llenó de valor y alzó la voz.

—Quiero encontrar a los demás espíritus, hacer que vuelvan. Si nos unimos podemos conseguirlo.

El gran espíritu, contagiado por su arrojo, descendió hasta donde se encontraba la joven y la dejó subir a su lomo. Ella subió sin pensárselo y navegaron por el cielo inspirando a humanos y espíritus para que volvieran a encontrarse.

Poco a poco, los humanos fueron recordando las historias y los espíritus guía volvieron a brillar en el cielo. Pero aun con todas las estrellas alumbrando, hay una constelación que brilla sobre todas las demás.

Su energía es tan poderosa que incluso a la luz de la luna llena se puede ver la constelación de la ballena con su jinete sobre ella.

Alma perdida (Elia Vela)

La hoguera crepita rompiendo la silenciosa calma del bosque a medianoche. La luna llena se cuela por entre las copas de los árboles, derramando su luz sobre el distraído rostro de Leyla. Ella mira fijamente un punto indeterminado entre las danzantes llamas y piensa, solamente piensa.

Hace días que vaga por los caminos enrevesados que danzan entre los troncos del bosque Kiro, pero su magia está cada vez más débil y ella cada vez más cansada. Hace tiempo que vaga sin un rumbo determinado y hace varios años que perdió la cuenta de cuántos poblados ha recorrido en su búsqueda, pero es la primera vez que se aventura durante tantos días en la negrura del bosque.  Si tan solo pudiera encontrar por fin a su madre…

Sus ojos se pierden entre las estrellas recordando cómo se sentía abrazarla. Siempre le gustó la tranquilidad que transmitía el pulso de su corazón, lo firmes que se sentían sus manos en su espalda, las cosquillas que hacía su barba sobre su frente.

El día que su padre murió, Leyla se había encerrado en su habitación durante horas y solo hizo un movimiento cuando su madre la descubrió y se tumbó junto a ella, acariciando suavemente su espalda. Las lágrimas de ambas rodaban en sintonía por sus mejillas, pero ninguna de las dos articuló palabra hasta la mañana. Fue entonces cuando Leyla sintió sus firmes brazos en torno a ella por última vez, y también la última vez que sintió las cosquillas que la barba hacía en su frente cuando su madre la besó en signo de despedida. A pesar de que Leyla sabía que debía buscar un lugar seguro en el que esconder el alma de su padre, su partida hizo aún más difícil asumir que tan solo podría volver a abrazarles si alguna vez encontraba dónde decidía su madre cobijar su alma, y solo si la Orden no la encontraba primero.

Enfocó la vista en la constelación que más conocía y se permitió esbozar una leve sonrisa triste al recordar las lecciones de magia que su padre le daba a la luz de una luna como aquella. Mientras el silencio inundaba el pueblo, ellos miraban fijamente la silueta de aquella imponente ballena compuesta por estrellas.

—¡Recuerda mantener tus manos juntas! —gritaba él, siempre alegre y sonriendo.

—¡Me cuesta mucho! ¡Es como si se repelieran! —respondía Leyla, tratando de luchar contra aquella sensación que mantenía sus manos alejadas como si se trataran del mismo polo de un imán.

Entonces, cuando ella lograba hacer el hechizo, él sonreía aún más y gritaba lo orgulloso que estaba de ella y los grandes progresos que estaba haciendo. Leyla nunca entendió qué utilidad podría haber en unir estrellas para formar constelaciones, pero su padre tampoco tuvo tiempo de explicárselo.

Él era un gran mago, lo había sido desde siempre. Todos en su poblado lo sabían, tanto a los que esto les hacía gracia como a los que no. Cuando decidieron que era demasiado poderoso como para que la Orden pudiera vencerle en caso de rebelión, acabaron con él.

Un crujido a sus espaldas corta su pensamiento de repente y Leyla enarbola su báculo, magia cargada y ceño fruncido. Lo más probable es que sea algún animal del bosque, pero prefiere no tomar el riesgo de ignorarlo. Alerta a cualquier movimiento de la maleza, decide que será mejor hacer guardia en torno a su claro durante un rato.

Sus dedos resplandecen, cargados de energía, y tiene la ligera sensación de que una voz trata de hacerse paso en su cabeza. Muy pocas veces en su vida ha percibido algo similar, pero no puede permitirse bajar la guardia y centrar su magia en esa insistente voz por el momento.

Es gracias a eso que percibe la sombra agazapada en la rama de un árbol, y es gracias a eso que consigue alzar el báculo sobre su cabeza justo antes de que el enorme ave se precipite sobre su cabeza.

El viento que levanta la arroja hacia atrás y su capucha granate cae sobre su espalda, revelando su rostro juvenil y sus rizados mechones cobrizos que cubren su espalda casi hasta la altura de las rodillas.

Se levanta con agilidad y consigue esquivar otra estocada del inmenso pico que se cierne sobre ella, pero antes de que llegue una tercera consigue lanzar su magia y acertar de lleno en una de las alas del animal. No recuerda haber visto ninguna criatura mágica de semejante envergadura antes, pero no es un buen momento para hacer conjeturas sobre su procedencia.

Se apresura a esconderse tras los troncos que coronan la linde del claro y se prepara de nuevo para utilizar su magia. Echa un ligero vistazo para predecir los movimientos del pájaro, pero cuando está a punto de lanzar un nuevo hechizo reconoce el símbolo de la Orden grabado en su pecho.

Es un cuervo enviado para encontrar el alma de su padre. No tiene ninguna posibilidad contra él si no se aleja lo más rápido posible.

Con toda la fuerza que le permiten sus piernas, y perdiéndose a toda prisa entre la maleza, Leyla corre hacia lo más profundo del bosque sin preocuparse por el calor de su hoguera ni por las ramas que quedan ensartadas en su larga melena. Percibe a sus espaldas y sobre su cabeza los graznidos y el aleteo del enorme ave, y haciendo caso de una súbita idea frena en seco en la zona más oscura que consigue encontrar.

Los aleteos se escuchan entonces algo más lejanos y comienzan a dar círculos alrededor de su posición, evidentemente tratando de localizarla. Necesita pensar algo deprisa.

Reprimiendo las lágrimas de pánico que amenazan con paralizarla, mira por un repentino instinto hacia el cielo y consigue dilucidar sobre las copas de los árboles las estrellas que forman la ballena que tanto adoraba su padre. Es entonces cuando la voz que antes susurraba en su interior trona con fuerza en cada rincón de su cuerpo:

—¡Leyla! ¡Recuerda mantener las manos muy juntas! ¡Ahora!

Sin pensárselo dos veces, obedece. Reconocería aquella voz en cualquier lugar.

Las palmas de sus manos se iluminan y sus dedos comienzan a tejer con dulzura la silueta que conecta una estrella con la siguiente, uniendo los puntos con la  maestría que le otorga llevar haciéndolo durante tantos años.

Esta vez, sin embargo, las líneas que tantas veces ha dibujado comienzan a volverse opacas lentamente y Leyla se queda embelesada por la luz que desprenden. Para cuando sus manos dejan de resplandecer, una enorme ballena plateada surca el cielo justo sobre su cabeza.

Lágrimas irrefrenables corren esta vez por sus mejillas mientras se esfuerza con su escaso aliento en levitar hacia aquella majestuosa criatura, y cuando sus caderas se posan por fin sobre el lomo del animal apenas puede ver más allá de la cortina que crean sus ojos.

Apoya sus palmas sobre la suave piel que resplandece a la luz de la luna llena y su cabello vuela con fuerza hacia atrás cuando juntos comienzan a surcar el cielo nocturno.

El ave los detecta con rapidez y trata de darles caza, pero ellos van ya a mucha más velocidad de la que sus alas mortales pueden alcanzar y enseguida se pierden en la infinidad de la noche de primavera.

Leyla se recuesta sobre el lomo de la ballena, aún presa de las lágrimas, pero por primera vez en años las lágrimas son de júbilo y no de añoranza.

Ahora que ha encontrado por fin el alma de su padre, ya solo le queda encontrar de una vez dónde se metió su madre tras esconderla.

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