II Torneo Remolachachi: Tilia cordata

¡Buenos días, hortalizas! Cuánto tiempo sin pasarme por aquí… Pero no estamos aquí para hablar de mí.

Como sabréis, este año ha habido una segunda edición del Torneo Remolachachi. Si quieres saber de qué va esto, pincha aquí, pero te hago un resumen: varies ilustradores han representado en forma de dibujo cada une tres escenas que conformaban una historia (cuatro historias en total). Después, una de cada esas historias han sido enviadas a cuatro escritores distintes (aunque hay un par en las que son tres). Así, cada escritore ha basado un relato en esas tres escenas, interpretando los dibujos a su criterio.

Y ahora es cuando podemos comparar qué historias han sido creadas a partir de los mismos dibujos!

Así que, sin más dilación, os presento a les tres primeres juntaletras!

Estas ilustraciones han sido creadas por Asra, Aquí su Twitter: @Adhmharaighe, y aquí su web: https://adhmharaighe.wordpress.com/.

1 Tilia cordata
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2 Tilia cordata
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3 Tilia cordata
3

Les tres valientes de hoy son Celia Añó (Twitter: @BrujadelTeatro, blog: https://labrujadelteatro.wordpress.com/), Eldaroth (Twitter: @Eldaroth25) y Celean (Twitter: @MaestraLechuga).

Recordad que, cuando haya subido las cuatro historias, tendréis una semana para votar el relato que más os ha gustado de cada una.

Colores (Celia Añó)

La estación tiembla con la llegada del tren. La locomotora aúlla, se anuncia ella misma. Es noche añil sin estrellas. Se ve tras las vigas de madera y ahí donde es cielo descubierto. El niño está sentado sobre su maleta y mira en dirección contraria. No espera ningún tren, sino a un momento, una oportunidad, un sentimiento. Lleva una varita de la que sale humo de colores que se mezcla con el que rodea al tren. Son azules y rosas, tan brillantes como la estrella de la que nacen. Son colores que hacen sonreír, pero los labios del muchacho son una línea recta. No está triste, no está enfadado, está esperando y eso siempre desalienta. Porque lo quiera o no, está algo desanimado.

El tren llega y él deja que pase de largo. Ni siquiera ha girado la cabeza. Sabe reconocer dónde nace su camino y dónde no. Y el destino de ese tren diverge de sus pensamientos tristes.

Levanta la cabeza.

El cielo está empezando a oscurecerse. Se mezcla el azul con el gris, dibujando nubes que parece de tormenta. El chico se levanta. Se marcha sin mirar atrás, la maleta abandonada en la estación. Porque sabe que mañana volverá. Y al otro mañana. En su pecho, sentimientos de desánimo y derrotismo se revuelven en latidos falsos. ¿Qué sentido tiene tener poderes si no puedes arreglar lo que está roto por dentro?

Afuera, el mundo es igual de gris y siniestro. Los edificios son colmillos de metal decorados con luces que brillan sin iluminar. El chico camina como una sombra más entre las miles que corretean por la ciudad.

Hasta que una nube de humo rosa le hace levantar la cabeza.

Flota y desaparece. Pero viene otra. Y otra. Busca su origen con la mirada. Viene del carril y el mar de coches. Sin atener a los gritos de advertencia, rompe a correr y de un salto abandona la acera. De su varita salen colores que se mezclan con las nubes rosas.

Y encuentra una silueta en monopatín.

Parece alguien de su edad. Toca un ukelele con despreocupación mientras vuela de un coche a otro. Las ruedas de su monopatín rozan el techo de los vehículos siempre con un golpe sordo, pero nadie parece fijarse en ello. Ni protestar. Quizás será por las nubes que aparecen cada vez que despega. Son rosas, pero también azules y amarillas. La canción que sale de las cuerdas del instrumento recuerda a esos mismos colores, pero a él le ha costado escucharla. Toda su atención está centrada en las nubes como para fijarse en algo más.

Con una sacudida de varita, hace aparecer más humo colorido. El mundo se resiste a perder su oscuridad de alquitrán y por eso los colores flotan en burbujas que parecen de algodón. Sus verdes se suman a los rosas y azules.

Y así consigue captar su atención.

Mientras espera a que el monopatín se deje de cabriolas y se acerque donde está, el muchacho cierra los ojos. Ahora sí puede escuchar la música. Las notas tienen los mismos colores que su varita. Habla de optimismo y de no rendirse, de ser feliz sin que importe nada más.

Y lo siente: ahora él también tiene colores. Ya no intenta pintar el mundo, sino a sí mismo y a su estado de ánimo. Con un giro de varita, tiñe su mano de verde. Sonríe, y tanto que sonríe. Quiere reírse a carcajadas y colorear el cielo. El monopatín aterriza a sus pies. Y su piloto se siente para continuar tocando. Ambos intercambian una sonrisa abierta mientras las volutas de colores crecen.

Del ukelele sale rosa.

De su varita, verde.

El mundo sigue siendo siniestro. A veces da la impresión que en su sombra habiten ojos terribles, rojos como de monstruos, que esperan y acechan para asaltar a cualquier ramalazo de optimismo.

Pero siempre hay una canción para alegrar el día y pintarlo de ilusión.

Las auras de Hurtadillas (Eldaroth)

Como todas las mañanas de colegio, Fede salió de casa con la mochila al hombro, el desayuno aún en la boca y el bastón estrellado en la mano. Salir con prisas era uno de los inconvenientes de vivir lejos del pueblo y de que el tren no esperase a nadie, o eso decía él. En realidad tenía tiempo de sobra, pero le gustaba sentarse tranquilamente en la parada para ver pasar a las auras del lugar. De vez en cuando las tanteaba con la estrella del bastón para ver cómo se arremolinaban y se mezclaban sus colores.

Porque si algo caracterizaba a Fede, aparte del bastón coronado por una estrella dorada heredado de su abuelo, era que podía ver las auras. No esas que dicen los médiums o los programas sobre el mundo paranormal; él veía las de verdad, las que se forman cuando alguien muere y deja atrás las emociones más profundas que ha experimentado. El color de cada una representaba un sentimiento; eso era lo único en lo que tenían razón las revistas. Y Fede no era el único que podía verlas. Podía decirse que se trataba de la rareza de su familia. En un pueblo como Hurtadillas cosas como aquella eran lo normal.

El tren llegó a la parada y su traqueteo dispersó a las auras. Fede cogió la mochila y el bastón y subió al vagón. Por el camino no se veían tantos colores como en la parada, y desde luego no el mismo despliegue que en la estación. La abuela decía que era porque en las estaciones se acumulan muchas emociones diferentes: tristeza, alegría, temor, impaciencia… Un auténtico arcoiris de sentimientos concentrado en un único lugar. Por lo general las auras similares buscaban agruparse, pero era casi imposible habiendo tantas, de modo que era como ver un remolino a cámara lenta en un charco de gasolina, girando sin parar.

Fede se entretuvo un poco en la estación. El colegio aún estaba a cierta distancia, pero esa era otra de las ventajas de salir pronto: que no había que correr. Las auras rodeaban el colegio también, claro. Aunque procedieran de la gente fallecida no se quedaban en el cementerio, como cabría esperar. El propio viento las mecía y cualquiera podría agitarlas con la mano si quisiera. El único movimiento voluntario que hacían era para buscar otras similares. Cuando veía a varias juntas, Fede usaba el bastón para separarlas. Su abuela decía que no eran peligrosas, pero si se unían muchas en un solo lugar podían llegar a afectar a la gente causándoles el mismo sentimiento que representaban.

—¡Cuidado! —dijo alguien tras él.

Fede se apartó a tiempo de ver cómo un chico pelirrojo montado en monopatín pasaba rozándole. Llevaba unas gafas redondas, vestía como los niños de la ciudad y de alguna manera estaba tocando un ukelele al tiempo que mantenía el equilibrio. Por si todo eso no llamase la atención, una densa aura roja le rodeaba. Fede se quedó boquiabierto. El aura parecía salir de él, no rodearle sin más. Estuvo a punto de llamarle pero se contuvo. No podía simplemente preguntarle “oye, ¿por qué tienes ese aura tan rara?” Pensaría que era un chiflado o un fan de Quinto Trienio y sus conspiranoias espirituales y alienígenas, como poco. El chico siguió en dirección al colegio y Fede le perdió de vista.

Cuando entró en su clase le vio otra vez. Hurtadillas era un pueblo pequeño perdido en el monte, así que se notaba enseguida cuando alguien era de fuera, y esa vez resultaba obvio. También se notaba en que los demás compañeros intentaban no interactuar mucho con los nuevos en un primer momento. Seguramente Fede habría hecho lo mismo si no le hubiese llamado tanto la atención ese aura roja… que ya no veía por ninguna parte.

—Niños —anunció el profesor mientras todos se sentaban—, tenemos un alumno nuevo. Vamos, preséntate.

—Buenaas. Me llamo Ángel y vengo de Costal de Bajocuerda. Mi familia y yo nos hemos mudado hace un par de días. Me gusta la música, patinar y la fotografía. Toco el ukelele y la guitarra, por si alguien tiene un grupo y necesita gente.

Concluida la presentación, Ángel se sentó justo junto a Fede, que aprovechó para ver si aún le rodeaba la extraña aura roja. Entonces él se giró para mirarle. Fede, pillado in fraganti, saludó tímidamente con la mano. Durante la clase no lo intentó de nuevo, pero cuando se fue el profesor y los alumnos se lanzaron al patio, vio que Ángel cogía su instrumento y se detenía en la puerta. Fede se dio cuenta de que le estaba esperando.

—Hola —le dijo alegremente—. Oye, ¿es normal que todos estén tan… distantes? No es la primera vez que me cambio de colegio, pero sí la primera en que todos son tan tímidos.

—Ah, no es por eso —respondió Fede—. Es que Hurtadillas es un pueblo un poco especial. Por estar aislado, ya sabes. Aquí todo el mundo tiene sus rarezas.

—¿En serio? Va, ¿cuál es la tuya?

Fede señaló el bastón estrellado apoyado en la mesa. Ángel hizo una mueca de confusión.

—¿Eres un mago o algo parecido?

—No, verás… Es complicado. Aquí todos tenemos alguna rareza. Por ejemplo, Marta, la chica que se sienta delante, no puede mirar a nadie a los ojos.

—Eso me parece simple timidez —rió Ángel.

—Pues ahí está Marcos. Siempre lleva una tirita puesta. Él dice que es porque así parece que ya se ha hecho daño y se salva de que le hagan más. No sé si será cierto, pero una vez se metió en una pelea con un chico mayor y salió sin un rasguño.

Ángel escuchaba con cara de no creerse una palabra.

—Pablo no puede comer nada que sea blanco, así que nunca le ofrezcas algo que tenga nata —continuó Fede—. Y Eider no puede girar a la izquierda. Incluso para torcer en un corredor tiene que girar hacia la derecha hasta que queda mirando en esa dirección. Nadie sabe por qué, pero lo hace así. Son como supersticiones de cada uno, ¿sabes?

—Vale… Creo que hasta ahora tú me pareces el más normal de la clase —concluyó mientras salían al recreo.

En los días siguientes Ángel fue conociendo un poco mejor al resto de compañeros. Efectivamente, todos tenían alguna peculiaridad, como la del bastón de su amigo, que tampoco se explicaba. A su vez Fede se preguntaba por el aura roja que a veces rodeaba a Ángel. No se comportaba como ninguna otra que hubiera visto. Aparecía solo cuando tocaba el ukelele en los recreos o después de clase, y por increíble que pareciera las auras cercanas cambiaban ligeramente de color. Las grises parecían aclararse, las marrones que se arremolinaban se calmaban tornándose amarillas y, en general, todas se movían a su son. Fede estaba maravillado. Quizá Ángel siempre hubiera tenido esa habilidad, o tal vez venir a Hurtadillas la había despertado.

Sea como fuere, Fede se dio cuenta de otra cosa. Al principio, Ángel solo tenía cerca ese aura roja. Las demás que había con ellos eran las habituales del colegio y alrededores… pero un miércoles aparecieron dos muy diferentes. Eran negras, lentas y pesadas, y Fede se quedó de piedra al percatarse de que ¡tenían ojos! ¡Sí, dos ojos rojos y rasgados! Y no se apartaban de la pelirroja cabeza de Ángel. Nunca miraban a otro lugar, ni siquiera a él, que estaba a su lado.

La cosa no paró ahí. Al día siguiente no fueron dos, sino tres. El viernes, cuatro. Fede se asustó. Nunca había visto auras así. Cuando estaba con Ángel hacía pases como al azar con el bastón para dispersarlas, pero siempre volvían. Luego le retaba a carreras o le llevaba a sitios del pueblo que no conocía como excusa para alejarse de ellas. Funcionaba un rato, pero antes o después tenían que volver al colegio y esto daba tiempo a las auras para reagruparse. Ahí estaban, esperándolos a la salida. Cuando se separaban para regresar a casa, ninguna seguía a Fede.

Ángel seguía creyendo que las rarezas de sus compañeros eran simplemente supersticiones de pueblo. Contarle lo que ocurría no serviría de nada. No le creería. En ese momento solo había una persona a la que pedir consejo. Nada más llegar a casa esa tarde fue directo a ver a su abuela. Como él, ella también podía ver lo invisible. Le explicó todo intentando no dejarse nada en el tintero, ya que todo podía estar relacionado.

—En resumen —dijo la anciana—, dices que este amigo tuyo hace poco que ha llegado; que es capaz de alguna forma de “crear” un aura roja cuando toca música pero no puede ver el resto, y que hace poco aparecen cerca suyo otras de color negro con matices rojos. ¿Es eso?

—No, con ojos rojos.

—Las auras no tienen ojos —replicó ella—, pero sí pueden tener más de un color. Las auras negras representan inestabilidad, rabia, miedo… Si están teñidas de rojo también hay mezclado un sentimiento fuerte. Odio quizás. En cuanto al aura roja pura de tu amigo, la explicación es simple: él puede controlar la suya hasta el punto de hacer que fluya fuera de él. Por lo que cuentas también puede influir a las demás cambiando su color y la emoción que las mantiene, como lo haría un grupo de ellas con el ánimo de una persona.

—Vaya… ¿Y yo podría hacer eso? —repuso él.

—Es posible. Hurtadillas siempre ha sabido sacar a la luz los talentos invisibles de sus habitantes. Pero a lo que vamos. Lo primero es averiguar de dónde vienen esas auras negras. Luego, dependiendo del número, hay que dispersarlas o influirlas. De eso me encargaré yo.

—¿Cómo lo hacemos?

—Si cuando viene al colegio ya le sigue alguna pero se acumulan mientras estáis en clase deberías ir con él a su casa y ver si están allí. Yo iré a investigar en el colegio directamente.

Así pues, al salir de clase Fede le dijo a Ángel si podían ir a su casa. Él accedió, pero solo a cambio de que le contase cuál era la superstición de Fede y su bastón. Como tampoco perdía nada contándoselo a esas alturas decidió explicárselo mientras caminaban primero por el pueblo y luego por la carretera que cruzaba el bosque hasta donde estaba la casa de Ángel.

—¿Entonces tu familia puede ver esas cosas como nubes multicolores en el aire? Quién hubiera pensado que los fantasmas no eran blancos ni tenían cara como en las películas.

—No, no son fantasmas —matizó Fede—. Son como ecos de emociones y sentimientos, no espíritus. Se mueven al azar o empujadas por el viento y se agrupan por colores. Cuando hay muchas iguales pueden influir en la gente y hacer que sientan lo mismo que ellas, sea bueno o malo.

—Ahora que lo dices, mis padres se han estado portando raro últimamente. Están como más picajosos. Se molestan por cualquier cosa y discuten por todo. ¿Crees que está relacionado?

Fede sonrió forzosamente y desvió la mirada. Bueno, ya no quedaba otra que soltarlo todo.

—Si te soy sincero, últimamente he visto que tenías varias auras de color negro a tu alrededor…

—Tío, ¿y no me dices nada? —exclamó Ángel asustado— ¡Quítamelas, quítamelas!

—No, ahora no están. Pero es la razón de que quisiera ir a tu casa. Puede que estén acomodadas en un sitio cercano. A veces pasa que las auras se “pegan” a un lugar concreto. Si son muchas y te siguen a casa pueden estar alterando a tus padres.

Ángel se quedó pensativo antes de añadir:

—¿Y a mí no me afecta?

—No, parece que tú puedes cambiarlas —le tranquilizó Fede—. El otro día, mientras tocabas el ukelele, vi cómo algunas a tu alrededor cambiaban de color. Tu música debe de gustarles y te sirve de escudo o algo así.

—Mooola —dijo Ángel con una gran sonrisa mientras el bosque se abría y dejaba paso a su casa.

Era una casona grande y nueva, rodeada de un jardín enorme con verja en pleno centro del bosque. Por el camino Fede se había fijado en que había muchas auras rojas, azules y verdes, lo normal en sitios con mucha vegetación, pero al llegar allí ya no había ninguna.

—¿Puedes verlas? —dijo Ángel.

—No, ni una. Qué raro, cuando llegabas al colegio solías tener al menos un par detrás.

Entonces Ángel señaló a un lado de la casa por el que un camino asfaltado discurría entre los árboles.

—Cuando voy a clase suelo atajar por ahí —explicó—. No hay coches, es más seguro y perfecto para usar el monopatín.

Los dos chicos empezaron a recorrer el camino muy atentos. Como junto a la casa, no había nada en especial. Tampoco las típicas auras verdes, rojas o azules. En los bordes del camino Fede vio que había varios tocones. A su lado, Ángel se puso tenso.

—Esto está demasiado silencioso. No me gusta nada.

—No te muevas. Aquí llegan.

—¿Dónde? Como se acerquen te juro que… —dijo enarbolando el ukelele como arma.

—Por todas partes —murmuró Fede—. Están por todas partes.

Las auras negras de tonos rojos se deslizaron por los árboles como lianas. Eran muchas más de las que habían aparecido por el colegio. Apenas se veía el bosque a través de ellas. Todo él estaba como en sombras que se extendían hacia ellos. Fede agitó el bastón y las auras se apartaron dejándoles más espacio, pero no se retiraron. Algunas parecían manar de los propios tocones como el agua de una fuente. Eso le dio una idea.

—Ángel, ¿cuándo se empezó a construir tu casa? —preguntó mientras retrocedía abriendo camino con el bastón.

—Pues… hace meses. ¿Por?

—Porque no creo que las auras que te siguen sean humanas. Me parece que cuando talaron esta parte del bosque para construir la casa todos los árboles y animales de la zona se sintieron aterrorizados y atacados… y al morir sus auras retuvieron todo eso.

—Pero decías que no perseguían a la gente para vengarse —dijo Ángel, confuso.

—También dije que a veces se pegan a algunos lugares. Pasas por aquí cada mañana camino del colegio y ellas te siguen. Por eso se pelean tus padres.

—Creía que solo iban con las de su mismo color, y la mía es roja.

—Ellas también lo son, al menos en parte.

Fede retuvo a Ángel antes de que tocase las auras que tenía delante. Les estaban rodeando poco a poco. Eran tantas que pronto empezarían a notar los efectos de su miedo y su malestar. Fede alzó su bastón sin éxito.

—¡Nos están cerrando el paso! —gritó Fede—. ¡Son demasiadas, no puedo abrir un hueco para escapar!

—¿Y qué hacemos entonces?

—¡Tu ukelele! ¡Rápido, el ukelele! —exclamó.

Desesperado, Ángel se dejó caer sobre el patín y empezó a tocar. Al principio las notas del instrumento fueron temblorosas, pero pronto resonaron con fuerza. Fede vio cómo el aura de Ángel apareció también. Dondequiera que tocase a las auras negras, éstas dejaban de agitarse y cambiaban de un color a otro. Fede las mantuvo a raya con su bastón mientras su amigo tocaba. Poco a poco, las auras negras se volvieron verdes, rojas y azules, sus colores naturales, perdiendo el tinte oscuro y dejándose dispersar al fin por el bastón. Cuando todas las auras negras se desvanecieron, Fede dejó caer los brazos y suspiró.

—Tienes que enseñarme a hacer eso.

—Vale —jadeó Ángel posando el ukelele—, pero solo si tú me enseñas más cosas sobre este pueblo. La aventura ha estado bien, pero preferiría saber dónde me meto la próxima vez.

El portal (Celean)

Víctor miró distraídamente el reloj analógico que abrazaba su muñeca izquierda. Llevaba más de una hora sin pasar ningún tren. Intentó no calcular el tiempo que le quedaba allí, pero no pudo resistirse. Tan solo dos horas más. Era algo que podía aguantar.

Verdaderamente, no le aburría su trabajo en sí. Se debía exclusivamente al lugar. Aquel largo túnel, cilíndrico y amarillento, le parecía en ocasiones una agobiante celda. De hecho, estaba seguro de que no tenía ventanas tan solo porque nadie habría querido mirar su interior. Al menos la escasa iluminación le permitía ver lo suficiente como para permitirse dibujar.

Sacó de su mochila un desgastado y grueso cuaderno de cuero, en el que estaba colocado como separador un bolígrafo sin apenas tinta. Cuando colocó las manos sobre el papel se dio cuenta de lo frías que estaban. Sus amigos le habían advertido de las bajas temperaturas que solía haber en el túnel, pero aún así, y acostumbrado al clima cálido de su ciudad, no podía evitar sorprenderse. Cogió su varita, y tras pronunciar en voz baja algo casi incomprensible, una pequeña llama irisada apareció entre sus manos, calentándolas.

No había terminado de extinguirse el fuego cuando escuchó en la lejanía las primeras notas de una melodía que conocía de memoria. Le resultó extraño que Santi regresara tan pronto, pero no dejó de ser una fantástica sorpresa. Mientras la música comenzaba a escucharse paulatinamente más alta, Víctor guardó su libreta y dejó espacio a su lado para que su amigo pudiera sentarse.

Cerró los ojos, disfrutando del sonido del ukelele que se propagaba entre las paredes del estrecho túnel. Por mucho que odiase aquel lugar, tenía que reconocer que constituía una parte importante en la magia de la canción, que se nutría de lo inesperado. Cuando Santi llegó a su altura, montado en su monopatín, se lo encontró sonriendo.

—¡Hola, Víctor! —le saludó enérgicamente, mientras dejaba sus pertenencias a un lado—. Qué bonito encontrarte siempre con esa cara de felicidad.

—¡Es la música! —respondió—. Me transporta de forma inconsciente, y cuando cierro los ojos es como si ya no me encontrase aquí…

—Si algún día me acuerdo, vendré con mi novio. Toca el violín conmigo en un grupo de bluegrass, y podríamos darte un pequeño concierto.

—¡No sabes cuánto me alegraría!

Llevaban tres meses encontrándose en aquel extraño lugar. Las dos primeras semanas Víctor se había limitado a escucharlo tocar escondido, pero tras hacer un gran esfuerzo, se había atrevido a hablarle. Y desde entonces se habían visto con una frecuencia irregular, puesto que Santi no solía disponer de mucho tiempo para ensayar.

Santi se pasó una mano por el cabello pelirrojo y azul, y se estiró descuidadamente un rizo. Aunque solía comportarse de forma desvergonzada, cada vez que estaban juntos pasaba los primeros segundos nerviosos. Era complicado volver a adaptarse a su existencia.

—¿Sabes qué toca ahora, no? —le preguntó mientras pasaba distraídamente la mano por encima del ukelele—. La última vez me prometiste que ibas a responderme más preguntas.

—Oh, es verdad. No sé para qué te lo prometería. Aunque supongo que ahora tendré que resignarme a cumplir con mi palabra. ¿Qué quieres saber?

—¿Por qué eres tú el encargado de custodiar la puerta?

—Por ningún motivo especial, realmente —respondió mientras tiraba de un hilo proveniente de su jersey amarillo—. En Barhldan no todos podemos permitirnos ir a la Universidad, así que tenemos que trabajar simultáneamente para poder mantenernos económicamente. Mi facultad en particular facilita la búsqueda de trabajo ofreciendo puestos dentro de la misma. Algunos tienen que limpiar los platos de la cafetería, otros servir de mentores a estudiantes de nuevo ingreso, y a mí me ha tocado vigilar que nadie cruce la puerta interdimensional.

Santi lo miró con los ojos muy abiertos, divertido.

—¿Por qué le encargan una tarea así a un estudiante? ¿No les da miedo que la cagues de alguna forma estrepitosa y crees una guerra entre ambos mundos?

—Ah, no —negó con la cabeza—. No podría aunque quisiera. Todo está súper controlado. Tenemos la mayoría de los hechizos restringidos fuera de nuestro planeta. Además, si intentásemos realizar cualquier acción de ética dudosa, se notificaría de inmediato, nos inmovilizarían y retendrían hasta que alguien viniera a buscarnos. Mi presencia aquí es más un trámite formal que otra cosa. Cuando sale alguien tengo que pedirle su autorización, y si no la tiene, debo impedirle el paso.

—¿Y no podéis utilizar algún hechizo que mantenga la puerta cerrada y no deje pasar a nadie a no ser que cuente con permiso?

—Técnicamente podríamos. De hecho, es lo que intentaron en su momento. Pero la magia es complicada, y no todo el mundo sabe utilizarla. El hombre al que contrataron para que diseñase el hechizo se confundió en una parte del mismo, y lo selló antes de comprobar si funcionaba —Víctor miró de reojo a Santi, temiendo que se estuviera aburriendo—. Es un poco complicado de explicar si no entiendes cómo funciona la magia, pero digamos que modificar un hechizo sellado es una tarea dura y tediosa. Mientras solucionan el problema, tienen que tener a alguien aquí continuamente vigilando.

—Oh, entiendo —permaneció unos segundos en silencio, mientras pensaba—. Intenta explicarme cómo funciona la magia… Bueno, ¿puedes contármelo? ¿O es algo súper secreto?

—Ah, no. Puedo perfectamente. Sobre todo teniendo en cuenta que cada vez que sales del túnel te olvidas de todo lo que has vivido dentro de él.

Los dos bajaron la cabeza, incómodos. Eran conscientes de lo mucho que afectaba ese aspecto en la vida del otro. Por una parte, a Santi le molestaba no recordar todo lo que iba aprendiendo de él en su vida diaria. Víctor simplemente temía que la parte de su amigo que desconocía su existencia decidiera no regresar jamás.

—La magia parte de unos principios básicos, podríamos decir —comenzó a explicarle, tratando de romper el silencio que se había creado—. Y a partir de ellos se van construyendo el resto de hechizos más complicados. La magia es accesible para todo el mundo a un nivel básico. Todo el mundo sabe apagar y encender las luces estando lejos de la habitación, cambiar el color de una camiseta o traer volando un rollo de papel higiénico cuando se te ha acabado el anterior estando en el baño. Sin embargo, utilizarla para cosas más difíciles requiere más nivel. Se precisa conocer  teoría más avanzada para poder construir algoritmos que nos permitan conseguir lo deseado —paró un segundo para tomar aire, y aprovechó para mirar a Santi, que parecía muy interesado—. Y por eso hay personas que se dedican profesionalmente a ello. Y luego, no sé… Las contratan en las empresas. Para que les solucionen un poco la vida y eso. Las cosas con magia son más fáciles.

—Entonces, verdaderamente la magia en vuestro mundo no es “mágica” —le respondió Santi, cuidadosamente—. Los… ¿hechiceros? son como ingenieros informáticos.

Víctor levantó las cejas, sorprendido.

—Sí, la verdad es que es una buena comparación. Supongo que lo somos, sí.

—¡Oh! ¡No me lo puedo creer! ¡Mi único conocido extraterrestre es un mago! ¡Qué guay!

—Estudiante de mago todavía. Dame un par de años y lo seré. O bueno… mejor tres.

Víctor miró a Santi, sonriente. Esperaba que no le hiciera más preguntas, ya que le daba vergüenza hablar sobre él mismo durante tanto tiempo.

—Y tú, ¿qué estás estudiando? —le preguntó.

—Oh, bueno —a Santi se le endureció la expresión de la cara—. Comencé el año pasado Medicina, pero la dejé. Ahora estoy haciendo arte dramático. Y aunque lo estés pensando, te prometo que no la dejé porque me resultase una carrera complicada.

—Tranquilo, no estaba pensando eso. Pero, ¿a qué se debió entonces?

—Porque el entrar en la Universidad, irme de lejos de mi pueblo, cambiar de ambiente y de compañías me hizo madurar en muchos aspectos —enderezó la espalda antes de continuar—. Y supongo que finalmente obtuve la valentía necesaria para decidir estudiar lo que siempre me había apetecido.

Víctor asintió, comprendiendo. No era un experto sobre de la Tierra, pero en el instituto habían comentado que no todas las carreras tenían la misma reputación.

—Es que —continuó Santi— a veces parece que elegir el camino que seguirá tu vida es tarea de los demás en vez de tuya. Como sacaba buenas notas, todo el mundo daba por hecho que terminaría estudiando una carrera con una nota de corte alta… ¿sabes qué son las notas de corte? —Víctor asintió—. “Los hobbies son hobbies, y no puedes malgastar tu vida dedicándote a ellos”. Pero al parecer sí que podía malgastar mi vida estudiando algo que no me hacía especial ilusión. Muchas veces me cabreaba por tener la capacidad suficiente para poder estudiar una carrera difícil. O la voluntad para estudiar durante tanto tiempo y ser responsable más bien —se corrigió—. Pensaba que, si hubiera sacado peores notas, la gente no habría mirado tan mal mi propósito de dedicarme al teatro.

—Qué mal. Seguro que te fue difícil, aunque me alegro mucho de que fueses capar de dar el paso. Y este curso nuevo, ¿qué tal estás? ¿Crees que ha merecido la pena?

Santi sonrió, mostrando de nuevo su habitual alegría.

—¡Sí, por supuesto que sí! Desde que comenzaron las clases he sentido que finalmente estaba haciendo lo que quería —respondió con los ojos iluminados—. De todas formas, incluso aunque me hubiera confundido, siempre podría haber rectificado. Creo que me merecía hasta la hipotética situación del fracaso. De lo contrario, siempre me habría quedado con la duda. De hecho, me da mucha rabia que no todo el mundo pueda permitirse hacer esto.

—¿A qué te refieres?

—Aquí tampoco podemos todos costearnos los estudios. Pero no se nos facilita en absoluto el conseguir empleo. La mayoría de nosotros no tendría tiempo de sacarse la carrera a un ritmo normal si tuviera que estar trabajando también. Prácticamente no se nos permite confundirnos.

Santi bajó la cabeza, visiblemente molesto. Víctor pensó que podían dedicar alguno de sus futuros encuentros a quejarse de sus respectivos planetas. Supuso que hasta podría resultar interesante ver los fallos tan estúpidos que sucedían sin explicación alguna. Él, por ejemplo, no podía comprender por qué en la Tierra existía el machismo, racismo, lgbtfobia y clasismo entre otras discriminaciones. Aunque muchas veces sus amigos habían intentado darles una justificación histórica, él consideraba que era una idea a la que nunca le encontraría explicación.

—En realidad, ¿para qué queréis tener un portal que conecte vuestro mundo con la Tierra? —terminó preguntando Santi—. Somos un planeta súper horrible y aburrido. Vosotros parecéis estar mucho mejor.

—Bueno —explicó él—. Mayoritariamente por curiosidad. ¿No querríais vosotros ver qué sucede en los demás planetas del Sistema Solar, pese aunque en un principio no parezcan tener vida?

—Sí, tienes razón.

—Aunque también sois un planeta sorprendente y útil, eh. En algunos aspectos contáis con una tecnología mucho más desarrollada que la nuestra.

—¡Qué dices! ¿No tenéis teléfonos móviles allí?

—Bueno, no. Pero porque los sustituimos por formas de comunicación mucho más efectivas. Aunque en esta ocasión me refería a las lentejas. Todavía no hemos conseguido cultivar los alimentos necesarios para cocinarlas en nuestro mundo. No sabéis la envidia que nos dais.

Santi rió, y sus carcajadas no tardaron en ser silenciadas por el ruido de un tren que comenzaba a acercarse. En ocasiones ambos estaban tan a gusto que olvidaban estar situados en aquel lugar. La luz tenue y amarillenta pareció brillar con más fuerza, dejando ver en las paredes las abundantes muestras de humedad. La zona en la que se encontraban era ligeramente más acogedora. Se encontraba justo a la salida del amplio pasillo que llevaba al portón que separaba ambos mundos. Además, Víctor solía poner una gran manta azul y verde en el suelo para poder tumbarse a dibujar si se cansaba. El viento gélido producido por el tren hizo que Víctor comenzase a tiritar, así que no tardó en volver a invocar aquel pequeño fuego multicolor.

—Oye, ¿y cómo es que el portal se sitúa justo aquí? —preguntó Santi—. Queda extraño cuanto menos. El túnel de Abdalajís no es precisamente el lugar donde me esperaría encontrar un enlace hacia otro mundo.

—Es mejor que todo lo secreto suceda donde es inesperado —respondió—. Aunque verdaderamente se limitaron a elegir una localización al azar. Estoy hablando aquí contigo por una mera casualidad.

Santi tiró encima de la manta.

—¿Los problemas de emisión de gases producidos hace unos años estuvieron relacionados con la magia?

—Ah, no qué va. De eso tan solo tiene la culpa la estupidez del ser humano.

—Oh, por favor —fingió enfadarse—. Soy el único que puede meterse con nosotros. Además, partes con ventaja. Estoy seguro que vosotros también tenéis un montón de fallos, solo que a mí no me los enseñaron en el instituto.

—Pues quizás empieza ahí parte del problema. Si fuerais lo suficientemente inteligentes, os habríais percatado de nuestra existencia.

—¡Cállate! Si de verdad sois tan superiores a nosotros, ¿por qué no tocas tú el ukelele, con tus privilegiadas manos?

—¡No, por favor! ¡Hazlo tú! ¡Me apetece mucho seguir oyéndote!

Santi puso una mueca de satisfacción, y se levantó para coger el ukelele. Comenzó a enseñarle las canciones que se había aprendido desde la última vez que se habían visto. Víctor, por su parte, mientras disfrutaba de la música, comenzó a encender pequeñas llamas a su alrededor, intentando entrar en calor. Todavía le quedaba una hora de trabajo, pero parecía que iba a resultar entretenida. Sobre todo si tenía en cuenta que, cuando volviese a su tierra, no podría tener la certeza de que ambos volverían a encontrarse.

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2 comentarios en “II Torneo Remolachachi: Tilia cordata

  1. Lo difícil que se me va a hacer votar, ¡me han gustado mucho todos!
    El de Celia es muy dulce, el de Eldaroth me trasmite un espíritu más aventurero e inocente, y el de Celean me ha hecho mucha gracia xD (Sí, aunque Santi tenga novio yo los he shippeado igual. Sorry not sorry).
    Las ilustraciones me parecen una preciosidad *^*
    Estoy deseando leer los siguiente grupos ^^

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