II Torneo Remolachachi: Ailanthus altissima

¡Tercer día! Hoy tenemos tres relatitos más para disfrutar.

¿No sabes qué es esto? ¡Míralo aquí!

La ilustraciones de hoy las ha creado nuestra querida bruja: Celia Añó (@BrujadelTeatro). ¡Estas son las únicas hechas a digital!

1 Ailanthus altissima
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2 Ailanthus altissima
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3 Ailanthus altissima
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¡Y ahora les participantes! Tenemos a Lorena Maro (Twitter: @LMDreamerOnly),

Èire Betancourt (Twitter: @MissNRomanoff, blog: https://elbauldelosmildesastres.wordpress.com/)

y a Olivia Eire (Twitter: @Olivia_Eire, blog: http://www.oliviaeire.com/ ).

Gabriel, el demonio (Lorena Maro)

—No he matado a mi madre.

A pesar de creer en mis palabras, evitaba mirar por la ventana hacia la Iglesia, pues su cuerpo vacío aún colgaba laxo del campanario. Probablemente no habría podido ver nada aunque mirara, porque la densa niebla que llegó hace tres días con suerte nos permite ver unos pasos frente a nosotros. Ha sido su mensaje, las advertencias de Él y, en parte, la causa de todo lo que ocurrió después, pues fue lo que me guio en mi deber de apartar el mal de mi pueblo.

Hace tres días que mi madre murió. Salió a por madera para la chimenea, “para que no te resfríes”. No se le ocurrió que necesitaría estar viva para traer los troncos a casa, o quizá no quiso pensar que una avalancha la mataría. Quienes viven en las montañas toda su vida tienen cierta inmunidad a ellas; nadie lo dice en voz alta, pero está implícito. Ningún ciudadano de las montañas permite que un temporal o un aviso de avalancha lo encierre en su propia casa, quizá porque, si paráramos nuestras vidas cada vez que esto ocurriera, no llegaríamos a vivir —entendiendo vivir como experimentar, sentir, decidir y hacer, en resumen, algo que no sea esperar a que el temporal pase— no llegaríamos a vivir más de un año.

“Para que no te resfríes” y salió para no volver. Aunque la precedió un fuerte viento, la tormenta fue tan repentina que ni siquiera pude llamar a los perros. Pasé toda la noche con la certeza de que, al día siguiente, sería huérfana de madre y mascotas. Me acurruqué en la capilla, al lado de Nuestra Señora de las Nieves, para suplicarle a mi segunda madre que no me abandonara. Quizá mi orfandad es un castigo por mi sacrilegio, por haber pedido siempre ayuda a María, mi madre, e ignorado a Él, mi padre. O por haberme aferrado con tanta fuerza a María que había querido usurpar el lugar de su hijo, creyéndome incluso hermana de Jesús, hermana de Dios.

La mañana siguiente era domingo. Todo el pueblo vino a casa, por primera vez a casa, no a la iglesia —aunque venía a ser la misma cosa, pues solo la cocina, por motivos de seguridad, estaba en un edificio anexo—, pues todos sabían que ni esta semana, ni las sucesivas hasta que encontráramos un sustituto de mi madre, habría misa.

El pueblo ya sabía el destino de mi madre. Lo supieron antes de que yo misma lo sospechara, cuando uno de los vecinos corría a refugiarse de la tormenta y vio el cuerpo de mi madre en la nieve, rodeado de troncos, arrastrándose débilmente hacia casa. Quizá si hubiera estado de pie habría podido escapar de la avalancha. Quizá —.

Pero ella ya no estaba. Dejó de estar ese día, y desde entonces se asentó esta niebla en el pueblo. El aviso de que no podemos dejar que la vista nos engañe. El pueblo sabe que hay algo más de las apariencias, por eso me han pedido que sustituya a mi madre en la Iglesia, a pesar de mi formación incompleta y de que la media de edad del pueblo supere la mía en cuarenta años. Es y no es una sorpresa, pues estaba decidido, desde que naciera —no, desde que se decidiera mi posible existencia— que sucedería a mi madre, como ella hizo con mi abuela, y mi abuela con mi bisabuelo, en un oficio que había pasado de padres a hijos desde hace tanto tiempo que nadie se molestó en que una mujer tuviera las funciones de un cura. No en un pueblo olvidado en medio de unas montañas que solo un puñado de turistas conocen. Así pues, me volví a la vez niña sin madre y portadora de las sagradas escrituras.

***

Mi madre era un charco de sangre en la perrera. Me había acercado a comprobar si alguno de los perros había sido tan sensato para volver y sobrevivir la noche. En una esquina apartada encontré a tres de ellos, un número que me sorprendió, agolpados contra un bulto sangrante. Mi madre. Estaba inconsciente y sus dedos comenzaban a gangrenarse, pero los perros parecían haber mantenido su cuerpo lo suficientemente cálido como para evitar la muerte. No quise sentir esperanza. Corrí a calentar agua y sopa. Por suerte para mi madre, pues su hija nunca tuvo dotes de enfermera, la sangre que la cubría era solo el resultado de los numerosos arañazos que había recibido al caer entre los árboles y las mordeduras de los perros, que no habían tenido otro medio para traerla que arrastrarla con sus fauces cual presa.

Sus piernas eran un tema diferente, cada una apuntando a un lado diferente al que nadie debería poder apuntar. No llegué a saber qué había pasado para que esto ocurriera, pero supongo que una caída en el hielo puede causar verdaderas desgracias. Probablemente ocurrió segundos antes de la avalancha, cuando fue vista arrastrándose con desesperación hacia la iglesia.

La primera señal de vida fue una sonrisa. El fuego que había encendido en la perrera iluminaba sus labios y oscurecía dientes y parte de las mejillas, dando la sensación de cierto vacío en su cuerpo. ¿Era esto de lo que la niebla me advertía? Cuando abrió los ojos, relucían y chisporroteaban entre las febriles mejillas, reflejando las chispas del hogar. No dijo nada, ni me miró. Solo tenía ojos para el fuego. ¿Podía ser esa niña arrugada y curiosa la robusta mujer que salió a por leña —“para que no te resfríes”—hacía 32 horas? Observaba el fuego con el frenesí que solía reservar únicamente para los salmos de la misa matinal. Pero aquellos eran los textos sagrados y esto era solo… a no ser que… ya ocurrió con la zarza.

—Estrellas. —Su voz quebró mis ilusiones. Abrió una mano temblorosa y la estiró hacia las llamas; cerca, muy cerca, como si fuera ajena al calor. Jugaba con las chispas con la ilusión de una niña al recibir su primer rosario, al son de “estrellas, estrellas, estrellas fugaces”.

Esa frase me dio la certeza de que aquel era un demonio enviado para usurpar a mi madre.

***

Ella no dio ninguna muestra de querer volver a casa o de reconocer en mí nada más que a una mano amiga. No parecía tener más conciencia que los perros, los cuales permanecían a su lado en todo momento. Me obedecía por completo. Tomaba la sopa para almorzar y cenar y, entretanto, jugaba a atrapar las chispas de la hoguera.

La perrera, que a veces servía de almacén para los objetos que raramente usábamos, era una pequeña cabaña justo al lado del campanario de la iglesia. Su cercanía con la casa me permitía ir a casa y volver en un instante, aunque todo momento que pasaba alejada del demonio permanecía aterrorizada imaginando la de fechorías que podría hacer bajo el rostro de mi difunta madre. La única razón por la que me permitía volver a casa a dormir cada noche era saber que las piernas de mi madre imposibilitaban su movimiento. La tenía atrapada. O eso creía, hasta que descubrí que yo había quedado atrapada también.

Los vecinos comenzaron a hacerse preguntas. Los recibía con educación y escuchaba su tristeza como si fueran ellos quienes hubieran perdido a una madre, pero no podía evitar que cierta prisa, cierta incomodidad ante su presencia, se entreviera en mis modales. Algunos se creían mi excusa de que necesitaba tiempo sola para aceptar la pérdida. Otros se aferraron a mis brazos y me alentaron a ser fuerte y a luchar contra la tentación del suicidio. Pero la mayoría no pudo contener su preocupación —o más bien su curiosidad—, por lo que el tercer día cuidando al demonio me vi obligada a buscar un improvisado escondite al ver a un paisano dirigirse hacia la perrera. Poco había donde elegir entre los perros y los pocos trastos que allí almacenábamos, por lo que me vi obligada a profanar lo sagrado. Allí estaba aquella estatua de la anunciación, que todos los años alzábamos frente al campanario el 24 de diciembre como parte de nuestra recreación a tamaño humano del belén. Para poder transportarlo, aquella estatua constaba de dos partes, el cuerpo y las alas, que por su gran tamaño ofrecía un gran cobijo para el demonio que, sin estar segura del porqué, estaba protegiendo. Mi madre me obedeció y permaneció muy quieta tras las alas, aunque seguía manteniendo aquella sonrisa aniñada en el rostro. Esa felicidad inocente, imborrable, me enervaba.

El anciano prolongó más de lo me habría gustado su visita. Lo primero que hizo, tras entrar y ver la hoguera, fue dirigirse a la ventana justo junto a las alas y mi madre. Con el corazón en la boca, intenté aparentar serenidad mientras rezaba todo lo que se me ocurría por que mi madre no se moviera en ese instante. No lo hizo. Asentí atontada a todas las reprimendas del visitante por encender una hoguera dejando tan poca ventilación. ¿No tenía una chimenea en la iglesia? ¿Por qué venía a la perrera a encender un fuego? Pues por los perros, improvisé, que me mantienen acompañada y aligeran un poco la pérdida. Abracé al más cercano, intentando aparentar una pequeña niña asustada. El anciano suspiró y, tras un rápido examen visual a la perrera, desapareció.

Mi madre seguía tras las alas. No es que pudiera moverse por sí sola, pero tampoco lo habría hecho de haber tenido piernas funcionales. Contemplaba maravillada las alas. Señaló al cielo y me dirigió una mirada inquisidora. Sí, mamá, son las alas de los ángeles. La sonrisa de mi madre se amplió. Le pedí que no tocara las alas. En lugar de obedecerme, como había hecho todo este tiempo, decidió introducirse en la estructura que normalmente sujetaba la estatua. La niebla se colaba por la ventana y me impedía ver con claridad sus actos. Me acerqué a ella para intentar devolverla junto al fuego, pero parecía que había encontrado un nuevo juguete con el que entretenerse. Pataleó peor que cualquier niño mimado cuando no le permiten un capricho.

El lío de cuerdas a su alrededor se enredaba en ella conforme su pataleta continuaba, y yo solo pensaba en el tiempo que me llevaría desenredarlas todas de nuevo. No intenté pararla, quizá habría sido peor si lo hubiera hecho, pero probablemente no habría dejado que se ensañara de tal forma si hubiera sabido que el mecanismo del ángel aún estaba conectado, si me hubiera fijado, pero nada podía ver con esta niebla cada vez más espesa. En circunstancias normales, el ángel salía por la ventana de la perrera y se alzaba, atado por una cuerda, frente al campanario. El nuevo ángel detuvo su berrinche al momento al ser consciente de que flotaba en el aire. Y sonrió. Todas las cuerdas en las que se había enredado fueron soltándose a medida que se alzaba en el cielo, menos aquella que perpetuó el crimen. La niebla me impedía ver, pero no oír. Y no podía oír nada.

Cuando salí de la perrera y me acerqué lo suficiente a la iglesia vi que aquella cuerda era la culpable de todo, pues allí estaba el rostro de mi madre sonriente, ilusionado, que ni siquiera había podido percatarse de su muerte súbita. La cuerda le había roto el cuello, creando una especie de equilibrio con sus dos piernas. Y se alzaba en el campanario, donde todos la visteis hace unas horas y donde aún sigue. Pero no hay nada que lamentar, por no ser más que un demonio, ni nadie a quien culpar, puesto que fue él mismo la causa de su muerte. Yo no he matado a mi madre; ella se ha matado a sí misma.

Alas de papel (Èire Romanoff)

Mamá decía que las estrellas fugaces no concedían deseos, que eran cuentos de hadas que se contaban para hacer soñar a los niños. Pero yo no me lo creía, ¿por qué iban a hacer eso? Es algo cruel dejar soñar a un niño con algo imposible.  De modo que tenía que existir.

Yo creía que me concedería mi deseo. Quería alas para volar. Yo ya veía el mundo de otra manera diferente. Ahora lo que quería, era poder conocerlo, tocar el cielo. Estar en lo más alto de la cima. Mamá decía que era una tontería, pero en el fondo sé que ella quería ser como yo. Había perdido su espíritu soñador tiempo atrás y por nada del mundo dejaría que pasase lo mismo conmigo.

Fue un día cuando conseguí mis alas. Un día anodino, sin nada mejor que hacer que pasear por mi parque favorito. Solía ir allí a pensar, o simplemente a disfrutar de la brisa otoñal que empezaba a soplar ya. Dejábamos atrás el asfixiante verano y comenzábamos a dar la bienvenida al otoño.

Ni siquiera yo sabía que las conseguiría. No había ningún indicativo que me lo demostrase. Ni una señal del cielo ni nada. ¿Por qué iba a haberla, de todos modos? Mamá decía que las alas no existían.

Mi gesto no cambiaba a medida que paseaba, dejando que mis pies me llevasen de manera automática por el sendero que yo conocía. El cielo se teñía de colores rosados que se fundían con el azul hasta crear una masa que parecía salida de un cuadro de Monet. La noche comenzaba a refrescar y yo sentí un escalofrío recorriendo mi piel al notar el aire acariciando mis brazos desnudos.

La gente paseaba alegremente, charlando o jugando con sus perros, cuyos ladridos resonaban en el parque. Poco a poco fue vaciándose de gente y el lugar se quedó en absoluto silencio. Yo no me enteré. Estaba absorta en mi mundo, atenta a los pequeños detalles que me gustaba descubrir cada vez que iba allí.

El cielo se tiñó de negro y alcé la vista. Mis ojos se clavaron en las luces verdes que comenzaron a danzar ante mí, formando figuras sinuosas que parecían mares de color esmeralda. Un espectáculo poco frecuente y menos en aquel lugar. Las estrellas comenzaron a aparecer en la esfera celeste, moteando el negro. Sin embargo, eran extrañas, pues brillaban con luz verde, como si fuesen luces puestas en un árbol de navidad. Me agaché para sacar mi cámara en un intento de captar aquel espectáculo que no creía que volviese a repetirse en un futuro cercano.

Los puntos de color seguían brillando y de repente, comenzaron a caer. Una estela verde esmeralda que surco el cielo y cayó a mis pies. Fruncí el ceño ante aquel extraño suceso. Brillaba como la Ciudad Esmeralda del Mago de Oz. Parecía que tenía vida propia. Me agaché para cogerlo entre mis manos, acunándolo como si fuese un pequeño animal. La estrella se iluminó aún más y me llevé las manos al pecho, apretándolas, con el ente luminoso en mis manos.

El cielo negro estaba cubierto de motas verdes que se transformaban en estelas y surcaban la bóveda terrestre en un espectáculo de mar esmeralda. Alcé la mirada, sin saber qué ocurría. En mis manos aún sostenía la estrella, que comenzó a destellar y sentí como se introducía en mi pecho. Una calidez me inundó, algo que nunca había sentido. Era una sensación curiosa.

Mamá decía que las estrellas no concedían deseos.

Pero yo conseguí mis alas.

Y el cielo, dejó de ser oscuro. Una brillantez azul a mi alrededor mientras yo flotaba en el aire, observando todo a mi alrededor. No podía creerlo. Tenía alas. Brillantes, verdes, al igual que la estrella. Surcaba los mundos como si fuese una pluma, ligera y etérea. En aquel momento nada importaba pues yo era libre y podía volar.

Las estrellas conceden deseos, mamá. Y yo tenía alas.

En ese momento, cerré el cuaderno y dejé la pluma, observando las palabras que había en el papel. Negro sobre blanco. Tinta sobre papel. Caligrafía elaborada con adornos. Notas aquí y allá. Tachones. Pero, ante todo, una historia terminada.

Mamá decía que las estrellas no concedían deseos. Y yo quería tener alas.

Pero para qué quería alas si ya tenía las palabras. A mí me daban las alas que necesitaba para volar. Y con palabras, las estrellas concedían deseos. A pesar de lo que dijese mamá.

Cielo verde (Olivia Eire)

Todos sabemos que sucederá algo, tarde o temprano. No importa que corran tiempos de paz o que sucumbamos ante las constantes y cómodas invitaciones al entretenimiento que rodean nuestro día a día.

Es cierto que entonces no había ningún peligro, pero aun sumidos en la distracción de todas aquellas pantallas y dispositivos, lo intuíamos: la amenaza de una catástrofe, el fin de lo que conocemos. Sexto sentido, lo llaman algunos, como cuando por algún motivo nos despertamos justo un instante antes de que suene el despertador… y aún así, elegimos dormir cinco minutos más.

Porque no, no hicimos caso a las señales; seguimos durmiendo. Y llegamos tarde.

Antes de que ocurriera, todos los medios de comunicación decían que los científicos expertos en investigación de alto nivel que trabajaban en ello, lograrían evitar que alcanzara nuestro planeta. Estudiaban la naturaleza de lo que, al parecer, impactaría la Tierra en cualquier momento.

Y es cierto; lo hicieron. Lo estudiaron, lo analizaron, lo midieron. Sin embargo, no lo evitaron.

Voy a contar qué sucedió, pero antes es importante saber algo: ya nadie sabe nada y yo misma sigo intentando entender qué me pasó. Decirse se dijeron muchas cosas. Al principio, cuando aún faltaban unas semanas para el impacto, los expertos hablaban de un cúmulo de materia desconocida, una especie de gas nunca antes presente en la Tierra que, en el caso de entrar en contacto con ésta, afectaría a cualquier organismo vivo. Y cuando uno escucha eso, cuando a uno le dicen que algo va a azotar a todo «organismo vivo» de la superficie terrestre, no piensa en las plantas ni en el resto de animales. No; cuando escuchamos eso, la única imagen que acude a nuestra mente es la de nosotros mismos. Así creció la semilla del pánico.

Y los rumores.

Algunos incluso alimentados por las teorías de los propios científicos que, quién sabe si guiados por un código de veracidad o simplemente por la intención de apaciguar a la multitud, se lanzaron a dar en un titular una versión oficial a la población:

«G-HEAVEN –como la apodaron los medios– es una sustancia inofensiva y no hay de qué preocuparse».

Una minoría del campo de investigación descubrió que poseía una alta capacidad de alterar peligrosamente el sistema nervioso. Era una información escasa y bastante limitada ante la que el resto de comunidad científica reaccionó con una actitud positiva, argumentando que, si bien era cierto que se había observado esa posible respuesta en el cerebro humano, no había necesidad de alarma puesto que no nos afectaría negativamente, en todo caso al contrario.

«¿Al contrario? ¿Qué significa eso?» «Nos va a hacer mejores. Seremos mejores personas». «¿Nos puede hacer mejores algo que no conocemos?» «A lo mejor hace los sueños realidad. O nos da algún poder». «Quizá nos convirtamos en súper-humanos». «¿Entonces vamos a ser superhéroes?» «Estoy deseando que llegue ya esa cosa».

El tema de de moda entre amigos y familiares pasó a ser qué superpoder elegirían y qué harían con él. A mí me atraía la idea de ser invisible y colarme en sitios en los que de otra forma no se me permitiría acceder.

Ahora, pensándolo bien, pedir eso sería absurdo porque ya puedo ir donde quiera.

Había algo, sin embargo, que desasosegaba a la población: la incertidumbre. ¿Cuándo ocurriría el fenómeno? ¿Cómo sería? ¿Nuestra vida podría seguir siendo igual después de que aconteciera? ¿Notaríamos el poder automáticamente o, por el contrario, aparecería de forma progresiva? En ese caso, ¿cuándo? Esa era la cuestión. Cuanto antes, mejor, ya que gracias a aquellos poderes solucionaríamos nuestros problemas. Hasta llegamos a convencernos a nosotros mismos de que pondrían fin a problemáticas globales como la pobreza o conflictos bélicos.

Y entonces llegó el día.

Creíamos que sería impredecible y que nos pillaría por sorpresa, mientras unos desayunaban y otros iban a trabajar. No esperábamos aquellas noticias de última hora que nos avisaban de que el extraordinario fenómeno había llamado a nuestra puerta y la estaba abriendo sin pedir permiso para entrar. Algunos se encerraron bajo llave y espiaron curiosos por la ventana, pero casi todo el mundo reaccionó igual: salieron a la calle a recibir aquella misteriosa visita, como si se tratara de un nuevo vecino que nos traía un trozo de tarta y al que hubiera que dar la bienvenida apropiadamente.

Yo, por mi parte, me sigo preguntando si lo era. ¿De verdad era una tarta? En ese caso es cierto que está deliciosa. Es la mejor tarta que he probado nunca. Pero a veces tiene un sabor raro. Como agridulce.

En el momento en que escuché el aviso por televisión, salí corriendo. Yo, al igual que muchas otras personas, tenía planeado lo que haría cuando llegara el momento. Había muchos sitios que explorar si conseguía mi superpoder pero elegí el que era más especial para mí: un bosque que había cerca de mi casa. Normalmente estaba cerrado al público y un guarda forestal custodiaba el paso en la caseta que había en la entrada, pero al verla vacía supuse que él también tendría sueños y que éstos no eran precisamente seguir entre esas cuatro paredes.

Una vez allí, me dediqué a contemplar el cielo durante horas hasta que cayó el sol. Sentada, paciente. Andando, inquieta. Lamenté no haber llevado los prismáticos, aunque tampoco habrían hecho gran diferencia. Al final, entre desilusionada por no haber presenciado nada excepcional y resentida hacia los medios por habernos engañado, di mi último paseo entre los imponentes árboles antes de emprender el camino de vuelta a casa.

Y sucedió.

El cielo se fue oscureciendo, pero no con ese azul cobalto que da paso a la noche, sino tiñéndose de un color verde que se intensificaba a cada segundo. Me fijé en una nebulosa esmeralda que fue surgiendo entre las nubes y, al sentir un ligero vahído, intenté tranquilizarme a mí misma diciéndome que no pasaba nada, que sería como las auroras del norte.

Pero no lo era. Lo supe en el momento en que algo centelleó en el cielo y descendió, iluminando todo a su paso. Entonces me pareció ver, quizá a causa del desfallecimiento que comenzaba a padecer,  cómo los árboles, bañados por un brillo verdoso y fantasmagórico, se desmoronaban a mi alrededor. Las ramas se doblaban flácidas como la mantequilla, todas sus hojas caían como si hubiera llegado el otoño y de sus troncos se desprendían, como tocados por una mano invisible, trozos que al tocar el suelo se hacían cenizas. Recuerdo también ver una ardilla muerta en el suelo. Recuerdo el dolor en mi pecho. Recuerdo bajar la vista para mirarme las manos. Pero no recuerdo mucho más.

Sólo fue un mal sueño.

Desperté a la mañana siguiente. El cielo había cobrado su azul intenso habitual y un precioso celeste salpicado de nubes blancas daba los buenos días.  Los árboles parecían los mismos de siempre y, esplendorosos, agitaban sus ramas obedeciendo a una suave brisa. Vi a una ardilla trepar por uno de ellos, y respiré aliviada. No había pasado nada, todo seguía como siempre. Era un día magnífico. Más aún, ¡era un día perfecto! Algo me decía que todos los problemas del mundo se habían solucionado. Todo se veía diferente. Los colores me resultaban más vívidos que nunca, casi irreales. Entonces me froté los ojos y al abrirlos de nuevo e intentar levantarme, me di cuenta de algo.

Estaba flotando.

¡Así que era cierto aquello que decían! Una profunda emoción me recorrió todo el cuerpo. Pero, a la vez, sentí una sensación extraña: como si no pudiera emocionarme del todo ni sentir mi cuerpo del todo. No conozco las limitaciones de este poder pero, aunque ahora puedo visitar cualquier lugar o recorrer cualquier rincón, me siento más impotente que antes. No me siento realmente allí.

A veces pienso que quizá ya no exista un allí o un yo.

A veces no se siente como un poder.

A veces me parece que he perdido algo en lugar de ganarlo.

A veces contemplo esa visión, fascinada. Observo desde arriba ese mundo radiante, ese mundo perfecto, ese mundo que todos habíamos imaginado.

Y me pregunto por qué ya no hay nadie.

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