II Torneo Remolachachi: Euphorbia helioscopia

¡Y llegamos al último día! ¿Qué tal todos estos relatos? Espero que os estén gustando.

¿De qué va esto? Míralo aquí.

¡A partir de esta tarde se podrá votar!

Las ilustraciones las ha realizado una servidora, lo mejor que he podido. El papel me timó un poquito, tengo que decirlo.

1 Euphorbia helioscopia
1
2 Euphorbia helioscopia
2
3 Euphorbia helioscopia
3

¡Presentemos a les participantes! Aitziber Conesa (@Duxiet_, blog: danzadeletras.com), Iván Mayayo (@ivanmayayo), Andrés Álvarez Iglesias (@doctorserone, blog: https://andresalvareziglesias.com/ ) y LS_TOPHER (@LS_TOPHER).

Cuco (Aitziber Conesa)

Era fascinante. Flotaba en el espacio, libre, relajada. Tenía un halo de maravilloso pelo rizado sobre su cabeza. Líneas de color oscuro marcaban su rostro y se deslizaban por su vientre y caderas sobre su piel terrosa. Era hermosa. Y, por alguna razón, estaba viva.

Como guardia de frontera planetaria, yo había visto algunos cadáveres en el espacio. Muy pocas especies mantienen su aspecto en el vacío. Las partes más blandas estallan. Los rostros se congestionan antes de congelarse. Se convierten en maniquís deformados, cascarones vacíos.

Ella no era así. Simplemente dormía. Esperaba. ¿Qué podía esperar aquella mujer alienígena en el espacio?

Tal vez a mí.

Llamé a la central para informar de un rescate, pero desplegué el brazo articulado antes de recibir respuesta. No podía dejarla a la deriva. La traje a la escotilla y la hice entrar en el espacio despresurizado con el cuidado que pondría al capturar un insecto twig. En aquel momento pensaba que era rígida y frágil, y con ello en mente, hice que descendiera suavemente al suelo introduciendo la atmósfera y la gravedad de forma paulatina. Pensé  que se quebraría, igual que las alas de cristal de roca del twig.

Y entonces suspiró.

En realidad era blanda, suave y elástica. Abrió sus ojos, húmedos y brillantes, negros y profundos como el propio espacio, cuando me acerqué a medir sus constantes, a comprobar que respiraba… A averiguar qué era.

En sus iris, el miedo restalló como un relámpago en un cielo sin lunas. Se apartó tan rápido como pudo. Moví mis antenas de modo conciliador, pero supe en seguida que no servía de nada. Su piel se erizó. ¿Qué me demostraba su cara? ¿Terror? ¿Asco?

Le tendí una muda de ropa y esperé. Tardó varios minutos en alargar su mano hacia la tela, y en ningún momento dejó de mirarme, asustada, pero también desafiante. Se vistió manteniendo la tensión; no confiaba en mí, no podía.

Le ofrecí un vaso lleno; tenía agua, azúcar, sales minerales… un millar de nanocitos de traducción que se integrarían a ella en minutos u horas. Nada que pudiera hacer daño a un ser vivo. Ella lo miró, confusa. Me lo llevé a los labios, le di un sorbo y se lo volví a tender.

Lo cogió con ambas manos y bebió cerrando los ojos, con avidez. No pude evitar sonreír.

El vaso tintineó en el suelo. Había apurado el contenido, y me miraba de nuevo. El cielo de sus ojos, estrellado de gratitud. Se acercó con suavidad, como una brisa de mediodía, y me besó.

Sentí su lengua húmeda, suave, buscando la mía, y yo le respondí sin acabar de creerlo, poco a poco.

¿Qué habrían pensado en mi colonia de nosotras? ¿Sería hermoso el contraste de su piel marrón y aromática con la mía, verde y fresca?

Era tan bonita…

Ella dio un paso atrás, librándose de mis manos. Parpadeó confusa, como si no entendiera qué había ocurrido. Decidí no presionarla y le indiqué el camino a la cabina.

Mientras avanzaba, observaba mi nave. Lo miraba todo con la curiosidad de un niño.

—¿Dónde vamos? —me dijo. Su voz era profunda, algo rasposa. Mis antenas temblaron suavemente, presas de la sensación placentera que me producía.

—Al comisionado de la Guardia —le respondí, enterrando mi turbación en una actitud solícita y profesional—. Enviaré una solicitud de asilo temporal ahora.

Ella asintió.

Antes de salir de la nave, nos sometimos a un bioescaner. Casi al instante tenía los resultados en mi cubo holográfico. El escáner me había identificado, y de ella escupía algunos datos genéricos.

«Humana, planeta origen S3. Espécimen sano. Carga bacteriológica de riesgo 2: no se detectan organismos potencialmente malignos. Simbiosis pancelular múltiple: los registros apuntan a que todos los organismos superiores de S3 son simbióticos. Sociedad poco desarrollada y bajo tratado de protección a las culturas nativas.»

Esto quería decir que su planeta no tenía capacidad para hacer viajes espaciales y se consideraba demasiado primitivo para establecer un contacto beneficioso para ambas partes.

¿Cómo habría llegado hasta mí?

Me sacó de mis pensamientos un nuevo mensaje en el cubo «Llévela a la sala beige y proceda con interrogatorio»

Torcí el gesto un momento. No quería interrogarla. Interrogar implica una actitud hostil o de sospecha. Yo lo que quería era conocerla.

La guié hasta la sala beige. Era una sala de control muy sofisticada. Estaba totalmente monitorizada, podía aislarse en caso de riesgo químico y biológico y  estaba equipada para responder a cualquier problema de rebeldía. El pensamiento de que mis superiores la considerasen peligrosa me aterraba. Me sentía unida a ella, a su destino.

—¿Puedo sentarme aquí? —me preguntó, señalando el módulo de espuma inteligente. Sí , se suponía que era lo que debía hacer. Asentí.

—¿Te importa que te haga unas preguntas?

—¿Puedo hacértelas yo? —Su mirada era pícara. Sonreí.

—De acuerdo. Por cada respuesta que me des podrás hacer una pregunta. ¿Te parece bien? —Ella asintió— Empecemos por tu nombre.

—Helena. ¿Y el tuyo?

—Yo soy Heilg. Encantada de conocerte, Helena. Te encontramos flotando en el espacio. ¿Sabes cómo llegaste allí?

—No… ¿de verdad estaba en el espacio? ¿Dónde estoy?

—Las preguntas de una en una, por favor —indiqué divertida—. Estás en el planeta Riglan. Queda un poco lejos de tu planeta natal —añadí—. ¿No recuerdas nada?

Me arrepentí al instante de presionarla. Su cuerpo temblaba ligeramente y su mirada se perdía en la pared. Parecía soñar, o recordar algo.

— Yo… Yo estaba en la Tierra —murmuró—. Encontré algo. Algo valioso. No… no sé qué pasó. Lo escondí. Todo el planeta gritaba. Gritaba mi nombre y lloraba. Había una lanzadera. No era mía, pero me metí en ella. El viento también aullaba mi nombre. Tenía miedo. Y la lanzadera despegó. —Empezó a sollozar con fuerza—. Las rocas, el polvo… —entendía entre sus gemidos— La tierra… estalló.

Quería abrazarla, consolarla. Hacer que dejase de llorar. No podía imaginar por qué horrores había pasado Helena. Al tiempo, estaba aterrorizada. Si había algo capaz de acabar con un planeta… ¿Cómo sería?

—Tranquila. Aquí estás a salvo —le dije, aunque no sabía si eso era cierto.

Durante las siguientes horas luché por tener a Helena bajo mi custodia. El mando intentó disuadirme. Pero allí donde ellos veían a una alienígena, yo sólo veía a Helena, una mujer preciosa que lo había perdido todo.

Era una refugiada a la que no se podía repatriar, pero la colonia máxima tenía miedo. Había verificado la destrucción de la Tierra, y cómo estaba produciendo problemas en las órbitas de todo su sistema estelar. No entendían cómo había sobrevivido, ni siquiera Helena podía explicarlo, y la falta de respuestas les resultaba espeluznante.

No querían que Helena viviera en libertad en el planeta. Y sin alguien que la vigilara, no podía quedarse.
Yo me sentía atada a ella. Casi intoxicada. Enferma, tal vez. Capaz de hacer la mayor de las locuras.

«Mishaii, siento en el alma deciros esto, pero hoy abandono la colonia. Sois la vida más allá de la vida misma, y seguiré soñando con vuestro rastro de olor. Os llevaré allí donde vaya. Pero el deber me impide volver. Acepto mi destino. No me lloréis.

Heilg Anae»

Eso decía la carta que compuse para los miembros de mi colonia. Y la firmé con el apellido “Solitario”, porque había renunciado al mío.

Aquel mismo día me trasladé a un barracón de seguridad, en dependencias de la guardia. En la habitación de al lado viviría Helena. Mis antenas vibraban de nerviosismo y euforia.

Ella se mostraba tímida y cordial, en ocasiones agradecida. Hablamos mucho, durante días interminables. Y cada vez sentía menos mío el apellido Anae. Helena se estaba convirtiendo en mishai, mi otro yo en la comunidad, mi compañera de colonia. No podíamos compartir el olor del camino común, pero sí muchas otras cosas. Creo que la amaba, todo lo que puede amar el corazón de un Anae.

Subíamos al tejado cogidas de la mano y pasábamos el tiempo mirando el cielo, intentando  descubrir las estrellas que ella recordaba entre las nuevas constelaciones. Jugábamos en el parque de hierba roja y yo le enseñaba a distinguir los animales del planeta.

Un día la tomé de la mano y, en silencio, la llevé hasta una hondonada, al lado de la valla de contención. Había descubierto un twig de casi medio metro. Se lo mostré con una sonrisa… y le hablé del día que nos conocimos.

—Gracias —me dijo sin soltar mi mano. Su voz estaba rota, su cara surcada por unas lágrimas grandes y limpias. Me besó con dulzura. No lo había hecho desde aquel primer día. Creí que me fallarían las piernas.

A la mañana siguiente, Helena no se levantó. Cuando fui a verla, estaba desnuda sobre su cama, tranquila. No me di cuenta de que no dormía hasta que la acaricié.

No podría creérmelo. La zarandeé, supliqué porque abriera los ojos. Nada funcionó. Rompí a llorar. Mi cuerpo se agitaba, implacable, y mis propias lágrimas me asfixiaban.

El olor de mi tragedia debió alertar al personal de la base. Se presentaron de pronto, preparados para un asalto. Cuando se dieron cuenta de lo que pasaba intentaron separarme de ella. Luché por seguir abrazándola un poco más. Sólo un momento más.

Me arrancaron de ella, y sentí como si me partieran en dos y me extirparan la vida. El dolor no me permitía pensar ni compartir. Era un ser aislado, una bola de angustia y pena.

El médico de la base intentó calmarme con su olor, pero no dio resultado. ¿Cómo podría darlo, cuando solo la sentía a ella? Su maravilloso aroma estaba en mis manos. Solo entonces me di cuenta de que sujetaba un trozo verde oscuro, una de sus preciosas formas del vientre que se había desprendido durante el forcejeo. Regulé mi respiración cuanto pude y, procurando que no me vieran, salí del barracón.

Me dirigí a la hondonada donde me había besado el día anterior. El twig seguía allí, imperturbable. Me agaché y cavé tan rápido como pude. Enterré esa pequeña parte de Helena en el lugar en el que habíamos compartido tanto, para poder volver a ella. Para recordarla siempre.

Una ronda de perímetro me encontró acuclillada junto al viejo twig, en silencio. Esperando.

Me llevaron de vuelta a la base, lejos del barracón y lejos de Helena. Me inyectaron un sedante.

—Se ha vuelto loca —oí que susurraban entre sí desde mi tumba de oscuridad inducida —. Debe ser por que renunció a su colonia. Pobre estúpida.

Me desperté en medio de la noche. El viento soplaba furioso, y reía a carcajadas con la voz de Helena. Me levanté sobresaltada.

Helena, ¿dónde estaba mi Helena? Debía buscarla.

Salí corriendo de la enfermería de la base. Nunca había estado allí, pero el instinto me guiaba.

En la lejanía, Helena chillaba. Comencé a correr, desesperada. La llamaba una y otra vez.

Entonces la vi, a unos pocos metros. Su silueta se recortaba contra el cielo violeta de una hora trilunar.

—Helena —llamé. Y ella se giró. Su carne era pasto de las algas de los cadáveres. Se pudría ante mí. Su boca se torcía en una sonrisa de desprecio.

—No quiero verte, monstruo —gruñó con mil voces— Vete ¡Vete! Te maldeciré cada segundo, y moriré en tus brazos, por tu culpa, a cada instante. Te arrancaré el alma sin dejarte olvidar lo que es el sufrimiento.

Su odio fue una bofetada cenagosa y amarga. Perderla dolía, pero verla así dolía mucho más. Mi giré y eché a correr en dirección contraria. Ella surgía de entre las sombras, en cada rincón. Yo la esquivaba, aunque a veces me sorprendía, golpeándome con una mano huesuda y gelatinosa.

Su olor corrupto me perseguía, indicándome que seguía allí. Cerca. Más cerca.

Millones de Helenas gritaban en la tierra y maldecían en el viento, comprimiendo el odio contra mí en una fuerza diabólica. Corrí a mi nave de guardia y me lancé al espacio.

Sola, en la cabina del aparato en el que la había recogido, en el que me había enamorado de ella, aún la oía llorar. Mis ropas estaban impregnadas de algas necróticas. Me las quité, dejando ver mi piel verde y el pelo dorado que siempre ocultaba bajo el uniforme.

Tras de mí, mi planeta se hacía añicos, un eco del estado de mi alma.

El aire olía a su putrefacción. No me dejaba respirar. Fui a la esclusa y la abrí de un golpe. La descompresión me lanzó al vacío. Cerré los ojos, aceptando la muerte.

Floté en el espacio, reconfortada en la temperatura extrema, respirando la nada. Durmiendo. Esperando.

Algo.

A alguien.

Tal vez a ti.

A la deriva (Iván Mayayo)

Los gritos de su superior la sacan a rastras de su habitación, en el pabellón de los reclutas, momentos antes de que los pulsos del cinturón del satélite comiencen su labor matutina. Dando tumbos consigue llegar al módulo de reconocimiento. La noche ha sido larga y ahora resulta que es ella quien debe hacer la primera ronda. Eso no está en los planes de vuelo que le han pasado. Por Madre Ciencia, es víctima de una horrible novatada.

El módulo aéreo de vigilancia huele a vómito y orines. Seguro que Trix o ese hijo de la grandísima de Matthis mearon anoche, en la fiesta de graduación, para darle una sorpresa. En su primera misión alrededor de la estación minera está sufriendo arcadas. El silencio y el vacío a su alrededor agravaban su malestar y el tedio.

—¡Serán cabrones! —murmura mientras sus manos tocan algo pegajoso, frío, que prefiere no saber que es—. ¡KoNRad! Limpia esto, por favor.

El asistente del módulo de vigilancia responde con su voz neutra, aséptica.

—Debo advertirle que ejecutar las tareas de limpieza durante el vuelo eliminará la visión directa por unos segundos. Recomiendo activar sensores de proximidad.

—¿Por qué? ¡Son solo unos segundos y, además, estamos solos!

—Insisto, cadete Rainah.

—Está bien, ¡pero limpia esto de una maldita vez!

Las luces de cabina pasan del azul a anaranjado mientras los nanobots de limpieza circulan entre las piernas de la piloto, eliminando todo tipo de partículas orgánicas indeseadas.

«ALERTA DE SER VIVO»

—¿Cómo es posible? —Rainah se asoma rápidamente al cristal delantero y le parece ver una sombra oscura, flotando en el vacío, cuando el vapor cubre toda la cristalera.

—¡Mierda! ¡Quita esto! ¡Para los motores!

—Yo le advertí que…

—¡Calla y frena el maldito módulo de una vez!

Rainah vuelve a recuperar la visión a través de la cristalera. El corazón le late a toda velocidad. Ni siquiera es consciente del olor a limpio de la nave. Ahí, delante de ella, un cuerpo desnudo flota inerte en medio del espacio.

—KoNRad, prepara el sistema de rescate. Tenemos que regresar a la estación minera. Activa los protocolos adecuados.

—Sí, señora. Al instante.

La nave extiende unos largos brazos preparados para alcanzar e introducir el cuerpo en el módulo. La estación minera, construida sobre una vieja roca, presencia la escena. Único testigo en la inmensidad del espacio. Los pulsos intermitentes que emite el anillo de energía que la circunda indican que las labores de extracción del cristal morado, que forma el núcleo del asteroide, están a pleno rendimiento.

Una vez que el cuerpo está dentro, Rainah lo debe poner en cuarentena. Pero se detiene en examinarlo. Es una mujer, su piel ocre de la vía natural contrasta con sus tonos verduscos, propios de la vía científica. Sus tatuajes la ubican dentro de la casta sacerdotal. Rainah nunca ha visto a nadie de su clase, fueron exterminados en las guerras del Camino. Observa sus labios, como tiemblan ligeramente. La siente indefensa y, por alguna extraña razón, siente la necesidad de besarlos. Se acerca lentamente, con la mirada fija en esos labios rosáceos, carnosos. Los suyos están tan cerca que el roce es casi inminente, el vello de brazos y espalda se eriza. En ese momento, la extraña abre los ojos de manera súbita y grita un nombre: ¡Bálder! Rainah cae hacia atrás de culo, y cuando, tras unos segundos, se incorpora está, de nuevo, inconsciente.

¿Cómo ha llegado hasta allí una sacerdotisa de la Naturaleza? Guardándose para sí sus preguntas mete, por fin, a la rescatada en cuarentena y pone rumbo directo a la estación minera.

Ricah entrega el módulo de vigilancia y da parte. Ahora tendrá un montón de papeleo del que ocuparse, pero ya se pondrá con él más tarde. Ahora solo quiere descansar.

Parece que se acaba de acostar en la cama cuando unos golpes en la puerta la despiertan. ¿No han tenido bastante Trix y Matthis?

—¡Ya voy cabrones! —Abre en camiseta y ropa interior—Con vosotros quería yo…

—Recluta Ricah. Vístase y acompáñeme, por favor. —Su superior le habla con desagrado, retirando pronto la mirada—. Le espero en el pasillo. —Y, tirando del picaporte, él mismo cierra la puerta.

Ricah, aún en shock se queda plantada delante de la puerta, como un pasmarote. Su capitán, como si pudiera ver a través de las paredes le grita desde el pasillo.

—¡Deprisa!

Entonces Ricah reacciona y se pone todo lo rápido que puede el uniforme y sale de la habitación. El capitán, de un vistazo rápido, analiza su vestimenta.

—Te pongo al día por el camino. ¡Vámonos! —Y dándose la vuelta comienza a caminar a paso vivo—. Es acerca de la superviviente que encontraste esta mañana. —Ricah siente un estremecimiento—. No hemos podido sacarle ningún tipo de información y únicamente ha solicitado que tú estés presente.

—¿Yo? —pregunta Ricah con un timbre de voz una octava más alto de lo que le hubiera gustado.

—Sí. Ha solicitado tu presencia expresamente. ¿Qué te dijo en el módulo?

—Nada, no habló. —No sabe por qué obvia la parte de los gritos. Empieza a sentir mucho calor.

—Hemos llegado a mi vehículo. Monta.

El capitán señala un moderno coche aéreo aparcado justamente a la salida de la zona residencial. Ricah obedece. El interior huele a limpieza. El capitán arranca y marchan rápido. Circulan por el perímetro A hasta llegar a los túneles construidos bajo el cinturón. Los pulsos del cinturón eléctrico, alimentados por la energía liberada en la extracción, iluminan las paredes del túnel. Alcanzan el extremo norte del satélite, donde se encuentran los barracones gubernamentales. Lugar vedado para gente como ella. Una vez más el capitán parece leerle la mente.

—Toma el pase de seguridad. No lo pierdas.

Tras aparcar y bajar del coche, avanzan por largos pasillos de un blanco radiante que casi daña a la vista. Giran a un lado, a otro, enseñan los pases varias veces, hasta llegar a una habitación cerrada. Ella está aquí, dentro.

—Permanecerá monitorizada y así podremos escuchar todo lo que te diga.

Ricah está nerviosa y apenas asiente. Abren la puerta y la meten dentro con un fuerte empujón. Nervios

La rescatada está sentada. Viste un sencillo vestido amarillo, algo anticuado. Aún así le choca ver a una natural vestir según el canon de la vía de la ciencia. No es así como se los representa.

—Hola. ¿Te acuerdas de mí? —Ricah se siente estúpida. No obtiene ninguna respuesta.

En parte suponía que el haber sido dotada del chip de la traducción de lenguas le facilitaría entender su historia. La cuestión ahora es conseguir que hable, pero no sabe qué hacer. Le dirige palabras dulces en la antigua lengua de los naturales:

—Mi nombre es Ricah Andersen soy quien te encontró flotando. ¿Recuerdas algo? —Toca su brazo— ¿Me puedes decir tu nombre?

La mano de la superviviente se aferra a ella, sus ojos la miran como lo hicieron en el módulo, pero esta vez no hay gritos solo imágenes, fotogramas, que golpean a Ricah como un torrente.

Un planeta de Naturaleza Extraños. Guerra. Ella es Bouda, sacerdotisa. Crea conjuros para proteger a los suyos, pero solo se puede proteger así misma. Destrucción y explosión del planeta.

Bouda llora desconsoladamente, tapándose la cara con las manos.

—Ellos los explosionaron —repite entre sollozos una y otra vez.

A Ricah se le encoge el corazón. En las historias a los naturales se les representan con toscos ropajes, bárbaros…Pero ella no ve nada de eso. Solo tristeza.

Se acerca y la abraza. Siente el cuerpo de Bouda, como sus músculos se pliegan respondiendo a su gesto. Vuelve a mirar esos ojos, profundos, inundados y esos labios carnosos, palpitantes. Un cosquilleo le atrapa la boca del estómago y amenaza con invadirle la garganta, la piel se vuelve extremadamente sensible, acerca sus labios, gimiendo levemente ante el contacto con los de la sacerdotisa. La habitación comienza a darle vueltas, gritos alrededor hasta que se hace el silencio. Luego todo es negro.

***

Ricah siente su cuerpo desnudo, su piel verdosa azotada por el frío espacial, el vello que cubre su espalda y hombros se agita suavemente, flotando en el vacío. Hay algo que le permite respirar, sobrevivir a la deriva esperando a que alguien la encuentre. De algún modo la energía ha sobrecargado el anillo haciendo explotar el asteroide minero.

La voz de Bouda y las imágenes vuelven a resonar en su cabeza:

«Nací en otra época y en otro mundo pues durante centenares de unidades de tiempo mi cuerpo ha flotado en busca de auxilio. Fuiste tú Balder quien me encontró, tal y como dictaba la profecía, reencarnado en el cuerpo de uno de nuestros enemigos. Ellos llegaron con sus armas y tecnologías que corrompían cuerpos y almas. Nos eliminaron sin preguntas, por ser diferentes, ni siquiera respetaron tu don de lenguas, amor mío. Recuerdo gritar de dolor ante tu cuerpo sangrante. Invoqué la energía de madre para destruirlos a todos, pues de nosotros ya no quedaba casi ninguno. Yo me protegí y fui a la deriva en espera de culminar mi venganza. Por fin ha sido realizada. Te dejo ir, amor mío. Transmite nuestro mensaje».

Las últimas imágenes son como un beso amargo de despedida. Soldados de la Ciencia cometiendo todo tipo de atrocidades ante población indefensa. Haciendo todo aquello que luego la historia atribuirá a los vencidos. He de contar esta verdad. ¿Me creerán?

—Señora.

—¿KoNRad? ¿Qué haces aquí?

—Tras actualizar con mi guía su chip intracraneal me ordenó despertarla al detectar vida.

—¿Cuándo hice eso? No recuerdo nada.

—Justo antes de guiar a aquella natural hasta el núcleo, señora. Antes de la explosión. He de informar que han pasado noventa y cinco mil setecientas ocho unidades de tiempo. Un rayo tractor nos ha detectado. Ya no estamos a la deriva.

He de protegerte (Andrés Álvarez Iglesias)

—¿Qué me has hecho?

Anna se puso a correr por los largos y estrechos pasillos hasta abandonar el recinto, ante la atónita mirada de sanitarios y pacientes. No todos los días se veía a una agente de Defensa Exterior, y mucho menos en aquel estado: con el rostro desencajado, los ojos muy abiertos y la piel mostrando un tono verdoso más pálido de lo normal. Sudaba copiosamente mientras corría, sin dejar de murmurar entre dientes.

—¿Qué me has hecho, Danya? ¿Qué me has hecho?

Salió finalmente al puerto aéreo del hospital, totalmente iluminado por los grandes focos que permitía a las máquinas despegar y aterrizar en la noche.

De un salto se introdujo en la cabina de su HOVER.

—Al espacio-puerto —ordenó al piloto automático, que se puso en marcha al instante.

Tenía que marcharse de allí, no podía esperar ni un solo minuto. No podía explicar aquella necesidad de escapar que había sentido de repente, y que había ido creciendo más y más con el paso de los minutos. Simplemente tenía que hacerlo

Como había hecho antes, Anna se llevó las manos al vientre.

—He… He de protegerte…

Mientras, muy hondo en la tierra, un murmullo hasta ahora imperceptible empezó a crecer.

***

La señal recibida por los sensores del MACRO, el último de los escudos defensivos de Taranne, no tenía sentido. Al principio los operadores pensaron en un fallo. Aun así, decidieron enviar a un agente de Defensa a investigar qué era lo que estaba emitiendo aquellas lecturas.

Anna maldecía entre dientes, agarrando con fuerza los controles de su HOVER. No sabía a quién podía haber enfadado, pero últimamente siempre la asignaban a aquellas misiones absurdas. Los falsos positivos de los sensores cada vez eran más numerosos, cualquier trozo de basura espacial hacía sonar las alarmas.

—Me estoy empezando a cansar de ser la basurera oficial del departamento.

“En poco tiempo llegarás al objetivo, Anna. Corrige la trayectoria en…”

La emisora no había dejado de vomitar instrucciones y comentarios desde que había emprendido el vuelo. Anna resopló, se apartó el pelo con un soplido y bajó el volumen al máximo.

—Sé hacer mi trabajo, joder. No os necesito para recoger chatarra.

Pero no fue chatarra lo que encontró en el lugar designado. Todo lo contrario. Anna se pegó al cristal del HOVER con la boca abierta.

Ante ella, a apenas unos metros de distancia, un ser flotaba en el espacio. Sin traje, sin protección alguna. Sin ni siquiera ropa.

—Pero… No es posible…

Anna se apresuró a recoger a aquel cuerpo con las pinzas del vehículo, y lo introdujo en los tanques descontaminantes. Tras un tiempo que se le hizo eterno, las luces del proceso se apagaron.

La reconoció al instante. Era una hembra del planeta Xhyleek. Anna recorrió con la mirada su atlético cuerpo de piel oscura, sus potentes músculos, más prominentes en el tren inferior, aquellas marcas verdosas que se tatuaban al adquirir la madurez. Sintió un leve rubor en las mejillas, luego apartó la vista.

—¿Estará muerta? Es imposible que no lo esté. No comprendo cómo no ha reventado en el espacio.

Vio la insistente luz roja de la emisora de radio silenciada. Los de la central estarían locos por cerrar el incidente, y esperaban la habitual frase: “Falso positivo, podéis seguir con vuestras vidas…”

Anna sonrió. Iban a alucinar.

***

Mientras se abría una de las compuertas de la alta aguja del espacio-puerto de Defensa Exterior, Anna cerró los ojos e intentó serenarse. Respiró profundamente varias veces, mientras se presionaba en los laterales del cuello como le habían enseñado a hacer en la academia. Notó cómo su pecho fue dejando de agitarse. Su temperatura corporal disminuyó un par de grados y su respiración se serenó. No podía verlo con los ojos cerrados, pero supo que su piel había adquirido de nuevo un tono saludable.

Necesitaba tranquilizarse para no levantar sospechas, para pasar inadvertida. Lo necesitaba ahora más que nunca.

—Me estoy volviendo loca, no sé lo que estoy haciendo…

Pero sí, sí lo sabía. Anna sabía muy bien lo que tenía que hacer. Necesitaba hacerlo.

Para cuando sonó el chasquido y el HOVER inició la maniobra automática de acoplamiento, Anna había conseguido dominar casi por completo el rostro desencajado que le había quedado tras lo sucedido en aquella habitación del hospital.

—¡Vaya, Anna! —exclamó a gritos Kera, una de las altas Capitanas—. Me alegra verte por aquí. Has venido por lo de ese maldito murmullo, ¿no?

Anna asintió.

—Eh… Sí, Capitana. ¿Puede ponerme al tanto del estado actual?

Kera hizo un gesto con la mano y se puso a caminar rumbo a una de las salas de control. Anna la siguió, casi corriendo para poder seguir las larguísimas zancadas de la capitana.

—Empezó hace cosa de cuatro días, quizás incluso antes. Los sensores de la red GEA empezaron a registrar una vibración mínima, tan pequeña que los técnicos pensaron que era otro falso positivo, como si GEA se hubiera contagiado de los problemas de MACRO. —Kera la miró y se encogió de hombros—. Yo no entiendo de sensores, ni escudos ni nada, no puedo profundizar en lo que pasó. La cosa es que pronto descartaron el problema, porque no podían fallar todos los sensores a la vez.

Anna parpadeó.

—¿Todos?

—Así es —asintió la alta Capitana—. Todos. En todo Taranne. Los geólogos empezaron a investigar, pero en cuatro días, como comprenderás, poco han podido sacar. Tan solo unos informes vagos de los que tan solo se saca que no tienen ni puñetera idea de lo que está sucediendo.

—Y ha ido creciendo…

Kera la miró fijamente, antes de asentir.

—Así es, ha ido creciendo. Ahora casi se puede sentir si se toca el suelo con la mano. ¿Lo has notado?

Anna negó con la cabeza, con los ojos muy abiertos, sintiendo como su autocontrol estaba a punto de volver a fallar.

Era como le había relatado la Xhyleekiana en el hospital, lo mismo había sucedido en su planeta natal. Primero llegó el murmullo, después… También lo había relatado antes en la sala de cuarentena, ante el mismísimo Alto Mando, pero nadie la había creído.

“Mal hecho…”

—El alto mando ha ordenado que Defensa Exterior se una al resto de los Ministerios para intentar desvelar qué demonios está sucediendo. Se está diseñando el plan de acción, pronto os daremos más instrucciones.

Kera se volvió y sonrió ligeramente.

—Pues bien, Anna, este es el estado actual

—Creo que tengo que ir a prepararme inmediatamente.

La capitana asintió.

—Quiero verte en tu HOVER en 10 minutos. Ya te habrán asignado un objetivo.

Anna se cuadró y corrió hacia su habitación, susurrando:

—Tengo que irme, tengo que irme…

Llenó una mochila con cosas imprescindibles sin dejar de repetir aquel mantra. Antes de colgarse la mochila al hombro y abandonar la habitación, tocó el suelo de metal.

Allí estaba. El murmullo. Se podía sentir incluso tan alto en la torre.

—Sí, tengo que marcharme. He de protegerte…

Anna se apresuró a volver al hangar, corriendo casi sin aliento.

***

Anna cerró la puerta de la sala de cuarentena con cuidado, intentando no hacer ruido. Miró el enorme espejo que cubría una de las paredes antes de volverse hacia la visitante.

La Xhyleekiana estaba sentada en un sillón negro, el único mobiliario presente en la sala, mirando al suelo. Su figura de piel oscura contrastaba vivamente con la blancura de las paredes. Se cubría la cara con las manos, respirando pesadamente, ajena a la entrada de la agente.

Anna miró durante unos segundos a la visitante, recorriendo las facciones de su cara, el contorno de sus ojos, el inicio del musculoso cuello, la… Cerró los ojos fuertemente y, tras volverlos a abrir carraspeó levemente. La Xhyleekiana dio un respingo.

—Oh, es usted —murmuró, esbozando una sonrisa—. Aún no le he podido dar las gracias por rescatarme, con todas estas pruebas…

Ana hizo un gesto.

—Somos nosotros los que deberíamos haberle pedido perdón por haberla hecho pasar por todo esto. Pero las pruebas eran necesarias, espero que pueda comprendernos. —La visitante asintió—. Están preparando su traslado a un hospital civil, donde podrá recuperarse. Yo misma me encargaré de ayudarla en todo momento.

La Xhyleekiana asintió otra vez. Sus músculos, antes tensionados, se relajaron.

—Antes me gustaría que me contase un poco qué le sucedió, como llegó a estar en aquella situación. Y lo más importante, ¿cómo pudo sobrevivir al vacío del espacio sin traje? Conocemos a los Xhyleekianos desde hace mucho tiempo, y sabemos que vuestra morfología no os lo permite. En las pruebas no han encontrado nada extraño en su cuerpo. ¿Qué le sucedió, señorita…?

—Danya. Me llamo Danya. Y sobre eso… No puedo decirle por qué no morí en el espacio, ni siquiera yo lo sé. Pero sí puedo contarle cómo llegué allí.

Anna deseó que a alguno de los militares y científicos que escuchaban al otro lado del espejo se le hubiera ocurrido poner una segunda silla en la sala. Hizo un gesto a la visitante, animándola a continuar, y cambió el peso del cuerpo de una pierna a la otra.

—Todo empezó con un murmullo que empezó a crecer en las entrañas de Xhyleek.

—¿Un murmullo?

—Sí —musitó, bajando la voz. Antes de seguir relatando se llevó la mano al vientre—. Y mientras crecía el murmullo creció dentro de mí una necesidad: la de escapar, la de abandonar mi planeta. No puedo explicar por qué sentía aquello… pero no pude negarme. Y cuando abandonaba Xhyleek…

La voz de la visitante se quebró.

—¿Qué sucedió?

—Explotó. Simplemente.

Ana no supo reaccionar.

—Que… ¿Qué?

Cuando pudo reponerse de la sorpresa, se acuclilló ante ella.

—Danya, cuéntame todo lo que recuerdas, háblame de ese murmullo, de lo que lo pudo causar. Cuéntamelo todo…

Anna escuchó el relato de la visitante con atención. La historia de Danya era… inverosímil. No había otro adjetivo. Cuando terminó la dejó en manos de los sanitarios.

—¿Qué opináis? —preguntó a sus superiores, tras entrar a la sala que había tras el espejo. Dentro había una veintena de hombres y mujeres, entre científicos y militares.

—Esa historia no tiene sentido —comentó uno, moviendo la cabeza—. Aun así, enviaremos un mensaje satelital a Xhyleek. Las comunicaciones tardarán unas jornadas, pero responderán. Miente, lo que dice es imposible. Oculta algo…

—Seguiremos explorándola. Mienta o no, lo cierto que es que flotaba sin traje en el vacío. Hemos de averiguar como lo hizo.

Anna asentía.

—Su misión es ahora estar a su lado, ganarse su confianza y sacar toda la información que pueda de esa Xhyleekiana. Vaya, Anna. Esperamos sus informes.

***

El exterior de la torre estaba repleto de los pequeños HOVERs de los agentes de Defensa que se habían empezado a dispersar por todo el planeta. Anna divisó también varios transbordadores cargando militares.

Anna esquivó el espacio aéreo más poblado hasta llegar a una zona más abierta. Luego activó el modo extraorbital, y cerró los ojos sintiendo el ascenso y la aceleración.

—Ya queda poco para escapar.

Una luz parpadeó en el cuadro de mandos.

“Acaba de emprender una trayectoria no autorizada. Explique qué está haciendo. Su misión marcada está emplazada dentro de la atmósfera. No puede…”

Anna silenció la radio. Lo había notado a través de la comunicación. El murmullo había crecido lo suficiente como para escucharse a través de la radio. En el suelo debía ser un bramido.

—Ya queda poco.

En tan solo unos minutos, el HOVER abandonó la atmósfera, dejando atrás el escudo de sensores. En ese momento, Anna aflojó los dientes y, acariciándose el vientre, sonrió.

—Ya estamos a salvo. Ya está. Todo ha acabado.

En la superficie de Taranne, el bramido de la tierra se acalló de golpe. Y, pasados unos segundos, todo empezó a temblar con violencia.

***

—¿Ya te encuentras mejor?

Anna sonreía, en pie al lado de la cama. Dania asintió, devolviéndole la sonrisa. Anna volvió a sentir aquel rubor, pero esta vez no apartó la mirada.

Tras la ventana el cielo ya se había oscurecido, tiñéndose de su característico tono violáceo. Acababa el séptimo día desde que la Guardia Exterior había trasladado a la visitante al hospital. Siete días en los que Anna no se había separado de ella ni un instante.

Había oído hablar antes de los Xhyleekianos, pero de una forma etérea y distante. Una de las civilizaciones con las que Taranne había entablado contacto en los últimos siglos, desde que iniciaran su expansión extraplanetaria. Ahora, aquellas descripciones vagas se habían concretado en una persona tímida, enérgica y vital. Los primeros días, tras las inspecciones médicas en los quirófanos de la Guardia Exterior, Danya había estado distante y taciturna. Pero poco a poco se había abierto, revelándose como una conversadora incansable, llena de curiosidad, como si fuese una niña pequeña.

Su rostro se había ido relajando, tomando un hermoso tono caoba.

“Hermosa, si…”, pensó Anna rozando levemente su mejilla.

Ambas permanecieron en silencio, mirando el cielo cada vez más oscuro. Pronto la respiración de Danya se serenó, transformándose en la sucesión inconstante de hipidos que emitían los Xhyleekianos al dormir.

—Descansa —susurró Anna—, ya ha pasado todo.

Y, sintiéndose un poco tonta, se inclinó sobre la visitante y besó suavemente sus labios.

De repente el tiempo pareció congelarse. Anna sintió un chispazo, una sensación extraña que nació en su rostro, transmitiéndose a cada rincón de su cuerpo a la velocidad de la luz.

Cuando volvió a tener control sobre sí misma, Anna se apartó de la Xhyleekiana, que seguía dormida ajena a todo.

—¿Qué…?

Retrocedió sin dejar de mirar la oscura silueta.

—Danya, por los dioses, ¿qué…?

Sentía algo moverse en su interior, algo ajeno, pero a la vez parte de ella. Algo nuevo, pero familiar. Algo precioso, algo que siempre había amado sin saber siquiera de su existencia.

Se llevó las manos al vientre de forma involuntaria.

—¿Qué me has hecho?

Nació en ella una terrible necesidad de escapar, de marcharse lejos, tan lejos como fuera posible. Sintió cómo su cuerpo se perlaba de sudor, y empezó a temblar levemente. Sí, tenía que hacerlo ya.

Abrió la puerta de la habitación y corrió, alejándose a toda prisa de allí.

***

A medida que el HOVER dejó atrás el ancho anillo de Taranne, Anna fue sintiéndose algo mejor. La ansiedad que la había llevado a abandonar su planeta de aquella forma había empezado a remitir. Lo que no desaparecía era aquella presencia en su interior.

Maniobró la aeronave para que los motores la propulsaran en sentido inverso, para ver por última vez su hogar. Sabía que jamás regresaría, lo sabía con una certeza dolorosa.

—Adiós, Taranne, —murmuró, con lágrimas en los ojos.

Y, de repente, el planeta explotó.

El brillo cegó a Anna, la onda expansiva la golpeó contra el cristal brutalmente. Todo se volvió primero blanco, luego rojo y por último negro.

Cuando recuperó el sentido se encontró sola, en medio del silencio, dando lentas vueltas sobre sí misma. A lo lejos, los restos resquebrajados de su planeta natal se iban separando poco a poco, convertidos en grandes fragmentos de tierra y piedra ardiente.

Anna, horrorizada, se abrazó las piernas poniéndose en posición fetal, sin detener su lento rotar; la luz que irradiaba la destrucción de Taranne tiñó su piel de una hermosa cacofonía de tonos rojizos.

—No te preocupes, nada te sucederá. He de protegerte…

Lentamente, entre lágrimas, Anna se fue sumiendo en un sueño que pronto se convirtió en letargo, mientras la inercia de la explosión de Taranne la proyectaba lejos, muy lejos, a lo más profundo del vacío.

“Sí, llévame, sigo teniendo hambre…”

Euphorbia helioscopia (LS_TOPHER)

—La naturaleza… —El detector de proximidad comienza a pitar—. La naturaleza… —«Basura espacial; de seguro»—. La naturaleza su equilibrio… —Pongo los ojos en blanco, la luz rojiza no me deja concentrarme; agito la palma y el holograma desaparece llevándose el papiro de hace tres mil años—. «Los años dos mil fueron raros». —Bostezo dejando caer los ojos en el sensor, pronto entrará en mi rango de visión.

Sería menos si encendiera el propulsor, prefiero esperar; aquí arriba no pasa mucho, es triste que esto sea lo más excitante en semanas, qué demonios, la paga es buena; mis  botas golpean el borde de la tabla de controles.

Hace dos años, cuando me dieron esta patrulla espacial, solía mirar mi planeta, a través de la cúpula, ese orbe de vida y su anillo dorado a los que les doy la espalda; no siempre estuvo el anillo, hasta el año cuatro mil teníamos una luna, pero ellos llegaron.

Fue como intentar combatir plasma con hachas de hierro, su tecnología estaba a otro nivel, mataron al ochenta por ciento de nosotros —toso con fuerza—. Matar es una palabra linda para lo que nos hicieron; cosechar; nos cosecharon como a ganado.

Mis ancestros se refugiaron bajo la tierra sacudida por los disparos y los sismos que recorrían el planeta, seguramente no esperaban sobrevivir a ellos simplemente demorar su llegada a un caldero de sopa o ser sumergidos en salmuera, primero los terremotos cesaron, luego los disparos; las horas se volvieron días; demoraron seis meses en reactivar el radar del refugio.

Ninguna señal de la flota, ni siquiera de una de sus naves; solo el eco del espacio exterior como interferencia; solo el cielo sin luna; algunos dijeron que fue un milagro, no lo sé, simplemente se esfumaron y llevamos mil años sin ver a un Ojos Nocturnos.

Los sobrevivientes se reorganizaron, con la tecnología que rescataron de nuestras flotas y de la suya en dos siglos se construyó el anillo, las cosas a partir de ese punto mejoraron.

Soy la segunda generación de supervisores del espacio cercano, suena súper, hasta que me di cuenta de que solo era patrullar un sector de la oscuridad por un par de meses y luego rotar con otro cadete.

La luz parpadeante verde me devuelve.

—Nave 4_5_1_21_8, le habla nave 20_8_5_5_17. ¿Me copias? —resuena su vos pastosa. Suena igual desde la academia, orejas largas y rechoncho, el único que puede beber doce rondas sin desmayarse.

—Te copio —suelto burlona—. Se te acabó el licor que contrabandeaste a tu unidad —continúo.

—¿Cuál alcohol?

—El de las latas bajo tu consola de controles —casi saboreando dice.

—Un minuto para entrar en contacto visual y de escáneres —expulsa el asistente robótico; nos reímos.

—No sé de qué hablas; ya me tomé las evidencias; ¿qué tal tus vacaciones? —le suelto para pasar del tema.

—Fui a la posada de mi madre, las playas violetas son hermosas y se supone que tranquilas, el anillo le da un toque mágico. Extrañaba sentir la arena entre los dedos, el olor a sal, el aire en la cara…

—Calla, que falta mucho para mi próximo descanso. —Esperando interrumpir la imagen que empieza a formarse en mi mente—. ¿Se supone? —Sobo mi mentón con una mano.

—Me contaron el verano pasado, cuando orbitaba que los terremotos regresaron, que eran un presagio. Pensé que exageraban, el sexto día todo se fue al carajo: nos evacuaron. Al alejarnos vi una maldita hola de cuarenta metros, algo más y derriba el levitador, igual nos sacudió.

Una serie de pitidos se siguen.

—Escaneo comenzado —termina.

—El agua entró 200 metros tierra adentro. La alarma sonó, no todos tuvieron tiempo. —Se calla dejando a los pitidos seguir y las luces pasar de un color a otro—. Algunos no salieron.

La máquina me interrumpe.

—Se detecta materia biológica.

La estática llena la habitación

—Verifica línea de comunicación —ordeno

—Comunicación interrumpida. Protocolo “Nocturnus oculis meis”. Se quita autoridad de mando a piloto —continúa, a la par que mis dedos pulsan y mueven los controles, pero no funcionan, los desconectaron—. Colonia toma autoridad de mando, registrando coordenadas de descenso preestablecidas.

Dejo una mano sobre una palanca y la otra en los controles.

—Brazo tractor desplegado. Asegurando espécimen. Espécimen asegurado.

—¿QUÉ ESPECIMEN? —grito al aire que empieza a cargarse, siento los ojos pesados.

—Protocolo de contención iniciado.

Como eco lejano me llega. Antes de desmayarme, veo la carga. Niego con la cabeza: es uno de ellos.

Abro los ojos de golpe, cegada por el blanco clínico. Los cierro, el olor a desinfectante me llena la nariz, el frío del suelo me recorre la espalda desnuda.

Intento esta vez abriéndolos de a poco, acostumbrándome a la luz. El techo y las paredes están salpicadas de amarillo, se me revuelve el estómago; todo este maldito cuarto tiene sangre de los nuestros. «Pensé que solo era un mito, lo de las salas de confesiones».

Siento las palmas por el frío. Me incorporo con lentitud, igual el mundo termina girando unos segundos para mí. Gemidos. No, sollozos. No estoy sola.

Me impulso con las piernas hacia atrás, hasta chocar contra la pared, esperando que no me note. Está hecha una bolita con la frente pegada a las rodillas y abrazándolas, solo veo su peinado afro.

«No pareces un monstruo». Lágrimas caen por su mejilla, cuando se gira hacia mí, surcan las formas verdes en esta, sus ojos están cerrados. «¿Los demonios lloran?». Me reflejo en la oscuridad de su mirada.

Comienza a levantarse. Quiero correr, pero las piernas me tiemblan. Con pasos torpes se acerca, bamboleándose. Sus dedos huesudos se alargan hacia mí, la línea de su boca se abre mostrándome la hilera de colmillos.

Euphorbia helioscopia —susurra, acortando la distancia de nuestros rostros, hasta que siento el calor de sus labios, apoyados en los míos.

Mi boca se llena de un líquido viscoso, recta por mi garganta. Lucho para zafarme, sus dedos se clavan en mi piel.

Logro darle una patada en el estómago, dos más, me la quito de encima. Ríe, siento las líneas calientes derramarse por mi boca, aprieto mi estómago. Me llevo los dedos al interior de la garganta, intentando vomitar. Se retuerce y no son arcadas.

Siento que el calor me abre la piel.

—Eres una chica linda —suelta entre carcajadas—. Pronto serás perfecta.

Golpes resuenan en una de las paredes, algo o alguien quiere entrar. Estoy preocupada en no desmayarme.

Su rostro se desfigura en una mueca de dolor. A medida que la electricidad le recorre, los surcos curvos y verdes en su vientre canela se sacuden, hasta que cae de rodillas, dejando ver al guardia que sostiene el aturdidor.

El traje de protección faja su rechoncho cuerpo.

—¿Estás bien? —suelta con voz pastosa.

—Gracias. —Escupo, tapándome la boca. Él asiente—. ¿Cuánto llevo inconsciente?

El fuego se esparce. Mis brazos, mis piernas, queman, como si irradiara de allí.

—Han pasado tres meses desde que tu nave fue confinada.

Caigo confusa, en un charco de mi sudor. Termino de cerrar mi manga dorada. Detrás de mí, sus sollozos. Pongo los ojos en blanco, aumenta el volumen, volteo, está perfectamente sentada en la silla de metal negro. El mayor conductor y las líneas claras de un material diferente, lo que importa es que logra contenerla.

—Llevas dos semanas así —le suelto por pesadez más que todo.

—Lo siento, empiezo a recordar. —Resoplo el pelo de mi frente—. Miles de millones de vidas apagándose, los continentes arrancados de raíz por la explosión, flotaban, te… me alejaba.

Siento los dedos en mi boca, los suyos le tapan la cara.

Reía.

Euphorbia helioscopia. —Una lágrima baja por su mejilla—. Ella repetía con mi voz. —Los engranajes suenan frente a ambas—. Lo siento por tu mundo.

Aprieto el puño y los dientes.

—Maldita. Los tuyos casi nos exterminan.

Siento el calor brotar de mis entrañas.

—No pudimos matarlos, pero no importa, con tu ejecución ya no quedarán.

«Ojos Nocturnos», resuena en mi cabeza.

Nocturnus oculis meis —escupo confundida en una perfecta lengua muerta, que no hablo. Me echa una mirada triste.

—Está en ti… mí —dice trabándose.

Frunzo el ceño por el temblor que me recorre, recordando todos los exámenes físicos y las muestras de fluidos, aún tengo las marcas en los brazos.

—Los exámenes salieron negativos. —Golpeo las palabras con indiferencia encogiéndome de hombros.

Los guardias llegan armados de bastones de alto voltaje. Doce nos escoltan sin liberarla de la silla, que ahora se conecta a una batería externa para que no deje de pasarle electricidad. Comenzamos a caminar.

Golpeteo el suelo y mantengo una sonrisa falsa

—Hoy honramos a nuestra cadete que capturó al último Ojos Nocturnos —resuena por los altavoces en la gran plaza de celebración.

Frente a mí, un mar de cuerpos verdes agitando sus brazos como apéndices de un tronco, ahora somos más que cuando fue la cosecha. «Igual, ¿qué hace cuánto…? Seis mil años, necesitan una Poda de rejuvenecimiento», suelta una vos diferente dentro de mí. «Oh no me tomes atención, ¿vale? Disfruta de la época dorada de tu raza».

—Cadete, ¿nos hace el honor?

Las palabras me regresan, algo confundida. Asiento, extendiendo el brazo para coger el arma. Camino y me pongo delante de ella, dándole la espalda a los míos. Mis dedos sienten el frío del acero del arma ceremonial.

—Debe terminar —me suelta con los ojos clavados en mí—. DISPÁRAME… TE —me grita, perdiéndose con los gritos de alegría detrás de mí y el ruido de la bala abandonando la recamara, recorriendo su cráneo limpiamente. Un par de hilos de sangre negra chorrean hacia abajo por su cabeza, ahora ladeada, inerte, con una expresión de desolación en ella, reflejando mi sonrisa insana.

«Es una pena, fue una buena coraza», vuelve la voz. «¿Sabías que estaba destinada a ser la monarca de su raza? Y ahora, ahí, descansado en harapos», añade burlona.

—Euphorbia helioscopia —suelto sin pensarlo.

—Levántate mi criatura —ordena.

Su cara se comienza a desfigurar en una masa que se une al resto de su cuerpo, choreándose de la silla como si fuera helado de naranja podrido. El bullicio ha cesado a medida que las megas pantallas delante de nosotros.

Muestran cómo se levanta en una forma babeante. Los guardias disparan, la electricidad surca el torso y las extremidades que se separan de este. Se retuerce hasta que la línea de la cabeza se desgarra en un grito gutural de su enorme y filosa boca.

Como lengüetas sus brazos se disparan, apagando rápido los gritos de dolor de los guardias. Los choques se detienen, los sollozos comienzan. «Amo ese sonido, es como… música», añade a través de mí entre risas.

Las sirenas suenan y la señal de evacuación llena las pantallas.

Sus piernas se extienden, pasándome por encima. Me giro: mi gente está corriendo, algunos se aplastan. Me fijo en uno de los cadáveres agujereados. «Venga cariño quédate quietita y disfruta del espectáculo que eh montado para ti, que soy buena anfitriona, no crees», resuena en mi cabeza.

  —Calla.

Me lanzo hacia el arma. Sus tentáculos naranja jalan de los miembros hasta que resuena el crujido de los huesos y los ligamentos quebrándose en su interior, junto con los gritos del muchacho.

—Son… tan… frágiles —escupe entre alaridos la criatura en la que se convirtió ese Ojos Nocturnos.

—Ah, como un caramelo.

Su mandíbula se despliega hacia adelante arrancando el cráneo del guardia que ha tomado con el otro. Del cuerpo desmembrado brota un chorro calentito de amarillo. Desde el suelo continúan disparándole, sin resultados.

—EH, DÉJAME CUMPLIR TU PETICION —le grito. Su cabeza gira, el resto de su cuerpo se queda dándome la espalda.

Comienza a acercarse.

«¿POR QUÉ NO TE CALMAS?», me grita desde adentro. Gimo. Al sentir como si me partieran las piernas, caigo de rodillas. «Te advertí, no le preguntas a un juguete si quiere ser parte de tus juegos, solo lo utilizas», me reprende.

Lucho por bajar los brazos, solo puedo ver como toman el arma, siento el frio del cañón debajo de mi garganta, la criatura se tambalea a medida que el terremoto la sacude, me sacude.

Me niego a cerrar los ojos. Mi dedo, fuera de mi control juguetea con el gatillo. Ella lo aprieta, la sangre se derrama brotando del agujero, un grito ahogado, tiemblo, caigo al suelo, silencio.

Veo los restos de los rascacielos navegar en el mar naranja y viscoso a través de la proyección en mi habitación acolchada, los guardias arrastraron mi cuerpo y lo llevaron a una base segura.

Grité cuando sentí el frio del metal sobre mi espalda desnuda y ellos al verme, autopsia rara, supongo.

Me bamboleo, segundos después la trasmisión de las ciudades colapsadas se interrumpe, por otra noticia del terremoto de 10 grados que acaba de matar a otra decena de millones de ellos.

Agito la imagen y el papiro reaparece.

—La naturaleza su equilibrio encuentra, a cualquier costo.

A través del holograma veo el pétalo ahora naranja caer de mi lirio, que resiste alimentándose de la luz artificial.

—Lo sé, pequeña —le contesto. Ahora puedo oírle, a todas ellas, a toda la naturaleza.

Sus hojitas verde moribundo se agitan.

—Ya, tranquila. —Destapo la botella de agua y la vierto de a pocos en su maceta—. Termínate ese primero, que luego te me pudres —le regaño.

«Otra vez conversando con esa ingrata», suelta enojada.

—Cállate, estúpida —le contesto sobando una de sus hojitas.

«Estúpida tú, esta es la primera vez que me pierdo de mi show. Si te hubieras comportado estaríamos viendo la destrucción en vivo, yendo por todo tu mundo, una última vez, como mochileras», continúa.

Me encojo de hombros, ignorándole.

«Da igual, pronto todo esto acabará».

—¿A qué te refieres? —Tiemblo un poco al decírselo.

«Tu gente tomó la decisión de ignorar las voces que ahora tú logras escuchar». Miro a mi planta. «Se condenaron, yo solo soy la ejecutora, no mates al mensajero», se excusa.

Busco contestarle, pero el sacudón me derriba. Agitada en el suelo, espero a que disminuya, pero no hace más que aumentar.

—Disfruta querida, disfruta del final de mi espectáculo —suelto… a entre carcajadas.

Los gritos se vuelven ensordecedores.

Frio, vacío. Miles de millones de vidas apagándose, los continentes arrancados de raíz por la explosión, floto, me alejo. El anillo es el último vestigio de mi mundo.

Cierro los ojos. A medida que mi cuerpo empieza a congelarse, mi mente esta apagándose.

Hasta que solo queda su voz resonando.

EUPHORBIA HELIOSCOPIA.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s